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El reto de la derecha republicana al movimiento antibélico global

Fuentes: La Jornada

La terrible verdad es que la victoria republicana en las elecciones de Estados Unidos, si no abrumadora, fue sólida. Las elecciones de 2004, otra fase de la revolución política emprendida por Ronald Reagan en 1980, confirmaron que el centro de gravedad de la política estadunidense radica no en la centroderecha, sino en la extrema derecha. […]

La terrible verdad es que la victoria republicana en las elecciones de Estados Unidos, si no abrumadora, fue sólida. Las elecciones de 2004, otra fase de la revolución política emprendida por Ronald Reagan en 1980, confirmaron que el centro de gravedad de la política estadunidense radica no en la centroderecha, sino en la extrema derecha.

Ahora bien, es cierto que el país está dividido casi por mitad, y en forma irreconciliable. Pero es la derecha republicana la que ha logrado ofrecer una visión atractiva para su base, y forjar y aplicar una estrategia para ganar el poder en todos los niveles de la arena electoral, en la sociedad civil y en los medios.

Mientras los liberales y progresistas titubean, la derecha radical ha unido bajo una visión sumamente simplista a los distintos componentes de su base: el sur y el sureste, la mayoría de varones blancos, las clases media y alta que se han beneficiado con la revolución económica y neoliberal, el Estados Unidos de las corporaciones, y los fundamentalistas cristianos.

Esta visión, subliminal en esencia, es la de un país debilitado desde adentro por una alianza de liberales partidarios de un gobierno hipertrofiado, promiscuos gays y lesbianas e inmigrantes indocumentados, y acosado desde el exterior por hordas tercermundistas inflamadas de odio y afeminados europeos celosos del poderío y la prosperidad estadunidenses.

Existen, de hecho, dos Estados Unidos, pero uno está confuso y desorganizado en tanto el otro exuda la confianza y la arrogancia que sólo una estrategia y una organización superiores pueden conferir. La derecha radical ha logrado, con su visión de un retorno a una comunidad imaginaria -un país tipo pequeña ciudad blanca cristiana de la década de los 50-, construir lo que el pensador italiano Antonio Gramsci llamó un «bloque hegemónico». Y este bloque se propone continuar su reinado en los próximos 25 años.

El futuro de la democracia, los derechos económicos, los individuales y los de las minorías parece sombrío en el país, pero tal vez sólo mediante una segunda terapia de choque -la primera fue la victoria de Reagan en 1980- podrá el Estados Unidos progresista emprender lo que se requiere para revertir la marea: una batalla en todos los frentes por la hegemonía ideológica y organizacional, en la cual no debe esperar ni dar cuartel, y tampoco puede permitirse ya el lujo de cometer errores.

Crisis en el imperio

En tanto Estados Unidos avanza hacia la derecha, no consigue arrastrar al resto del mundo consigo. De hecho, la mayor parte del mundo marcha en sentido opuesto. Nada ilustra mejor esto que el hecho de que, en la misma semana en que Bush fue relecto, una coalición de partidos de izquierda ganó el poder en Uruguay; Hugo Chávez, nuevo némesis de Washington en América Latina, arrasó en las elecciones estatales en Venezuela, y Hungría dio a conocer que retiraba sus 300 soldados de Irak. Si bien la derecha radical consolida su asidero en lo interno, no puede detener el desmadejamiento de la hegemonía global de Washington.

La causa principal de lo que hemos llamado la crisis de la sobrextensión, o la disparidad entre los objetivos y los recursos debido a la ambición imperial, es el enorme error de cálculo que fue la invasión a Irak. Es probable que esta crisis continúe, si es que no se acelera, en el segundo periodo de Bush. Las manifestaciones claves del dilema imperial se aprecian con claridad:

* Pese a las recientes elecciones patrocinadas por Washington en Afganistán, el gobierno de Karzai sólo tiene control efectivo sobre algunas partes de Kabul y dos o tres ciudades más. Como ha dicho el secretario general de la ONU, Kofi Annan: pese a las elecciones, «sin instituciones estatales funcionales, capaces de atender las necesidades básicas de la población en el país, la autoridad y legitimidad del nuevo gobierno tendrán corta vida». Y mientras sea así, Afganistán mantendrá sujetos a 13 mil 500 soldados estadunidenses dentro de sus fronteras y a 35 mil elementos de apoyo en el exterior.

* La guerra contra el terror ha sido del todo contraproducente, y ahora Al Qaeda y sus aliados son mucho más fuertes que en 2001. En este aspecto el video prelectoral de Osama Bin Laden valió por mil palabras. La invasión a Irak, según sostiene Richard Clarke, el antiguo zar antiterrorista de Bush, descarriló la guerra contra el terrorismo y sirvió como el mejor mecanismo de reclutamiento para Al Qaeda. Pero aun sin Irak, la política de mano dura de Washington y sus métodos militares de hacer frente al terrorismo alienaban ya a millones de musulmanes.

* Con su apoyo total a la estrategia condenada al fracaso de Ariel Sharon, de sabotear el surgimiento de un Estado palestino, Washington ha dilapidado todo el capital político que había ganado entre los árabes al negociar el hoy extinto acuerdo de Oslo.

* La Alianza Atlántica está muerta, y en el periodo que se avecina los conflictos comerciales se combinarán con las diferencias políticas para separar aún más a Estados Unidos y Europa. Europa es clave para la sustentabilidad del imperio estadunidense. Como indica el escritor neoconservador Robert Kagan, «los estadunidenses necesitarán la legitimidad que Europa puede brindar, pero bien puede ser que los europeos no la concedan».

* El desplazamiento de América Latina hacia la izquierda se acelerará. La victoria de la coalición izquierdista en Uruguay es sólo la más reciente de una serie de victorias de las fuerzas progresistas, después de las de Venezuela, Ecuador, Argentina y Brasil. Junto con los virajes electorales hacia la izquierda, podrían producirse también en el futuro próximo insurrecciones de masas como la ocurrida en Bolivia en octubre de 2003.

Irak, eje de la resistencia global

Irak, por supuesto, es la fuente principal del desmoronamiento del imperio. La resistencia del pueblo iraquí no sólo ha frustrado el apoderamiento colonial estadunidense de su nación, sino, de igual importancia, ha mostrado a una nueva generación de antimperialistas en todo el mundo, para quienes Vietnam es historia antigua, que es posible combatir al imperio hasta alcanzar un estancamiento y a la larga una victoria.

Es improbable, sin embargo, que el gobierno de Bush reconozca la escritura en la pared en un futuro próximo. Proseguirá su asalto a la ciudad de Fallujah con la desesperada ilusión de que con ello destruirá el centro de operaciones de la insurgencia. Esa ciudad, sin embargo, no es un centro de operaciones, sino un centro simbólico que ya ha cumplido su misión, y su «caída» no va a detener la propagación y profundización de un movimiento descentralizado de resistencia en todo Irak. Además, es probable que los insurgentes de Fallujah retrocedan después de presentar batalla, y cambien, como en Samara, la defensa convencional de una ciudad por una presencia guerrillera que hostigue y someta al ejército estadunidense y sus mercenarios iraquíes.

Con 55 ciudades y poblaciones clasificadas ya como zonas donde las tropas estadunidenses no pueden entrar, el gobierno de Bush pronto se dará cuenta de que retomar y ocupar centros urbanos en masa sencillamente no funcionará. Hay unos 130 mil soldados del Pentágono en el país árabe. Tan sólo para llegar a un empate con las guerrillas se necesitarían por lo menos 500 mil soldados ante un nivel de resistencia como el que se encuentra hoy en Irak. Eso no será posible salvo si Bush restablece el servicio militar obligatorio, lo cual sin duda producirá el desorden civil que amenazaría la actual hegemonía republicana.

La alternativa de Washington sería retirarse y atrincherarse en bases superfortificadas y salir de cuando en cuando a ondear la bandera. Si bien esto significaría la derrota de facto de Estados Unidos, también implicaría que la resistencia del pueblo iraquí no tendría control territorial de jure a partir del cual declarar la soberanía y emprender el proceso de formar un verdadero gobierno nacional.

Desafíos al movimiento

Apoyar la lucha del pueblo iraquí para crear el espacio soberano en el que pueda fundar un gobierno nacional de su elección continúa siendo una de las dos principales prioridades del movimiento antibélico global. La otra es poner fin a la ocupación israelí de Palestina y a la negación de los derechos del pueblo palestino. En un momento marcado por la conjunción de una derecha que resurge en Estados Unidos y la continuación de la crisis del imperio en el mundo, ¿qué se requiere para avanzar hacia esta meta?

En primer lugar, el movimiento tiene que evolucionar más allá de la espontaneidad y llegar a un nuevo nivel de coordinación transfronteriza, que vaya más lejos que sincronizar días anuales de protesta contra la guerra. La masa crítica para afectar el resultado de la guerra no se logrará sin una ola constante de protestas globales similares a las que marcaron las movilizaciones contra la guerra de Vietnam de 1968 a 1972, que pongan a millones de personas en un estado constante de activismo. Coordinarse, además, significa coordinar no sólo manifestaciones de masas, sino también desobediencia civil, trabajar sobre los medios globales, cabildear día con día con funcionarios, y educación política.

En segundo lugar, en términos de táctica, deben emprenderse nuevas formas de protesta. Las sanciones y el boicot son métodos que deben ponerse en juego. En la Foro Global de Mumbai, a principios de este año, Arundhati Roy sugirió comenzar con una de las dos empresas estadunidenses que se benefician directamente de la guerra, como son Halliburton y Bechtel, y movilizarse para cerrar sus operaciones en el mundo. Es tiempo de tomar en serio su sugerencia, no sólo respecto a firmas estadunidenses, sino también con compañías y productos israelíes. Debemos decir a Washington y sus aliados que no puede haber normalidad en los negocios en tanto la guerra continúe.

En Estados Unidos, los activistas pueden abrevar en la inmensamente poderosa tradición de la desobediencia a leyes injustas que motivó a personas como los abolicionistas, Henry Davidson Thoureau, los cuáqueros y los hermanos Berrigan. De hecho, tal resistencia puede ser la clave para detener no sólo el impulso imperial, sino también la carrera para restringir las libertades políticas y la democracia. En ningún momento es más necesario que ahora, cuando la opción electoral se ha ido, resistir el díctum imperial sin violencia, invocando una ley superior.

En tercer lugar, está claro que Gran Bretaña e Italia -en especial la primera- son los principales apoyos de la política bélica de Bush fuera de Estados Unidos. Bush invoca constantemente a esos gobiernos para legitimar su aventura bélica. Lo que ocurre en Italia, a su vez, afecta lo que ocurre en Gran Bretaña. Ambos países tienen sólidas mayorías opositoras a la guerra, que deben convertirse ahora en una fuerza poderosa que interrumpa la marcha normal de los negocios en esos países gobernados por regímenes cómplices con la guerra estadunidense. Ambos países tienen la preciada tradición de la huelga general que, combinada con la desobediencia civil en masa, puede elevar en forma significativa los costos del apoyo de sus gobiernos a Washington.

Cuarto, al ser Medio Oriente el campo de batalla estratégico de las próximas cuatro décadas, será esencial forjar vínculos entre el movimiento global de paz y el mundo árabe. Los gobiernos de Medio Oriente son notoriamente supinos cuando se trata de Washington, así que, como en Europa, forjar los lazos de solidaridad entre movimientos civiles debe ser el impulso principal de este esfuerzo. Es crítico para el movimiento palestino, el movimiento antisionista israelí y los movimientos de paz ir más allá de las etiquetas impuestas por los gobiernos y encontrar formas de cooperar para poner fin a la ocupación israelí. Este proceso tiene una forma de acercar a personas cuyas posiciones políticas parecen inconciliables.

Al entrar en su segundo periodo, la agenda de Bush es la misma: la dominación global. Nuestra respuesta es la misma: resistencia global. Sólo hay una cosa que puede frustrar los negros propósitos del imperio en Irak, Palestina y otras partes: la solidaridad militante entre los pueblos del mundo. Volver real y poderosa esa solidaridad, y encaminarla a la victoria, es el reto que tenemos ante nosotros.

* Director ejecutivo de la organización Focus in the Global South, con sede en Bangkok, Tailandia, y profesor de sociología y administración pública en la Universidad de Filipinas.

Traducción: Jorge Anaya