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Decrecimiento y sostenibilidad

Un relato esperanzador

Fuentes: Rebelión

Es lógico que la gran mayoría de nosotros centre su atención en la crisis económica y en las fórmulas empleadas para salir de la misma. Los gobiernos europeos llevan ya cuatro años aplicando la fórmula neoliberal y los países más débiles, los PIGS, están siendo zarandeados por la crisis y cada vez se encuentran más […]

Es lógico que la gran mayoría de nosotros centre su atención en la crisis económica y en las fórmulas empleadas para salir de la misma. Los gobiernos europeos llevan ya cuatro años aplicando la fórmula neoliberal y los países más débiles, los PIGS, están siendo zarandeados por la crisis y cada vez se encuentran más atrapados y hundidos en el fondo de un pozo del que no se ve salida, con medidas tales como despidos, pérdida de derechos de los trabajadores, rebajas de salarios, recortes sociales en sectores como la educación, la sanidad, los servicios sociales, etc. Y a pesar de todas estas medidas el enfermo no sana, el consumo sigue bajo mínimos y la economía en recesión. Asistimos atónitos a la constatación de que, en realidad, la crisis es un gigantesco mecanismo para convertir el dinero virtual creado por el mundo financiero en dinero real que mana desde el sector público a los bancos, al tiempo que se produce un debilitamiento de los Estados y de los sistemas de protección social que pone en peligro la cohesión social y la misma democracia.

Las opciones políticas más progresistas defienden la inversión pública para potenciar el crecimiento económico, frente a las neoliberales que ven en la austeridad y los recortes sociales la solución para lograr este mismo objetivo. Unos proclaman que sin estimular el crecimiento no podemos salir de la crisis y otros que sin un control del déficit, los intereses de la deuda ahogan a cualquier economía impidiendo el crecimiento. Pero la fórmula progresista de financiar inversiones para regresar a la senda del crecimiento tampoco es una buena solución. Parece que nos saca de la crisis económica, pero, en realidad, nos introduce cada vez más en una crisis global, porque crecer significa más consumo de energía y de otros recursos y más contaminación y, por lo tanto, un agravamiento de dos crisis que de manera larvada van a condicionar los próximos años: la crisis energética y la climática.

Hay momentos en la historia que los grandes cambios se vuelven irrenunciables e inaplazables. Son periodos revolucionarios. Vivimos uno de estos hitos históricos.

El progreso -la utopía que ha alimentado a la sociedad industrial- en su versión dominante y crematística ha entrado en crisis; de hecho es ya un regreso. Después de más de un siglo de crecimiento de la economía mundial, ésta se halla ante los límites físicos y ecológicos del Planeta. Desde hace tres o cuatro décadas, las sociedades humanas han entrado en déficit ecológico. Eso quiere decir que desde entonces los seres humanos consumimos más biomasa de la que se produce en la Tierra anualmente y contaminamos más de lo que los sumideros naturales pueden absorber. Las estimaciones actuales revelan que consumimos vez y media la producción anual planetaria. Literalmente estamos consumiendo el capital natural del Planeta. Es evidente que tenemos un gigantesco problema encima y escaso tiempo para resolverlo. Podemos engañarnos ignorando su urgencia o especulando acerca de quién ganará esta batalla: si el crecimiento o los límites de la Tierra, si las leyes económicas o las leyes físicas y ecológicas, pero teniendo presente que es la sociosfera la dependiente de la biosfera y no al revés, no cabe duda de quién inevitablemente ganará esta pugna.

Por esto , desgraciadamente, esta crisis no es como las demás; no se resolverá, como espera la mayoría de la gente, con más crecimiento, porque éste no hará sino hipotecar todavía más el futuro. Cuando se despeje la niebla de la crisis económica, no aparecerá otro horizonte que el de la crisis energética y la climática. El pico del petróleo -ya rebasado- determinará que todos los combustibles derivados de él se encarezcan al aumentar paulatinamente la brecha entre la oferta y la demanda. Dado que es la energía – y no el dinero- la que mueve el mundo, tanto la fabricación de productos como los servicios seguirán el mismo camino, un encarecimiento general que disminuirá el consumo hasta tal punto de que el mercado global -ya insostenible por su derroche energético- se disolverá como un azucarillo y el PIB experimentará un decrecimiento a escala mundial.

Como dice la profesora Margarita Mediavilla de la Universidad de Valladolid en su artículo «Decrecer bien o decrecer mal», hoy ya estamos sumidos en un decrecimiento físico, tocamos a menos petróleo, suelo fértil, alimentos, agua potable, pescado, bosques, etc. que ayer y a más que mañana. Tan solo es cuestión de unos años que el sistema económico actual se derrumbe, porque no alcanzamos a ver sustituto alguno para una fuente de energía tan potente y versátil como el petróleo.

¿Qué hacer? Desde nuestro punto de vista, no cabe otra salida que la de recorrer una etapa de decrecimiento voluntario hasta alcanzar una situación de sostenibilidad con el planeta. Esta fórmula, aparentemente tan lógica, no se halla incluida ni se incluirá en las agendas de nuestros gobernantes mientras el poder real esté en manos del sector financiero y de los políticos que lo apoyan. Por eso, la primera condición para la aceptación de la senda del decrecimiento es la de arrebatar el poder al sector financiero y acabar con la economía «de casino». La segunda es que Naciones Unidas o un organismo similar actúe, a modo de un gobierno mundial democrático, concertando, organizando y controlando el tránsito por esta etapa de decrecimiento hasta lograr una relación sostenible del conjunto de las sociedades con la biosfera y de cada Estado, país o región con sus ecosistemas respectivos.

Mientras tanto ¿qué hacer en España estando, como está, en el centro del huracán económico? A nuestro juicio, más importante que el crecimiento (ya hemos experimentado que algunos tipos de crecimiento producen economías muy vulnerables) es encontrar un camino para aumentar la fortaleza de la economía, es decir, su resiliencia. La resiliencia es la capacidad de autorregulación que tiene un sistema cuando es perturbado. Con crecimiento o sin él, se trata de preparar al país para hacer frente en las mejores condiciones posibles a las perturbaciones actuales y futuras y que son, ni más ni menos, que la crisis económica, la energética, la climática y la política, en sus dimensiones social y democrática.

Sugerimos las siguientes políticas encaminadas a ello:

Primera, introducir impuestos más progresivos y combatir el fraude fiscal para poder autofinanciar las siguientes medidas sin tener que acudir al endeudamiento exterior.

Segunda, incrementar la diversidad productiva, puesto que así se potencia la fortaleza del sistema económico frente a las perturbaciones. Para ello debiera crearse una banca pública, alejada de cualquier veleidad financiera, que favorezca la diversidad de empresas y que dé créditos, tanto a las empresas como a los particulares, a un interés muy bajo.

Tercera, preparar la economía para la relocalización sostenible, es decir, para ser relativamente autosuficiente respetando los límites de los ecosistemas. Ello implicaría una dependencia energética cada vez menor del exterior potenciando el desarrollo de las energías renovables, el transporte público y aumentando la eficiencia energética. También preparar una transición hacia una agricultura y ganadería sostenibles ecológicamente, menos dependientes del petróleo y que doten a nuestro país, en gran medida, de una autosuficiencia alimentaria.

Cuarta, fomentar la creación de «ecosistemas industriales», recintos industriales donde los desechos de una industria sirven de materia prima para otra, simulando así los procesos ecológicos de reciclado.

Quinta, realizar un plan de reforestación del país con especies autóctonas para prevenir los riesgos del cambio climático, favorecer el empleo y aumentar los recursos hidrológicos y la riqueza forestal.

Sexta, repartir el trabajo; los trabajadores tendrían un sueldo menor pero a cambio trabajarían menos horas. Estas dos últimas medidas fomentarían la cohesión social.

Séptima, potenciar una economía del conocimiento basada en una investigación guiada por el principio de biomímesis (este principio sostiene que nos ahorraríamos muchos riesgos si nuestra ciencia y tecnología se desarrollaran siguiendo soluciones procedentes de la naturaleza). Estas tecnologías biomiméticas se aplicarían en los diferentes campos: agricultura y ganadería, energías renovables, eficiencia energética, medicina, ecosistemas industriales, política forestal, etc.

Octava, potenciar la investigación en humanidades como guía esencial para proponer objetivos, conocimientos, valores y leyes que mejoren la educación, la capacidad crítica de la ciudadanía, la convivencia y la cohesión social.

Novena, mantener, a toda costa, los sistemas públicos de educación, sanidad, servicios sociales y pensiones, como garantías de igualdad de oportunidades, cohesión y justicia social.

Décima, desarrollar una democracia participativa, donde los ciudadanos puedan no solo votar cada cierto número de años, sino participar en las decisiones discutiendo y votando en refrendos.

A nuestro juicio, no se trata tanto estar de acuerdo o no con estos puntos, sino contribuir a la apertura de un debate de ideas en la ciudadanía con el fin de desarrollar un relato para la esperanza. Hoy, la historia nos sitúa ante una encrucijada decisiva, en la que no sirven ya las opciones intermedias: o continuamos con el paradigma del crecimiento y su versión dominante, el neoliberalismo, cuyo objetivo es la transformación del capital natural y humano en capital monetario, o bien optamos por una posición contraria y radical, la del decrecimiento y la sostenibilidad, que trate de recuperar y conservar el capital natural adaptando la economía a los límites de los ecosistemas y así posibilitar un largo futuro para la humanidad.

Se trata, ni más ni menos, de una lucha entre intereses y razón. Hay muchos datos -demasiados ya- que refutan el paradigma del crecimiento, pero los intereses dominan sobre la lucidez intelectual, infectan los medios de comunicación y prolongan peligrosamente su agonía. Un decrecimiento impuesto por la naturaleza sería equivalente a un «sálvese quien pueda», llevaría a una crisis demográfica de proporciones bíblicas; por eso, es especialmente importante mantener los sistemas estatales de protección social.

En este aspecto, la oposición izquierda-derecha parece superada en la situación actual, pues ambas, bajo diferentes perspectivas y objetivos, apuestan por el crecimiento. Es prácticamente toda la humanidad la que se encuentra en una situación de gran vulnerabilidad frente a quienes mantienen esta política neoliberal criminal. De ahí que sea más que nunca urgente recuperar a la socialdemocracia para este gran objetivo y lograr una unidad, abierta a la sociedad, de todos los grupos políticos de izquierda y verdes, superando las viejas y caducas rencillas.

Una tarea común que no habría que descuidar es la de la formación y educación. Los jóvenes comienzan a interiorizar que van a vivir peor que sus padres. No tiene por qué ser así. No hay que ocultar las dificultades por las que atraviesa nuestra sociedad, es más, es conveniente analizar con ellos las causas que nos han llevado a esta situación. Pero es importante no quedarse ahí, hay que ofrecerles un relato esperanzador. Hay que enseñarles que la nueva utopía de la humanidad no puede ser otra sino la de la sostenibilidad y que a ella se llega a través de un periodo de decrecimiento. Que la economía y la vida serán más locales; que el comercio entre países será limitado, así como los viajes, que el trabajo tendrá que ser repartido y también los salarios y que el consumo de productos será bastante menor. Que, a cambio, trabajaremos menos horas y sufriremos menos estrés, que dispondremos de más tiempo para el ocio, el deporte, las relaciones sociales, el trabajo social, las actividades creativas, etc. Que la contaminación será mucho menor y que se recuperarán los paisajes, los bosques, los ríos y otros sistemas naturales.

Los valores individualistas de competitividad a ultranza y de exhibición de la riqueza que dominan en nuestra sociedad dejarán paso a otros como la austeridad, la solidaridad, la amistad, la prudencia y la sensatez, el gusto por estudiar y aprender, la crítica fundamentada, etc. valores que nos pueden proporcionar más felicidad que aquellos otros.

Creemos que es una bella idea para que la gente joven la incorpore a su vida y trabaje por ella: salvar la Tierra para salvarnos con ella.

Máximo Luffiego García. Profesor de Biología-Geología del IES La Albericia. Santander.
Julio Soto López. Profesor de Biología-Geología del IES La Albericia. Santander

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