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Una historia de ficción en Guatemala

Good Bye, Mister Hayek

Fuentes: Rebelión

Esta historia es ficción. Los hechos y personajes que en ella aparecen no tienen relación alguna con personajes y hechos reales. Imaginamos, entonces, un país pequeño y empobrecido que sin mala intención denominamos Guatemala, gobernado por un Presidente al que para acentuar la irrealidad colocamos un nombre extraño: Berger Perdomo. Una vez ideados lugar y […]

Esta historia es ficción. Los hechos y personajes que en ella aparecen no tienen relación alguna con personajes y hechos reales. Imaginamos, entonces, un país pequeño y empobrecido que sin mala intención denominamos Guatemala, gobernado por un Presidente al que para acentuar la irrealidad colocamos un nombre extraño: Berger Perdomo.

Una vez ideados lugar y actor principal, pensamos una trama notablemente fantástica, que se desarrolla así: el Presidente de nombre Berger en el país Guatemala (repito los datos porque nombres inventados son inicialmente difíciles de memorizar) defiende la extracción minera a cielo abierto, fingiendo que no contamina; promueve la actividad empresarial individual sin fin social; concede un papel subsidiario al Estado; no combate la evasión fiscal, impidiendo así incrementar la inversión en salud y educación (disculpen si estoy inventando un argumento demasiado irreal y descabellado). Parafraseando a Joan Manuel Serrat (esta es la primera de tres concesiones a la realidad que me permito) el Presidente privilegia la macroeconomía del Fondo Monetario Internacional sobre la economía de todos los días.

El Presidente está convencido de vivir en el mejor de los mundos posibles. Cuando escasea el papel moneda lo achaca a la bonanza. Cuando diluvia y se producen deslaves con centenares de muertos, se alegra y sale a chapotear a las calles como niño de siete años (no sé porqué digo siete y no seis, ocho o cinco, cosas de la fabulación). Cuando las cifras de asesinatos de mujeres se incrementan, le queda el consuelo de que todavía mueren menos mujeres que hombres.

Su optimismo no tiene límites y, lo acabo de inventar, a cada rato eleva el pulgar al cielo en señal de ¿victoria? ¿exultación? ¿váyanse todos a la chinxxx, que aquí me quedo yo?

En fin, el Presidente Berger de Guatemala (ya me lo aprendí) defiende a ultranza las acciones de su gobierno, aunque impliquen no superar la pobreza que afecta al 80% de la población, mortalidad infantil superior al 30 por mil, presupuestos irrisorios, inferiores al 2% del Producto Interno Bruto  para Salud y Educación (obviamente, los porcentajes anteriores me los he inventado, en primer lugar, porque yo soy el autor del texto y escribo lo que me da la gana; en segundo lugar, porque cifras tan alarmantes no pueden ser reales en pleno siglo XXI y en un país constitucional y democrático).

Pero sucede que un día, tachan-tachán, los países vecinos al país del Presidente comienzan a cambiar. Convierten en propiedad nacional (esta palabra tan poco utilizada últimamente viene a significar propiedad colectiva) empresas estratégicas hasta entonces en manos privadas; cuestionan verdades irrefutables como la autonomía del Banco Central; desdeifican el mercado; obligan al pago de impuestos a quienes poseen mayor riqueza; consideran un Estado fuerte como instrumento importante para el desarrollo equilibrado y equitativo. Entre otras cuestiones más o menos anecdóticas, redistribuyen la tierra y someten a fuertes regulaciones a las empresas extranjeras, incluidas las mineras.

Los asesores del Presidente inventado del país imaginado, que no aparecen con anterioridad en el relato, reaccionan atónitos ante los cambios. Más tarde se indignan. Posteriormente se preocupan y asustan.  Aquello en lo que creen y por lo que han trabajado los últimos 1,095 días (es un decir), pierde vigencia, se desmorona. Los pensadores fuente de su discurso, de sus acciones, parecen decir adiós (Milton Friedman, Friedrich Hayek, Manuel Ayau, invento estos nombres para dar mayor credibilidad a lo narrado).

No se atreven a comentar las nuevas noticias al Presidente y urden un plan de actividades que lo mantenga distante de la debacle. Su salud, dicen, no resistiría una impresión tal. Convierten la Presidencia en una isla ajena al mundo exterior, donde el Presidente no tiene acceso a TeleSur, Buenos Días Radio U o Le Monde Diplomatique (segunda licencia realista). Una isla detenida en un presente condenado pronto a ser pasado, en la que el Presidente trabaja cómodamente creyendo que todo va bien.

Así, inaugurando obras recién empezadas o a medio hacer, revisitando por enésima vez el Aeropuerto Internacional, monologando con los medios de comunicación, sumido en un mar de anécdotas, improvisando besos y abrazos de ciudadanos que no lo conocen, recibiendo visitas de relevantes pensadores internacionales como el cantante Juanes (¡quien no conoce su metáfora de la imposibilidad existencial de acceder a la verdad, la justicia y si me apuran el conocimiento intitulada La camisa negra!) pasa el Presidente los últimos 364 días de su mandato.

Entonces todo comienza lentamente a cambiar.