Detrás del celebrado ascenso tecnológico e industrial de China opera una infraestructura menos visible pero más decisiva: el sistema con el que el Partido Comunista forma, evalúa y promueve a su dirigencia. Una maquinaria institucional que explica su capacidad para sostener políticas de largo plazo y se revela clave para el crecimiento económico del siglo XXI.
El ascenso de China suele explicarse por su escala industrial, su planificación económica o su capacidad tecnológica. Sin embargo, detrás de estos factores visibles existe una infraestructura menos evidente pero decisiva: un sistema institucional dedicado a formar, evaluar y promover a quienes gobiernan. Comprender esta “fábrica invisible” es fundamental para entender la capacidad del Estado chino para sostener políticas de largo plazo.
A fines de febrero de este año, una circular emitida por la Oficina General del Comité Central del Partido Comunista de China pasó casi desapercibida fuera del país. Sin embargo, revela uno de los rasgos más profundos del sistema político chino: la preocupación permanente por cómo formar y evaluar a quienes gobiernan. La circular lanzó una campaña nacional dentro del Partido destinada a orientar a sus miembros –especialmente a los funcionarios– hacia una “comprensión correcta de lo que significa desempeñar bien su labor”.
La campaña, que se extenderá hasta julio, está dirigida a los equipos de liderazgo y a los funcionarios de nivel de condado y superiores. Su objetivo es fortalecer la capacidad de gobierno del Partido, combatir el formalismo administrativo y garantizar que las decisiones estratégicas del Comité Central se traduzcan en beneficios tangibles para la población.
El documento insiste en una idea recurrente en la cultura política china contemporánea: los cuadros dirigentes deben evaluar su desempeño no por los documentos producidos ni por los discursos pronunciados, sino por los resultados concretos que logran para la sociedad. La circular subraya además la necesidad de aplicar las políticas según las condiciones locales y advierte contra lo que denomina “formalidades vacías”: políticas que existen en el papel, pero no en la realidad.
La preocupación no es nueva. Los estudios sobre políticas públicas vienen advirtiendo sobre la brecha que se abre entre las decisiones gubernamentales y su implementación efectiva. Muchas políticas fracasan no en su diseño, sino en su ejecución. En el caso chino, sin embargo, esa tensión aparece explícitamente reconocida y abordada dentro del propio sistema político.
No se trata únicamente de una campaña administrativa. Forma parte de un esfuerzo más amplio por fortalecer la capacidad de implementación del Estado, y refleja una característica estructural del sistema político chino: la preocupación permanente por la formación, la disciplina y el desempeño de su dirigencia.
Si bien gran parte del debate internacional sobre China se ha concentrado en su avance tecnológico –las redes 5G, el sistema de navegación satelital BeiDou, las constelaciones de satélites, la inteligencia artificial– detrás de esos avances existe una dimensión institucional menos visible que rara vez ocupa el centro del análisis: la formación sistemática de su dirigencia. Así, detrás de cada política industrial, de cada programa tecnológico o plan de infraestructura existe una capacidad del Estado para organizar, coordinar e implementar decisiones a gran escala.
Meritocracia política
Con más de 98 millones de miembros, el Partido Comunista de China constituye una de las mayores organizaciones políticas de la historia moderna. Esta escala organizativa no sólo expresa su centralidad en la vida política del país, sino también su papel como estructura institucional destinada a formar, seleccionar y evaluar cuadros capaces de asumir responsabilidades crecientes dentro del aparato estatal.
El ascenso de China ha sido interpretado de múltiples maneras: como resultado de su apertura económica, de su planificación estatal o de su inserción en la economía global. Sin embargo, estas explicaciones suelen omitir la centralidad de la capacidad del Estado para sostener políticas complejas en el tiempo, coordinar múltiples niveles de gobierno y traducir objetivos estratégicos en resultados concretos.
Ese tipo de capacidad no surge espontáneamente. Requiere dirigentes formados, cuadros administrativos experimentados y estructuras organizacionales capaces de operar de manera coordinada en un país de la escala y complejidad de China. El Partido Comunista de China cumple esa función. Más que un partido en el sentido convencional, constituye la estructura institucional que organiza la formación y circulación de la dirigencia del Estado.
El recorrido institucional de un dirigente suele comenzar en niveles locales de gobierno, donde debe enfrentar problemas concretos –desarrollo urbano, gestión industrial, políticas sociales– antes de acceder a responsabilidades mayores. Esta experiencia territorial es uno de los rasgos distintivos del sistema político chino: la promoción depende tanto de los resultados obtenidos como de la evaluación continua por parte de la organización.
Daniel Bell ha descrito este modelo como una forma de meritocracia política en la que los dirigentes ascienden gradualmente a través de distintos niveles de responsabilidad administrativa antes de alcanzar posiciones nacionales (1). En la práctica, muchos líderes chinos poseen una fuerte formación técnica –ingeniería, economía, ciencias aplicadas– complementada con estudios de teoría política y administración pública, así como con experiencia directa de gestión en distintos niveles territoriales.
La política aparece así menos como una competencia electoral inmediata que define el acceso al poder en cada ciclo político –como ocurre en los sistemas políticos basados en la competencia partidaria– y más como una trayectoria institucional, en la que experiencia administrativa, evaluación organizacional y formación política se combinan para producir cuadros capaces de gobernar.
En este sistema, las escuelas del Partido desempeñan un papel central. Fundada en 1933, la Escuela Central del PCCh se ha convertido en uno de los principales espacios de formación de la dirigencia china. Allí se capacitan cuadros políticos y administrativos en teoría política, economía, gestión pública y estrategia, combinando formación ideológica con preparación técnica para la conducción del Estado.
Estas instituciones no funcionan únicamente como centros educativos. Constituyen también espacios de reflexión estratégica donde se discuten políticas públicas, se analizan experiencias de gobierno y se articulan los distintos niveles de la administración. Forman parte del entramado institucional mediante el cual el Partido busca fortalecer las capacidades de gobierno.
En un discurso pronunciado en marzo de 2023 con motivo del 90º aniversario de la Escuela Central del Partido, Xi Jinping subrayó precisamente esta función. Según afirmó, estas instituciones deben mantenerse fieles a su misión original: formar talento para la gobernanza y aportar pensamiento estratégico al desarrollo del país. También destacó la necesidad de fortalecer la educación –en teoría marxista– promover la unidad de pensamiento y preparar dirigentes capaces de asumir las responsabilidades vinculadas al proceso de rejuvenecimiento nacional.
En otras palabras, dentro del sistema político chino el liderazgo no se concibe únicamente como una cuestión de poder o de acceso a posiciones de autoridad. Se entiende, ante todo, como el resultado de un proceso prolongado de formación política, aprendizaje institucional y experiencia administrativa. La cuestión central no es únicamente qué políticas adopta un país, sino si posee las capacidades estatales necesarias para implementarlas.
Construcción social del liderazgo
Para terminar de comprender esta lógica también es necesario considerar la dimensión cultural y social del liderazgo en China. La tradición política de ese país ha otorgado históricamente un lugar central a la formación moral de los gobernantes. En el pensamiento confuciano, la calidad del gobierno depende en gran medida de la virtud, la disciplina y la preparación de quienes ejercen el poder.
Aunque el sistema político contemporáneo se estructura en torno al marxismo y al liderazgo del Partido Comunista, diversos estudios señalan que esa tradición cultural continúa influyendo en la concepción del liderazgo político. Investigaciones sobre la política de las élites muestran que el ideal del dirigente combina competencia administrativa, disciplina organizacional y responsabilidad colectiva (2). En la China contemporánea, el liderazgo se configura en la convergencia entre tradición cultural, socialización institucional y experiencia administrativa, de modo que la legitimidad de los dirigentes no se deriva únicamente de su posición formal, sino también de su desempeño (3).
Esta continuidad cultural no implica una simple restauración del pensamiento clásico. Durante el proceso de reformas iniciado a fines del siglo XX, Deng Xiaoping resignificó ciertos conceptos del legado confuciano –entre ellos la noción de xiaokang, o sociedad modestamente próspera– para dotar de un lenguaje histórico al proyecto de modernización socialista. De este modo, la tradición fue reinterpretada dentro de un marco político en el que el desarrollo económico, la ciencia y la tecnología, junto con la conducción del Partido, se convierten en bases de legitimidad del poder (4).
A esta dimensión cultural se suma una transformación social profunda. Durante las últimas décadas, China ha expandido masivamente su sistema educativo y científico. Cada año se gradúan más de once millones de estudiantes universitarios –entre ellos más de un millón de ingenieros– alimentando una base de talento que nutre tanto al sistema productivo como a la administración pública. China gradúa, anualmente, más ingenieros que Estados Unidos y Europa juntos. Este esfuerzo sostenido ha contribuido a que el país se convierta también en el principal registrador de patentes y ha fortalecido la base social sobre la cual se forman los cuadros del Estado. De este modo se configura una retroalimentación positiva: una sociedad más educada produce cuadros más preparados, mientras que una dirigencia más capacitada impulsa políticas que elevan las capacidades colectivas.
La enseñanza para América Latina
En un mundo atravesado por la competencia tecnológica y la reorganización del poder global, la disputa entre las grandes potencias no se libra únicamente en los mercados, en la innovación científica o en el control de las cadenas de valor. Como se ha desarrollado en este artículo, también es clave la organización política y la formación de las élites dirigentes capaces de sostener políticas de desarrollo durante largos períodos, coordinando múltiples niveles de gobierno y movilizando recursos humanos y materiales a gran escala.
Para América Latina esta cuestión resulta particularmente relevante. En la región, los debates sobre desarrollo suelen concentrarse en los modelos económicos o en las estrategias de inserción internacional, mientras que la discusión sobre las capacidades institucionales necesarias para implementarlos suele quedar en un segundo plano.
La experiencia china ofrece un modelo que no es fácil de replicar, pero echa luz sobre la importancia no sólo de las políticas públicas para alcanzar el progreso económico, sino fundamentalmente de la formación de quienes deben implementarlas.
Bibliografía:
- Daniel Bell, The China Model: Political Meritocracy and the Limits of Democracy, Princeton University Press, 2015.
- Xuezhi Guo, The Politics of the Core Leader in China. Culture, Institution, Legitimacy and Power, Cambridge University Press, 2019.
- Paul Linehan, The Culture of Leadership in Contemporary China, Palgrave Macmillan.
- John K. Fairbank, China: A New History, Harvard University Press, 1992.
- Roland Boer, Socialism with Chinese Characteristics: A Guide for Foreigners, Springer, 2017.
Sabino Vaca Narvaja: Exembajador de Argentina en China.
©️ Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


