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La guerra permanente como expresión de la crisis global (y II)

De cómo el Imperialismo occidental intenta mantener su hegemonía

Fuentes: Rebelión

En un anterior artículo (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207038), comenzábamos un intento de aportar algo de luz sobre las complicadas implicaciones entre sí de los distintos procesos bélicos que se han ido desarrollando en los últimos años tanto en Asia como en África y su relación con la lucha por la hegemonía económica mundial, en un contexto en el […]


En un anterior artículo (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=207038), comenzábamos un intento de aportar algo de luz sobre las complicadas implicaciones entre sí de los distintos procesos bélicos que se han ido desarrollando en los últimos años tanto en Asia como en África y su relación con la lucha por la hegemonía económica mundial, en un contexto en el que el rol de superpotencia de EEUU estaba siendo cuestionado por Rusia y China fundamentalmente. Seguimos analizando los diferentes escenarios con la esperanza de poder plantear una alternativa…

2.2 Yemen

El pasado mes de abril, el ministro francés de exteriores, Laurent Fabius, visitó Riad para expresar su apoyo «a la lucha de Arabia Saudí contra las milicias hutíes en Yemen». Días antes, una coalición liderada por la monarquía saudí (coalición en la que participan países conocidos por las elásticas de los dos grandes equipos de la Liga española) y apoyada logísticamente por Estados Unidos y Turquía, había comenzado a bombardear el país vecino en el marco de la llamada Operación Tormenta Decisiva. La operación, que tiene el objetivo declarado de apoyar al presidente yemení frente a la insurgencia hutí (chií), se ha «destacado» (si bien en círculos muy reducidos) por el elevado número de víctimas civiles en bombardeos de los que son objeto edificios como escuelas, mezquitas y hospitales (el último, un hospital de Médicos Sin Fronteras, fue bombardeado hace una semana), hasta el punto de que Amnistía Internacional ha calificado la situación como «carnicería». El pasado mes de septiembre, la coalición bombardeó el lugar donde se estaba celebrando una boda, en Yemen, causando la muerte a 130 personas, la mayoría mujeres y niños1. El suceso tiene su miga por el paralelismo al que invitan tanto la cifra de víctimas (idéntica a la del atentado en París) como el hecho no poco resaltado, a propósito de la capital francesa, de que estas simplemente estaban divirtiéndose. Por supuesto, no hubo aperturas de telediarios ni enviados especiales al lugar las 24 horas del día.

Tampoco hubo ampulosas declaraciones presidenciales que hicieran referencia a una guerra entre «civilización y barbarie» cuando, pocos días antes, un atentado suicida en una mezquita chií de Sanaá dejaba 25 muertos. Y apenas se pudieron oír, en pleno mes de agosto, las peticiones del secretario general de la ONU, Ban Ki Moon, para investigar otro ataque aéreo en el que la vida le fue arrebatada en 54 personas en la provincia de Taiz.

La guerra en Yemen, país estratégico que conecta el cuerno de África con Oriente Próximo, ha desencadenado una catástrofe humanitaria de dimensiones espantosas. Según publicaba Unicef el 2 de octubre, 500 niños habrían perdido la vida, hasta entonces, desde el comienzo de la intervención militar. Por supuesto, el desastre no se agota en la contabilidad de los muertos en un país que, ya de partida, contaba con suficientes problemas de inseguridad alimentaria: el número de niños en riesgo de sufrir desnutrición aguda grave se ha triplicado a lo largo del año en un país cuya situación ha sido calificada como «previa a una tormenta perfecta» por la secretaria ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos de la ONU2

Desde luego, una caracterización muy complaciente nos describe el conflicto (si es que lo hace) como una manifestación acostumbrada de violencia sectaria que ocurre fuera de nuestras civilizadas fronteras y en la cual explotan las tensiones medievalizantes entre musulmanes sunníes y chiíes, incapaces todos ellos de adoptar sendas modernizadoras. Sólo que la Modernidad irrumpe con toda su fuerza deslumbrante cuando, al apartar los escombros de edificios destruidos, aparecen los restos de proyectiles norteamericanos. El pasado 17 de noviembre, cuatro días después del viernes negro parisino, Estados Unidos aprobaba la venta de armas a Arabia Saudí, por valor de 1.290 millones, para que pudiera «reponer suministros» después de los bombardeos en Yemen. En 2014, España vendió armamento a Arabia Saudí por valor de casi 300 millones de euros. No tendría por qué extrañar que el sello de «fabricado en España» (¿marca España?) se documentara a partir de las huellas de cualquiera de las repetidas masacres que protagonizan nuestros aliados saudíes. No obstante, también se puede confiar en alguien tan poco implicado en los intereses de la industria armamentística como el ministro de Defensa Pedro Morenés, quien sostiene que existen «garantías de uso final» de las armas españolas. El historial de compromiso saudí con los Derechos Humanos debería ayudar a despejar cualquier sombra de duda. Hace pocos días, Amnistía Internacional alertaba del anuncio de ejecución inminente de 50 personas en un sólo día.

Sin embargo, la alegría de accionistas de empresas de armamento resulta insuficiente, como motivación, para explicar la implicación occidental en la creación consciente de un infierno humanitario de la mano de Arabia Saudí. El temor fundamental de este país, compartido por Estados Unidos y Francia, es la posibilidad de que al otro lado de su frontera sur pueda establecerse un gobierno alineado con Irán y, por extensión, con Rusia. Comoquiera que los chiíes son enemigos comunes, en medio del caos y el desgobierno, Al-Qaeda campa ahora a sus anchas por el sur del país con la tolerancia de los aliados. También el Daesh ha sabido aprovechar un contexto hecho a medida para su avance, y ahora incluso amenaza a los saudíes. Como se puede ver, la película se caracteriza por un guión complejo que no implica la simple acusación de que la Casa Real saudí financie directamente a Daesh y este le jure obediencia. No se trata de eso, sino de una política exterior que crea las condiciones ideales para el desarrollo de este grupo, en ocasiones a través del trasvase de militantes y armamento de otros grupos yihadistas que sí son directamente apoyados y que, igualmente, pueden colocarse «fuera de control». Otra modalidad de apoyo indirecto deviene del hecho de que quienes se baten cuerpo a cuerpo frente al Daesh sucumben bajo las bombas de los aliados que presuntamente luchan contra el terrorismo. Muchas de estas características las podemos encontrar también en el laberinto sirio.

2.3 Siria

La situación de Siria es un universo de difícil comprensión en el que confluyen y se manifiestan de manera especialmente dramática las gigantescas contradicciones que definen el mundo actual, en una intersección de intereses regionales y globales que alumbran alianzas increíbles. Cuatro años de guerra, hasta ahora, han dejado por el camino más de 300.000 muertos (el 27% de ellos  niños, según un estudio publicado en el mes de septiembre por la revista British Medical Journal) y cuatro millones de refugiados. Más de dos millones se encuentran en Turquía y Jordania, cifras que sitúan la medida de la «solidaridad»  de una Europa (un compromiso incumplido de acogida a 150.000 personas) tan directamente implicada en la generación del problema.  De que hay una guerra en ese lugar «tan lejano» apenas tenemos ocasión de tener noticia cuando las olas de refugiados llegan a Europa o cuando los coletazos de la estrategia del caos llegan a nuestro territorio en forma de brutales atentados como los que con frecuencia suceden fuera del mismo, gracias a la política de desestabilización inducida en una región entera a lo largo de años.

 Pero cuando llegan las noticias, generalmente lo hacen, también, a partir del impulso de motivaciones poco inocentes: el hecho de que apenas hayamos oído algo sobre refugiados hasta el pasado verano, después de la firma del acuerdo nuclear de Occidente con Irán y de la apertura de la posibilidad de permanencia de Al-Assad en el poder, llama a preguntarse si la «apertura del grifo» por parte de Turquía no responde al uso del drama de los refugiados como medida de presión para que intensifique su implicación en el derrocamiento de Al-Assad, toda vez que Obama parece haber perdido interés a favor de otras zonas, además de a otro tipo de motivaciones. Haya o no relación entre una cosa y otra (lo podrá determinar el lector), Turquía acaba de obtener 3.000 millones de euros de la UE a cambio del compromiso de controlar las fronteras, mientras se negocian otras aspectos relativos a la movilidad de su población dentro de la UE o al proceso de adhesión del país a la comunidad. Por su parte, Alemania, el país más afectado por el flujo humano, hasta el punto de haber abierto una grieta en la antes inquebrantable popularidad de Angela Merkel, marcha ahora militarmente hacia Siria con sus tropas y aviones, después del ya incontestable impulso desencadenado tras los atentados de París.

 Bien merecería un capítulo aparte el papel en la guerra siria de Turquía (miembro de la OTAN), que recientemente se colocaba en primer plano, de nuevo, por el derribo de uno de los aviones rusos que, en apoyo de Al-Assad, combaten al Daesh y, según parece, a otros grupos de la «oposición moderada». Nunca se podrá determinar muy bien dónde se sitúa la frontera de la moderación, porque dentro de esta categoría se ha permitido, según las circunstancias, situar a grupos como el Frente Al Nusra (rama de Al Qaeda en Siria), fundado (por seguir abundando en la relación entre desestabilización y auge de grupos yihadistas) en enero de 2012. En un cónclave de los autodenominados Amigos de Siria (un novedoso ejercicio paradiplomático surgido a partir del bloqueo sino-ruso al amparo de la ONU a la intervención en Siria), el ya citado ministro francés Fabius declaró, en diciembre de ese mismo año, que «los muchachos de Al Nusra hacen un buen trabajo sobre el terreno». Para entonces, el grupo ya contaba en su currículum con grandes actuaciones en forma de atentados contra las fuerzas de seguridad sirias que habían costado la vida a docenas de personas, incluyendo civiles. Sin duda, un dato interesante, porque el tipo de acciones que merecen la más rotunda condena y la más sentida conmoción cuando se producen dentro de nuestras fronteras, son buenos trabajos si llevan a cabo en otros lugares.

La simpatía que en su tiempo han despertado los muchachos de Al Nusra puede tener que ver con su compromiso de no extender globalmente la yihad, limitando su campo de acción a Siria y al sur de Líbano, donde combaten y ayudan a debilitar a Hizbulá. Esta «oportunidad» está detrás, por su parte, de la intervención de otro actor regional fundamental, interesado como el que más (donde «el que más» podría ser la monarquía saudí) en la ruptura del eje Teherán-Damasco-Hizbulá: Israel. Las complejidades de la guerra en Siria son capaces de hacer saltar por los aires todos los esquemas, como los que nos prevendrían de dar credibilidad a una alianza entre Israel y Al Qaeda que de hecho se produce en función del citado interés común: en reiteradas ocasiones, el diario israelí Haaretz ha dado cuenta de la colaboración logística del ejército de su país con el Frente Al Nusra, de la «coexistencia pacífica» de las bases de unos y otros en los Altos del Golán, y de la provisión de asistencia sanitaria en Israel a los milicianos heridos del frente yihadista.

El derribo del avión por parte de Turquía ha desencadenado una contraofensiva rusa a base de declaraciones y presentación de pruebas de colaboración entre el gobierno de Erdogan y el Daesh, con muestras de la libertad de movimiento y aprovisionamiento de que disfrutan los milicianos en las zonas fronterizas o la «tranquilidad» con la que se produce el contrabando de petróleo en la zona, una de las principales fuentes de financiación del Daesh, a unos precios indudablemente irresistibles. De hecho, algún alto cargo ruso ha insinuado que el enfado turco que motivó el derribo del avión tenía como motivo el bombardeo ruso a la infraestructura de transporte del petróleo del Daesh, del que tanto se beneficia Turquía. Ninguna de estas acusaciones adquiere relevancia en nuestros medios, más allá de que tengan fundamento o se las quiera tomar como mera propaganda de guerra de «la otra parte» (lo cual implicaría reconocer que la otra parte no es estrictamente el terrorismo yihadista). Lo cierto es, en cualquier caso, que para un acto de tal calibre como el derribo de un avión militar ruso (y, no se olvide, el abatimiento a tiros de su piloto) la motivación principal ha de hallarse necesariamente alejada de la lucha antiterrorista, lo que confirma el carácter del territorio sirio (con su población como principal víctima) en un entramado de intereses geopolíticos cuyas dimensiones llevan a algunos a hablar de que se trata del conflicto de mayor magnitud de la Segunda Guerra Mundial. El nuevo escenario abierto con la intervención rusa habría podido dar lugar a un escenario de «salida negociada» en el que podría implicarse el mismo Obama, interesado, como ya se ha señalado, en otras latitudes. Eso supondría una solución inaceptable para muchos países de la región como Arabia Saudí y Turquía, pero también para otros sectores influyentes de una política estadounidense cuyos planteamientos no son necesariamente homogéneos. Tampoco parece el escenario idóneo para Francia que, hay que señalarlo aunque sea obvio, no entró en Siria como respuesta a los atentados del 13 de noviembre, sino que ya estaba allí desde mucho antes jugando su partida.

3. La Guerra Permanente

Como señalamos al principio, a partir de los atentados de París del pasado mes de Noviembre, se ha puesto sobre la mesa por parte de Francia y del resto de países de la Unión Europea la necesidad de iniciar acciones militares contra esa nueva amenaza que sustituye a Al Qaeda en el imaginario del mundo occidental. Se habla abiertamente de iniciar una guerra, término que en las actuales circunstancias puede ser aceptado por gran parte de la población a la vista de los brutales actos ocurridos en la capital gala y del estado de miedo e inseguridad instalado desde entonces, pero obviando el hecho de que esta guerra, como hemos venido mostrando se inició hace décadas y en su origen estamos implicados, directa e indirectamente, desde Occidente.

Estrictamente, por tanto, estamos hablando de un nuevo episodio de una guerra a largo plazo, en la que ya estamos inmersos aunque no seamos plenamente conscientes, bien porque solo se presenta cada cierto tiempo en las calles de Europa, con formas distintas, o bien porque sus consecuencias diarias aparecen mencionadas fugazmente en las noticias occidentales como conflictos remotos y sin relación con nosotros.

Si por un momento, como se empeñan en hacer los gobiernos y los medios de comunicación de masas en Occidente, intentáramos encontrar una solución a este episodio, como si fuera algo aislado y cuya única causa radicara en la existencia de una amenaza terrorista a la que nunca antes nos hubiéramos enfrentado, se harían más evidentes las contradicciones y las mentiras que suelen ser habituales en estos análisis intencionadamente sesgados.

Una guerra se inicia fundamentalmente para ganarla, siempre que no pueda evitarse. Desde este punto de vista estrictamente militar, cuestionando que se hayan dado los pasos adecuados para evitarla, parece difícil que la intervención contra Daesh vaya a dar un resultado positivo, y menos en un corto periodo de tiempo. Aunque en principio bombardear objetivos militares y civiles (ya que no podemos caer en el cinismo de creer que los misiles occidentales no producen «víctimas colaterales», ni siquiera con el despliegue de nuevo material armamentístico hecho por Rusia) puede parecer un mecanismo eficaz para lograr la derrota del Daesh, son numerosas las voces de expertos militares que señalan que no será suficiente, por lo que la intervención sobre el terreno será el siguiente e inevitable paso. Incluso la hemeroteca se empeña en descartar los bombardeos contra Daesh como una opción real para acabar con el conflicto: ¿han servido de algo los 200 bombardeos que ha realizado Francia sobre posiciones de Daesh en Siria entre septiembre y noviembre del 2014? Esto debería hacernos recordar episodios no tan lejanos: Afganistán e Irak.

Con estos antecedentes de operaciones prolongadas, que aún no han acabado, con numerosas bajas occidentales (y cientos de miles de víctimas civiles), inestabilidades políticas, crisis económicas y sociales en los territorios intervenidos, etc., es difícil pensar en un conflicto en el que los países occidentales vayan a resultar victoriosos. Es más, parafraseando al personaje policial que en la serie «The Wire» reflexiona sobre la «Guerra contra las drogas», «A esto no se le puede llamar guerra: las guerras acaban».

Y siendo conscientes de que: 1) el Daesh no sólo despierta terror entre las poblaciones sunnitas sino también, en algunos casos, un cierto grado de adhesión que se deriva de la provisión de seguridad y de servicios inexistentes en momentos previos, gracias al desmantelamiento de las realidades estatales mediante la guerra; y 2) no hay una lógica que aglutine a los distintos países que intervienen en el conflicto, dada la disparidad de intereses enfrentados, es evidente que nos encontramos ante un nuevo episodio que sumar a la larga lista de intervenciones permanentes que se ha convertido en el escenario habitual de la política internacional.

Existen otras medidas, que se han puesto sobre la mesa, para enfrentar la amenaza de Daesh, aunque tampoco puedan ser del todo eficaces. Se está reclamando el corte de la financiación y el aprovisionamiento del Daesh. Sin embargo, esta medida choca de lleno con la actividad que actualmente están desarrollando supuestos socios occidentales como Arabia Saudí, Qatar y Turquía.

También se pide lograr un acuerdo político entre las fuerzas opositoras sirias y el Gobierno de Al-Assad, lo que consolidaría la posición de éste último y sería apoyado por Rusia y China. Sin embargo, no parece que Occidente ni especialmente sus aliados en la zona estén dispuestos, a pesar de los «esperanzadores» acuerdos en la ONU, a mantener una posición de diálogo claro con el gobierno sirio. El periódico republicano New York Post llegó a pedir la dimisión de Obama si no era capaz de «liderar a Occidente y derrocar a Al-Assad»3 a pesar de que las fuentes de la inteligencia militar norteamericana aceptan la derrota de la estrategia de armar a los rebeldes a Al-Assad y confirman la utilidad de una negociación convergente con los intereses rusos y chinos4.

Vista la dificultad de una operación rápida y exitosa, la falta de voluntad para una salida negociada y la más que probable implicación de Occidente en un nuevo episodio militar en Oriente Medio, cabe preguntarse cuál es la estrategia de fondo que justifica estos hechos, así como el papel jugado por Rusia y China en los acontecimientos tras los atentados de Paris. Y todo indica que este episodio de la guerra permanente que responde a complejos intereses geopolíticos y económicos globales está muy alejado de ser únicamente la respuesta lógica a un atentado.

Según la habitual doctrina geopolítica norteamericana, expuesta por Zbigniew Brzezinski en su libro «El gran tablero mundial»5, la región de Eurasia es el gran tablero de juego territorial donde se desarrolla la lucha por la hegemonía mundial y donde participan jugadores geoestratégicos indispensables como Alemania, Francia, China, Rusia y Estados Unidos. Así, quien domina esta región está en condiciones de asegurar un dominio a nivel mundial prolongado.

Es por ello, que no hay región geográfica que defina mejor los intereses geoestratégicos de EEUU que Eurasia. Para concretar geográficamente la región que ocupa Eurasia es necesario contemplar tres zonas: por un lado, Europa Central que comprende Turquía y Ucrania, por otro Oriente Próximo, que comprende la Península Arábiga y el Golfo Pérsico; y por último, Asia Central, que comprende el Mar Caspio y el Mar Negro. Obviaremos en esta definición los grandes actores o centros de poder como la UE, Rusia, Japón, India y China puesto que son países que compiten por el control de la región euroasiática y sus recursos energéticos, y en donde EE.UU. verá desafiado su capacidad para ejercer su poder.

Eurasia posee el 72 por cien de las reservas mundiales tanto de petróleo como de gas y divide el megacontinente en dos, dejando por un lado los consumidores más tradicionales de Europa y, por el otro, los nuevos consumidores de Asia oriental y meridional. La importancia de Eurasia radica en que se trata, sin duda, de la franja de tierra con más recursos energéticos y, por tanto, la más influyente en el futuro geopolítico energético del planeta, por lo menos en lo que se refiere a los hidrocarburos tradicionales.

La parte inferior de esta zona (Oriente Próximo) sigue siendo la más poderosa en el terreno del petróleo, con el 62 por cien de las reservas probadas del mundo y el 31 por cien de su producción, frente al 10 por cien y al 14,5 por cien, respectivamente, en la parte superior (Asia central y Rusia). Por otro lado, la parte superior tiene su ventaja comparativa en el terreno del gas: Asia central y Rusia cuentan con el 32 por cien de las reservas y el 28 por cien de la producción mundial, mientras que Oriente Próximo tiene el 41 por cien y el 10 por cien, respectivamente.6

Por tanto, se puede afirmar que Eurasia es la clave de esta partida en dos sentidos; uno, que es el centro de una región geoestratégica, de la cual, se puede desplazar poder fácilmente hacia otras regiones; y el otro, que es una región de importantes recursos energéticos donde confluyen diferentes intereses de las potencias como Rusia, China, India, UE y EE.UU, lo cual la hace una región de extrema importancia en el juego internacional de poder y una zona donde, sin duda, tendrían lugar los acontecimientos internacionales más importantes en un futuro próximo.

Si bien es cierto que la hegemonía mundial de Estados Unidos es bastante amplia e importante, también lo es que se trata de una hegemonía poco profunda, que se limita solo a una influencia pero no a un control. Aún poseyendo el poder militar con mayor capacidad de proyección internacional en el planeta, un presupuesto militar mayor que el de cualquier país y siendo el líder en la revolución del sector militar basada en la información, el poder norteamericano se encuentra con grandes limitaciones internas y externas, especialmente en los últimos años, tras el fracaso de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y su frustrada búsqueda de hegemonía comercial y en medio de la crisis económica en Occidente (ya hemos señalado que una respuesta a esta situación viene de la mano de los tratados de libre comercio como el TTIP y el TPP). Pero es que además su poder económico y militar se ve especialmente cuestionado en la región Euroasiática debido a la presencia de otros importantes actores que lo limitan: países con potencial como la UE, Rusia, India o China; o bien, estructuras internas que no permitan desplegar su poder directamente. Y como hemos visto, desde un punto energético y económico, el control de la región garantiza la seguridad energética, la cual para EEUU es una prioridad en su política exterior y de seguridad y justifica el uso de la fuerza militar. Por tanto, el principal objetivo a nivel geoestratégico de EEUU es asegurar el flujo de abastecimiento de energéticos, y para ello es necesario disponer de una fuerza militar capaz de actuar con rapidez donde este se encuentre en peligro.

Las distintas estrategias militares, en clave de una «guerra permanente y global», para conseguir el cerco y el control de Eurasia han ido desarrollándose en las últimas décadas a la par que se fortalecía la influencia de la OTAN y su presencia en el proceso de integración europea, que han convertido especialmente a Francia y Alemania en aliados imprescindibles a la vez que en enemigos a los que controlar. Así, el proyecto de escudo antimisiles cerca de la frontera con Rusia ha seguido ampliándose, tal como estaba previsto originalmente en la década de los 90, e implicará una armada naval de buques rodeando Eurasia desde el Mar Báltico, el Mar Negro y el Mediterráneo Oriental hasta el Golfo Pérsico, el Mar de China Meridional y el Mar Amarillo. Los componentes terrestres del escudo antimisiles también se han ido ampliando hasta estar presentes en los Balcanes, Israel, Corea del Sur y Japón. Al mismo tiempo, las tres naciones principales de Eurasia, Rusia, China e Irán, rodeadas por un anillo de bases militares estadounidenses, alianzas militares y gobiernos hostiles y armados apoyados tanto por el gobierno como por el ejército estadounidense (los episodios de Ucrania, Osetia del Sur y la oleada de las llamadas «revoluciones de colores» desde Líbano y Moldavia al Centro y el Sudeste Asiático son parte integral de esta confrontación geopolítica), se han ido acercado el uno al otro e impulsado un frente unido en Eurasia contra Estados Unidos.

Si llegara a cumplirse la expectativa de una China como superpotencia mundial en los próximos años, entonces la materialización de una sólida alianza euroasiática compuesta por Rusia, Irán, India y China daría lugar sin duda a una «megapotencia» euroasiática. En esa línea, se han articulado herramientas como la OCS (Organización de Cooperación de Shanghai, fundada en 2001 por Rusia, China y los países de Asia Central -y a los que posteriormente se sumaron India, Pakistán, Irán y Afganistán) y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC, reagrupando a Rusia y varias ex repúblicas soviéticas), moviéndose hacia una posible fusión para contrarrestar a la OTAN.

El rival que puede discutir la hegemonía norteamericana y hacia el que se dirigen toda la estrategia de enfrentamiento es China, pero se trata de un enfrentamiento latente que ni EEUU ni el gigante asiático quieren hacer evidente. El movimiento clave en esta fase para EEUU es el bloqueo de Rusia, herramienta fundamental para el establecimiento de una hegemonía china, tanto directamente en el terreno militar como indirectamente, impidiendo el desarrollo de alianzas económico-militares con otros actores, tanto en la zona asiática (Irán, Afganistán, Siria, India) como en la europea (Francia, Alemania).

Como muestra de lo trascendental del enfrentamiento con China y la importancia de la lucha por el control de Eurasia, cabe destacar lo que estratégicamente supone para la OTAN en toda esta partida Afganistán, donde la ocupación por parte de EEUU y sus aliados se ha convertido en la guerra más larga y costosa de su historia, además de provocar un número inusitado de víctimas civiles. La ocupación de Afganistán comienza precisamente en 2001, coincidiendo con la fundación de la OCS, con argumentos estériles en el marco de la «guerra contra el terrorismo», y ha ido modificando su objetivo inicial en función de la estrategia global de EEUU. Actualmente, la presencia de la OTAN en el terreno, con sus nueve bases militares, está orientada al control de Irán, Pakistán y las antiguas repúblicas soviéticas, al mismo tiempo que busca el aislamiento de China desde el sur y el oeste. China se enfrenta así al escollo de ver como, por un lado, el control de la OTAN de una de sus fronteras, posibilita el paso de fundamentalistas a su territorio y se dificulta la explotación de gas y petróleo por parte de compañías rusas y chinas, mientras que a largo plazo, aparece una nueva dificultad para poner en marcha el proyecto de Ruta de la Seda y el Cinturón Económico del Siglo XXI (RSCES).

La salida china pasa por el fortalecimiento de Rusia, a través de la Unión Económica Euroasiática, coordinando sus proyectos a través de OCS y el Espacio Económico Común que están creando en Eurasia; de Pakistán, favoreciendo su alejamiento de EEUU; de Afganistán, entregando ayudas económicas y desarrollando proyectos de explotación en diferentes zonas del país, e incluso de Turquía, con proyectos económicos en los puertos turcos. Al mismo tiempo, China sigue recibiendo el suministro energético que necesita desde Libia, Sudán, Yemen, Irán e Irán, todos actores nombrados en este trabajo. Queda claro que el aislamiento de China se torna cada vez más difícil para la OTAN.

Analizado superficialmente este tablero global, la posición de Alemania y Francia, y del conjunto de la UE, queda definida claramente como subordinada a los intereses norteamericanos, reservándosele el papel de actor secundario en el lado oeste de Eurasia para fortalecer o suplir las aspiraciones de EEUU. Sin embargo, de forma pasiva, su papel de pivote para asegurar el control de Eurasia es fundamental tanto para EEUU como para China.

Francia se ve forzada a una intervención militar con una serie de aplicaciones constitucionales previas para la concesión de poderes plenos al Presidente que, dada la profunda crisis política que atraviesa, puede poner en serios aprietos a un régimen. Este escenario, que favorece a Sarkozy y frena el ascenso de Le Pen, se alinea con el objetivo estadounidense de neutralizar a Francia, único país europeo con fuerza militar para reorientar la evolución de la UE hacia un eje estratégico con Rusia y Alemania, la cual sigue desojando la margarita entre sus intereses empresariales y energéticos con Moscú y el mantenimiento de la hegemonía económica en la zona Euro.

Los ciudadanos franceses podrían llegar a renunciar de forma voluntaria a parte de sus derechos políticos y preferir una figura como Sarkozy, que recupera el eje atlántico, el refuerzo de la UE (Alemania) y la OTAN como referentes económicos y militares, para frenar la «amenaza» yihadista, mientras que se permite a su país formar parte del reparto de Siria posterior a la invasión.

EEUU podría lograr un viraje en el conflicto militar, al restar protagonismo a Rusia en su enfrentamiento con Daesh, y recuperar su posición en el control sur de Eurasia, reforzando la legitimidad y el papel fundamental de las bases militares de la OTAN en Turquía y en España. Al mismo tiempo, Obama sale vencedor en su defensa de la importancia de Siria como escenario de desgaste de Rusia e Irán.

Alejándonos solo por un momento, y no demasiado, del tablero geopolítico, tantos las causas como las consecuencias de toda esta historia tienen también un aspecto económico global que no debemos olvidar. Un análisis del proceso capitalista de mantenimiento de la tasa de beneficio, que está por encima de los Estados (elementos que solo sirven para el control de la población y el empleo de fuerza militar), nos lleva a similares conclusiones que las analizadas anteriormente.

En este plano de análisis, el enfrentamiento por los recursos productivos se produce entre la fuerzas oligárquicas nacionales, tradicionalmente vinculadas al capital productivo, y las fuerzas capitalistas globales, vinculadas al capital ficticio, que en las últimas décadas gracias a la financiarización y otros procesos, viene imponiéndose. Si los recursos se encuentran en Eurasia, allí se asientan también los grandes núcleos del capital productivo (China y en menor medida Rusia y la antigua Alemania del Este). Es fácil analizar la presencia de estos dos núcleos de poder detrás de todos los enfrentamientos que hemos ido observando en este trabajo, desde Asia central y occidental hasta África septentrional. En algunos casos han compartido objetivos y ganancias destruyendo estados y esquilmando sus recursos mientras que en otros se han enfrentado por una parte del botín.

Sin embargo, existe una zona donde su intereses se enfrentan directamente, dado que constituye el pivote sobre el que bascula la hegemonía sobre Eurasia: Europa, es decir, la UE o más concretamente Alemania y Francia.

Alemania es una parte dependiente del capital ficticio, gracias al cual mantiene su control económico sobre la Eurozona y mantiene las ganancias a pesar del debilitamiento de su sector productivo, anclado fundamentalmente en la Alemania del Este. El sector productivo, sin embargo, conserva una capacidad de influencia suficiente para amenazar continuamente con equilibrar la balanza de su lado, y por tanto a recuperar su relación privilegiada con Rusia, de la que depende para obtener los recursos. Este es el motivo del golpe de estado en Ucrania y del alejamiento de Rusia y Alemania y, por ende, de Europa. La adopción de medidas económicas contra Rusia, auspiciada por el capital ficticio, supuso para la UE una profundización en la recesión económica que lastró al sector productivo, fundamentalmente el alemán.

Francia representa la predominancia del sector financiero (y también militar) frente a un sector productivo destrozado tras décadas de neoliberalismo feroz desarrollado por la socialdemocracia. Por tanto, es el país de referencia para el bloque de capital ficticio a la hora de intervenir en Europa. Esto explica el papel fundamental de Francia a la hora de imponer el TTIP, que asegura el predominio comercial de EEUU y debilita el sector productivo europeo (alemán), único que sigue presentando resistencias al tratado. Por si hay alguna duda, los negociadores de la UE en el TTIP, con destacada presencia gala, buscan vías alternativas de obtención de recursos ante el probable cierre del eje Moscú-Berlín. Así, están estudiando la posibilidad de la importación directa de gas y petróleo desde EEUU7.

La cuestión fundamental es la si la decadencia del sector financiero, por la crisis económica mundial, podrá ser frenada y se podrá lograr una recuperación de la tasa de beneficio perdida en los últimos años. Y ese es el dilema de base al que se enfrentan Francia, Alemania y la UE. De no ser así, una recuperación de poder del sector productivo, con una influencia importante de China y Rusia, nos abocaría a un capitalismo de Estado que se ha ido preparando mejor para la transición postcapitalista hacia una sociedad más sostenible.

No obstante, queda mucho camino por recorrer en esta partida de ajedrez de la guerra permanente, en la que países como España además de subalternos, viran sus políticas en función de intereses que le son ajenos, sin tener una perspectiva nacional y regional de futuro y, por supuesto, menos aún de clase.

4. La alternativa: Rajar la camisa de fuerza de la Unión Europea (UE) y echar arena de las playas del Sur de Europa en la maquinaria de la OTAN y sus bases para construir un Mediterráneo de paz, neutralidad y cooperación

En otros artículos (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=205635) hemos hecho referencia a la imposibilidad para los países del sur de Europa de desarrollar una política autónoma y soberana en el marco de la UE y de las consecuencias sociales, políticas y económicas que conlleva para los mismos el papel impuesto de periferia frente a un centro acreedor y exportador a cuyo gusto funciona la arquitectura de la Unión. La UE no ha detenido, ni mucho menos, la plasmación de esos intereses centrales en la sujeción de los países comunitarios de la orilla norte del Mediterráneo, sino que, a lo largo de los años 90 del siglo pasado, supo leer la oportunidad que brindaban los territorios extracomunitarios de la ribera sur. En 1995, la Conferencia de Barcelona anunció la creación de un partenariado euromediterráneo como «zona de prosperidad compartida», con el objetivo, a medio de plazo, de poner un funcionamiento una Zona Euromediterránea de Libre Comercio para el año 2010. Se trataba, en definitiva, de poner en marcha mecanismos de asimetría y dependencia similares a los que caracterizan a otros tratados de comercio, e incluir en la esfera de influencia económica y geopolítica a una región clave que, por cuestiones culturales, no podría tener encaje en la institucionalidad de la UE propiamente dicha. Las consecuencias de ese tratado para los países asociados mediterráneos no se hicieron esperar más que unos pocos años, escaseando las consecuencias positivas del proceso: el avance en la convergencia económica entre las partes del partenariado ha sido inexistente mientras que ha aumentado la proporción de población desprotegida y vulnerable.

Las reformas impuestas en los años 90 implicaron un considerable aumento del coste de la vida, de la precariedad y del desempleo, fundamentalmente como consecuencia de la eliminación de subvenciones, las reformas laborales y la reducción del sector público, sin que ello haya supuesto ventaja comercial alguna sino, al contrario, una agudización del déficit comercial con respecto a la UE, derivada de una contracción del sector industrial sometido a un proceso de especialización para la exportación. Sin duda, la música nos suena, pero suena con un eco distinto en una zona en la que, según el Banco Mundial, habría que haber creado cien millones de empleos para absorber los niveles de paro y de constante incorporación al mercado de trabajo de una población juvenil gigantesca. Por cierto, en un contexto de frustración de esperanzas y de pérdida de horizontes de gran parte de la población juvenil, a lo que se une el retroceso de los servicios públicos y de agentes de la sociedad civil como los sindicatos, muchos grupos yihadistas encuentran grandes oportunidades.

La situación de subalternidad de los países del sur de la UE implicó una neutralización de energías productivas que se acrecentaba al ignorar las posibilidades de cooperación regional con los países de la orilla sur del Mediterráneo y, al mismo tiempo, incluía a países como España, Grecia o Italia en dinámicas expansivas del Norte que en nada les favorecen. De esta manera, países que habrían podido jugar un papel determinante de cara a atenuar la presión migratoria, a evitar la desestabilización regional y la confrontación militar (además de caldos de cultivo de terrorismo) y a emprender una dinámica autónoma más coherente con la lógica de cooperación Sur-Sur, vieron neutralizadas su capacidades. Sólo algunos movimientos sociales de ambas orillas comenzaron a abrir una perspectiva regional alternativa a partir de la celebración del Foro Social del Mediterráneo en el 2005 pero, por desgracia, la iniciativa no terminó de cuajar.

El llamado «Proceso de Barcelona», por su parte, sólo avanzó dando bandazos en medio de contradicciones hasta que los países de la orilla sur del Mediterráneo comenzaron a buscar alternativas que encontraron en China: Argelia, Marruecos, Túnez y Siria firmaron en 2008 importantes acuerdos económicos con el gigante asiático.

A partir de 2003, la UE había ido abandonando su compromiso mediterráneo sustituyéndolo por las «Políticas de Vecindad», que corresponden a un interés de control político-militar de las áreas circundantes, en línea con lo que EE.UU estaba llevando a cabo con sus guerras. La llegada de Obama a la presidencia de EE.UU supuso una revisión de la política estadounidense (como se pudo ver en su discurso en la Universidad de El Cairo de 2009) para volver a coger las riendas de la situación con una mayor atención a los problemas socio-económicos del área mediterránea y el riesgo social y demográfico, que llevaron a la revuelta árabe en el área mediterránea. Los dos países en mayor riesgo eran Egipto y Siria. Se impulsan las revueltas en nombre de la «democracia», que se extienden a Túnez y Libia, volviendo a dar el poder a una dictadura militar en Egipto y consiguiendo los «éxitos democráticos» ya conocidos. De Siria ya hemos hablado un poco.

Europa apoya de forma incondicional esta estrategia estadounidense. Miles de jóvenes van a combatir a Siria desde muchos países de Europa mientras que la desestabilización del área y los bombardeos de Occidente refuerzan los movimientos migratorios hacia Europa, que generan nuevos conflictos entre países europeos. En fin, la estrategia de desestabilización propia de la Globalización termina afectando a la propia UE como señalan los últimos acontecimientos de París. Ahora nadie controla ya la dinámica de las fuerzas sociales, económicas y militares que están operando, cada uno intentando sacar ventaja y protegerse del tsunami que se ha generado en un círculo vicioso que se prolonga. Los vencedores son la industria militar, las transnacionales que rapiñan el continente africano y los EE.UU que han consolidado su papel de gendarme en defensa de los valores occidentales. Así se ha llevado a cabo el «suicidio de Europa». La guerra y la pobreza que Europa ha exportado al mundo durante al menos dos siglos han retornado a casa, un final que ha llevado a esta amarga declaración de Bruno Amoroso, economista y ensayista italiano-danés que desde el Centro de Estudios Federico Caffé de la Universidad impulsó un mayor conocimiento del área Euro-Mediterránea: «Hoy, en Occidente, Cultura significa Hipocresía y Democracia significa Complicidad con el crimen. Ahora es el momento de hacer streap-tease de nuestro humanismo, con sus insoportables masturbaciones sobre el Universalismo, los Derechos Humanos y la Solidaridad, después de haber destruido las bases materiales para que cada una de ellas se realice«8.

La «governanza» de los nuevos poderes se asegura hoy por las instituciones militares (OTAN), el complejo energético, industrial y tecnológico y otros pocos centros del poder financiero internacional. Impedir que funcione ésta «governanza» echando arena en sus mecanismos y destruyendo sus instituciones, es el paso necesario para volver a dar espacio de democratización y oxígeno a los estados nacionales, hoy sofocados en Europa en una camisa de fuerza de la Unión Europea.

Las guerras y el enorme ejército de reserva de mano de obra barata que suministran las migraciones, son los instrumentos que la Troika utiliza para impedir que las crisis se transformen en procesos de solidaridad entre los pueblos. Para poner fin a la masacre y al empobrecimiento de las gentes hay que impedir que el Banco Central Europeo (BCE), dirigido por «sicarios y encapuchados de las finanzas», que alimenta las guerras y asegura con el chantaje la dependencia de los gobiernos de la Troika, siga funcionando. La organización de un movimiento de desobediencia civil y de solidaridad activa debe iniciarse en la zona Euro-Mediterránea contra el BCE y la OTAN, declarando la Guerra a la pobreza.

El 7 de noviembre de 1991, tras la primera guerra del Golfo (en la que la OTAN participó, no oficialmente, aportando fuerzas e infraestructuras militares), el Consejo Atlántico aprobó el Nuevo Concepto Estratégico, reiterado y oficializado en la cumbre de abril de 1999 en Washington, que compromete a los países miembros a llevar a cabo operaciones militares en «respuesta a las crisis no previstas en el artículo 5, fuera del territorio de la Alianza», por razones de seguridad global, económica, energética y migratoria. De una alianza que obliga a los países miembros a apoyar también militarmente al país que sea atacado en el área atlántica del norte, la OTAN se convierte en una alianza que prevé la agresión militar. La nueva estrategia fue llevada a cabo con las guerras en Yugoslavia (1994-1995 y 1999), en Afganistán (2001-2015), en Libia (2011) y las acciones de desestabilización en Ucrania, en alianza con las fuerzas fascistas locales y, también, en Siria. El Nuevo Concepto viola los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

Saliendo de la OTAN, España se desengancharía de esta estrategia de guerra permanente, que daña nuestros intereses nacionales. La pertenencia a la OTAN priva a España de tomar decisiones autónomas en política exterior y militar. El cargo militar más elevado de la OTAN, el de Comandante supremo aliado en Europa, corresponde siempre a un general estadounidense nombrado por el presidente de los EE.UU. Y también las responsabilidades clave de la OTAN se atribuyen a altos oficiales estadounidenses. La OTAN está comandada realmente por los EE.UU que la usan para sus propios fines militares, políticos y económicos.

La pertenencia a la OTAN refuerza la subordinación de España a los EE.UU, ejemplificada por la red de bases militares USA/OTAN en nuestro territorio que lo ha convertido en un portaviones estadounidense en el Mediterráneo. Especialmente grave es que en algunas de estas bases haya bombas nucleares estadounidenses. En Turquía la OTAN tiene 20 bases militares, reforzadas con baterías misilísticas estadounidenses, alemanas y españolas, en condiciones para abatir aviones en el espacio aéreo de Siria como se ha visto recientemente con el derribo del avión militar ruso.

La España integrada en la OTAN destinó 64 millones de euros diarios al gasto militar en 2015 (502 euros por habitante al año), superando el 2% del PIB que exige la OTAN a los países integrantes. Es un colosal desembolso de dinero público que se sustrae al gasto social. El gasto militar genera una «burbuja militar», una deuda pública de 8.722 millones de euros, cantidad superior, por ejemplo, a la reducción del gasto municipal entre 2013-2019 previsto en la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local (LRSAL) derivada de la aplicación de las políticas de austeridad que lesionan gravemente a los ayuntamientos.

Saliendo de la OTAN, apostando por la neutralidad y un modelo de defensa defensivo, reconvirtiendo la industria militar hacia la fabricación de bienes socioecológicamente necesarios, España volvería a conseguir recuperar su soberanía y a estar en condiciones de desempeñar el papel de puente de paz en el Mediterráneo, África y Oriente Medio. Un nuevo pacifismo que se precie no puede dejar de atender al complejo de dimensiones que presentan los conflictos del mundo actual y a las consecuencias estructurales que implican la pertenencia a instituciones como, fundamentalmente, la OTAN, pero también, y dado el papel que hemos analizado a lo largo de este artículo, a la Unión Europea.

Notas:

1 http://www.elmundo.es/internacional/2015/09/28/56094880e2704e50108b459c.html

2 http://www.unicef.es/actualidad-documentacion/noticias/yemen-mas-de-500-ninos-han-muerto-en-los-6-meses-de-conflicto

3 Michael Goodwin. It’s time for Obama to make a choice: Lead us or resign. New York Post. 14 de noviembre de 2015. http://nypost.com/2015/11/14/its-time-for-obama-to-make-a-choice-lead-us-or-resign/

4 http://www.lrb.co.uk/v38/n01/seymour-m-hersh/military-to-military

5 Zbigniew Brzezinski. El gran tablero mundial: la supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos. Grupo Planeta (GBS), 1998.

6 Isbell Paul. (2006): «El gran creciente y el nuevo escenario energético en Euroasia,» Política Exterior, 110, Marzo/Abril 2006, p.105.

7 http://www.theguardian.com/environment/2015/nov/26/ttip-talks-eu-alleged-to-have-given-exxonmobil-access-to-confidential-papers

8 «Libertà, fraternità, uguaglianza Quello che resta di due secoli di dominio europeo» Bruno Amoroso, 2 Dicembre 2015. http://sinistrainrete.info/estero/6181-bruno-amoroso-liberta-fraternita-uguaglianza.html

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