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Restaurar la paz en y con la Tierra

Fuentes: Rebelión - Imagen: "La naturaleza y los mitos", de Luis Felipe Noé.

«No hay camino hacia la Paz, la Paz es el camino.»
Gandhi

Reconozcamos sin rodeos que la Humanidad se encuentra en una encrucijada. Los valores que garantizan su existencia están siendo pisoteados de forma regular, como nunca antes. Las frágiles normas e instituciones de un orden mundial moribundo, que se sostiene en la ficción de derechos consagrados en acuerdos internacionales, son destruidas de manera sistemática. Un grupo de gobernantes autoritarios, encabezado por un aspirante a dictador mundial, incluso ha formado en Davos, Suiza, una “Junta de la Paz” -al margen de las Naciones Unidas- para hacer negocios transnacionales en nombre de la Paz, comenzando por la reconstrucción de un territorio que ha sido destruido sistemáticamente por la acción y la complicidad de muchos de sus propios miembros: ¡Gaza! Y en la actualidad estamos presenciando una política de guerra que se extiende por el mundo con una brutalidad sin precedentes, encabezada por el gobierno de Estados Unidos bajo Donald Trump -ya sea mediante el secuestro del presidente venezolano, un bloqueo devastador contra el pueblo cubano o una agresión contra Irán carente de fundamento jurídico…

Si seguimos por este camino, en el mejor de los casos solo una parte de la Humanidad podrá sobrevivir con dignidad al colapso ecológico y a la brutalidad social que emana de los centros del poder imperial. Aceptar ese destino no es una opción para nosotros. Necesitamos un cambio de rumbo, un giro fundamental o, dicho con mayor claridad, una transformación copernicana en el sentido de Immanuel Kant. Necesitamos medidas que nos permitan, al mismo tiempo, mitigar los efectos del colapso ecológico y de la barbarie social que nos oprimen, así como impulsar respuestas estructurales. Para lograrlo, debemos construir, fortalecer o reconstruir formas de vida digna que se orienten por los ciclos ecológicos y se basen en la justicia social y en una democracia radical.

Para ello, debemos salir de la actual civilización de la mercantilización, de la cosificación y del despilfarro; es decir, de la civilización del capital. Debemos aspirar a una vida digna para todos los seres humanos y no humanos. Necesitamos horizontes en los que lo concreto, lo bello y lo abstracto se fusionen de manera sinérgica. Reconociendo la complejidad de esta tarea, debemos considerar múltiples opciones en el espíritu del pluriverso.

Por eso creemos hoy, más que nunca, que es necesario multiplicar los esfuerzos para recuperar la Paz como horizonte y como camino.

Para superar la actual estela de destrucción, debemos promover en la práctica la vigencia combinada de los Derechos Humanos y de los Derechos de la Naturaleza: se trata de derechos existenciales que garantizan una vida digna para humanos y no humanos. Cuando hablamos de estos derechos, no pensamos en hundirlos en los complejos laberintos de la jurisprudencia. No los vemos simplemente como acuerdos, constituciones, leyes o normas escritas. Los consideramos instrumentos de transformación. Los entendemos como punto de partida para toda empresa, no solo como punto de llegada. Lo decisivo es que no puede haber derechos para la Madre Tierra sin Derechos Humanos, y viceversa.

La tarea es sumamente compleja. Sabemos muy bien que el derecho es un terreno en disputa. El desafío consiste en eliminar todas las formas de explotación y marginación de los seres humanos y, al mismo tiempo, superar la separación entre la Naturaleza y la Humanidad.

Se trata de volver a anudar el nudo gordiano de la vida, que ha sido desgarrado por la fuerza de una civilización depredadora e insostenible. Bruno Latour, influyente filósofo y sociólogo francés, proponía superar la separación ideológica entre Naturaleza (datos) y cultura (valores) para construir una nueva comprensión interconectada, en la que los seres humanos y los no humanos actúen en igualdad de condiciones. Al reconocer que Naturaleza y cultura están inseparablemente unidas, la política adquiere relevancia, especialmente en medio del colapso actual: la articulación de ambos ámbitos permite una nueva visión de las transformaciones políticas, sociales, económicas e incluso culturales.

Ya no podemos tolerar la violencia institucionalizada. No hay justificación para que, por ejemplo, en nombre del progreso se sigan manteniendo sistemas que vulneran el derecho a una vida digna y destruyen la Naturaleza. Por ello, es urgente poner fin a todas las acciones bélicas, ya sean de baja, media o alta intensidad, que causan daños inimaginables de manera gradual o repentina, a menudo con efectos profundos e irreversibles sobre las sociedades, las culturas y la Naturaleza. Se trata de guerras, genocidios y ecocidios que surgen de relaciones sociales y ecológicas acordes con la lógica de la acumulación capitalista, con sus estructuras asimétricas, opresivas y jerárquicas, arraigadas en el patriarcado y la colonialidad.

En cuanto a la Paz como práctica vivida, es fundamental respetar y celebrar la diversidad de la vida, de las culturas y, en particular, la biodiversidad. Esto implica explorar las múltiples formas de estar con la Naturaleza – y de ser Naturaleza -, pues el ser humano es en sí mismo Naturaleza. Este reconocimiento abre el camino hacia una comprensión más profunda de las distintas concepciones de la nNturaleza, como Mater Natura, Pacha Mama o Madre Tierra, así como de muchas otras formas de relación con lo natural que han surgido de cosmovisiones indígenas en casi todas las culturas del mundo.

El filósofo japonés Kohei Saito señala que el viejo Karl Marx habría reconocido la agricultura comunitaria y el uso colectivo de los recursos -como los practicados, por ejemplo, en las comunidades agrarias de los antiguos germanos- como una posible alternativa a la lógica destructiva del capitalismo.

En muchas regiones del mundo ya existen alternativas concretas a la noción tradicional de progreso, entre ellas conceptos como el Buen Vivir, Ubuntu, Swaraj, Kyosei y muchos otros. Todos ellos se sitúan en la idea de un pluriverso, que no solo permite la diversidad, sino que la entiende como base de la convivencia.

Estas cosmovisiones alternativas no son innovaciones del siglo XXI, sino parte de una larga búsqueda de formas de vida distintas, forjadas en el crisol de las luchas emancipatorias de la Humanidad dentro (y no fuera) del seno de la Naturaleza. Lo que hace especialmente notables a estas propuestas alternativas es que a menudo surgen de grupos tradicionalmente marginados. Estas visiones del mundo difieren profundamente de la del “Occidente” hegemónico que domina el discurso, ya que emergen de comunidades o espacios no capitalistas, por así decirlo, desde la periferia de la periferia, como las comunidades indígenas, pero también desde movimientos sociales del Norte Global.

Otros enfoques, que provienen sobre todo de los llamados “países ricos” (o, más precisamente, de países que se enriquecen a costa de otros), también contribuyen a romper la lógica dominante, como ocurre, por ejemplo, con el movimiento Degrowth, la sociedad del postcrecimiento, la economía del cuidado, los Transition Towns, la agricultura solidaria, el commoning, la convivialidad, el Slowmovement, entre otros. Muchas de estas alternativas se apartan de la lógica antropocéntrica y racista del capitalismo, de esta civilización dominante a la que también pueden atribuirse los distintos modelos de socialismo de Estado que han existido hasta ahora.

Todos estos enfoques abren nuestro horizonte al promover otras cosmovisiones para apoyar el pluriverso, es decir, “un mundo en el que caben muchos mundos”, en el que todos los seres humanos y no humanos puedan coexistir y florecer con dignidad y respeto mutuo. Ya no más un “mundo desarrollado” que vive a expensas de otros mundos, como sucede cruelmente en nuestra época.

En este contexto, la Paz en la Tierra no significa solo el silencio de las armas. También implica detener todos aquellos procesos que causan daños irreversibles a la vida misma. Esta tarea exige -especialmente en las comunidades y municipios, donde estamos llamados a actuar ahora- la construcción de mundos basados en la reciprocidad, la relacionalidad, la complementariedad, la correspondencia, la resonancia y la solidaridad… La libertad, sobre todo, no puede existir sin justicia, equidad e igualdad.

El principal ámbito de acción se manifiesta allí donde y desde donde es posible vivir conectados, en espacios comunitarios marcados por la pluralidad y la diversidad, siempre con democracia radical y con horizontes colectivos, para resistir al creciente autoritarismo y, al mismo tiempo, construir buenos convivires. En resumen, tanto los individuos como las comunidades deben ejercitar su capacidad de vivir de otra manera y liberarse de lo superfluo.

Esto requiere la construcción de redes lo más amplias posible, el intercambio intenso de experiencias y estrategias, y la coordinación orientada de acciones y luchas, de modo que se pueda combatir simultáneamente la explotación del trabajo y de la Naturaleza.

Debemos liberar todos los territorios de sacrificio, destruidos, entre otras cosas, por el extractivismo, y combatir todas las desigualdades e injusticias existentes.

Necesitamos estrategias de acción que no queden atrapadas en largos e interminables procesos de reforma ni en cambios graduales tímidos, y menos aun cuando no se ha producido un cambio de rumbo efectivo hacia otra civilización. Definitivamente no es tiempo de vacilar ni de distraerse con soluciones aparentes, porque está en juego la dignidad misma de la existencia.

Nuestro objetivo debe ser la fraternidad universal, la Paz, la superación de las barreras sociales y el reconocimiento de la Naturaleza como sujeto de derechos, todo ello en el marco de una radicalización permanente de la democracia en todas nuestras relaciones. Para poner en marcha esta transformación profunda, los pueblos de la Tierra deben unirse para poner el mundo patas arriba -el mundo del capital- y hacer realidad el llamado de la Novena Sinfonía de Beethoven: ¡todos los seres humanos serán hermanos (y hermanas)!

3.02.2026

* Ecuatoriano. Abuelo. Economista por la Universidad de Colonia. Juez del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza. Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Ministro de Energía y Minas (2007). Gerente de Comercialización de la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana – CEPE, hoy Petroecuador. Funcionario de la Organización Latinoamericana de Energía – OLADE. Consultor internacional. Profesor universitario. Compañero de lucha de los movimientos sociales. Autor de varios libros; véase también su contribución en AMOS 3|2025: Ohne Utopien werden wir die Welt nicht verändern (“Sin utopías no cambiaremos el mundo” https://lalineadefuego.info/sin-utopias-no-cambiaremos-el-mundo-alberto-acosta/ ).

Nota: Este texto fue escrito inicialmente en alemán en febrero de este año y se publicó en la revista AMOS 1-2026: Den Frieden auf und mit der Erde wiederherstellen – Um ihrem Missbrauch entgegenzutreten. Esta versión tiene un ajuste de actualización con la última frase del primer párrafo, introducida cuando se tradujo el texto al español, el 15 de abril del 2026.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.