Recomiendo:
2

La fabricación ideológica del consentimiento de las nuevas guerras imperialistas

Fuentes: Rebelión [Foto: Lienzo de Vasily Vereshchagin, «La apoteosis de la guerra», Galería Tretyakov, Moscú]

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Las guerras imperialistas se multiplican desde la desaparición de la URSS, que también significó el final de todos los equilibrios surgidos de la derrota del nazismo. De Iraq a Siria, pasando por Libia. Sudán o Líbano, etc, las grandes potencias occidentales en general y Estados Unidos en particular intervienen militarmente, directa y/o indirectamente, en nombre de la defensa de «grandes valores universales»: los derechos humanos, los derechos de las mujeres, la protección de las minorías, etc. Estos nuevos discursos ideológicos de legitimación de las guerras tratan de fabricar un consentimiento popular de las guerras lleno de consecuencias para los pueblos de los países agredidos, pero también para los de los países agresores.

Perspectiva histórica

Los discursos de legitimación de las guerras han evolucionado desde el nacimiento del capitalismo en el siglo XVII de forma paralela a las mutaciones del nuevo sistema capitalista. En su fase preimperialista, la del capitalismo anterior al dominio de los monopolios, el objetivo principal de las guerras era el saqueo y la destrucción de civilizaciones enteras. Estos saqueos y destrucciones se justificaron en primer lugar por medio de la «doctrina del descubrimiento» (que afirma que las Américas que «descubren» los conquistadores carecían de propietarios) y a continuación por medio de la intervención del racismo (que afirma que las personas indígenas no son totalmente humanas y, en consecuencia, que los conquistadores tienen una misión de humanización). La esclavitud, la colonización, la evangelización por la fuerza, el trabajo forzado, etc., se justificaban al ser considerados los medios necesarios para hacer humanos a unos pueblos que estaban todavía en una fase animal o para hacer evolucionar a unos «pueblos infantiles».

La segunda globalización del capitalismo (1850-1914) toma el relevo de la primera (1492-1850) con la carrera para colonizar África en la segunda mitad del siglo XIX. El progreso del saber científico, la «famosa Ilustración» y sus consecuencias políticas (afirmaciones humanistas, uiversalistas, etc.), el desarrollo del movimiento obrero, etc., todo estos factores provocan una mutación de los discursos de justificación de la conquista. Así, la colonización del continente africano se justifica en nombre de la abolición de la esclavitud. Ya no se trata de hacer humanos a unos animales, sino de civilizar a unos pueblos que se han quedado estancados en un estadio anterior de evolución. La misión de humanización cede el paso a la misión civilizadora.

La experiencia del nazismo y la derrota de este hacen que todas estas ideologías queden bruscamente obsoletas puesto que, en efecto, los nazis sometieron Europa en nombre de unas ideologías similares. Ellos también defendían una jerarquización entre las «razas» humanas, pero la extendía a los pueblos europeos. Ellos también pretendían «civilizar» el mundo bajo la dirección de la «raza» más avanzada: la aria.

La nueva potencia hegemónica, Estados Unidos, iniciará el nuevo discurso de legitimación bajo el nombre de «Guerra Fría». Por lo tanto, en adelante es en nombre del «peligro comunista» como se libran las guerras y como se justifica el mantenimiento de la colonización y después de las injerencias en los nuevos Estados independientes.

Los efectos sistémicos de la desaparición de la URSS

La desaparición del contrapeso a la hegemonía estadounidense sume al mundo en una situación inédita. Por primera vez desde los orígenes del capitalismo, el unilateralismo es casi total. En efecto, recordemos que tras una primera fase multipolar (durante la primera globalización), Gran Bretaña y Francia se imponen rápidamente como las dos potencias hegemónicas. Cada una de estas dos potencias rivales estaba obligada a tener en cuenta a la otra y constituía un contrapeso. A partir de 1945 esta función de contrapeso la desempeñarán la URSS y los demás países socialistas.

Las ventajas del unilateralismo son colosales para el capital estadounidense. La reflexión estratégica estadounidense se orientará lógicamente a las condiciones que se deben instaurar para que perdure una situación tan rentable. De ahí se desprenderán dos ejes estratégicos que hay que justificar por medio de nuevos discursos de legitimación ideológica. El primero consiste en operar una cirugía política en los espacios estratégicos del planeta (en términos de recursos o de vías de transporte) y de ahí proviene una serie de guerras de balcanización cuyo objetivo es dividir en varios Estados a aquellas naciones que disponen de una base territorial y de riquezas, lo cual podría proporcionarles en el futuro la posibilidad de rechazar la tutela estadounidense: Yugoslavia, Iraq, Sudán, Libia, Siria, etc. Este ciclo no se ha cerrado todavía.

El segundo eje es la instalación de pequeños Estados vasallos fuertemente armados y totalmente dependientes de Estados Unidos cuya función es ser los gestores locales de este. Ruanda, con su cercanía al Congo y sus inmensas riquezas, se añade así a Israel, que tiene esta función desde hace mucho tiempo. Eso mismo se planifica en otros lugares, como Marruecos para controlar a la vez el Norte de África y el Sahel.

Esta estrategia de guerras sucesivas solo es posible difundiendo de forma masiva la idea de un peligro inminente que requiere una política ofensiva. Esa fue la orden dada a las estructuras de elaboración ideológica estadounidenses (los múltiples laboratorios de ideas financiados por las agencias de seguridad o por el ejército). El resultado de ello fue la teoría del «choque de civilizaciones».

Una de la razones de que se haya elegido esta teorización como eje central del discurso político estadounidense es su generalidad y que se puede aplicar a múltiples situaciones, una característica que se había vuelto necesaria debido a las mutaciones rápidas e imprevistas de la situación mundial. El progreso económico chino, la creación de los BRICS, las experiencias de asociación como el ALBA en América Latina, etc., todos estos factores hacían necesario formular una teoría general que permitiera legitimar una intervención militar en cualquier parte del mundo, desde el mar de China a Venezuela, desde Siria a Ucrani, etc. 

La teoría del choque de civilizaciones y sus consecuencias

Esta teoría nacida en la década de 1990 se convierte rápidamente en la principal matriz ideológica utilizada para legitimar las guerras imperialistas. La obra de Samuel Huntington publicada en 1997 (El choque de civilizaciones) adquiere el estatuto de paradigma de las acciones y de los discursos del gobierno estadounidense. Su razonamiento contiene varias ideas fuerza. La primera es una definición esencialista y ahistórica de las «civilizaciones». Este planteamiento sostiene que las civilizaciones tienen un eje central religioso y por ello son incompatibles unas con otras. Los enfrentamientos, los conflictos y las guerras contemporáneos no se explican por aquello que hay en juego desde el punto de vista económico o político, sino por esta incompatibilidad eterna entre religiones consideradas ahistóricas y homogéneas, y por eso el enfrentamiento entre civilizaciones es inevitable y permanente. La conclusión principal es la necesidad imperiosa de defender la civilización occidental que está amenazada por las demás.

No es de extrañar que la definición de las demás civilizaciones lleve a una verdadera cartografía de las guerras recientes. La primera civilización enemiga es, por supuesto, la «civilización árabo-islámica», de la que hay que protegerse por todos los medios. De ello se desprenden las «guerras contra el terrorismo» en el exterior, que se corresponden precisamente a aquellos países que poseen los recursos y/o las vías de acceso a las energías estratégicas que son el petróleo y el gas. También se desprende de ello el desarrollo de la islamofobia de Estado en los países occidentales, islamofobia que se define como una autodefensa frente a un «enemigo interior» que hay que erradicar. La segunda civilización se denomina ortodoxa y se relaciona extrañamente con la guerra en Ucrania. La tercera se denomina «confuciana» y se hace eco de las estrategias estadounidenses que tienen por objetivo contener a China y cortarle el acceso a los recursos naturales.

La ideología del «choque de civilizaciones» se corresponde exactamente a los territorios de guerra que proyecta el imperialismo estadounidense en un momento de la historia mundial en el que este ha perdido la hegemonía económica y comercial, pero también la científica y tecnológica. Restablecer por la fuerza y la destrucción una hegemonía en decadencia es la única estrategia que se desprende de la teoría del «choque de civilizaciones». Dicha estrategia requiere provocar un miedo social sin el cual se rechazarían los sacrificios exigidos para financiar las guerras actuales y futuras.

Es extremadamente urgente llevar a cabo las campañas masivas que visibilicen concretamente quién tiene interés en llevar a cabo estas guerras, el empeoramiento de las condiciones de vida de la población que necesitan estas guerras y la fascistización que les acompaña como medio para neutralizar al «frente interno». En efecto, no se puede cumplir este programa de guerra sin, por una parte, empobrecer masivamente a la población y, por otra, sin reprimir cualquier contestación.

Este texto se publicó en el número 11 de la revista catalana Catarsi de enero de 2026 (pp. 114-117).

Texto original: https://bouamamas.wordpress.com/2026/02/06/la-fabrique-ideologique-du-consentement-des-nouvelles-guerres-imperialiste/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.