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Pakistán, sin un remoto día de paz

Fuentes: Rebelión

Shehbaz Sharif, el Primer Ministro de Pakistán, aspira a trepar al gran teatro de la política internacional “interviniendo” como mediador en el conflicto militar que podría convertirse en el más importante desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán, la que, frente a la apabullante respuesta persa, el desconcierto de Washington y el pánico de Tel Aviv, ha dejado abierta la posibilidad del uso de armas nucleares y ya ha precipitado al mundo a una reconfiguración política.

Islamabad parece olvidar que tiene cuestiones que, por muy domésticas que sean, no dejan de ser graves y requieren respuestas urgentes: la grave situación financiera; las cuentas pendientes con Nueva Delhi, todavía empeoradas luego de la breve pero intensa escalada de mayo del año pasado; además de la guerra con Afganistán, que si bien ha quedado contenida a ambos lados de la Línea Durand, como todas las guerras de esa región, parece estar siempre al borde de iniciarse o reactivarse, pero nunca de terminar.

Si todo eso fuera poco, Islamabad tampoco puede contener la insurgencia local. Tanto al Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), en este momento muy comprometido en acciones y hombres junto a sus hermanos afganos, ni al separatismo de Baluchistán, la provincia que, si bien es rica en recursos naturales, siempre ha sido postergada por los gobiernos federales.

El domingo 24 de mayo, el cada vez más activo Ejército de Liberación Baluchistán (BLA, por sus siglas en inglés) realizó un nuevo ataque contra una formación ferroviaria que conecta Quetta, la capital de la provincia de Baluchistán, con otros destinos del país. Esta línea suele ser utilizada para el traslado de personal militar y sus familias.

La explosión, según se conoció, fue producto de un coche-bomba detonado en cercanías de la estación Chaman Phatak cuando se aproximaba un tren de pasajeros, causando al menos treinta muertos y más de cien heridos. La potencia de la explosión hizo que dos vagones del convoy fueran arrancados de las vías, provocando un rápido incendio, mientras cerca de una veintena de autos estacionados en las cercanas también ardieron de inmediato. Además de producirse daños importantes en varios edificios.

En el lugar elegido por los insurgentes para colocar el coche-bomba, suelen desplegarse efectivos de las fuerzas de seguridad, por lo que se estima que la mayoría de las víctimas pertenecen a las fuerzas regulares.

Rápidamente el BLA, a través de un comunicado enviado a diversos medios periodísticos, se adjudicó el ataque, enfatizando que en el tren viajaban solo militares.

Mientras el Primer Ministro Sharif, en un comunicado de fórmula, condenó el atentado y se solidarizó con las familiares de las víctimas, sin reconocer que él, junto a su partido político, el ejército y la embajada norteamericana, son los principales responsables de la actual situación del país, tras haber provocado la destitución ilegítima del Primer Ministro Imran Khan en abril del 2022, fraguando causas que hasta hoy lo mantienen prisionero del régimen.

Fuentes cercanas al Gobierno de Sharif, nuevamente, al igual que tras el ataque al Jaffar Express en marzo del año pasado (Ver: Pakistán, el asalto al Jaffar Express), que dejó al menos setenta muertos y cerca de cien heridos, en su mayoría hombres de las fuerzas de seguridad, han señalado a India como financiador del Fitna al-Hindustan, por el término árabe que se traduce como discordia, el nombre con que las autoridades pakistaníes se refieren oficialmente al Ejército de Liberación Baluchistán.

El huevo de la serpiente

De poco le ha servido al establishment pakistaní la remoción de Imran Khan aterrado por sus posiciones antinorteamericanas y la restauración, a partir de entonces, del Estado policial que ha gobernado al país desde su independencia en 1947, a excepción de breves periodos democráticos.

Las acciones terroristas se siguen perpetrando en Pakistán, al punto que los dos conatos de guerra que ha vivido este país, desde el golpe constitucional contra Khan, han sido a consecuencia del terrorismo, que se ha hecho incontrolable.

Las operaciones del TTP que, según Islamabad, son apoyadas por Afganistán, de allí la guerra que comenzó el 27 de febrero último y la de la insurgencia baluchí, alentada por Nueva Delhi, que produjo la escalada de marzo del 2025.

La crisis que plantea esta nueva acción terrorista deja abierta la posibilidad de que los sectores más duros del ejército, con el general Asim Munir a la cabeza, decidan reanudar las operaciones transfronterizas contra Afganistán, ya que, según la inteligencia pakistaní, el BLA también reposta en territorio afgano, con la anuencia de los mullah.

Algunos expertos en seguridad han alertado inmediatamente, al conocerse el ataque a la estación de Chaman Phatak, de que se produzca una nueva oleada de ataques terroristas en todo Pakistán. Tanto por parte del BLA, otras asociaciones baluchis, el TTP, e incluso alguna de las muchas células que se encuentran bajo el control de la Dirección de Inteligencia Inter-Servicios (ISI), a servicio del ejército, y que, tras un atentado de falsa bandera, pueda hacer que los sectores más timoratos de Islamabad opten por la opción más violenta.

Ninguna de las principales organizaciones terroristas ha sido siquiera afectada por las ofensivas del ejército, que además cuentan con una gran base de sustentación en los sectores populares tanto del nacionalismo baluchí como del integrismo pashtúnsunita, que es muy fuerte en Pakistán desde finales de los setenta. Tengamos en cuenta que toda la dirigencia fundacional de los talibanes afganos, entre ellos el mullah Omar, ha surgido de madrassas sunitas establecidas en territorio pakistaní, y que desde entonces hasta la actualidad han seguido siendo un semillero permanente de muyahidines, que han participado en cuanta “guerra santa” se ha librado en el mundo, desde Bosnia (1992-1995) o en el Sahel africano en la actualidad, hasta Filipinas (1990-2020).

Con la excesiva disposición de armas con que se cuenta en el país desde que los Estados Unidos habían utilizado a Pakistán desde 1979 como una cabecera de plaza para la guerra antisoviética de Afganistán, para cuya llegada se montó una red de tráfico “ilegal” dirigida por la inteligencia de Estados Unidos, Francia, Reino Unido e Israel (Ver: Safari Club: algo más que un club de caza). Ese tráfico se multiplicó a partir del 2001, con la invasión norteamericana a Afganistán y no se ha detenido desde entonces. Mano de obra por convicción o necesidad en un país con casi 10 millones de desocupados, fundamentalmente entre los sectores más jóvenes, no se necesita mucho más para la formación de khatibas terroristas, para seguir realizando ataques en todo el país, por lo que la llamada Guerra contra el Terror está muy lejos de terminar.

La renovada alianza de Islamabad con Washington, que obligó a China a desinvertir en el país, hace cada vez más concreta la posibilidad de que Sharif pida asistencia militar a Donald Trump. Dispuesto como siempre a la venta de armas y fortalecer a un país, Pakistán, que comparte una frontera terrestre y sin demasiados escollos de casi mil kilómetros nada menos que con Irán. Por otra parte, Trump había anunciado en octubre pasado su voluntad de retornar la base aérea de Bagram, a 150 kilómetros de la línea Durand y cincuenta de Kabul.

Esto permitiría a Washington comenzar a neutralizar las inversiones de China en Pakistán, ya que para Beijing y el desarrollo de la Nueva Ruta de la Seda, el paso por territorio de Pakistán es esencial. Más allá de China, está desde hace algunos años, particularmente desde 2022, disminuyendo el calibre de sus inversiones debido al desmejoramiento de la seguridad, en especial en la provincia de Baluchistán, donde en varias oportunidades trabajadores de origen chino han sido blanco de atentados terroristas. Teniendo como ejemplo la experiencia china, Washington está demorando sus anunciadas inversiones en minerales críticos.

Para Islamabad es crucial resolver la seguridad, ya no solo en sus fronteras, sino hacia el interior del país, conteniendo a los sectores más activos de tantos pashtunes como baluchis, que no solo alejan inversiones, sino que socavan la ya muy alicaída situación económica. Lo que está alentando las protestas populares, que unen sus reclamos en tres ítems: la situación económica, la de seguridad y la prisión de Imran Khan, quien, a pesar de estar en prisión, donde su estado de salud se ha deteriorado velozmente, y las innumerables campañas periodísticas en su contra, millones de personas continúan siguiéndolo, por lo que sigue siendo una amenaza, por ahora simbólica, para el régimen.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.