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No caben soluciones para un solo Estado o región

Crisis mundial y un Norte mezquino

Fuentes: Rebelión

El Secretario general de la ONU propone un “cambio de paradigma”

La pandemia no solo sigue golpeando, sino que hiere más profundo. La tercera ola europea y la segunda latinoamericana del COVID-19 inundan aún más una realidad social empapada por la crisis planetaria.  Complejo escenario en este mes de abril del 2021 con rostros cansados, cooperación internacional mermada y estadísticas en caída libre.

América Latina y el Caribe perdieron ya 26 millones de empleos como consecuencia de la pandemia. Y desde comienzos de 2021 siguen confrontándose a un panorama laboral agravado por la segunda ola continental y por los lentos procesos de vacunación que hacen más inciertas las perspectivas de recuperación de muchas actividades laborales.

S.O.S: “naufragamos”

Todas malas señales del informe “Transitando la crisis laboral por la pandemia: hacia una recuperación del empleo centrada en las personas ”, (https://www.ilo.org/americas/publicaciones/WCMS_779114/lang–es/index.htm), elaborado por la Oficina Regional de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), publicado la segunda semana de abril. El mismo subraya que el impacto sobre el trabajo fue devastador en el segundo trimestre de 2020, cuando los indicadores de ocupación y participación se desplomaron.

La introducción del documento de dieciocho páginas hace un rápido recorrido de las previsiones de diferentes organizaciones internacionales sobre la caída productiva latinoamericana y caribeña. Las últimas del Fondo Monetario Internacional (FMI), de abril de 2021, señalan una contracción en 2020 del Producto Interno Bruto (PIB) regional del -7%. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) coincide con esta proyección al estimar un descenso del -7,7%. Y considera que se trata de la contracción económica más elevada desde que se tienen registros, es decir, desde 1900. Caída mucho más empinada que la media mundial, ya que el FMI anticipa una baja del PIB global de -3,3%, en tanto que la CEPAL proyecta un -4,4%.

Además de los empleos borrados, según la OIT la región experimentó en 2020 la mayor pérdida mundial de horas trabajadas: 16,2% en comparación con 2019. Es decir, el doble del promedio mundial, el cual oscila en alrededor del 8,8%. Con la caída correspondiente de los ingresos laborales.

El colapso macroeconómico ha afectado de manera desproporcionada a algunos segmentos de la población, amplificando así las brechas laborales y sociales –especialmente las de género—que, de hecho, ya caracterizan a la región. En promedio, señala la OIT, hace más de quince años que no se registraba una tasa tan baja de participación económica de la mujer en Latinoamérica y el Caribe.

En cuanto a las perspectivas de recuperación para 2021, son modestas e incluso muy inciertas, por lo que las expectativas de una posible reversión de la situación crítica del mercado de trabajo deberían ser muy cautelosas, sostiene el estudio.

La OIT propone desarrollar estrategias de recuperación basadas sobre cuatro pilares principales: estimular la economía y el empleo; apoyar a las empresas, los empleos y los ingresos; proteger al mundo laboral y recurrir al diálogo social para encontrar soluciones.

La construcción de nuevos consensos, pactos o acuerdos, es más relevante que nunca. Tan importante como las políticas de promoción del empleo digno y productivo, la extensión de la protección social y el respeto a los derechos laborales, enfatiza la organización internacional. La misma plantea que en la búsqueda de la recuperación resultará ineludible abordar las problemáticas preexistentes en la región. Es decir, la alta informalidad laboral, los reducidos espacios fiscales, la persistente desigualdad, la baja productividad y la escasa cobertura de la protección social. La mano de obra infantil y el trabajo forzoso, siguen siendo, también, asignaturas pendientes.

Cambio de paradigma

El escenario mundial no es mejor que la situación latinoamericana. António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, recordó el panorama “sombrío” producto de la crisis sanitaria mundial. Tres millones de muertes; ciento veinte millones de personas que cayeron en la pobreza extrema; una pérdida de empleos a tiempo completo equivalente a 255 millones de puestos de trabajo y la peor recesión de los últimos noventa años, son parte de este balance preocupante.

Paradójicamente, en este contexto desastroso para una gran parte de la humanidad, según la misma ONU, los más ricos del planeta lograron aumentar sus fortunas en 5.000 millones de dólares durante la pandemia. Lo que provoca la advertencia directa de Guterres: es necesario un cambio de paradigma que permita alinear al sector privadocon las metas globales para hacer frente a los retos futuros de la humanidad, incluidos los provocados por el COVID-19. Su reflexión del lunes 12 de abril ante el Foro del Consejo Económico y Social sobre la Financiación para el Desarrollo (https://news.un.org/es/story/2021/04/1490732 ) implica un reto para la sociedad mundial.

Guterres advirtió que, debido a la evolución tan rápida y agresiva de la pandemia, la resolución de la crisis se entrevé en un futuro lejano. Y afirma que es necesario analizar la realidad presente para invertir estas peligrosas tendencias, prevenir sucesivas oleadas de infecciones, evitar una larga recesión mundial y retomar el camino para cumplir la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre el cambio climático.

En esta coyuntura es fundamental asegurar la distribución equitativa de las vacunas, hasta ahora sumamente desigual: solo diez países representan alrededor del 75% de la vacunación mundial, mientras que muchos otros todavía no han empezado siquiera a inmunizar a sus trabajadores sanitarios y a las personas más vulnerables. «Para acabar de una vez por todas con la pandemia necesitamos un acceso equitativo a las vacunas para todos, en todas partes», subrayó.

Mirando hacia el futuro, el Secretario General puso sobre la mesa del debate dos temas relevantes: la aplicación de un impuesto de solidaridad –o sobre la riqueza– a quienes se hayan beneficiado excesivamente durante la pandemia, con el objetivo de reducir las desigualdades extremas. En cuanto a la deuda, alienta su suspensión y aligeramiento, así como la concesión de liquidez a los países que la necesiten.

Pero hay que ir más allá de su aligeramiento, subrayó. Es necesario reforzar «la arquitectura de la deuda internacional para acabar con los letales ciclos de oleadas de deuda, de crisis de deuda global y de décadas perdidas».

Adicionalmente, y ante la amenaza real que la crisis actual impone al multilateralismo, propone un nuevo andamiaje internacional y un nuevo contrato social basados en la solidaridad y las inversiones en la educación, los empleos decentes y ecológicos, la protección social y los sistemas de salud, todo lo cual formaría, conjuntamente, la base de un desarrollo sostenible e inclusivo.

Un norte mezquino

A la par de la retórica onusiana, basada en datos, cifras y estadísticas que dibujan el dramatismo de la situación planetaria, el día a día de la geopolítica internacional parece ser otro. En muchas regiones del globo, los Estados priorizan su propia gente y refuerzan sus fronteras. Además, estructuran políticas de salvación nacional que poco tienen que ver con la responsabilidad global.

“Poca solidaridad internacional de Suiza en la crisis del coronavirus” es el título de un comunicado que Alliance Sud publicó la segunda semana de abril. El mismo critica la política oficial de cooperación de la Confederación Helvética. La plataforma que reúne a las seis ONG suizas más importantes del sector se posiciona frente a las cifras publicadas el martes 13 de abril por el Comité de Ayuda al Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Dichas cifras muestran que Suiza, una de las naciones más enriquecidas del planeta, no hizo ningún aporte sustantivo para apoyar a los países más pobres durante la crisis del coronavirus. Y recuerdan que su contribución sigue estando lejos del objetivo acordado internacionalmente, es decir, el 0,7% de su renta nacional bruta (RNB) a la ayuda oficial para el desarrollo. En 2020, el porcentaje que Suiza destinó a ese rubro fue de apenas 0,48%, cantidad que incluye los gastos administrativos en concepto de ayuda para asilo. De esta manera, Suiza se sitúa en el noveno lugar del ranking de la OCDE, por detrás de Suecia, Noruega, Luxemburgo, Dinamarca, Alemania, Inglaterra, los Países Bajos y Francia (países que no añaden sus gastos administrativos en concepto de asilo cuando calculan su aporte al desarrollo, o lo hacen en una medida mucho menor).

Alliance Sud argumenta que, en pocos meses, la crisis del coronavirus ha echado por tierra gran parte de los avances logrados en la lucha contra la pobreza. Y anticipa que, a finales de 2021, si se tiene como referencia un ingreso inferior a 1,5 dólares diario, casi 10% de la población mundial padecerá pobreza extrema. Si se considerara un parámetro más realista, es decir, un mínimo de 5,5 dólares diarios por persona para poder sobrevivir, a fin de este año casi la mitad de la población mundial podría encontrarse en esa situación.

Si la comunidad internacional quiere evitar crisis económicas masivas, el aumento brutal de conflictos, nuevos dramas migratorios y futuras pandemias, los países ricos deberían proporcionar los recursos adecuados para la lucha contra la pobreza y la desigualdad, afirma Alliance Sud

¿Cuál es el punto de intersección entre la retórica de la ONU, las propuestas de reactivación del empleo de la OIT y la realidad cotidiana universal? Prácticamente inexistente.

Lo que prevalece es la carrera a codazo limpio de los más fuertes para apropiarse de las vacunas. El sálvese quien pueda como filosofía global. La mezquindad creciente de los más poderosos en su cooperación internacional. O la creencia de que un solo país –o región– podrá salvarse en su propia Arca de Noé en medio de un diluvio de dimensión universal.