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Civilizaciones: ¿conflicto o convivencia?

Fuentes: Rebelión

Diversos momentos históricos han alimentado en Occidente la desconfianza y hasta el desconocimiento sobre la trayectoria de los pueblos del Medio Oriente. En parte ha respondido a los prolongados conflictos entre el cristianismo y el islam, aunque también se ha debido a múltiples factores políticos, económicos y culturales. Las culturas de sus sociedades han sido percibidas como exóticas y sus formas de gobierno como ajenas a los ideales políticos que, especialmente desde la modernidad europea, promovían la división de poderes y también la separación entre Iglesia y Estado. Durante el siglo XIX, las potencias imperiales europeas consideraron al Medio Oriente como región estratégica para el comercio y los recursos, y en el siglo XX adquirió aún mayor relevancia por el petróleo.

En ese marco, no se ha comprendido adecuadamente la dimensión histórica de Irán como un Estado-civilización. Desde la antigüedad puede seguirse su compleja evolución en distintos momentos: era Elamita, Imperio Aqueménida (550–330 a.C.) fundado por Ciro el Grande, la conquista de Alejandro Magno, la gran Persia Islámica, la invasión Mongol y la Edad Media, su incorporación a la Edad Moderna desde el siglo XVI, la Persia Contemporánea entre 1786-1925, año en el cual se instaló la Dinastía Pahlaví (El Sha), hasta la Revolución de 1979 que derrocó la monarquía y estableció la República Islámica iniciada con el gobierno del Ayatolá Jomeini (1979-1989) y la sucesión de Alí Jameneí (1989-2026).

La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán tiene múltiples explicaciones oficiales. Pero ha merecido numerosos análisis desde el mundo académico, comunicacional y cultural, donde se advierte que no están en juego solo los peligros del desarrollo nuclear de Irán y el petróleo, sino una compleja trama de intereses imperialistas y geoestratégicos, entre los que sobresale el afán de Estados Unidos por mantener presencia en el Medio Oriente, aprovechar el petróleo y recuperar una hegemonía unipolar mundial ahora decadente.

De modo que no son simples expresiones de exceso verbal las que, en plena guerra, ha lanzado el presidente Donald Trump al tratar de imponer sus ultimatos a Irán. El presidente del país considerado como la más grande potencia en la historia contemporánea, de un Estado que otrora se presentaba como ejemplo de progreso, civilidad, democracia y libertad, ha resquebrajado esa imagen. Amenazó a Irán con atacar sus infraestructuras esenciales, dejando centrales eléctricas y puentes «ardiendo, explotando y sin poder ser utilizados nunca más«. Dijo que regresaría a ese país “a la edad de la piedra” (https://t.ly/Aogov). Al ser cuestionado por los ataques a objetivos civiles respondió: «Porque son animales… tenemos que detenerlos» (https://t.ly/h9WfK). También calificó de «matones, animales y gente horrible» a los líderes iraníes. Advirtió: «Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás. No quiero que eso suceda, pero probablemente ocurrirá» (https://t.ly/ljzWF).

Las palabras de Trump alarmaron en el mundo (https://t.ly/z9heX). En diversos medios se consideró como «incitación a crímenes de guerra» y potencialmente «genocidio»; la ONU abogó por el apego a las normas internacionales; el Papa León XIV igualmente cuestionó las amenazas a una civilización; la OTAN no se involucró en el conflicto y varios países europeos no prestaron sus bases militares.

En América las cosas son distintas: Trump cuenta con el abierto respaldo del presidente argentino Javier Milei y tiene como aliados incondicionales a los gobiernos de Daniel Noboa en Ecuador y Santiago Peña en Paraguay. Toda América Latina está amenazada por el Corolario Trump (https://t.ly/QNMF9) y por la Estrategia de Defensa Nacional (https://t.ly/-Hqw_) que imponen una subordinación exclusiva a los intereses de los Estados Unidos y el distanciamiento con sus “adversarios”: China, Rusia, los BRICS. Están desafiadas las posiciones soberanas y latinoamericanistas, como las que impulsan gobiernos progresistas como los de Claudia Sheinbaum (México), Lula da Silva (Brasil) y Gustavo Petro (Colombia), mientras contra Cuba se ha redoblado el más escandaloso e inhumano bloqueo de la historia contemporánea.

Lo paradójico de este momento histórico conflictivo es que las advertencias y amenazas de Trump en contra de un Estado-civilización de más de 5,000 años contrasta con la posición que ha planteado China desde marzo de 2023, cuando el presidente Xi Jinping lanzó la “Iniciativa para la Civilización Global” (ICG, http://bit.ly/4cjpbHQ), que reconoce las distintas vías que tiene la modernización porque depende de las realidades históricas de cada país y que, por tanto, no hay “modelos” superiores para imponer a otras civilizaciones. Cada país tiene el derecho a desarrollar no solo su economía, sino su propia cultura. El mundo requiere del diálogo y el aprendizaje entre las diversas civilizaciones. Todas comparten los valores comunes de la humanidad: paz, desarrollo, equidad, justicia, democracia, libertad, pero bajo las condiciones de sus herencias y sus realidades. Todas tienen un patrimonio por defender. La comprensión y la valoración mutua requieren de intercambios culturales, educativos, comunicativos, tecnológicos. Se llama a crear una «comunidad de futuro compartido para la humanidad». China logró que la ONU estableciera el 10 de junio como el Día Internacional para el Diálogo entre Civilizaciones (https://t.ly/ooY5-).

El diálogo civilizatorio, con respeto y soberanía, ha desafiado la visión imperial de cualquier potencia y, sin duda, de los EE.UU. cuya hegemonía mundial está en pleno retroceso con el avance del siglo XXI. Si se observa lo sucedido en Europa y se dimensionan los ataques de Trump contra varios de sus gobiernos, así como en contra de la OTAN, resulta evidente que la política exterior de los EE.UU. ha perdido respetabilidad entre los antiguos aliados. Y es otra paradoja que la guerra contra Irán resulte en un fortalecimiento de las posiciones internacionales de Rusia, pero sobre todo de China, el mayor “enemigo” potencial.

La hegemonía de los EE.UU. ha tenido que replegarse agresivamente sobre América Latina, donde puede imponer el neomonroísmo aunque bajo la resistencia de los gobiernos progresistas. En esta región confronta abiertamente con países que mantienen relaciones con China, Rusia y los BRICS y que difícilmente se aflojarán, pues no solo participan Estados sino empresarios. Además, a fines de 2025 China difundió el tercer Documento sobre la Política hacia América Latina y el Caribe (https://t.ly/uurqI), en el que se expresa el objetivo de elevar la cooperación a un nivel superior privilegiando al Sur Global, su desarrollo y paz, y reforzando las diversidades culturales. Se descarta cualquier intervencionismo o imposición. Son propuestas que contrastan con EE.UU. que desde hace décadas no han planteado una política que resulte comparable y alternativa.

Finalmente, hay que subrayar que no existe un conflicto de civilizaciones, como lo había concebido hace décadas el profesor Samuel Huntington en su obra “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” (1996), sino que inevitablemente, en esa “reconfiguración”, nace un mundo nuevo para el siglo XXI no solo multipolar, sino pluricivilizatorio.

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Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.