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¿Abrirá una vía para la liberación de Palestina la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán?

Fuentes: Rebelión [Foto de Brahim Guedich, Creative Commons 4.0]

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Algunas personas están expresando su frustración por el hecho de que entre las condiciones de Irán para poner fin a la guerra no se haya mencionado explícita y e indudablemente la exigencia de poner fin a la ocupación israelí de Palestina y de desmantelar el régimen de apartheid. Entre las condiciones difundidas en medios iraníes y afines (aunque no han sido confirmadas formalmente por Irán) está la propuesta de que cualquier resolución debe incluir acabar con todas la guerras de Israel en todos los frentes: Gaza, Líbano, Siria y otros lugares. Sin embargo, estas condiciones no priorizaban específicamente la libertad de Palestina como condición previa para poner fin a la guerra.

Esta frustración no es inoportuna ni marginal. La cuestión de Palestina no es una cuestión más para muchas personas, sino que es el eje fundamental del conflicto en sí. No obstante, precisamente por eso no se debe abordar de forma aislada. Abordar la guerra actual unicamente por medio de lo que se ha afirmado o no se ha afirmado explícitamente corre peligro de reducir a una sola dimensión un conflicto que es profundamente complejo, cuando de hecho y en última instancia la cuestión de Palestina se está conformando, disputando y resolviéndose potencialmente a través a esta lucha más amplia e interrelacionada.

Varías líneas de análisis recogen elementos de esta realidad, pero pocas la sustentan. Algunas se centran de forma limitada en la política interna israelí y afirman que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu está prolongando la guerra para mantener su coalición, atrasar su comparecencia ante la justicia y evitar las consecuencias legales que podrían acabar con su carrera política. Otras hacen una lectura estratégica más amplia y sitúan la guerra dentro de la búsqueda que desde hace tiempo lleva a cabo Israel de lograr el control regional por medio de la neutralización de sus adversarios, ampliar la normalización [de relaciones de Israel con otros países] y la consolidación de su posición como potencia fundamental en la zona. Una tercera línea de análisis, más cercana a la corriente dominante, continúa operando dentro del marco declarado de Washington y Tel Aviv. Aunque incluya algún aspecto crítico, sigue aferrada a la retórica del programa nuclear de Irán, la «seguridad » de Israel y la maquinaria habitual de justificación.

No es un marco neutral. Elude sistemáticamente la responsabilidad que tiene Israel en esta guerra, de la misma manera que se ha negado sistemáticamente a afrontar el genocidio en Gaza. Incluso sus críticas al presidente estadounidense Donald Trump siguen siendo de procedimiento, centradas en los poco claros objetivos de la Casa Blanca, la escasa coordinación y los mensajes contradictorios, en vez de centrarse en la lógica política y moral que ha llevado a esta guerra.

El recorrido histórico más amplio desaparece entre unas explicaciones que son meramente internas y el cada vez más vacío discurso de los medios dominantes. La verdad radica en otra parte. Asia Occidental no ha entrado en crisis repentinamente. Ha sido conformado deliberadamente para ser inestable. A lo que estamos asistiendo no es a una ruptura abrupta, sino a la aceleración de un proceso histórico de larga data que ahora está llegando a una fase decisiva.

El Acuerdo Sykes-Picot de 1916 en Gran Bretaña y Francia no dividió simplemente el territorio, sino que urdió su fragmentación. Se impusieron unas fronteras arbitrarias que tenían muy poco en cuenta la realidad histórica, cultural o social, lo que garantizaba que la zona iba a estar fracturada políticamente y a ser manejable desde el exterior. Este marco colonial se reforzó posteriormente gracias a los acuerdos alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial que transfirieron a Estados Unidos el control efectivo de la zona. En 1945 se produjo un hecho fundamental cuando el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt se reunió con el rey saudí Abdulaziz a bordo del buque estadounidense Quincy para acordar una formula estratégica: Estados Unidos garantizaba la seguridad a cambio de un acceso estable a los recursos petroleros. Este acuerdo evolucionó, sobre todo en la década de 1970, al sistema del petrodólar, según el cual las transacciones del petróleo mundial se debían hacer en dólares estadounidenses, lo que tuvo unas consecuencias estructurales. Se garantizaba la demanda mundial de dólares y la fortaleza de la economía estadounidense quedó vinculada directamente a su influencia sobre los flujos energéticos de Asia Occidental. En adelante el dominio de Estados Unidos en la zona no fue meramente estratégico, sino que fue la base del orden económico global.

¿Cuando empezaron a cambiar las cosas?

Una respuesta común es la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos en 2003. Esta guerra pretendía consolidar el control de Estados Unidos, sin embargo desestabilizó la zona de forma profunda y duradera, sacó a la luz los límites de la intervención militar directa y aceleró unas fuerzas que el propio Washington no pudo controlar totalmente.

Hacia 2011 Estados Unidos empezó a hacer nuevos cálculos. El «giro hacia Asia» del gobierno Obama reflejaba una reorientación estratégica hacia China, mientras que Washington adoptaba en Asia Occidental un modelo de implicación más indirecto, que a menudo se calificaba de «dirigir desde atrás». Este planteamiento fue evidente en Libia en 2011, donde las fuerzas de la OTAN, bajo la coordinación estadounidense, intervinieron militarmente sin que hubiera sobre el terreno una presencia estadounidense a gran escala. El resultado de ello no fue la estabilidad, sin el colapso del Estado [libio].

En Siria, Iraq, Yemen y otros lugares Estados Unidos delegó cada vez más, recurrió a alianzas regionales y a formas híbridas de guerra. Pretendía mantener su influencia y reducir al mismo tiempo el coste político y financiero de la ocupación directa.

Isrel asumió un papel más importante en este nuevo marco. Ya no era un simple aliado, sino un pilar que se situaba como garante regional de la seguridad dentro del orden encabezado por Estados Unidos. Se incorporó a este acuerdo a los Estados árabes, sobre todo a los del Golfo, como socios económicos, y la normalización de sus relaciones con Israel se consideró pragmática e inevitable. Los Acuerdos de Abraham firmados en 2020 formalizaron este giro. No fueron unos acuerdos meramente diplomáticos, sino parte de un proyecto más amplio para reorganizar Asia Occidental de acuerdo con las prioridades estratégicas de Estados Unidos e Israel.

Aunque los Acuerdos de Abraham se consideraron, con toda razón, una traición a Palestina, también estaban destinados a eludir totalmente la cuestión palestina. Jared Kushner expresó explícitamente esta lógica al afirmar que la cooperación regional y la integración económica podían avanzar con independencia de resolver la cuestión de los derechos del pueblo palestino.

El propio discurso empezó a cambiar en consonancia con ello. Israel adoptó y difundió el lenguaje de un «nuevo Oriente Medio» que promueve una idea en la que tiene una posición fundamental e indiscutible.

Esta idea quedó perfectamente clara en septiembre de 2023, cuando Netanyahu pronunció un discurso en la ONU y presentó un mapa de la zona que excluía totalmente a Palestina, una declaración tan política como visual.

Con todo, ni siquiera el genocidio que estaba teniendo lugar en Gaza alteró de forma significativa esta trayectoria. A pesar de las condenas retóricas, varios gobierno árabes siguieron priorizando el preservar este orden que estaba emergiendo e invertir capital político en su supervivencia al tiempo que ofrecían poco apoyo significativo al pueblo palestino.

No es una postura fortuita.

Muchos Estados del Golfo no fueron fruto de movimientos de liberación anticoloniales, sino de acuerdos coloniales. Al haber sigo antiguos Protectorados británicos, su sistema político y el de seguridad mantiene una fuerte relación con el poder occidental. El limitado tamaño de sus poblaciones, la profundidad de su territorio y su autonomía estratégica hacen que dependan de garantías externas para su supervivencia.

Puesto que China sigue siendo cautelosa a la hora de proyectar su poderío militar y, al menos por el momento, no desea sustituir a Estados Unidos como patrocinador de la seguridad, estos Estados siguen dependiendo de la validación política, la protección militar y la infraestructura tecnológica occidentales.

Desde su punto de vista, el colapso del orden existente no es una liberación, sino un peligro.

Esto ayuda a explicar la ausencia de cualquier cambio serio en su postura respecto a Israel, ni siquiera cuando los dirigentes israelíes expresan abiertamente sus ambiciones expansionistas. El propio Netanyahu ha enmarcado repetidamente el papel de Israel en unos términos de sugieren un proyecto regional más amplio, esto es, el «Gran Israel»; un proyecto que va más allá de la asociación para convertirse en una relación de dominio.

Aunque estas declaraciones provocan cierta alarma a algunos regímenes árabes, no han alterado de forma fundamental sus cálculos. Hace tiempo que comprendieron la naturaleza del poder israelí, aunque siguen funcionando dentro de un sistema que recompensa el alineamiento con actores más fuertes, no la resistencia a ellos.

Teniendo en cuenta todo esto, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no se puede entender como una serie de decisiones aisladas o de cálculos cortoplacistas, sino que es el resultado de una trayectoria histórica de varias etapas y acumulativa.

Es cierto, Netanyahu trata de sobrevivir políticamente; es cierto, la política estadounidense sigue estando profundamente determinada por la influencia pro-Israel, pero reducir esta guerra únicamente a esos factores es ignorar su función estructural: el intento de imponer un nuevo orden regional.

Precisamente en este contexto más amplio es donde hay que entender la resistencia palestina en Gaza. Nunca pretendió derrotar a Israel en términos militares convencionales, sino que su objetivo era ampliar el ámbito del conflicto, obstaculizar la capacidad de Israel para reconfigurar la zona unilateralemente y hacer frente a lo que se podría considerar un incipiente «Sykes-Picot II», esta vez centrado en el dominio israelí. Israel es plenamente consciente de esta dinámica y de ahí que califique constantemente la guerra de existencial y la equipare a su momento fundacional en 1948: la Nakba y la limpieza étnica de Palestina

Sin embargo, la poderosa respuesta de Irán, el papel constante que desempeña Hezbollah, la implicación de Ansarallah y una mayor consolidación del Eje de la Resistencia sugieren que es posible que Israel no pueda lograr ninguno de sus objetivos estratégicos.

Y ahí es donde fallan la mayoría de los análisis preponderantes.

Para el Eje de la Resistencia la victoria no requiere un triunfo militar decisivo, requiere aguante; en este contexto no perder es en sí mismo una victoria estratégica. De suceder eso, no se limitaría a interrumpir la trayectoria actual, podría empezar a revertirla. Se vería profundamente alterado el arco estratégico que siguió a la guerra de Iraq, reforzado por el «giro hacia Asia», el fracaso de los levantamientos árabes y el proceso de normalización [de relaciones con Israel]. Se debilitaría el papel de Israel como garante de la “seguridad”, lo que llevaría a los regímenes árabes a replantear sus alineamientos y posiblemente a explorar nuevas formas de coexistencia regional, no con Israel, sino con Irán.

Y en ese momento a Estados Unidos le quedarían pocas opciones: o bien profundizar su implicación en una región de la que ha estado intentando desvincularse, o bien aceptar un panorama geopolítico modificado en el que Irán y sus aliados ya no son actores periféricos, sino fuerzas consolidadas e ineludibles a la hora de configurar el futuro de la zona.

Aunque únicamente esto no liberará a Palestina ni desmantelará el apartheid, podría, no obstante, abrir nuevos espacios políticos, geopolíticos y legales para que opere el pueblo palestino, unos espacios que el cambio de los equilibrios regionales y la desaparición de viejos obstáculos hacen posibles.

Si fracasa la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las implicaciones irán mucho más allá del campo de batalla. Se empezará a desmoronar no solo el equilibrio de poder existente, sino también el propio lenguaje y los presupuestos que han gobernado la zona durante décadas. En ese contexto es probable que potencias globales como China y Rusia se posicionen más firmemente como socios económicos y estratégicos alternativos, y traten de sacar provecho de un panorama regional cambiante.

Al mismo tiempo, algunos países europeos, que ya han empezado a expresar su desacuerdo con la política estadounidense, pueden empezar a negociar nuevos acuerdos, sobre todo teniendo en cuenta la importancia estratégica del Estrecho de Ormuz y su relación directa con los flujos mundiales de energía.

Puede que países de todo el Sur Global aprendan de este momento y exploren formas de cooperación regional en contra de los marcos coloniales heredados y de las viejas jerarquías de poder.

El conjunto de todos estos cambios no resuelve la «cuestión palestina», pero sí abre posibilidades, que amplían el terreno en el que el pueblo palestino y sus aliados, incluido el movimiento global de solidaridad, pueden actuar, organizarse y ejercer presión.

Se vislumbran ya los contornos de un cambio político: disminuye el apoyo a Israel entre la población estadounidense común y la solidaridad global con Palestina llega a unos niveles sin precedentes, incluso entre las sociedades occidentales.

El reto es no limitarse a reconocer que se está produciendo un cambio, sino comprender lo profundo que es y hacia dónde se dirige, para no constreñirnos a lecturas parciales de la guerra contra Irán. Este cambio se debe entender como parte de una lucha más amplia sobre el futuro de la zona, en la que Palestina sigue siendo fundamental.

Ramzy Baroud es periodista, director y colaborador de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, el próximo de los cuales está Before the Flood, que publicará Seven Stories Press. Otros de sus libros son Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y The Last Earth. También es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su página web es www.ramzybaroud.net.

Texto original: https://www.counterpunch.org/2026/03/30/will-the-us-israeli-war-on-iran-open-the-road-to-palestinian-freedom/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.