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EEUU saca a patrullar IV Flota ante una Latinoamérica que ya no se somete al imperio

¿El retorno de las cañoneras?

Fuentes: Público

  El Gobierno de Estados Unidos decidió resucitar, a partir del 1 de julio, la IV Flota para patrullar las aguas del continente americano, de Florida a Patagonia. La decisión estadounidense de reactivar un fósil naval -nacido a raíz de la Segunda Guerra Mundial y cancelado en 1950- ha causado el general rechazo de los […]

 

El Gobierno de Estados Unidos decidió resucitar, a partir del 1 de julio, la IV Flota para patrullar las aguas del continente americano, de Florida a Patagonia.

La decisión estadounidense de reactivar un fósil naval -nacido a raíz de la Segunda Guerra Mundial y cancelado en 1950- ha causado el general rechazo de los gobiernos de la región -con excepción de Colombia- no por significar una amenaza nueva para los países del área (para invadir Granada en 1983 o Panamá en 1989 no hizo falta una IV Flota), sino por lo que tiene de significado: recordar a Latinoamérica quién es el más duro y más fuerte, quién tiene las pistolas.

EEUU quiere hacer ver que no renuncia a la amenaza ni al uso de la fuerza y, para hacerlo constar, patrullará la región más pacífica del mundo (con excepción de la guerra perpetua colombiana) con portaviones, submarinos atómicos y destructores.

La decisión se toma en un momento de marcado declive de la influencia de EEUU en Latinoamérica, batido el mapa político regional por un tsunami de gobiernos de izquierda y progresistas, el ascenso de la presencia económica china y la no menos relevante presencia europea.

Militarismo colombiano

Coincide también con la decisión adoptada en mayo pasado por los países de América del Sur -a iniciativa de Brasil y con la excepción de Colombia- de constituir un Consejo de Defensa Sudamericano, dentro de la Unión de Naciones del Sur.

Una iniciativa vista con recelo por EEUU, pues además de acrecentar el liderazgo carioca en la región, daría, de consolidarse, el tiro de gracia al momificado Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947, que sirviera de modelo a la OTAN.

Tampoco puede desligarse la reconstitución de la IV Flota de la inestabilidad que viene provocando en Latinoamérica el militarismo rampante de Colombia, cuyo presidente, Álvaro Uribe, ordenó un ataque armado en territorio ecuatoriano, desencadenando la mayor crisis regional en 30 años.

Tampoco puede desvincularse de esta decisión la ofensiva subterránea de desestabilización contra los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia, que tienen un epicentro común en Bogotá, único aliado fiable que conserva Washington en su ex patio trasero.

No es un hecho casual que el único Gobierno suramericano que recibiera con aplauso a la IV Flota fuera el colombiano, país donde EEUU está cada vez más involucrado en la guerra contra la guerrilla y sin cuyo apoyo generoso mal funcionaría el Ejército nativo.

Hay cierto paralelismo entre esta inesperada y anacrónica resucitación de la IV Flota y la militarización de la UE que promueve EEUU, especialmente desde la agresión contra la exigua Yugoslavia de Serbia y Montenegro, en 1999. La guerra contra Yugoslavia se dio en un momento ascendente del proceso de integración europeo, que tenía en el euro su punta de lanza.

La agresión contra Belgrado, seguida de una ampliación a marchas forzadas de la OTAN hacia el Este y contra Moscú, imitando los pasos de Napoleón y Hitler, ha tenido el efecto de fortalecer la OTAN y desintegrar dos proyectos estratégicos de la UE: la constitución de un Ejército europeo y la consolidación de una política exterior común.

El espacio que quería ocupar la UE lo ocupa hoy el escudo antimisiles, la nueva guerra fría con Rusia y el botín de una Ucrania otanizada (el sueño nazi, recordemos, era una Ucrania independiente y germanizada).

Frente a los fortalecidos procesos de integración latinoamericanos, más diversos y plurales que los europeos (Petrocaribe, Unasur, Telesur, MERCOSUR, Alba… en ninguno de los cuales participa Colombia), EEUU parece querer responder a la europea, militarizando -a falta de otros argumentos- su política hacia una Latinoamérica rebelde y en movimiento, que ya no pide permiso a Washington para hacer política y que osa diseñar planes militares independientes.

Paz e integración

La diferencia entre Latinoamérica y Europa es que la primera vive el periodo de mayor paz e integración de su historia independiente, con la excepción de Colombia, y sacar a pasear por los inabarcables mares latinoamericanos una flota de guerra sabe más a berrinche crepuscular que a política seria.

Los gobiernos han protestado, de La Habana a Buenos Aires, de Managua a La Paz, pero dándole al hecho la importancia que tiene: ninguna. Es cosa sabida que EEUU tiene muchos barcos y aviones de guerra, pero sería el disparate del siglo que los empleara en invadir un país cualquiera de la región. Aceleraría el fin de su influencia.

Junto con Bogotá, otro sector latinoamericano ha recibido con júbilo la noticia de la IV Flota: la derecha desplazada del poder. En Caracas, La Paz o Buenos Aires, sus ideólogos sueñan con que vuelvan viejos tiempos. Las añoradas cañoneras que ponían y quitaban gobiernos, al gusto del imperio y las oligarquías.

Habrá que decepcionarles. La época de las intervenciones militares en Latinoamérica pasó. Lo dijo el comandante de la Marina brasileña, Julio Moura Neto. No se admitirá ninguna intervención naval de EEUU en aguas de Brasil, bajo ningún pretexto. Moura resumía el pensamiento de la región. Lo único que hará la IV Flota es gastar combustible. ¡Con lo caro que está!

* Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional en la Universidad Autónoma de Madrid y embajador de Nicaragua en España.