Desde febrero de 2026 no existen límites para los arsenales de las dos mayores potencias atómicas del mundo, Rusia y Estados Unidos, porque expiró el Tratado START III, el último gran acuerdo de desarme nuclear entre las superpotencias. A un mes del final de la vigencia del START III, Trump fue entrevistado por el New York Times sentado en su mesa del despacho oval con maquetas de los B52 que bombardearon a Irán, y con su frivolidad habitual aseguró: «¿Que expira el documento? Haremos uno nuevo, que será aún mejor», sin responder a las propuestas que había hecho Rusia. La víspera del fin del START III, Moscú renovó el ofrecimiento a Washington para negociar un nuevo tratado de desarme nuclear que asegurase la estabilidad estratégica. Washington no contestó. Putin había propuesto una prórroga de un año para tener tiempo y facilitar la negociación de un nuevo tratado, idea que en apariencia fue bien recibida por Trump, aunque sus palabras eran otro engaño más porque Washington ni siquiera contestó oficialmente a la sugerencia rusa. El gobierno estadounidense pudo evitar ese desastre, pero no quiso hacerlo: antes de que expirase el tratado, Trump escribió en Truth Social que el START III «fue mal negociado por Estados Unidos, y además está siendo gravemente violado». Era otra mentira más de Trump.
El START III aseguraba el intercambio de información y las inspecciones mutuas y, por eso, aumentaba la confianza entre las dos superpotencias nucleares: ambas partes sabían que una falsa alarma o información mal gestionada sobre los propósitos de una de ellas, podían desencadenar el apocalipsis. El tratado contemplaba las armas estratégicas de Rusia y Estados Unidos, entre ellas las ojivas nucleares, los portadores y los sistemas de lanzamiento (móviles y fijos), y los bombarderos, destinados a atacar objetivos a más de 5.500 kilómetros. El Tratado START III limitaba a las dos mayores potencias nucleares la posesión de hasta 700 portadores desplegados, de un máximo de 1.550 ojivas nucleares preparadas para su lanzamiento, y limitaba hasta 800 portadores y bombarderos, estuvieran desplegados o guardados en silos y almacenes, todo controlado a través de un mecanismo de inspecciones mutuas y de una Comisión Consultiva Bilateral. Se incluyeron los misiles balísticos intercontinentales: los estadounidenses Minuteman II–III y Peacekeeper (que podía transportar diez ojivas en lugar de tres y que están ahora retirados o reconvertidos); los rusos Topol y los misiles balísticos intercontinentales R-36M y RS-24 Yars, junto con sus lanzadores y ojivas. También los misiles balísticos lanzados desde submarinos y sus portadores: los estadounidenses Trident II y los rusos R-29R, R-39, R-39RM y R-30. Y finalmente limitaba los bombarderos pesados con armas nucleares: los rusos Tu-95MS y Tu-160, y los estadounidenses B-52G, B-52H, B-1B y B-2A.
En el marco del acuerdo, Rusia redujo sus fuerzas hasta 527 misiles balísticos intercontinentales desplegados, misiles en submarinos y en bombarderos pesados; en total disponía de 1.444 ojivas nucleares y 779 portadores (desplegados o no) de misiles balísticos intercontinentales y de misiles balísticos en submarinos y bombarderos pesados. Estados Unidos declaró cumplida su parte, pero excluyó 56 lanzadoras de misiles balísticos para submarinos Trident-II y 41 bombarderos pesados B-52H. Rusia consideró que Washington disponía así de más portadores, superando los límites del tratado. En septiembre de 2022, Estados Unidos declaró que disponía de 1.420 ojivas, 659 portadores desplegados y 800 portadores de misiles balísticos intercontinentales, misiles balísticos en submarinos y en bombarderos (desplegados o no), cifras que Moscú consideró menores de las que poseía en realidad.
Ahora, han dejado de existir los límites porque Estados Unidos ha ido adoptando decisiones que han supuesto la voladura de todos los controles y de todos los acuerdos de desarme nuclear. En 2002, con Bush, Estados Unidos se retiró del ABM (Tratado sobre Misiles Antibalísticos), un acuerdo que limitaba las defensas antimisiles como mecanismo para asegurar el equilibrio basándose en el concepto de «Destrucción Mutua Asegurada». Al abandonar el ABM, el objetivo del Pentágono era construir su «escudo antimisiles», asegurando su dominio nuclear sobre el mundo. En 2019, con Trump, Washington abandonó también el Tratado INF (Intermediate-Range Nuclear Forces), y Rusia hizo lo propio en reciprocidad: no podía cumplir los límites del acuerdo cuando Estados Unidos dejaba de hacerlo. Veinte días después del abandono del INF, Estados Unidos realizó pruebas con misiles que, con el tratado en vigor, no hubiera podido realizar. En noviembre de 2020, Trump retiró también a Estados Unidos del Tratado de Cielos Abiertos con la justificación habitual de que Moscú no cumplía el acuerdo.
Según datos de 2025 del SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute), los nueve países que disponen de armas nucleares tienen un total de 12.241, de las que 9.614 son operativas. En total, más de 3.900 cabezas nucleares están desplegadas en el mundo, incluidas 2.100 que están en situación de alerta; Rusia disponía de 5.459 ojivas y Estados Unidos de 5.177 (ambos países, entre ojivas desplegadas, almacenadas y retiradas).
En septiembre de 2025, Putin propuso a Estados Unidos prolongar un año la duración del Tratado START III, que expiraba en febrero de 2026. El presidente ruso consideraba un error que Estados Unidos renunciase al tratado que se había firmado en 2010 por Obama y Medvédev, y afirmó que Rusia estaba dispuesta a seguir observando las limitaciones del START III siempre que Estados Unidos hiciese lo mismo. En los últimos cinco meses de vigencia del acuerdo, Moscú insistió en varias ocasiones en que el tiempo se agotaba, pero cuando expiró el START III, el 5 de febrero, Estados Unidos ni siquiera había contestado a la propuesta rusa. En febrero de 2023, con el acoso en sus fronteras europeas y la guerra de Ucrania, Moscú suspendió su participación en el Tratado, aunque no lo abandonó y siguió respetándolo, haciendo llegar a Washington que quería mantenerlo en vigor, pero tras las declaraciones públicas del gobierno de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN de que su objetivo era derrotar a Rusia en tierras ucranianas, el gobierno ruso consideró que no podía permitir inspecciones estadounidenses de sus instalaciones nucleares.
De hecho, con la guerra ucraniana, Washington y Bruselas analizaron mal la situación: habían previsto que Rusia se quebraría con la primera ronda de sanciones económicas y ya han aplicado veinte rondas, aunque el acoso no se ha detenido y envenena más la situación. A mediados de febrero de 2026, Nikolái Pátrushev, asesor de la presidencia rusa y hombre muy próximo a Putin, señalaba la creciente agresividad de los corsarios occidentales incautando buques petroleros rusos, inventando la ficción de la «flota en la sombra» rusa con el propósito de intentar paralizar el comercio exterior ruso; destacaba también el retorno de la «diplomacia de la cañonera» en Venezuela, Cuba e Irán, y la inestable situación en el mar Báltico, con planes de la OTAN para bloquear Kaliningrado. Los temores rusos no son infundados: en mayo de 2024, Macron declaró que no excluía el envío de tropas a Ucrania, y Cameron, ministro británico de Asuntos Exteriores y ex primer ministro, anunció que el ejército de Kiev podría usar armas británicas de largo alcance para atacar el territorio ruso. Respondiendo a esas amenazas, Moscú anunció que realizaría simulacros con armas nucleares tácticas: era la primera vez que lo hacía, y era un advertencia directa a los dirigentes occidentales más belicistas. Un año después, en abril de 2025, fue el turno del secretario general de la OTAN: Mark Rutte denunció, sin pruebas, que Rusia examinaba la posible utilización de armas nucleares contra satélites en el espacio. El Tratado del Espacio Exterior, de 1967, prohíbe el despliegue de armamento nuclear en el espacio, y Rutte acusaba a Moscú de violarlo.
Tras el abandono, con Trump, del INF por parte de Estados Unidos en 2019 con la excusa de que Rusia no lo respetaba (algo que era falso) y que además no implicaba a China, Moscú reaccionó abandonándolo también al día siguiente aplicando una moratoria unilateral al despliegue de misiles de corto y medio alcance, pero dejó de hacerlo ante la ubicación de sistemas estadounidenses antes prohibidos en Europa y en el área de Asia-Pacífico. Debe tenerse en cuenta que el START III no incluía las denominadas «armas nucleares tácticas», ni los sistemas de defensa antimisiles ni tampoco las armas estratégicas no nucleares como los misiles hipersónicos.
El diálogo estratégico está paralizado desde hace años, y no queda ninguno de los tratados de desarme nuclear. Ello implica que ahora no hay límites para desarrollar y emplazar nuevos misiles nucleares y que dejan de realizarse inspecciones mutuas de las potencias atómicas, aunque estaban paralizadas desde 2020 por la pandemia del Covid-19 y después no se reanudaron debido a las diferencias entre Moscú y Washington, y también por el cierre del espacio aéreo y la negativa estadounidense a conceder visados a los inspectores rusos. Así, a partir de junio de 2023, Estados Unidos dejó de informar a Rusia sobre su arsenal nuclear. Y en ese año, con Biden, Estados Unidos acusó a Rusia de negarse a ser inspeccionada, aunque Moscú tenía muy presente la declarada intención de Trump, hecha durante su primera presidencia con el apoyo del Pentágono, de realizar nuevas pruebas nucleares, y que el gobierno Biden lo estaba considerando. Además, se produjo el ataque, realizado con armas estadounidenses en el marco de la guerra de Ucrania, a bases de la aviación estratégica rusa. No pudo extrañar que el Sarmat ruso, el sistema de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) de mayor alcance y potencia del mundo, entrase en servicio en septiembre de 2023. A finales de 2025, Putin aseguró que en 2026 entraría en servicio de combate.
Si no se alcanza un nuevo acuerdo de desarme o al menos de estabilización del actual poder nuclear, el riesgo de una nueva carrera de armamentos es real, con el incremento del número de armas nucleares, y la ausencia de inspecciones mutuas (el START III contemplaba dieciocho inspecciones in situ por año para cada parte), y de mecanismos de verificación, incrementará la desconfianza entre las potencias nucleares. El START III aseguraba notificaciones previas, al menos en las 24 horas anteriores al lanzamiento de misiles balísticos en base al Acuerdo de Notificación de Lanzamiento de Misiles Balísticos de 1988; a cada ICBM (misil balístico intercontinental), SLBM (misil balístico de submarino nuclear) y bombardero pesado se le asignaba un identificador único, y permitía el uso de medios de verificación como los satélites. Ahora, la falta de información verificada dejará en manos de los servicios secretos de cada país la evaluación y los riesgos asociados a las acciones (reales o supuestas) de otras potencias nucleares. Antes de la decisión de Trump de dejar morir el Tratado, el propio Pentágono aseguraba que «sin las medidas de verificación del START III habría una disminución en el conocimiento de las fuerzas nucleares rusas, y tendríamos menos seguridad en nuestras evaluaciones de las fuerzas rusas y menos información sobre la cual basar decisiones sobre las fuerzas nucleares de Estados Unidos.»
Moscú ha insistido en los riesgos que tiene el fin de los acuerdos nucleares para el Tratado de No Proliferación Nuclear, y es obvio que su erosión puede estimular a países que hoy no disponen de armas nucleares a impulsar proyectos para desarrollarlas. Y el riesgo de la proliferación nuclear es real: el canciller alemán Merz, aunque afirma que Alemania no debería plantearse tener armas nucleares, tiene la intención de discutir con Francia un posible acuerdo de uso compartido de bombas atómicas; y el presidente polaco, el ultraderechista Karol Nawrocki, afirmó (en declaraciones a la principal televisión privada Polsat, que pese a su gravedad han pasado casi inadvertidas) que Polonia debe seguir el camino para «adquirir armas nucleares». En oriente, otra voz ultraderechista, la primera ministra japonesa Sanae Takaichi, se ha mostrado ya abierta a la introducción de armamento nuclear en Japón. Corea del Sur puede seguir ese camino, y el presidente ucraniano Zelenski ha afirmado que su país necesita o el paraguas nuclear estadounidense con la introducción de ese armamento, o bien dotarse de armas nucleares propias. Por no hablar de la precaria situación en Oriente Medio, donde otros países podrían emular a Israel, hoy la única potencia nuclear de la región.
Un riesgo añadido es el rearme que está impulsando la OTAN, incorporando armas ofensivas de precisión de largo alcance (que por sus características son definidas como «armas estratégicas no nucleares») que pueden poner en dificultades al arsenal ruso. Rusia está preocupada por los arsenales estratégicos estadounidenses, por los sistemas de defensa antimisiles y por el despliegue de armamento en el espacio, porque le consta que Estados Unidos está desarrollando nuevos planes que pueden poner en riesgo el equilibrio estratégico nuclear. Trump aboga por un nuevo sistema de defensa antimisiles: el escudo Golden Dome (Cúpula dorada), que cuenta con un presupuesto de 175.000 millones de dólares y que finalizará en enero de 2029. Está inspirado en el plan de Reagan de los años ochenta del siglo pasado, la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), conocido entonces como «la guerra de las galaxias». La justificación del Pentágono para desplegar el Golden Dome son las «crecientes amenazas» de Rusia y China, una falsedad a la vista de la actuación de los ejércitos respectivos. Además, Estados Unidos ha incorporado a su arsenal nuclear la bomba B61-13, veinticuatro veces más potente que la que lanzó en Hiroshima; tiene en desarrollo el misil balístico intercontinental LGM35A para sustituir a los Minuteman III, que estará operativo en 2030; el misil de crucero AGM-181A, desarrollado para el bombardero B-52H (del que dispone de 76 unidades y que está modernizando para crear el B-52J, que dispondrá de nuevos misiles nucleares de largo alcance LRSO y de armas hipersónicas; estará operativo también en 2030) y el B-21 Raider. Este bombardero Raider puede llevar armas nucleares y burlar las defensas enemigas. A ello se añaden los nuevos submarinos de misiles balísticos de la clase Columbia. Debe recordarse que la Estrategia de Defensa Nacional aprobada con Biden en 2022 rechaza la hipótesis de no ser nunca el primer país en utilizar armas nucleares (No Primer Uso, NFU), a diferencia de China, que la mantiene. Rusia la mantuvo hasta 1992, y sigue insistiendo en que «una guerra nuclear nunca puede ganarse y nunca debe librarse».
Por su parte, Rusia ha reforzado también su arsenal con nuevos sistemas: el misil de crucero intercontinental Burevestnik, de propulsión nuclear y de alcance ilimitado que puede cambiar su ruta de vuelo sobre la marcha; el potente Oreshnik, un sistema de misiles balísticos de alcance medio, con ojivas hipersónicas, y el Sarmat, sistema de misiles balísticos de vuelo suborbital que puede superar cualquier sistema de defensa antimisiles: es el mayor misil de combate fabricado hasta ahora por cualquier país. Rusia también dispone del Poseidon, un dron submarino de propulsión nuclear, complementado con el submarino nuclear Belgorod, que entró en servicio en 2019, diseñado especialmente para el Poseidon, y en noviembre de 2025 se botó el submarino nuclear Jabarovsk, diseñado para el uso de ese dron. Según afirmó Putin, la potencia del Poseidon es mayor que la del misil balístico intercontinental más potente, el Sarmat, y la potencia de su carga puede alcanzar los 2 megatones. Tanto el Poseidon como el Burevestnik son la respuesta rusa al proyecto de escudo antimisiles estadounidense que se lanzó tras la retirada unilateral de Estados Unidos del ABM en 2002.
Complica la negociación de un nuevo tratado de desarme que sustituya al START III la exigencia norteamericana para que China se incorpore a un nuevo acuerdo semejante, ignorando deliberadamente que Pekín cuenta con un arsenal mucho menor que los de Moscú y Washington, y que obvia también, como si no existiesen, los arsenales de Londres y París y el inquietante poder nuclear de un Estado terrorista como Israel. China se niega a participar en unas eventuales negociaciones para un nuevo START, posición que recibe el apoyo de Moscú, y la decisión oficial de Pekín es que participará en negociaciones de desarme nuclear cuando los arsenales ruso y estadounidense sean equivalentes al chino.
Estados Unidos se debate entre una retirada parcial de algunos escenarios para centrarse en «contener a China», sin renunciar por ello a conseguir el predominio atómico, esa es la lógica que subyace en su voladura de todos los acuerdos de desarme nuclear: con un arsenal chino mucho más limitado, el gran obstáculo en esa carrera por la hegemonía nuclear es Rusia. Y esa locura del Pentágono y de los sectores más belicistas del «Estado profundo» norteamericano pone en un gravísimo riesgo al mundo. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Lavrov, declaró que tras la cita de Anchorage entre Putin y Trump debía aumentar la cooperación entre Rusia y Estados Unidos, pero que «ha ocurrido todo lo contrario». Lavrov citó la imposición de nuevas sanciones a Rusia, la «guerra» contra los petroleros rusos, la violación de la Convención sobre el Derecho del Mar, la coacción a la India y otros países para que dejen de comprar petróleo y gas rusos. Y, junto a ello, la desaparición del START III.
A la incompetencia de Trump (en su primera conversación teléfonica con Putin, el 28 de enero de 2017, tuvo que preguntar a los asesores que le acompañaban qué era el START III) se añade su arrogancia y su caótico pensamiento, aunque sus decisiones deben contar con el «Estado profundo», con el Pentágono y con las principales agencias estadounidenses. Pero con el desenfreno militar de Trump, que en el primer año de su segunda presidencia ya ha bombardeado siete países (Yemen, Somalia, Iraq, Irán, Siria, Nigeria, Venezuela), además de impulsar el genocidio en Gaza y de ordenar más de seiscientos bombardeos en el exterior, sin el START III y sin otros tratados de desarme nuclear, el mundo corre el riesgo de una nueva carrera de armamentos. Por eso, a inicios de 2026, el estadounidense Bulletin of the Atomic Scientists puso el Doomsday Clock, el Reloj del Fin del Mundo, a solo 89 segundos de la medianoche: las agujas del reloj nunca habían estado tan cerca del apocalipsis.
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