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Irán representa una amenaza mortal para la hegemonía global de Estados Unidos

Fuentes: Information Clearing House

Traducido del inglés para rebelión por Beatriz Morales Bastos

Estados Unidos de América se ha convertido en sinónimo de guerra. Ningún otro Estado nación ha iniciado tantas guerras o conflictos en la época moderna como Estados Unidos de Armagedón.

Bajo la fachada que ofrecen los medios occidentales de una Corea del Norte «imprevisible» y «agresiva», la verdadera fuente de conflictos en las tensiones actuales de guerra en la Península de Corea es Estados Unidos. Se presenta a Washington como una fuerza contenida y defensiva pero, en realidad, este peligroso enfrentamiento nuclear hay que verlo en el contexto del histórico apetito de Washington por la guerra y la hegemonía en cada rincón del mundo.

Corea del Norte puede presentar un desafío inmediato a las ambiciones hegemónicas de Washington. Sin embargo, como veamos a ver, Irán representa un desafío mucho mayor y potencialmente fatal para el imperio global estadounidense.

Gracias al trabajo de escritores y pensadores como William Blum y Noam Chomsky se ha documentado que en las siete últimas décadas desde la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos ha estado implicado en más de 60 guerras, además de en muchos otros conflictos por intermediación, subterfugios y golpes. Ninguna otra nación de la tierra se aproxima a este historial estadounidense de beligerancia y amenazas a la seguridad del mundo. Ninguna otra nación tienen tanta sangre en las manos.

A los estadounidenses les gusta pensar que su país es el primero del mundo en libertad, principios humanitarios y destrezas tecnológicas y económicas. Las verdad es más brutal y prosaica: Estados Unidos es el primero en el mundo en belicismo y en sembrar la muerte y la destrucción en otros países.

Si Estados Unidos no perpetra directamente una guerra, como en el genocidio de Vietnam, entonces entabla la violencia a través de otros, como ocurrió con las dictaduras y escuadrones de la muerte en América del Sur o con su maquinaria militar por intermediación en Oriente Próximo, Israel.

Esta tendencia belicosa parece haberse acelerado desde la desaparición de la Unión Soviética hace más de dos décadas. Nada más desmoronarse la Unión Soviética, Estados Unidos encabezó la Primera Guerra del Golfo contra Iraq en 1991. A esto le siguió rápidamente una sangrienta intervención en Somalia con el nombre aparentemente encantador de «Operación Restaurar la Esperanza».

Desde entonces hemos visto cómo Estados Unidos se veía involucrado en cada vez más guerras, en ocasiones bajo capa de «coaliciones de voluntarios», las Naciones Unidas o la OTAN. También se han mencionado toda una variedad de pretextos: guerra contra la droga, guerra contra el terrorismo, Eje del Mal, la responsabilidad de proteger, policía del mundo, mantener la paz y la seguridad mundial, impedir las armas de destrucción masiva, etc. Pero estas guerras están dirigidas por Estados Unidos y los pretextos siempre son una mera fachada hermosa de los brutales intereses estratégicos de Washington.

Parece que ahora hemos llegado a una fase de la historia en la que el mundo es testigo de un estado de guerra permanente emprendida por Estados Unidos y sus subalternos: Yugoslavia, Afganistán, Iraq (otra vez), Libia, Pakistán, Somalia (otra vez), Malí y Siria, por mencionar solo algunas. Estos escenarios de criminales operaciones militares estadounidenses se suman a una lista de guerras encubiertas en curso contra Palestina, Cuba, Irán y Corea del Norte.

Afortunadamente, un giro del destino provocado por el difunto dirigente venezolano Hugo Chávez ha garantizado que gran parte de América del Sur (la más importante de la llamada esfera de influencia estadounidense) permanezca fuera de los límites de los estragos de Washington, al menos por ahora.

La pregunta es por qué Estados Unidos tienen esta desmesurada propensión a la guerra. La respuesta es poder. La economía capitalista global exige una fatal lucha de poder por el control de los recursos naturales. Para mantener su posición histórica única de control del beneficio y los privilegios capitalistas la elite corporativa estadounidense (el ejecutivo del sistema capitalista mundial) debe tener la hegemonía de los recursos naturales del mundo.

En 1948 George F Kennan, planificador estatal, expresó claramente la fría lógica de esta propensión: «Debemos dejar de hablar de objetivos vagos e irreales como derechos humanos, aumentar el nivel de vida y democratización. No está lejos el día en que tendremos que abordar conceptos de poder puro. Cuanto menos nos entorpezcan entonces las consignas idealistas, mejor».

En otras palabras, Kennan estaba admitiendo con franqueza los que los dirigentes políticos estadounidenses a menudo disimulan con falsa retórica, esto es, que la elite dirigente estadounidense no tiene interés alguno en defender la democracia, los derechos humanos o el derecho internacional. Lo que le interesa es el control del poder económico de acuerdo con las leyes capitalistas.

Kennan, que fue uno de los principales artífices de la política exterior estadounidense en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial, también señaló con sinceridad y presciencia: «Si la Unión Soviética se hundiera mañana en las aguas del océano, la clase dirigente militaro-industrial estadounidense tendría que seguir adelante sin cambiar sustancialmente hasta que se pudiera inventar algún otro adversario. Cualquier otra cosa sería un shock inaceptable para la economía estadounidense».

Por consiguiente, vemos cómo una vez que se desmoronó el «Imperio del mal» de la Unión Soviética Estados Unidos no ha logrado encontrar un «enemigo» que la sustituya ni un pretexto para su militarismo esencial. Los atentados terroristas del 11 de septiembre y la subsiguiente «guerra contra el terrorismo» han satisfecho hasta cierto punto este propósito, a pesar de estar llenos de contradicciones que ocultan su fraudulencia, como el apoyo que brinda actualmente a elementos terroristas de Al Qaeda para derrocar al gobierno de Siria.

La actual amenaza de una guerra nuclear en la Península de Corea en realidad no tiene que ver con Corea de Norte o con el Estado de Corea del Sur al que apoya Estados Unidos. Como en 1945, Corea fue un escenario para que Estados Unidos mostrara su poderío militar a quienes consideraba sus principales rivales globales, Rusa y China. Cuando estaba terminando la Segunda Guerra Mundial los avances de la Rusa y la China comunistas en el Pacífico contra el Japón imperialista preocupaban mucho a Washington a la hora de pensar en el reparto global posterior a la guerra.

Esa es la razón por la que Estados Unidos dio el paso sin precedentes de arrojar bombas atómicas sobre Japón. Fue la más trascendental demostración de poder puro y duro por parte de Estados Unidos a sus rivales. El doble holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki detuvo inmediata y completamente los avances rusos y chinos en la Península de Corea contra los japoneses, a los que la población coreana habían dado la bienvenida.

La división de Corea en 1945 a instancias de Washington también formaba parte de la delimitación de la influencia global y de la vigilancia del control de los recursos que se produjeron después de la guerra. La Guerra de Corea (1950-1953) instigada por Estados Unidos y las subsiguientes décadas de tensión entre los Estados del Norte y del Sur permitieron a Washington mantener una permanente presencia militar en el Pacífico.

La retórica acerca de «defender a nuestros aliados» que ha vuelto a reiterar esta semana el secretario de Defensa estadounidense Chuck Hagel no es sino una cínica quimera del propósito y la razón verdaderos de la presencia de Washington en Corea: el control estratégico de Rusia y China por la hegemonía sobre los recursos naturales, los trasportes, la logística y, en última instancia, el beneficio capitalista.

Trágicamente Corea del Norte y del Sur continúan atrapadas en el punto de mira de la guerra geopolítica de Washington contra Rusia y China. Esto es lo que hace que las actuales tensiones en la Península sean tan peligrosas. Estados Unidos podría considerar que un ataque devastador contra Corea del Norte fuera la mejor manera en esta coyuntura histórica de enviar otro mensaje brutal a sus rivales. Por desgracia, la capacidad nuclear de Corea del Norte y su actitud hostil (que exageran los medios dominantes occidentales) podrían servir de excusa política superficial para que Washington adoptara de nuevo la opción militar.

Sin embargo, Irán presenta un desafío mucho mayor y más problemático para la hegemonía global estadounidense. En 2013 Estados Unidos es un animal muy diferente del que era en 1945. Ahora se parece más a un gigante torpe. Ha desaparecido su antigua destreza económica y sus arterias están esclerosadas por su decadencia y malestar internos. Lo que también es de crucial importancia es que el torpe gigante estadounidense ha malgastado toda la fuerza moral que pudiera haber tenido a ojos del mundo. Puede que su halo de moralidad y de principios democráticos pareciera creíble en 1945, pero las incontables guerras y las nefastas intrigas a lo largo de las décadas subsiguientes han ido desgastando esta apariencia hasta revelar a un belicista patológico.

Por supuesto, el poderío militar estadounidense sigue siendo una fuerza extremadamente peligrosa, aunque ahora se asemeja más a un abultado músculo que cuelga en lo que por lo demás es un cuerpo escuálido. Esta potencia torpe y moribunda tiene ante sí a Irán como un desafío fatal. Para empezar, Irán no tiene armas o ambiciones nucleares y lo ha afirmado muchas veces, con lo que ha conseguido ganarse la buena voluntad de la comunidad internacional, incluida la opinión pública de América del Norte y de Europa. Por consiguiente, Estados Unidos o sus sustitutos no pueden justificar de manera creíble un ataque militar a Irán, como podría hacer contra Corea del Norte, sin arriesgarse a una avalancha de violentas reacciones políticas.

En segundo lugar, Irán ejerce una influencia determinante sobre el fármaco vital que mantiene vivo el sistema económico estadounidense: el suministro mundial de petróleo y gas. En caso de que Estados Unidos fuera tan demente como para embarcarse en ello, cualquier guerra contra Irán tendría como resultado un golpe mortal para la lánguida economía estadounidense y global.

Una tercera razón por la que Irán representa un desafío mortal para la hegemonía global estadounidense es que la República Islámica es una potencia militar formidable. Su población de 80 millones de personas está comprometida con el antiimperialismo y cualquier ataque de Estados Unidos o sus aliados tendría como resultado una guerra a escala regional que echaría abajo los pilares de la estructura geopolítica occidental, incluido el colapso del Estado de Israel y el derrocamiento de la Dinastía Saud y de otras dictaduras del Golfo.

Los estrategas estadounidenses lo saben y por ello no se atreverán a enfrentarse frontalmente con Irán. Pero esto plantea un dilema fatal al imperio estadounidense. Su beligerancia congénita procedente de su ADN sitúa a la elite dirigente estadounidense en un punto muerto en relación con Irán. Cuanto más tiempo persista este punto muerto, más poder global irá perdiendo el cadáver de Estados Unidos. Por consiguiente, como muchos otros imperios antes, el imperio estadounidense podría hundirse en las rocas del antiguo imperio persa.

Con todo, la historia no acabará ahí. Para lograr la paz, la justicia y la sostenibilidad mundiales no se necesita únicamente el colapso de la hegemonía estadounidense. Necesitamos derrotar el sistema económico capitalista subyacente que da lugar a estos poderes hegemónicos destructivos. Irán representa un golpe mortal para el imperio estadounidense, pero los pueblos del mundo tendrán que edificar sobre las ruinas.

Finian Cunningham (1963) ha escrito por extenso sobre cuestiones internacionales y sus artículos se publican en varios idiomas. Tiene un Máster en Agricultura Química y antes de dedicarse al periodismo trabajó como editor científico de la Real Sociedad de Química de Cambridge, Inglaterra. También es músico y compositor. Fue expulsado de Bahrein en junio de 2011 por sus artículos críticos en los que ponía de relieve las violaciones de derechos humanos por parte del régimen respaldado por Occidente.

Fuente: http://www.informationclearinghouse.info/article34586.htm

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