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China: ¿Socialismo de mercado?

Fuentes: El Universal

(En memoria de Julieta Campos) En reuniones ocasionales (no con funcionarios o intelectuales), sino sobre todo con gente que labora en los servicios, la pregunta surgió naturalmente: ¿piensan que China es un país socialista o capitalista? La pregunta extrañaba y alguien dijo que la duda surgía por nuestra ignorancia de extranjeros; el atrevido, muy joven, […]

(En memoria de Julieta Campos)


En reuniones ocasionales (no con funcionarios o intelectuales), sino sobre todo con gente que labora en los servicios, la pregunta surgió naturalmente: ¿piensan que China es un país socialista o capitalista? La pregunta extrañaba y alguien dijo que la duda surgía por nuestra ignorancia de extranjeros; el atrevido, muy joven, explicó que la idea de China socialista o comunista pertenecía al pasado y que, como les habían enseñado, los hombre de aquel tiempo habían hecho mucho para independizar y defender al país y poner las bases de su desarrollo, pero que aquello se había quedado en otros tiempos y que, desde luego, no vivían ya en un país socialista o comunista

También resultaba obvia la respuesta siguiente: ¿vivían ahora mejor que antes y más felices? El mismo atrevido, pero ahora coreado por otras voces, sostuvo que ahora la pasaban mucho mejor que sus padres, que en el pasado trabajaban 12 horas diarias con salarios muy reducidos, que no había grandes tiendas para comprar y que su vida era demasiado modesta y tradicional. Ellos, ahora, estaban mucho mejor y estarían mejor en el futuro. Sin embargo, algunos reconocieron que por sus padres sabían que antes no se pagaba por la vivienda, por la medicina y las escuelas, y que ahora había que desembolsar por ello mucho dinero. Los padres vivían con nostalgia del pasado, pero los jóvenes vivían con la ambición de un futuro más brillante. Por supuesto ni una palabra de la contaminación que agobia a sus grandes ciudades y del hecho de que aún cerca de las 2/3 partes de la población del país vivan en condiciones marginales y hasta de miseria. Ellos (los presentes) habían llegado y allí estaban para una vida mejor.

Algo sorprendente es la facilidad con que a las nuevas generaciones se les borran los hechos del pasado, o no son conscientes de ellos, como si las luchas, preocupaciones y legados de los mayores estuvieran apenas escritos en letras sobre la arena. Y en ese esmeril de la memoria no parece haber nada más eficaz que la compra y la venta, que los desaforados modos de vida de la sociedad de consumo, que la perspectiva de tener, cambiar y tener más. Y tal ocurre en la China de hoy: las generaciones de la «Nueva China» ingresan atropelladamente a la sociedad del mercado, como lo hacen masiva y confusamente los jóvenes de todo el mundo, pensando en su realización presente sin mirar al pasado, ni siquiera de reojo.

La presencia de occidente es imprescindible para las nuevas generaciones, con sus formas de vida y estilos, lo que en realidad significa la aproximación al capitalismo, o si se quiere la plena incorporación de China al sistema y al universo consumista. Para los jóvenes no hay problema alguno, el problema lo tendrían más bien los que aún tienen sueños que han sido enterrados y que debieran desaparecer para todos.

Se ha hablado del «socialismo de mercado»: en la práctica resulta una contradicción en sus términos y la historia habría probado su fracaso. Sobre todo en relación con el supuesto «hombre nuevo «que originaría la educación, la formación, la sociedad socialista. Todo indica que el mercado es el mayor destructor de la solidaridad humana que postula el socialismo, y el real origen de la «lucha de todos contra todos» de Hobbes, que tendría lugar sobre todo en la ineludible realidad del mercado.

Pero por otro lado la cuestión se plantea: ¿es posible el desarrollo sin mercado? O todavía: ¿cuál es el resultado del socialismo sin mercado y con planificación estricta? La historia también nos lo revela en colores sombríos: sociedades sin libertad ni democracia. Faltaría entonces realizar el sueño de muchos socialistas: el de la planificación plenamente democrática, radical y abarcadora. Pero ¿es viable? ¿Es una posibilidad humana lograr el desarrollo sin mercado y con plenas libertades y democracia? El ensayo, si alguna vez se realiza, está aún por verse y lograrse. Por lo demás, el mercado se ha revelado históricamente como un invariable y poderoso motor del desarrollo.

Pero deben reconocerse al menos dos aspectos esenciales de la reciente historia de China: su impresionante desarrollo y la incorporación de 400 o 500 millones de personas a la vida económica. La hazaña no es menor y supera con mucho la situación de extremos en que se debaten otras sociedades de la región: Indonesia y Tailandia. Sin el «salto adelante» que significaron los cimientos de la sociedad socialista anterior, con todas sus limitaciones humanas y políticas, esta hazaña hubiera sido imposible. Así como la posibilidad abierta de seguir incorporando a la vida económica de China a otros centenares de millones de hombres y mujeres, lo cual se dice fácil pero no tiene precedentes en la historia.

¿Mejor vida económica y de consumo para centenares de millones? Sin duda. ¿Olvido de la posibilidad de construir un hombre nuevo? También sin duda: ¿un mundo de mayores y mejores libertades? Se apuntan las probabilidades, con las hipotecas intolerables que también lleva consigo el sistema de la producción capitalista.

Dejamos pendiente el aspecto político y de derechos humanos de la «Nueva China».