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La política exterior rusa

¿La sombra del sóviet?

Fuentes: El Viejo Topo

A finales de 2012, la anterior secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, lanzaba un alarmante mensaje para Occidente: denunciaba los procesos de restauración de la Unión Soviética que, en su opinión, se estaban dando en el espacio postsoviético. ¿Era ese el rasgo más destacado del segundo período de Putin en la presidencia rusa? ¿Estaba Moscú […]

A finales de 2012, la anterior secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, lanzaba un alarmante mensaje para Occidente: denunciaba los procesos de restauración de la Unión Soviética que, en su opinión, se estaban dando en el espacio postsoviético. ¿Era ese el rasgo más destacado del segundo período de Putin en la presidencia rusa? ¿Estaba Moscú trabajando para reconstruir la Unión Soviética? Cuando Clinton pronunció esas palabras todavía no había transcurrido un año desde la victoria de Putin en las elecciones presidenciales rusas, pero los términos principales de su política, esbozados cuando aún era candidato, están muy lejos de lo que afirmaba la ministra norteamericana.

En la década final del siglo pasado, Yeltsin, con el apoyo de Occidente, basó su poder en el desmantelamiento de las estructuras soviéticas (incluso, recurriendo a la fuerza militar y al golpe de Estado), en el robo y privatización de las propiedades públicas, y en la sistemática difamación de cualquier aspecto relacionado con la URSS. Su política exterior reflejó la profunda crisis en que sumió al país, y, así, Moscú dejó de ser una de las principales voces en el mundo para convertirse en una capital que aceptaba los dictados de Washington, pese a algunos gestos airados del grotesco Yeltsin en la antigua Yugoslavia. Esa política exterior comenzó a cambiar con la llegada de Putin a la presidencia, y, aunque nunca dio satisfacción a las demandas de la izquierda rusa representada por el Partido Comunista, si empezó a construir un discurso autónomo orientado a recuperar una parte de la influencia que tuvo la Unión Soviética. Es evidente que Serguéi Lavrov no tiene nada que ver con el complaciente Andréi Kozirev, ministro de Exteriores con Yeltsin. Los primeros años de Putin en la presidencia, entre 2000 y 2008, transcurrieron bajo el peso de las hipotecas yeltsinianas, pero ya en 2007, en la Conferencia de Múnich, el presidente ruso hizo un crudo análisis de la acción imperial de Washington y de las consecuencias de su política belicista, denunciando que el gobierno norteamericano había incumplido sus compromisos con Moscú, ampliado la OTAN y construido un agresivo cerco de instalaciones militares cerca de las fronteras rusas. Sin embargo, Putin no renunciaba a los compromisos, y su intervención perseguía que Estados Unidos empezase a respetar los intereses rusos, al igual que Rusia aceptaba explícitamente los intereses globales norteamericanos.

Tras el paréntesis de la presidencia de Medvéded, a finales de febrero de 2012 y poco antes de las elecciones presidenciales, Vladimir Putin publicó un largo artículo en el periódico Moskovskie Novosti donde explicaba el papel que debe desempeñar Rusia en un mundo en rápida transformación, con el fondo de la crisis económica norteamericana y europea. Estaba a punto de convertirse, de nuevo, en el presidente del país. Ese relevante artículo recogía, en lo esencial, la doctrina elaborada por la cancillería y por los centros de pensamiento estratégico ruso para la definición de su política exterior, y que, en el año transcurrido desde su retorno a la presidencia, su gobierno ha empezado a aplicar, no sin contratiempos.

Toda su argumentación estaba centrada en la reivindicación de los intereses rusos para que sean aceptados por Washington, y en la reciprocidad y el respeto a los intereses norteamericanos y de otras potencias, con un objetivo: el desarrollo del país y la recuperación de su perdida influencia en muchas áreas, aunque sin la pretensión del retorno a un mundo bipolar. El desarrollo ruso, que Putin vincula a los recursos energéticos de su país (petróleo y gas), pero también a las enormes extensiones disponibles de tierras cultivables, bosques y reservas de agua potable, tiene también un objetivo en política exterior: la integración del espacio postsoviético, definida como una prioridad absoluta por Putin, por el ministerio de Asuntos Exteriores y por los centros del pensamiento estratégico ruso. Tanto la CEI, como la Comunidad Económica Euroasiática, pasando por la Unión Aduanera y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, están en el centro de las preocupaciones y del esfuerzo de Moscú, dejando en un plano secundario las relaciones con China, la Unión Europea, Estados Unidos y la India, por no hablar de África y América Latina, donde la influencia es mucho menor, aunque Moscú no renuncie por ello a recuperar autoridad en el futuro. Esa concepción no implica un abandono de los escenarios internacionales, ni mucho menos; ni desinterés hacia las relaciones con las otras grandes potencias, con quienes aspira a cerrar acuerdos que contribuyan al desarrollo de Rusia, sino la voluntad de poner el énfasis en la reconstrucción del espacio postsoviético, asumiendo un papel relevante, como Putin cree que corresponde a su país. Por eso, el presidente ruso incluso estaría abierto a estudiar algunas ayudas financieras a países de la Unión Europea prisioneros de la crisis.

En su artículo, Putin insistía en la importancia de una seguridad planetaria, en la estabilidad de las fronteras, en la adopción de medidas para impedir la proliferación nuclear, en la prevención del terrorismo y del tráfico de estupefacientes, y llamaba la atención sobre el peligro de marginar a la ONU en los escenarios internacionales, como, de hecho, ha ocurrido en numerosas ocasiones en los últimos años. Al mismo tiempo, cree que la inestabilidad internacional es consecuencia de la intervención norteamericana en muchas áreas, y, aunque no citaba ejemplos, el contexto de los disturbios, guerras civiles y enfrentamientos en toda la gran región que va desde Argelia hasta la India, era elocuente: la mano de Washington es patente en la crisis libia, en la transición de Egipto, en el nuevo Yemen, en la guerra civil siria, en el caótico Pakistán, por no hablar de su intervención militar directa en Iraq o Afganistán; pero no siempre consigue controlar los cambios, que, en ocasiones, acaban desembocando en situaciones de caos y enfrentamientos como en Egipto o Túnez.

La política norteamericana de desplegar nuevas fuerzas, desarrollar un escudo antimisiles, y la voluntad de incluir nuevos países en la OTAN, afecta de lleno a las fronteras y la seguridad de Rusia, y el supuesto compromiso de Obama para hacer pública una declaración política de su gobierno (adelantándose, así, a hipotéticos problemas en el Senado) con la que Washington daría seguridades a Moscú de que el escudo antimisiles no iba destinado contra las fuerzas nucleares rusas, no ha visto la luz, pese a los rumores en las cancillerías, que aseguraban (antes de la primera reunión del responsable de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov, y el nuevo secretario de Estado norteamericano, John Kerry) que su publicación era inminente y que sólo restaba el encuentro formal de ambos ministros para hacerla pública. De manera que Moscú exige garantías de que el «escudo» no está dirigido contra Rusia, pero Estados Unidos se niega a ofrecerlas.

Al mismo tiempo, Putin adelantaba que las intervenciones militares amparadas por Washington (justificadas con la supuesta defensa de la libertad y la democracia) están rompiendo las convenciones internacionales en que se basa la soberanía de los Estados, y, mientras en Occidente se enarbola frente a la opinión pública la «defensa de los derechos humanos», se violan los derechos más elementales de las poblaciones afectadas. Esa política unilateral destruye la capacidad de la ONU, y el presidente ruso mantenía que ningún país debe recurrir a la fuerza ignorando las decisiones de los organismos internacionales, puesto que la seguridad de un país no puede ir en detrimento de la seguridad de otros. El presidente ruso criticaba también con dureza la intervención militar norteamericana, y de sus aliados de la OTAN, en Libia, y anunciaba que Rusia no permitiría que un plan semejante se aplicase en Siria: explícitamente, Putin reconocía que su gobierno había escarmentado y no pensaba facilitar la aprobación de resoluciones del Consejo de Seguridad que pudiesen ser utilizadas después para realizar intervenciones militares. La posición de China es semejante, y, frente al intervencionismo, Putin defendía la negociación entre las partes y el cese de los enfrentamientos para evitar la guerra civil, y advertía contra la repetición del esquema que llevó a la guerra contra Iraq: preparar la intervención, con resolución de la ONU, o si no es posible, iniciar igualmente la guerra a través de una coalición internacional que cree el espejismo de que es una decisión de la «comunidad internacional».

En Siria, la intervención extranjera se ha hecho reclutando militantes del fanatismo religioso musulmán, y financiando sus operaciones. Sin embargo, un año después, la situación ha empeorado y la guerra está ensangrentando y desgarrando el país, haciendo más feroz la guerra civil, lo que, unido a la llegada de mercenarios de muchos países, en una operación donde los servicios secretos norteamericanos, sauditas y turcos han tenido un protagonismo no por oculto menos evidente, aleja la posibilidad de una salida negociada. El feroz atentado, en febrero de 2013, contra la sede del partido Baas (situada muy cerca de la embajada rusa) en Damasco, donde más de ochenta personas murieron y otras doscientas fueron heridas, fue motivo de un nuevo desencuentro entre Moscú y Washington, al vetar el gobierno de Obama la condena de la matanza en el Consejo de Seguridad de la ONU. La principal oposición en Rusia, el Partido Comunista, ha exigido a Putin que asegure «apoyo político y material» al gobierno sirio, considerando que las fuerzas rebeldes son un conglomerado de mercenarios de todo Oriente Medio, financiados y armados por los servicios secretos occidentales y las monarquías petroleras del golfo Pérsico.

Moscú pretende seguir conservando su influencia en Oriente Medio, pero, para el gobierno ruso, las ansias por ocupar nuevas zonas de influencia están detrás de la política norteamericana: primero, en Iraq; después, en Libia, las empresas rusas retroceden para dejar paso a compañías de los países que han apoyado las intervenciones militares. Una de las quejas frecuentes de Moscú es que la democracia defendida por Occidente deja paso a regímenes donde el laicismo retrocede y donde avanza el fanatismo religioso, y que la intromisión de muchas ONGs falsarias, financiadas por el gobierno norteamericano, revela que son instrumentos de intervención exterior, y que con frecuencia han colaborado en la desestabilización de países y regiones. La actuación de los lobbys, de los grupos de presión, de las grandes empresas, la creación o financiación de grupos armados y partidos políticos, los nuevos recursos informativos y de manipulación de la opinión pública, contribuyen al estallido de crisis y desestabilizan territorios. Putin afirmaba que mientras Estados Unidos utiliza esas ONGs como instrumentos de intervención, países como Rusia, China, India o Brasil no lo hacen. Además, Estados Unidos ha establecido una red de bases militares en Afganistán y en los países limítrofes, y a Moscú le preocupa que los territorios donde más activo se muestra el terrorismo se encuentren en países cercanos a sus fronteras, sin olvidar que Estados Unidos sigue utilizando grupos terroristas para favorecer cambios políticos y para intervenir secretamente en otros países.

La situación en Iraq ha empeorado tras una década de guerra y ocupación, y Afganistán es un ejemplo del radical fracaso de la intervención norteamericana: ni las actividades terroristas, ni la acción de los «señores de la guerra», ni el activo tráfico de drogas han desaparecido, pese a los miles de muertos y la destrucción del país. No es casual que Putin se preocupase por estas cuestiones. De hecho, la criminalidad ligada a los contrabandistas y a la venta de estupefacientes, y las muertes causadas por las drogas, son uno de los principales problemas rusos, hasta el punto de que Moscú ha propuesto una actuación internacional conjunta para destruir los centros de producción de droga en Afganistán y para romper las complicidades financieras del narcotráfico, junto al impulso de la negociación (incluso con los talibán), para estabilizar el país e iniciar una nueva etapa pacífica. Moscú, consciente de las pretensiones norteamericanas para configurar un Estado cliente tras la retirada de sus tropas en 2014, opta por defender la neutralidad del nuevo Afganistán.

Mientras, el presidente Karzai, que vela por su propio futuro, ha adquirido una creciente autonomía de Washington, criticando los bombardeos norteamericanos contra la población civil, hasta el punto de que, a finales de febrero de 2013, llegó a exigir la retirada de las fuerzas especiales estadounidenses de la provincia de Wardak, acusándolas de «torturar y asesinar» a civiles, y de crear «grupos armados ilegales». Karzai llegó a afirmar que los soldados estadounidenses creaban «inseguridad en la región». Sin embargo, las previsiones a corto plazo no son precisamente optimistas. Pese a todo, Moscú examina el escenario que puede suceder al gobierno de Hamid Karzai, y la posibilidad de que los pastunes, o los talibán moderados, se incorporen a un gobierno de reconciliación que pacifique el país, hipótesis que cuenta con el visto bueno de Islam Karímov, el presidente uzbeko, que tiene influencia en algunos grupos afganos. Junto a las fronteras afganas, el futuro de Irán se revela decisivo. Moscú nunca ha visto con buenos ojos la posibilidad de una intervención contra Irán, y acepta que Teherán desarrolle su programa nuclear, siempre con fines civiles, a cambio de la anulación de las sanciones y de la fiscalización de sus instalaciones por parte del Organismo Internacional de la Energía, OIE. Moscú es consciente de que las amenazas norteamericanas a diferentes países, y las agresiones militares a Afganistán e Iraq, pueden llevar a algunos países, como Irán, a intentar dotarse de armamento atómico: disponer de una bomba nuclear puede ser una suerte de seguro contra agresiones exteriores.

En Oriente, anclado el Japón a la alianza militar con Estados Unidos, Rusia diseña una cuidadosa política exterior hacia los otros gigantes asiáticos, China e India, sin olvidar los países agrupados en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC). Con respecto a Corea, Rusia no ve con buenos ojos que Pyongyang haya roto el Tratado de No Proliferación, y cree que el país no debe convertirse en un nuevo socio del club nuclear; de manera que continúa defendiendo la desnuclearización de toda la península, el norte y el sur, postura que coincide con los deseos de Pekín. Con la India, las relaciones son excelentes desde los tiempos soviéticos, aunque el gobierno ruso no deja de ver con inquietud el trabajoso esfuerzo de Washington para atraerse a Delhi a su esfera de influencia agitando el espantajo de una China agresiva y de un Pakistán nuclear e inestable. Moscú apenas tiene diferencias con Pekín, al margen de cuestiones menores sobre el volumen de los intercambios comerciales y los acuerdos para el desarrollo, sobre todo de Siberia. Incluso la vieja cuestión de los límites fronterizos (que llevó a un enfrentamiento armado en la isla de Zhenbao, en 1969) está resuelta, y el conjunto de acuerdos entre los dos países (desde la OCS hasta los convenios bilaterales) ha reforzado su condición de socios y aliados. A diferencia de Washington, Moscú no cree que Pekín persiga sustituir a Estados Unidos como potencia mundial hegemónica, puesto que comparte la visión rusa de un mundo multilateral con diferentes potencias. Rusia es consciente de que el fortalecimiento chino no va a detenerse, y que superará a Estados Unidos, pero no lo percibe como una amenaza, sino como una oportunidad para el desarrollo ruso, sobre todo en Siberia y en el lejano oriente. Al mismo tiempo, Moscú quiere seguir impulsando el llamado BRICS, un bloque que agrupa ya a la cuarta parte de la producción del mundo, y que, en la visión de Putin, juega un papel cada vez más relevante, aunque no sea sencillo llegar a puntos de vista comunes en situaciones de crisis, como reveló el examen de la guerra civil en Siria, donde no fue posible acordar una postura común entre los cinco países.

La vieja idea gorbachoviana de una Europa que abarcase «desde Lisboa a Vladivostok», sigue atrayendo al imaginario ruso: Putin cree que debería crearse una zona económica común, en cuyo seno Rusia sería la potencia de enlace con la nueva Asia que se está configurando, aunque la grave crisis europea está dificultando esa evolución, y la reticencia de Bruselas a la mutua supresión de visados (pese a admitir, oficialmente, su conveniencia) entre la Unión Europea y Rusia retrasa una mayor integración. La venta de gas y petróleo desempeña un papel central en la relación entre la Unión Europea y Rusia: la culminación del gasoducto del Mar Báltico, Nord Stream, y el del Mar Negro, South Stream, supondrá para Europa contar con la seguridad en el suministro de gas ruso. Pero siguen existiendo importantes problemas en la relación bilateral: Moscú criticó la aprobación por parte de la Unión Europea, en 2009, del llamado Tercer Paquete energético sobre el mercado interior de electricidad y gas natural y sobre las redes de electricidad y gas, que, de forma clara, pretende limitar el papel de las empresas rusas de la energía. No es la única cuestión que dificulta las relaciones. La situación de los rusos en las repúblicas bálticas es una de las preocupaciones de Moscú, sobre todo a la vista de la preocupación con que los ciudadanos rusos reciben las noticias de Estonia y Letonia, países que mantienen a centenares de miles de personas, de origen ruso, con el estatus de «no ciudadanos», en clara vulneración de los derechos humanos y de las convenciones que rigen la Unión Europea. Esa condición les priva de derechos políticos, de tal forma que ni siquiera pueden participar en las elecciones. Sin embargo, pese al manifiesto escándalo, que desenmascara por completo la supuesta preocupación de Bruselas y Washington por los derechos humanos, tanto Estados Unidos como la Unión Europea rechazan aprobar medidas orientadas a poner fin a esa marginación de los ciudadanos rusos en las repúblicas bálticas.

Las relaciones de Rusia con Estados Unidos no son buenas: la cuestión del escudo antimisiles en Europa, DAM, diseñado para bloquear el potencial nuclear estratégico ruso, que puede incluso poner en peligro el Tratado START firmado en 2010; los intentos de ampliación de la OTAN a Ucrania y Georgia, y la presencia de instalaciones militares norteamericanas juntos a las fronteras rusas, junto a la injerencia en los procesos electorales en Rusia y en las antiguas repúblicas soviéticas, además de la reciente aprobación en Washington de la ley Magnitski, y de la habitual y enojosa actitud de la diplomacia norteamericana de reprender a Moscú públicamente, dificultan la mejoría en las relaciones mutuas.

Además, la seguridad de las fronteras, y el control del espacio aéreo, son asuntos clave para Moscú. Por eso, cuestiones como la salida de Uzbekistán de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, OTSC, (cuyos miembros, Rusia, Armenia, Bielorrusia, Kazajastán, Kirguizistán y Tayikistán, ante la petición uzbeka de «suspender temporalmente la pertenencia al Tratado», decidieron excluir al país debido a la actitud de Tashkent, que interfería y paralizaba muchas decisiones), y la suspensión del radar de Gabala, en Azerbeiján (instalación que controlaba el espacio aéreo del sur de Rusia), no son ajenas a la actuación norteamericana en la zona. Pese a todo, Uzbekistán se ha preocupado de informar a Moscú que no aceptará bases militares norteamericanas en su territorio, ni de ningún otro país occidental.

La nueva presidencia de Putin coincidió con el ingreso de Rusia en la Organización Mundial de Comercio, OMC, en 2012, una cuestión que abre nuevas perspectivas, aunque durante las largas negociaciones Moscú no consiguió el ingreso simultáneo de Bielorrusia y Kazajastán. De hecho, el Espacio Económico Único, compuesto por Rusia, Bielorrusia y Kazajastán es una de las apuestas estratégicas rusas, por lo que el gobierno ruso pretende conseguir la integración de sus socios en la OMC. Moscú pretende que tanto Washington como Bruselas respeten su esfera de influencia, intereses económicos y espacio estratégico, ofreciendo a cambio reciprocidad en su política exterior, pero su propuesta no ha encontrado eco en el gobierno norteamericano. De hecho, pese a que, con frecuencia, Putin es presentado como un presidente inclinado al enfrentamiento con Washington, celoso del estatus de gran potencia de su país, lo cierto es que su oferta de colaboración con Occidente ha sido constante a lo largo de su trayectoria, y de nuevo la expresaba en su artículo del Moskovskie Novosti.

Obama ha seguido la inercia de la política exterior intervencionista de Bush, aunque sin la arrogancia y la agresividad de su antecesor (sin renunciar, por ello, a utilizar «brigadas de la muerte», a ordenar asesinatos extrajudiciales y a bombardear poblaciones civiles con drones), formulando un programa de retirada parcial de sus tropas en Oriente Medio, reorientando su política hacia Asia y hacia la contención de China, dejando a Rusia en un segundo plano, pese a su importancia como socio, e hipotético rival, en los acuerdos sobre arsenales atómicos. Pero, pese al «reinicio» de las relaciones ofrecido por Hillary Clinton a Moscú en 2009, Washington no ha cambiado en lo sustancial su política hacia Rusia, que puede resumirse en el afán por limitar el poder de Moscú y en torpedear su fortalecimiento, y en impedir la reconstrucción política y económica del antiguo espacio soviético.

Los proyectos estratégicos del gobierno Putin no son bien vistos en Washington: tanto la Unión aduanera (que agrupa a Rusia, Bielorrusia y Kazajastán, mientras que Ucrania estudia su incorporación o, al menos, la adaptación de sus leyes, y países como Vietnam examinan la posibilidad de integrarse) como la Comunidad Económica Euroasiática (que Hillary Clinton llamó «Unión Euroasiática», y que está integrada por Rusia, Bielorrusia, Kazajstán y Kirguizistán, mientras que Armenia, Moldavia y Ucrania, tienen estatuto de observadores) son las apuestas estratégicas más relevantes de Moscú para reconstruir el espacio postsoviético, objetivo visto con sumo recelo por Washington. Así, no resulta extraño que la anterior secretaria de Estado norteamericana, Clinton, declarase en diciembre de 2012 que Estados Unidos «impediría los procesos de integración del espacio postsoviético», en una alarmante declaración que era toda una intromisión en la soberanía rusa. Por si la grosera injerencia no fuera suficiente, Clinton advirtió que consideraba ese objetivo «un intento de restauración de la Unión Soviética», y, además, que su gobierno había detectado «una creciente resovietización» en la zona.

Unas semanas después, el propio presidente ruso fue el encargado de responder a Clinton. Putin reafirmó que su gobierno impulsaría la reintegración del espacio postsoviético, y que las reprimendas exteriores (en clara alusión al gobierno norteamericano) estaban fuera de lugar. Rusia está preocupada por las consecuencias del sistema de escudos antimisiles norteamericano, por la ampliación de la OTAN (que no ha renunciado a incorporar a Ucrania y Georgia), y por las amenazas que una hipotética militarización del océano Glacial Ártico comportarían para su defensa, y, por eso, centra sus esfuerzos en la reintegración de la mayoría de las antiguas repúblicas soviéticas, pero no pretende la reconstrucción de la URSS. La crítica de su política exterior, hecha por la principal organización de la oposición rusa, el Partido Comunista, es reveladora: critica la propuesta informal de Obama de abrir negociaciones para reducir las armas nucleares en poder de cada país a unas 1.550 (sin contabilizar las francesas y británicas), que limitaría el poder de Moscú; juzga inadecuada la concesión de una ruta de tránsito a la OTAN en la base aérea de Uliánovsk, utilizada por Estados Unidos en sus operaciones en Afganistán, y deplora las vacilaciones en torno al programa nuclear iraní, el desenlace de la intervención occidental en Libia, y la tibia postura rusa en la crisis siria, además de resaltar la evidencia de que, en los veinte años transcurridos desde la desaparición de la URSS, Washington ha hecho todo lo posible para hacer más hondo el foso de la división entre las antiguas repúblicas unidas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.