Durante la noche del domingo 28 de junio Pakistán realizó nuevas operaciones aéreas sobre posiciones, supuestamente terroristas, ubicadas en las provincias afganas de Paktia, Paktika y Kunar, seguidas de acciones terrestres en las que murieron al menos 29 milicianos, dejando además cerca de 200 heridos. En los reportes oficiales no se mencionan bajas civiles, aunque algunas fuentes sin confirmar señalan que los menores muertos en estos últimos ataques llegarían a los 115.
El ministro de Información de Pakistán, Attaullah Tarar, declaró que los ataques fueron en respuesta a las múltiples acciones del grupo terrorista Tehrik-e Taliban Pakistan (TTP). Este grupo, es denominado oficialmente Fitna al-Khwarij (revolución, guerra civil o golpe de Estado) por Islamabad, actúa en su territorio y una vez concretadas las acciones, como ya hemos visto en muchísimas oportunidades, retorna a territorio afgano, el que utiliza como santuario, donde además tiene campamento, hospitales, centros de entrenamiento, lo que es tolerado por el Gobierno de los ayatolás y que, según la inteligencia pakistaní, la Dirección de Inteligencia Inter-Services (ISI), recibe amplio financiamiento de India, al igual que los grupos separatistas de Baluchistán.
Los chispazos entre ambas naciones, que han tenido relaciones cordiales en diferentes momentos de su larga historia en común, se comenzaron a producir tras la entrada victoriosa de los talibanes a Kabul en agosto del 2021. Desde entonces han sido numerosísimos los roces fronterizos; incluso la fuerza aérea pakistaní llegó a bombardear Kabul y otras ciudades lejanas de la frontera en octubre del año pasado.
La crisis, desde aquel momento, continuó escalando hasta que el pasado 21 de febrero, el Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif resuelve la Operación Ghazab Lil-Haq (Furia por la justicia). Esta es la ofensiva militar de gran escala que Pakistán lanza contra Afganistán en respuesta a la creciente ola terrorista transfronteriza. Tras lo que Islamabad anunció una “guerra abierta” contra posiciones del TTP, incluyendo objetivos de las fuerzas armadas de Afganistán, frente a la sospecha de su involucramiento con los terroristas, de lo que incluso India tendría parte, lo que Nueva Delhi ha negado en cada oportunidad, obviamente. Ver: India, un largo puente hacia Kabul.
Aquella “guerra abierta” literalmente fue ahogada por la que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán una semana después. Ver: La guerra por goteo en la línea Durand.
Gracias a la intervención de Catar y Turquía se alcanzó un alto el fuego que, con sus matices, perduró hasta la noche del domingo 28 de junio, cuando Pakistán decidió romperlo, según se desprende del comunicado de la cancillería afgana, donde dice que: “A su debido tiempo habrá represalias”. Por lo que se reiniciarán hostilidades entre Kabul e Islamabad más temprano que tarde.
Si bien a pesar de que la mañana del lunes amaneció en calma a lo largo de los 2.600 kilómetros de la Línea Durand, como se conoce la frontera entre ambas naciones, las fuerzas de seguridad de ambod países se encuentran en estado de máxima alerta.
Tanto Afganistán como Pakistán ya han convocado a sus respectivos diplomáticos para iniciar las protestas de estilo; es poco probable que se alcance un nuevo “acuerdo” sin que los afganos se cobren la cuota de sangre correspondiente.
Es cierto que a medida que se apaciguaron las aguas tras el alto el fuego de la “guerra abierta”, la violencia terrorista que proviene de las montañas de Khyber Pakhtunkhwa se ha filtrado nuevamente hacia el interior del país. Y prueba de ello es el ataque del 27 de junio contra el cuartel provincial de la fuerza paramilitar Sindh Rangers en la ciudad de Karachi, la más poblada del país, capital de la provincia sureña de Sindh, principal puerto y que cuenta con el honor de haber sido la primera capital de la nación tras la partición de India en 1947.
Allí un militante shahid (mártir) estrelló el vehículo que conducía cargado de explosivos contra el acceso principal del complejo paramilitar, lo que se continuó con intenso tiroteo tras haberse abierto una brecha por donde pretendieron filtrarse hacia el interior de la base un grupo de hombres armados con fusiles automáticos y granadas, desencadenando un intenso enfrentamiento que se prolongó al menos por una hora y media, dejando tres Rangers muertos, múltiples heridos y la muerte de la mayoría de los atacantes, mientras uno de los militantes fue detenido con vida, el que aparentemente sería de nacionalidad afgana. Una táctica clásica del Tehrik-e Taliban Pakistan, aunque se conoció más tarde que el ataque fue reivindicado por el grupo Jamaat-ul-Ahrar (La asamblea de los Libres). Cuyo principal líder fue neutralizado al día siguiente en una operación del Ejército en la provincia de Khyber Pakhtunkhwa.
Este grupo escindido en 2014 del TTP, y que, a pesar de que habría realizado bay’at (juramento de lealtad) al Daesh, el grupo fundado por Abu Bakr al-Baghdadi en 2014, nunca habría reconocido como filial, quizás por colisionar con la franquicia estrella del Estado Islámico en la región, el Daesh-Khorasan, enemigo jurado, por lo menos en la superficie, de los talibanes y todo lo que tenga que ver con ellos, incluido, obviamente, al-Qaeda.
Más allá de su efectividad, el ataque tiene una fuerte carga simbólica, ya que Karachi, además de ser la capital financiera del país y la más poblada del país, con más de 20 millones de personas, se encontraba fuera del mayor eje de violencia del país, que se concentraba en las regiones tribales del noroeste.
Tensiones internas entre los mullahs
Tras la retirada estadounidense después de 20 años de ocupación que dejaron cerca de un millón de muertos, todos afganos obviamente, el país entró en un casi desconocido estado de equilibrio más allá de algunos ataques y atentados del Daesh-Khorasan, y las protestas de campesinos por la fatwa (dictamen) del 2022, con la que el mullah Haibatullah Akhundzada, el emir del Talibán y la máxima autoridad política y espiritual del país, prohibió el cultivo de adormidera, la producción, comercialización e incluso consumo del opio y sus derivados, bajo pena de latigazos y largas condenas de prisión, por lo que al año siguiente la producción bajó un 95 por ciento. Pese a que por décadas fue la mayor fuente de ingreso del país y la que financió, casi con exclusividad, la guerra contra el invasor estadounidense.
Esta prohibición generó un estancamiento económico, el incremento en las tasas de pobreza, afectando la atención médica, la que con el cese de la ayuda internacional se deterioró, dejando marcas cada vez más profundas en la salud de los 37 millones de afganos. Mientras las inversiones, particularmente de China, han comenzado a llegar a cuentagotas.
Esta realidad será muy difícil de modificar, ya que Afganistán ha quedado marcada como ninguna otra nación, a excepción de Irán, con el estigma de patrocinadora del terrorismo, mientras que los verdaderos financistas globales de estas organizaciones, como son los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Catar, junto a Israel y los propios Estados Unidos, se permiten señalar a los “culpables” del terror.
Más allá de las reiteradas acusaciones contra Kabul de permitir que khatibas de al-Qaeda tengan presencia activa en el país. Aunque sí del Daesh-Khorasan, del que varios centenares de sus combatientes fueron transportados desde Siria en helicópteros estadounidenses hasta el norte afgano, hace ya más de 10 años, para convertirse en la pesadilla de los talibanes. Desde la victoria de los mullahs ha atacado en Kabul en varias oportunidades; incluso atentó contra altos dirigentes del Gobierno, bases talibanas, convoyes, generando un foco más de inestabilidad para el país que no logra dejar atrás la violencia.
Así y todo Washington sigue sospechando que en cada aldea del país, en cada barrio de las periferias de Kabul, Kandahar o cualquier otra ciudad afgana, entre las ruinas que el medio siglo de guerra continua ha dejado, cada día siguen naciendo nuevos muyahidines para una guerra que parece signada por el destino para que siempre sea su tiempo.
Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC
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