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El agujero negro de Chechenia

Fuentes: El Periódico

La reciente masacre en la escuela de Beslán, Osetia del Norte, ha desempolvado una vez más esa especie de argumento de cartón consistente en ligar lo sucedido a la ancestral lucha del pueblo checheno contra la dominación rusa o a la política de Putin en esa región, señalando de paso la necesidad de una negociación […]

La reciente masacre en la escuela de Beslán, Osetia del Norte, ha desempolvado una vez más esa especie de argumento de cartón consistente en ligar lo sucedido a la ancestral lucha del pueblo checheno contra la dominación rusa o a la política de Putin en esa región, señalando de paso la necesidad de una negociación y argumentos por el estilo. Sin embargo, tal tipo de razonamientos denotan mala fe, desinformación o simple contumacia en ideas preestablecidas. El terrorismo y sus motivaciones también evolucionan y en ese sentido lo ocurrido en Beslán, como los atentados indiscriminados en el metro de Moscú y en las líneas áreas rusas, o el asalto al teatro Dubrovka, son acciones que responden a una estrategia tan fanática como anticuada e ineficaz en cuanto a sus objetivos políticos.

DE ENTRADA, lo que han estado consiguiendo los grupos terroristas chechenos ha sido reforzar la posición política de Putin. Está demostrado que las ofensivas terroristas, sobre todo las indiscriminadas, sólo consiguen vigorizar a los regímenes establecidos, si responden a problemas que la población considera como domésticos. Tanto es así que, a lo peor, George Bush vuelve a ganar las elecciones gracias a los réditos políticos del 11-S. Incluso es posible que las imágenes de los niños de Beslán también le hayan supuesto algunos votos extra al presidente norteamericano. Además, debería quedar claro que la culpa de la masacre ha sido del comando asaltante. Si un grupo de tipos armados hasta las cejas y cargados de explosivos se atrinchera en un colegio rebosante de críos, algo saldrá mal, tarde o temprano. Aún parece raro que las cosas no se hubieran torcido al primer o segundo día del secuestro. Quizá los heroicos combatientes tengan más suerte la próxima vez, si escogen una planta de incubadoras de bebés o un asilo de ancianos minusválidos.
En tercer lugar, resulta muy discutible considerar que el actual terrorismo checheno está directamente emparentado con el nacionalismo surgido tras la desintegración de la URSS, incluso durante la primera guerra de Chechenia. Lo que ocurre ahora es una herencia del periodo 1996-1999, en que el país funcionó de hecho como una república independiente. Esos años fueron de un caos inenarrable: desgobierno, inseguridad, luchas de clanes. El radicalismo wahabí ganó en influencia y se empezó a colar Al Qaeda, por entonces muy desconocida. No es ningún secreto que muchos de los terroristas islámicos que después fueron detenidos en Europa –y España– eran veteranos de la guerra en Chechenia y se jactaban de ello. Todavía se pueden encontrar rastros de eso en internet. El único negocio próspero era el del secuestro de casi cualquier extranjero que se aventurase por el país, que se transformó en un agujero negro internacional.

EN PLENA huida hacia adelante, el señor de la guerra Shamil Basayev decidió en 1999 que no era mala idea invadir la vecina república del Daguestán para separarla de la federación rusa. El resultado fue la segunda guerra de Chechenia y la nueva generación de terroristas, cada vez más conectados con redes islámicas. Suponer que eso forma parte de la sublimada lucha secular del pueblo checheno, al menos tal como se concebía en 1994, es echarle amnesia voluntaria. Nadie con dos dedos de frente negociará con activistas como los implicados en el asalto a Beslán; y una Chechenia independiente no garantiza que esa gente se desmovilice sin participar en el Gobierno, por lo que tal opción no promete aportar estabilidad a la región. Los análisis idealizadores que olvidan lo que fue la Chechenia independiente de 1996 a 1999 tampoco reparan en que a lo largo de este mismo verano tuvo lugar una sospechosa agitación en la vecina Georgia, donde el presidente Mijail Saakashvili –alzado al poder tras una oscura revuelta en noviembre del 2003– lanzó un agresiva campaña nacionalista para reintegrar a la madre patria los perdidos territorios de Abjasia y Osetia del Sur. En plena escalada verbal y con algunos tiros de por medio, Georgia casi llegó a las manos con Rusia. Esa república linda también con Chechenia, y Washington ya ha admitido que busca aliados en la periferia de Rusia, y uno de ellos es Georgia. Es precisamente a esos países del Cáucaso y Asia Central donde los americanos cuentan con enviar las tropas que retiren de la vieja Europa a fin de luchar contra la cacareada amenaza del terrorismo islámico. Por lo tanto, ya hace meses que el Cáucaso está en ebullición, los americanos están en el juego y posiblemente la zona se convierta en nuevo foco de crisis para desviar la atención del desastre de Irak.

Un poco más allá, el petróleo, el gaseoducto que desde las riberas del Caspio atravesará Georgia –cerca de Chechenia– y Turquía, futuro miembro previsible de la UE. Verano de terrorismo checheno, de Georgia belicosa, de subidas récord del petróleo y de crucial campaña electoral norteamericana.

FRANCISCO Veiga es Profesor de Historia de la Europa oriental y Turquía en la UAB