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No hay mal que por bien no venga

Fuentes: Rebelión

Muchos le podrían preguntar al apóstol Pablo, creador de esta frase, ¿qué bien se puede esperar del Presidente Trump? Y él les respondería: «Denle tiempo al tiempo.» Aunque, por lo pronto, hay una respuesta evidente. Antes había que estudiar mucho para entender el mundo, por lo menos en el aspecto social. Para comprender el capitalismo […]

Muchos le podrían preguntar al apóstol Pablo, creador de esta frase, ¿qué bien se puede esperar del Presidente Trump? Y él les respondería: «Denle tiempo al tiempo.» Aunque, por lo pronto, hay una respuesta evidente. Antes había que estudiar mucho para entender el mundo, por lo menos en el aspecto social. Para comprender el capitalismo había que concentrase en los libros de Marx, y de muchos pensadores más, y para que el imperialismo no parezca una palabra jalada de los cabellos había que leer a Lenin, entre otros autores.

Hoy, esto se ha simplificado, basta con escuchar las diatribas del Presidente Trump, o las de sus acólitos, para entender al dedillo lo que significan estas ideas poco fáciles, porque gracias a ello queda al desnudo, y sin ningún tapujo, la política imperial de EEUU, cuyos mandatarios pretenden construir a su medida un mundo, en el que el delito de Estado sea la norma común y su destino dependa de la política de los gobiernos estadounidenses, aventurera y peligrosa, a la vez; la actuación de Trump no debe verse de la manera tragicómica como algunos ven.

Con esta praxis de fondo, despedazan o se niegan a cumplir las más elementales normas del derecho internacional, que ellos mismos patrocinaron a partir de la Segunda Guerra Mundial, que han sido el fundamento del convivir humano; rompen convenios alcanzados después de largos y arduos años de negociaciones y si se les da la gana, pueden rehacerlos, para que satisfagan sus apetencias particulares. Además, consideran que un país tiene una economía de mercado si es privada y está controlada por el FMI y el BM, es decir, también por ellos. Por último, han convertido la guerra en el más lucrativo negocio, es como si hubieran encadenado a Ares, dios griego de la guerra, en el sótano de la Casa Blanca para que no se les escape, igual a lo que hacían los espartanos, que lo adoraban.

Por eso, en realidad dicen «somos imperialistas y actuamos como imperialistas» cuando la administración de Trump notifica que «EEUU utilizará todas sus herramientas económicas y diplomáticas para asegurar que las transacciones comerciales del gobierno venezolano, incluidas las operaciones con reservas de las empresas estatales e internacionales, sean coherentes con el reconocimiento de Guaidó como presidente interino» y promulga sanciones contra PDVSA, que incluyen el bloqueo de los pagos que emitan sus empresas cuando compren petróleo venezolano. También expresan lo mismo cuando Inglaterra, siguiendo sus instrucciones, se niega a devolver el oro venezolano a Venezuela, porque, según Bloomberg Businessweek : «Los funcionarios de Estados Unidos están tratando de dirigir los activos de Venezuela en el extranjero a Guaido, para de manera efectiva ayudarlo a aumentar sus posibilidades de tomar el control del gobierno.»

Hablan de igual manera cuando anuncian: «Llegó la hora de acabar con la dictadura de Maduro de una vez por todas, pues este no es el momento de dialogar, sino que es el momento para la acción» y exigen a los militares venezolanos que «salven a su gente y a su país» y dejen de apoyar a Maduro porque «si lo hacen no encontrarán salida y lo perderán todo», puesto que «van a hacer las cosas que se deben hacer para que la democracia reine y haya un futuro más brillante para el pueblo de Venezuela», o cuando aconsejan «a los banqueros y a otros negociantes no comerciar con oro, petróleo u otros productos venezolanos que son robados al pueblo venezolano por la mafia de Maduro», por lo que desechan toda posibilidad de diálogo entre los factores en pugna en Venezuela, «salvo para negociar la salida del poder de Nicolás Maduro.»

Y alguien podría suponer que hablan así por tratarse de su «patio trasero», de pueblos subdesarrollados del tercer mundo, y eso no es así. El significado de ese metalenguaje es bastante claro: para los gobiernos de Estados Unidos, un país es democrático sólo si está sometido a su vasallaje, da apoyo irrestricto a todo lo que hagan y cumple sin chistar las instrucciones de las instituciones internacionales dominadas por ellos, como implementar la política de privatizaciones impulsada por el FMI y el BM, o la entrega de la soberanía nacional de todo país para que se rija por los intereses geopolíticos de EEUU y envíe tropas a las guerras que llevan a cabo mediante la OTAN; en otras palabras, todos los pueblos deben ajustarse los pantalones para que ellos realicen sus planes de dominación imperial.

Esto siempre fue así, aunque los gobiernos anteriores a Trump hacían lo mismo guardando las apariencias. Pero tanta desfachatez, llevada a cabo últimamente, obliga a todo país que respete un poco su dignidad a reaccionar contra las formas con que este nuevo presidente desmantela el viejo orden, causando el desconcierto de quienes atónitos observan sus métodos incendiarios, que destruyen lo poco que hasta ahora había logrado la diplomacia internacional en favor de la paz. Como respuesta a tanta estulticia, China y Rusia se juntan y algunos países de la UE ven con buenos ojos y se adhieren al proyecto chino de la Ruta de la Seda, imaginado por Mackinder hace más de un siglo; todo esto es, a buena hora, inevitable y abre nuevos horizontes.

Incluso, tratan a patadas a la orgullosa, culta y vieja Europa. Hace poco, la Corte Penal Internacional de la ONU, CPI, inició la investigación sobre los crímenes de guerra de EEUU en Afganistán, donde se tortura a ese pueblo y se bombardea a objetivos civiles como hospitales, escuelas, bodas y lo que se les ocurra. La investigación encontró que existe «una base razonable para creer que hubo crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.» Ante estos hechos, John Bolton estalló furioso y recriminó la audacia con que la CPI investiga a Estados Unidos, amenazó con utilizar «todos los medios necesarios para proteger a nuestros ciudadanos y a los de nuestros aliados contra el procesamiento injusto de este tribunal ilegítimo» y prohibió a los » jueces y fiscales de la Corte ingresar a los Estados Unidos y a su sistema financiero, y los procesaremos en el sistema penal de Estados Unidos. No cooperaremos con la CPI. No proporcionaremos asistencia a la CPI. No nos uniremos a la CPI. Dejaremos que la CPI muera por sí sola. Después de todo, a todos los efectos, la CPI ya está muerta para nosotros»; aunque cuando la CPI juzgo y condenó a Milosevic, presidente de Serbia, todo era justo y legal.

Estas expresiones provocaron tal repulsa al juez Christoph Flügge, de Alemania, que renunció en señal protesta, porque, según explicó, «si un juez investiga a un ciudadano estadounidense, Bolton dijo que su gobierno haría todo lo posible para garantizar que estos jueces no lo hicieran, y les impedirían viajar a los Estados Unidos, donde incluso serían procesados penalmente.» Por lo visto, nadie en el mundo escapa de la iracundia de estos bárbaros que fungen de representar los más altos valores humanos, como son la justicia, la libertad y la democracia.

Culpables de una parte de este descalabro son los medios de información de EEUU, por mentir mucho y callar mucho. Pero todo alguna vez termina, en este caso podría suceder pronto. Bernie Sanders, posible candidato presidencial, sostiene: «Una de las razones por las que no tenemos suficiente periodismo en EEUU es porque muchos medios de comunicación están siendo reducidos a cenizas por las mismas fuerzas codiciosas que están saqueando nuestra economía. Cuando sea presidente, pondré en práctica políticas para reformar la industria de los medios de comunicación y mejorar las protecciones al periodismo independiente.» Más claro no canta un gallo.

Es de esperar que el pueblo estadounidense sea lo suficientemente organizado como para no dejarse birlar un triunfo que necesitan de urgencia no sólo ese pueblo sino todos los pueblos del mundo, porque una reelección de actual mandatario y su séquito pone en el tapete la extinción de la especie humana.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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