La desigualdad económica ha aumentado en casi la mitad de los países del mundo desde el siglo XXI, no solo limita los recursos materiales, sino también las oportunidades, estabilidad, expectativas de futuro y acceso a apoyo psicológico. A nivel global, la desigualdad económica extrema (donde el 1% más rico posee casi el 50% de la riqueza) no solo es un problema macroeconómico, sino un catalizador directo del deterioro de la salud mental y del comportamiento no ético en la sociedad En España, los datos muestran que los jóvenes con mayores carencias materiales presentan peor salud general y más malestares psicológicos que quienes no sufren privación material.
La desigualdad económica puede aumentar la conducta no ética no tanto porque “la gente se vuelva inmoral”, sino porque la desigualdad cambia la psicología en tres niveles que interactúan: (1) lo que la gente siente y prioriza, (2) cómo interpreta lo correcto frente a lo incorrecto y (3) qué tan disponibles y legítimos parecen los sistemas sociales para actuar.
1) Nivel individual: estrés, escasez y fallos de autocontrol
Cuando la desigualdad hace que la vida parezca menos segura o más limitada, suele aumentar el estrés crónico (mayor sensibilidad a las amenazas), lo que unido a la percepción de escasez facilita un menor autocontrol (fatiga de decisiones, impulsividad) y el sentimiento de dar mayor valor a las ganancias a corto plazo que al costo reputacional o moral a largo plazo.
Estos cambios reducen el “costo mental” de hacer trampa, saltarse reglas o aprovecharse, sobre todo en situaciones ambiguas donde las fronteras entre lo permitido y lo incorrecto no son evidentes de inmediato.
Resumen del mecanismo: desigualdad → percepción de inseguridad/limitación → estrés + escasez → menor autocontrol → mayor disposición a actuar de forma no ética.
2) Nivel relacional/cognitivo: percepciones de justicia, desenganche moral y amenaza identitaria
La desigualdad también altera cómo las personas interpretan la equidad y su lugar social a traves de:
-Resentimiento por comparación: “Otros tienen más porque el sistema los favorece”
-Ruptura de reciprocidad: la gente siente menos obligación de “cumplir las reglas”
-Desenganche moral: las acciones no éticas se reencuadran como aceptables, por ejemplo: “Se lo merecen” o “Estoy corrigiendo un trato injusto”
-Amenaza a la identidad/estatus: cuando el estatus se percibe amenazado, la persona puede proteger el auto-respeto mediante estrategias que debilitan normas (como engañar o explotar)
Un punto clave es que el comportamiento no ético puede aumentar incluso si las personas “siguen creyendo” que son morales; la diferencia es que la desigualdad modifica las justificaciones cognitivas que permiten actuar contra el propio estándar ético.
Resumen del mecanismo: desigualdad → percepción de injusticia/amenaza de estatus → desenganche moral + debilitamiento de normas de reciprocidad → “permiso” psicológico para actuar contra la ética.
3) Nivel de sistema: desconfianza institucional y baja percepción de legitimidad o aplicación
En el nivel más amplio, la desigualdad se suele correlacionar con instituciones que parecen menos legítimas, menos receptivas o menos capaces de hacer cumplir reglas—especialmente para quienes están en la parte baja:
-Cinismo institucional: “Las reglas no me protegerán”
-Baja percepción de rendición de cuentas: si la aplicación parece selectiva, se cree que el riesgo de ser sancionado es bajo
-Erosión de normas: si se observa que otros “hacen trampa” con frecuencia, la deshonestidad se normaliza
-Menor compromiso con la acción colectiva: la gente ve la cooperación como algo potencialmente desbalanceado y abandona la conformidad moral
Aquí, la desigualdad afecta el comportamiento no ético de forma más “estratégica”: las personas eligen acciones según lo justo y predecible que creen que es el sistema.
Resumen del mecanismo: desigualdad → baja legitimidad + baja rendición de cuentas → erosión de normas y deshonestidad estratégica.
Estos tres niveles se retroalimentan:
La desigualdad incrementa estrés/escasez (Nivel 1)->Ese estrés aumenta decisiones impulsivas y desenganche moral (Nivel 2) que se vuelve más probable cuando se percibe baja legitimidad o baja aplicación (Nivel 3)
Las expectativas y las violaciones observadas después erosionan aún más las normas, manteniendo el patrón.
En 2023, casi 6 de cada 10 jóvenes en España reportaron problemas de salud mental en el último año, y los casos clínicos diagnosticados en este grupo de edad han crecido un 590% entre 2011 y 2022. La precariedad económica, la desigualdad material y la exclusión social no solo causan sufrimiento psicológico directo, sino que alteran el clima normativo social, empujando a los individuos hacia la supervivencia individual, la pérdida de cohesión social y, en última instancia, hacia conductas no éticas o de riesgo.
El modelo psicológico que explica el paso de la desigualdad al comportamiento no ético se ilustra perfectamente en el contexto de la juventud española:
La desigualdad fomenta un entorno donde la supervivencia y el estatus social se vuelven primordiales, desplazando la cooperación por la competencia feroz.
En España, la tasa de paro juvenil supera el 21%, con una temporalidad del 34.7%. A esto se suma que la edad media de emancipación ha superado por primera vez los 30 años (frente a los 26.4 de la UE), destinando el 83.7% de sus ingresos al alquiler.
Cuando la supervivencia está amenazada, las personas recurren a medios cuestionables para alcanzar el éxito. De hecho el 58.4% de los jóvenes asume que «tendrá que trabajar en lo que sea», normalizando la precariedad. La percepción de un sistema que no ofrece oportunidades dignas genera un «clima competitivo» donde el individualismo extremo y el productivismo se imponen, destruyendo los lazos de cooperación social.
La desigualdad intensifica la comparación social ascendente (compararse con quienes tienen más), generando frustración y envidia, es conocido que los jóvenes españoles se comparan constantemente con las generaciones de sus padres, percibiendo que sus oportunidades vitales son peores (40.3% así lo cree). La incapacidad de alcanzar hitos de la vida adulta (vivienda, trabajo estable) genera una profunda privación relativa.
Esta privación se traduce en un sufrimiento clínico. Las personas jóvenes con carencias materiales severas reportan peor salud mental (55.9% diagnosticados) frente a los que no presentan carencias (37.7%). Además, la ideación suicida se dispara entre la juventud más precaria (60.4% la ha experimentado alguna vez, frente al 36.8% sin carencias), evidenciando cómo la comparación y la desventaja percibida activan respuestas de desesperación y asunción de riesgos.
La desigualdad hace que las personas perciban el sistema como injusto, lo que facilita la «desconexión moral» (justificar actos inmorales porque «el sistema es injusto»), y hace que la juventud española sienta que el contrato social se ha roto. El 49.8% sufre estrés elevado por su situación económica personal. Las múltiples crisis (económica de 2008, COVID-19, inflación, climática) han generado una sensación de imprevisibilidad y falta de control.
La percepción de injusticia es aún mayor en colectivos vulnerables (LGTBIQ+, racializados, personas con discapacidad). El racismo estructural, el capacitismo médico y la transfobia actúan como violencias institucionales que generan estrés crónico, destruyendo la confianza en las instituciones. Cuando el sistema médico falla (con listas de espera de hasta 5 meses para menores y una ratio de solo 1.14 psicólogos por cada 100.000 habitantes, muy por debajo de los 5 recomendados), la juventud pierde la fe en la legitimidad del sistema, facilitando la desconexión moral.
Pero el impacto de la desigualdad no es homogéneo, sino que depende de moderadores sociales y económicos, el impacto psicológico es devastador en las clases bajas, con una clara asociación inversa entre recursos y bienestar: un 58.8% de jóvenes sin carencias declara alta felicidad, cayendo al 34.9% entre quienes sufren carencias severas. La falta de acceso a terapia psicológica privada (imposible de costear para el 51.9% de los jóvenes con carencias severas) agrava la situación, creando una «dualidad sanitaria» donde el bienestar mental se convierte en un privilegio de clase.
Es también importante su relación con el género, ya que las mujeres jóvenes sufren una penalización triple: 1) mayor precariedad laboral (jornadas parciales, brecha salarial desde edades tempranas),2) sobrecarga de cuidados y 3) presión estética/patriarcal. Ello explica por qué el 49.5% de ellas sufre ansiedad frecuente (frente al 26.5% de los hombres) y por qué los diagnósticos de depresión casi los duplican (22.6% vs 13.1%). En el ámbito comportamental, esta mayor percepción de injusticia y agotamiento explica una mayor manifestación del malestar.
La combinación de desventajas sociales agrava los mecanismos psicológicos. Por ejemplo, las personas racializadas sufren «invalidación constante» y falta de referentes, mientras que las personas con discapacidad sufren «eclipsamiento diagnóstico» (sus problemas de salud mental se ignoran atribuyéndolos a la discapacidad) y violencia institucional. Esta exclusión estructural acrecentada funciona como un moderador extremo que dispara el riesgo de conductas de riesgo y deterioro psicológico severo, y hace que la juventud, desesperada y sin recursos institucionales, intente sobrevivir, pero debe tenerse en cuenta que la desigualdad y la activación del sistema de aproximación al riesgo (busca de recompensas inmediatas) facilitan los comportamientos no éticos:
La automedicación se convierte en una vía de escape, ya que ante la imposibilidad de acceder a terapia psicológica (por coste o listas de espera), la automedicación en problemas de salud mental ha pasado del 12.4% en 2019 al 17.8% en 2023. Este es un claro ejemplo de conducta de riesgo y autogestión de la desesperación.
Los jóvenes recurren a amistades y a internet (incluso inteligencia artificial) para gestionar el malestar, debido al abandono institucional. Sin embargo, los grupos con carencias materiales severas son los que menos red de apoyo poseen (solo 1 de cada 3 puede contar con familiares o amigos), empujándolos al aislamiento, caldo de cultivo para la transgresión de normas sociales y la automedicación o consumo de sustancias (el consumo de hipnosedantes en adolescentes de 14 a 18 años se ha duplicado en la última década).
Esto nos revela un círculo vicioso preocupante, donde la desigualdad estructural (paro, vivienda, falta de oportunidades) actúa como un estresor crónico que activa mecanismos psicológicos (privación relativa, sensación de injusticia, desconexión moral) que deterioran la salud mental y facilitan comportamientos no éticos o de riesgo (como la automedicación o la aceptación de empleos precarios/ilegales para sobrevivir).
El sistema institucional fallido (sanidad pública infradotada, medicalización sin terapia, falta de coordinación) agrava el problema, cronificando el sufrimiento y la desconfianza en el sistema.
Si queremos revertir el impacto de la desigualdad en la salud mental y el comportamiento ético de la juventud, las políticas públicas deben abordar las causas raíz y no solo los síntomas:
Nivel Societal/Estructural: Mejorar el acceso a vivienda digna y empleo estable. La estabilidad material es el primer paso para restablecer un clima normativo basado en la cooperación y no en la supervivencia.
Nivel Intrapersonal/Sanitario: Universalizar el acceso a la psicología clínica en la sanidad pública, reduciendo drásticamente las listas de espera y aumentando la ratio de profesionales especializados en infanto-juvenil.
Nivel Intersectorial: Abordar la interseccionalidad de la desigualdad formando a los profesionales sanitarios, educativos y sociales en diversidad funcional, racialización y perspectiva de género, para eliminar la violencia institucional que currently empuja a los colectivos más vulnerables hacia la marginación y el deterioro psicológico.
Referencias
Peng Sun The Cost of Inequality: How Does Economic Inequality Catalyze Unethical Behavior March 2026 Journal of Pacific Rim Psychology 20
Gómez, A., Sanmartín, A., Kuric, S., Calderón, D., Zaragozá, E., Andújar, A. y Sabín, F. (2024). Salud mental y desigualdad de jóvenes en España. Madrid: Centro Reina Sofía de Fad Juventud.
Wilkinson, R., & Pickett, K. (2017). The Inner Level: How More Equal Societies Reduce Stress and Restore Sanity. Penguin Books.
Organización Mundial de la Salud (OMS/WHO) (2022). Informe mundial sobre salud mental: transformar la salud mental para todos
Petri Rogero es psicóloga y enfermera. J.Luis Carpintero es médico. Ambos son profesores jubilados de la UMA (Universidad de Málaga)
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