Recomiendo:
0

Ucrania: El precio del Poder Popular

Fuentes: The Guardian

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Las protestas callejeras en Ucrania siguen un modelo de instrumentación occidental establecido en los años 80. Lo sé. Yo fui un agente viajante de la guerra fría.

El Poder Popular está a punto de lograr otro triunfo para los valores occidentales en Ucrania. Durante los últimos 15 años, el antiguo bloque soviético ha vivido periódicas conmociones políticas que tienen mucho de cuentos de hadas. Estos cuentos morales modernos comienzan siempre con un final feliz. ¿Pero qué le pasa a la gente una vez que se ha impuesto el Poder Popular?

La agitación en Ucrania es presentada como una batalla entre el pueblo y estructuras del poder de la era soviética. El papel de las agencias occidentales de la era de la guerra fría es tabú. Mete la nariz en el financiamiento del espléndido carnaval en Kiev, y los gritos de rabia te demuestran que has tocado un punto neurálgico en el Nuevo Orden Mundial.

Toda política cuesta dinero y las escenas multitudinarias transmitidas a diario desde Kiev cuestan mucho. Podrá haber vencido la economía de mercado, pero si Milton Friedman fuera a recordar a los que reciben comida y bebidas gratuitas en la Plaza de la Independencia que «nada en la vida es gratis», sin duda lo estigmatizarían como estalinista. Pocos parecen preguntar lo que esperan los que pagan por Poder Popular a cambio de su patrocinio de todos esos conciertos de rock. Y como un antiguo alcahuete de la guerra fría, que llevaba decenas de miles de dólares a disidentes del bloque soviético junto con académicos mucho más respetados, tal vez puedo ayudar a comprender lo que un amigo rumano calificaba de «nuestro período clandestino». Hay muchos que se encuentran más arriba en el sistema de Poder Popular que parecen reticentes cuando se les pide que revelen todo lo que ocurre.

Actualmente, podemos encontrar los nombres de fundaciones como la Fundación Nacional por la Democracia de EE.UU. (NED) y una miríada de suplentes que financian el movimiento Pora de Ucrania o los medios «independientes». Pero a menos que sepas que James Woolsey de NED fue también jefe de la CIA hace 10 años, ¿ves más allá?

Durante todos los años 80, antes de las revoluciones de terciopelo de 1989, un pequeño ejército de voluntarios – y, seamos sinceros, espías – cooperaron para impulsar lo que se convirtió en Poder Popular. Una red de fundaciones y obras benéficas entrecruzadas aparecieron como callampas para organizar la logística de la transferencia de millones de dólares a los disidentes. El dinero provino sobre todo de los estados de la OTAN y de aliados encubiertos como la «neutral» Suecia.

Es verdad que cada centavo recibido por los disidentes no provino de los contribuyentes. El multimillonario estadounidense, George Soros, estableció la Fundación de la Sociedad Abierta. Es difícil de verificar cuánto dio, porque Mr. Soros promueve la franqueza para todos, menos para sí mismo. Engels señaló que no veía contradicción alguna entre ganar un millón en el mercado de valores por la mañana y gastarlo en la revolución por la tarde. Nuestros modernos revolucionarios del mercado están invirtiendo ahora ese proceso. Gente que les está obligada por gratitud llega al poder para privatizar.

La resaca de Poder Popular es una terapia de choque. A cada muchedumbre sucesiva le venden una visión multimedia de prosperidad euro-atlántica, a través de medios «independientes» financiados por Occidente, para sacarla a la calle. Nadie menciona el masivo desempleo, los negocios generalizados en la bolsa abusando de información confidencial, el aumento del crimen organizado, la prostitución y las tasas de mortalidad ascendientes en exitosos estados de Poder Popular.

En 1989, nuestros servicios de seguridad perfeccionaron un modelo ideal como mecanismo para cambiar regímenes, utilizando a menudo auténticos voluntarios. El disgusto por la forma como los estados comunistas restringían las vidas de la gente me llevó al trabajo clandestino, pero mi desilusión vino cuando vi el masivo empobrecimiento y el cínico oportunismo de los años 90. Desde luego, podría haber reconocido antes los síntomas de la corrupción. En los años 80, nuestros medios presentaron a los disidentes de Praga como académicos altruistas que habían sido reducidos a la pobreza por sus principios, cuando en realidad recibían becas de 600 dólares por mes. Ahora están en la primera fila de la nueva clase gobernante euro-atlántica. La benefactora desaliñada que parecía tan dedicada a asegurar que cada centavo de su dinero «caritativo» llegara a un beneficiario necesitado es ahora una intermediaria para inversionistas en nuestros viejos campos de actividad. El final de la historia fue el nacimiento de una consultoría.

Convertidos en cínicos, los personajes disidentes que malversaron el dinero para financiar, digamos, un hotel en los montes de Buda hicieron menos daño que los que lanzaron carreras político-mediáticas. En Polonia, Agora, el imperio mediático del ex-disidente Adam Michnik – que ahora vale ?400 millones – partió del mundo clandestino de publicación de Solidarnost, financiado por la CIA en los años 80. Ahora sus periódicos apoyan la guerra en Irak, a pesar de su inmensa impopularidad entre los polacos.

Mientras tanto, tanto los trabajadores de los astilleros que fundaron Solidarnost en 1980 como los mineros de Kolubara en Serbia, que proclamaron que su ciudad era «la Gdansk de Serbia» en octubre de 2000, son millones que tienen ahora tiempo de sobra para leer sobre su papel en la historia. El Poder Popular tiene más que ver, resulta, con cierres que con la creación de una nueva sociedad. Cierra fábricas pero, peor todavía, las mentes. Sus propugnadores exigen un libre mercado en todo – con la excepción de la opinión. La ideología actual de los ideólogos del Nuevo Orden Mundial, muchos de los cuales son comunistas renegados, es el mercado-leninismo – la combinación de un modelo económico dogmático con métodos maquiavélicos para agarrar las palancas del poder. La única superpotencia actual utiliza sus antiguas armas de la guerra fría, no contra regímenes totalitarios, sino contra gobiernos de los que Washington se ha cansado. Aliados fastidiosos como Shevardnadze en Georgia hacían todo lo que Washington quería, pero olvidaron la sabiduría del satírico soviético Ilf: «No importa cuánto quieras al Partido. Lo que importa es si el Partido te quiere a ti». Georgia es, evidentemente, una conexión en la cadena de oleoductos que llevan petróleo y gas centroasiático a territorio de la OTAN a través de Ucrania, evidentemente. Más vale que los gobernantes de esos países tengan cuidado. Hace cincuenta años, Zbigniew Brzezinski argumentó que «la política de la purga permanente» era típica del comunismo soviético. Pero ahora está siempre disponible cuando se trata de exigir que Poder Popular derroque al favorito de ayer a favor de un nuevo «reformador».

La expresión «Poder Popular» fue acuñada en 1986, cuando Washington decidió que Ferdinand Marcos tenía que irse. Pero fueron los eventos en Irán en 1953 los que establecieron el modelo. En aquel entonces, dinero anglo-estadounidense agitó a multitudes contrarias a Mossadeq para que exigieran la restauración del Shah. El corresponsal del New York Times anunció con bombos y platillos la victoria del pueblo sobre el comunismo, aunque había dado él mismo 50.000 dólares y el texto redactado por la CIA de la declaración contra Mossadeq a los jefes del golpe.

¿Será que la versión oficial de Poder Popular maneja la verdad del mismo modo?

—————-

· Mark Almond es catedrático de historia moderna en Oriel College, Oxford

[email protected]