Recomiendo:
0

La izquierda incorrecta

Fuentes: Pueblos/Rebelión

El año 2006 va a ser crucial en la historia de América Latina. Y, por extensión, del resto del mundo. En este año hemos visto, y vamos a ver, cómo la izquierda avanza considerablemente en Colombia, en México (donde sólo se la ha privado del triunfo gracias a un gigantesco fraude electoral), en El Salvador […]

El año 2006 va a ser crucial en la historia de América Latina. Y, por extensión, del resto del mundo. En este año hemos visto, y vamos a ver, cómo la izquierda avanza considerablemente en Colombia, en México (donde sólo se la ha privado del triunfo gracias a un gigantesco fraude electoral), en El Salvador (con una situación similar a la de México), en Perú, en Nicaragua, en Ecuador (donde ya se están registrando amenazas de fraude), en Bolivia y en Venezuela. Incluso en Brasil, donde la derrota de Lula al no ser reelegido en primera vuelta augura un esperanzador futuro para el Partido Socialismo y Libertad.

El PSOL está encabezado por Heloísa Helena, expulsada del PT de Lula en diciembre de 2003 por oponerse a la propuesta de reforma del sistema de seguridad social impulsada por ese mismo partido, y en estas recientes elecciones apenas ha llegado al 7% de los votos, pero es una cifra sin la que Lula no podrá volver a gobernar. Lula ha visto las orejas al lobo, ha comprobado en su carne que Roma no paga traidores (el capital, por quien tanto ha hecho) y, por lo tanto, está obligado a dar un sustancial giro a la izquierda.

América Latina es una zona que ha sido históricamente dominada por Estados Unidos -el famoso «patio trasero»- desde que en 1823 se pusiera en marcha la Doctrina Monroe y que casi doscientos años después está empezando a dar la espalda a la gran potencia. Es como el niño que cuando ya se siente seguro al andar rechaza la mano del adulto para hacer ostentación de su autonomía e independencia. Se puede y debe discutir si Daniel Ortega representa hoy al sandinismo o no; si en Ecuador se recompone la izquierda en la figura de Rafael Correa (junto a otros candidatos como Marcelo Correa o Luis Villacís) o la aparente ruptura con los partidos tradicionales no es más que otra estrategia de la oligarquía para mantener el control al igual que sucedió con el fracaso de Lucio Gutiérrez y los tan traídos y llevados «forajidos».

Se puede discutir si Lula, tras no haber logrado el triunfo en la primera vuelta de las presidenciales, va a romper su alianza tácita con la gran burguesía y está dispuesto a avanzar en un plan integral de reforma agraria como reclama el Movimiento Sin Tierra; si en Bolivia avanza el plan de nacionalización de los hidrocarburos, o si el socialismo del Siglo XXI que se proclama en Venezuela es algo más que una consigna con muy poco contenido «por ahora», como diría Chávez.

Se puede discutir si los partidos que ya están en el gobierno en algunos países están poniendo en marcha un nuevo socialismo o, simplemente, buscan fórmulas más prácticas y eficaces de hacer funcionar el capitalismo.

Pero lo que es innegable es que todos estos movimientos están poniendo muy nerviosa a la Administración Bush. Son parte de una tendencia que es algo más que un sarampión pasajero y que son la consecuencia del fracaso absoluto de las políticas monetaristas y librecambistas impuestas a sangre, y nunca mejor dicho, y fuego por el Fondo Monetario Internacional. Ese gran cártel de las finanzas en manos de los Estados Unidos para influenciar en las políticas económicas, a costa de las políticas sociales, de los países del denominado Tercer Mundo y dictar a estos gobiernos soberanos qué es lo que tienen que hacer, qué decir y cómo comportarse.

Lo que se está extendiendo por América Latina es la «izquierda incorrecta» -cuyo máximo exponente es el presidente venezolano, Hugo Chávez,- denostada con calificativos de populismo, antidemócrata, dictatorial y otras diatribas varias en contraposición a los encendidos elogios que se vierten de experiencias de gobierno como las de Chile, Uruguay y Brasil, por poner otros casos, y que son la «izquierda correcta» y cuya filosofía es muy simple: no molestar al patrón. Lo dijo bien claro el presidente brasileño al manifestar que su máxima frustración es no lograr los votos de los oligarcas pese a que con su gobierno se han hecho más ricos que nunca. Lula no es ni siquiera un reformista radical, como lo atestigua el que reciba apoyos del gran capital internacional, pero es innegable que cuenta con el apoyo de la gran mayoría de pobres de Brasil que, al menos, están recibiendo ayudas para paliar el hambre en una política de claro corte asistencialista que no pone en apuros la política económica. Algo que genera la crítica justificada de sus antiguos aliados, especialmente de los campesinos sin tierra y de los sin techo.

Y eso por no hablar de la política de concertación con la Democracia Cristiana en Chile que llevó a Michelle Bachelet a la presidencia, la represión ejercida contra los movimientos estudiantiles y la duda existencial que tiene ahora esta mujer sobre si votar o no a Venezuela como miembro latinoamericano del Consejo de Seguridad de la ONU. El voto a Venezuela en la ONU será la raya que marcará la diferencia entre unos y otros. Aquí no puede nadie mantenerse neutral.

Con una lógica que sigue los parámetros de la guerra fría -la penetración soviética ha sido sustituida por el maléfico eje Castro/Chávez/Morales y hay quien añade a Kirchner- este avance de «la izquierda incorrecta» es visto como una amenaza estratégica para Estados Unidos. Y puesto que ahora ya no es creíble la amenaza comunista, a excepción de los paranoicos cubanos exiliados de Miami y la nauseabunda oligarquía venezolana, se acusa a los gobiernos que están en manos de «la izquierda incorrecta» de tener vínculos con el terrorismo, o con el narcotráfico, o con el programa nuclear iraní si viene al caso. La bombilla que ha encendido todas las alarmas ha sido el discurso, demoledor, de Chávez en la tribuna de la ONU con motivo de la 61ª sesión de la Asamblea General. Nada más gráfico que este discurso para poner de manifiesto lo que está ocurriendo en el mundo y no sólo en América Latina: que el poder de Estados Unidos está decayendo gracias, entre otras cosas, a esa «izquierda incorrecta».

Eso lo ha entendido muy bien el imperio puesto que desde que Chávez intervino en la ONU todas las miradas de la gran prensa estadounidense están en América Latina, y no en Oriente Medio a pesar de Iraq y de la reciente guerra de Israel contra Líbano. Los últimos editoriales de diarios como The Wall Street Journal y The New York Times son buena muestra de ello [1]. Si la batalla de Venezuela por lograr el voto para ser miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU se mantenía, más o menos, en un segundo plano desde el discurso de Chávez ha adquirido la categoría de «amenaza nacional». The Wall Street Journal habla de «charada» pero, al mismo tiempo, considera «de urgencia» evitar que se elija a Venezuela y se pide a los aliados europeos que presionen a sus amigos latinoamericanos para que no voten por un país conducido por un «radical» que se alía con Siria, Irán y Hizbulá mientras extiende la «desestabilización» por las «jóvenes y frágiles democracias» de América Latina. En estos medios se habla del presidente de Venezuela como la principal amenaza para los intereses estratégicos de EEUU, se recuerda que ha sido el principal escollo del ALCA y se le acusa de ambiciones imperiales para hacerse con el control de la riqueza gasística de Bolivia, «algo que EEUU no puede consentir». Se llega a afirmar, sin tapujos, que el campo de batalla, como cuando el Che, «está ahora en Bolivia». Tal vez eso ayude a comprender la situación actual en este país, los problemas de Evo Morales con la amenaza patente de la oligarquía de separatismo de Santa Cruz y los escollos a la Asamblea Constituyente.

FMI versus Venezuela

El giro a la izquierda, más o menos radical, que se está produciendo en América Latina es consecuencia del fracaso de una macroeconomía impuesta por el neoliberalismo que ha incrementado enormemente la desigualdad y la pobreza en la gran mayoría de la población mientras una minoría, la de siempre, se ha enriquecido aún más. Es, también, el fracaso de instituciones como el FMI, que ya recibió una primera sacudida en su credibilidad en los primeros años de la década de 1990-2000 con la crisis asiática y mexicana. Si entonces pudo recomponer en parte su estrategia, no se ha podido reponer todavía del gran golpe propinado por Argentina en el año 2001.

La crisis desatada por las imposiciones del FMI llevaron al poder a Néstor Kirchner y, con él, se dio inicio a una política contraria al FMI pese a contar con el rechazo generalizado de los grandes países capitalistas. La experiencia salió bien y el FMI quedó muy afectado en su credibilidad y respeto. Si hay que hacer caso de las cifras oficiales la pobreza se ha reducido un 18% desde entonces y la recuperación económica es notable. Argentina demostraba que otra vía era posible y ese camino ha sido seguido después por otros países.

Pero ello no hubiese sido posible sin contar con un importante financiador alternativo, y ese ha sido Venezuela. Tras el fracaso del golpe oligárquico del año 2002 y del posterior sabotaje petrolero, que fue derrotado por el pueblo venezolano en enero de 2003, el gobierno bolivariano puso en marcha una audaz política exterior que se ha ido caracterizando por apoyar los procesos emancipatorios en marcha.

Cuando en diciembre de 2005 Brasil decidió cancelar su deuda con el FMI la medida sorprendió pero no causó alarma dado el apoyo con el que cuenta el gobierno de Lula entre las élites económicas mundiales y el potencial económico brasileño. Pero cuando el presidente argentino Kirchner anunció la misma medida, el pago de la deuda con el FMI por anticipado y de una vez, el nerviosismo en el cártel FMI se acentuó y, con él, en los grandes círculos económicos. Las primeras reacciones llegaron a través de los sesudos economistas, luego de la prensa -¡cómo no!- y más tarde directamente del propio FMI y de las instituciones multinacionales que controla EEUU, llegando a la amenaza directa de cortar otros créditos en el futuro. Pero Argentina contaba con el respaldo de Venezuela como nueva fuente de financiación, no se dejó amedrentar y siguió adelante.

Lo mismo ha sucedido con Ecuador, aunque en mucha menor medida, y con Bolivia más recientemente. Por todo el continente se ha extendido un importante debate sobre el control nacional de la energía y otros recursos naturales, así como el que los beneficios que generan sean utilizados en sus propios pueblos. Un debate que llevó a Evo Morales a la presidencia de Bolivia y que se ha convertido en el principal catalizador de las diferentes expresiones de la izquierda en Ecuador o en Nicaragua y antes en Perú cuando Ollanta Humala hizo bandera del aumento significativo de los impuestos a las compañías de minería y energía, en su mayor parte en manos de multinacionales, para conseguir recursos con los que paliar la pobreza. Un debate del que forma parte, además, el generalizado rechazo popular a la firma de tratados de libre comercio con los Estados Unidos en Colombia, Uruguay, Perú y otros países centroamericanos.

Ni qué decir tiene que contar con Venezuela como fuente alternativa de financiación (las reservas internacionales se sitúan en estos momentos en los 35.071 millones de dólares, ya cinco mil millones más de los que había a finales del año 2005) ha sido vital para que estos gobiernos de «la izquierda incorrecta» se hagan algo más inmunes a las presiones de los Estados Unidos y que su ejemplo esté cundiendo por todo el continente. Así es como hay que interpretar el éxito de proyectos como Petrocaribe, el ingreso de Venezuela en el MERCOSUR -que ha reactivado la economía de los países que lo componen- o la más reciente propuesta de Chávez de crear un Banco del Sur. Incluso Brasil, tan del agrado de EEUU, tiene una política nacionalista que resulta objetivamente favorable a esta tendencia que representa «la izquierda incorrecta» -como se puso de manifiesto en la cumbre de La Plata en contra del ALCA- por lo que sumar a Brasil a esta estrategia de forma definitiva es el gran reto para consolidar el bloque de resistencia a la política de EEUU. El peso que en ello tenga Heloísa Helena va a ser decisivo, siempre que no se deje abrazar por el oso: el candidato derechista que ya ha ofrecido a su partido una alianza contra la corrupción para derrotar a Lula en la segunda vuelta. El PSOL tiene la obligación de rechazar esta alianza y apretar al PT por la izquierda porque ahí está no sólo el futuro de Brasil, sino de América Latina.

Estados Unidos acepta casi todo, pero no que le cuestionen el bolsillo y menos en unos momentos en que su economía está en grandes riesgos ante la sangría que supone la ocupación de Iraq y la amenaza a medio y largo plazo de la bolsa petrolera iraní, ya oficialmente anunciada el pasado 15 de septiembre por el ministro del Petróleo del país persa. Dos días después de este anuncio, los EEUU presionaron a los sectores financieros de las naciones industrializadas, especialmente a los países que componen el G-8, para que limitasen el acceso de Irán a los bancos [2] con la excusa de que sus fondos financian al movimiento político-militar libanés de Hizbulá.

Este panorama alentador para la «izquierda incorrecta» no está exento de amenazas. Venezuela y todo el eje andino y amazónico se están convirtiendo en un centro vital para la supervivencia del imperio estadounidense, de forma especial en lo que respecta a los recursos energéticos, hídricos y minerales. Tampoco está exento de enfrentamientos entre los países. Ahí está el caso de Bolivia frente a Argentina y Brasil cuando se anunció la nacionalización de los hidrocarburos. Pero la tendencia es firme y en la medida en que las experiencias de Petrocaribe, Petrosur, MERCOSUR , el gasoducto del sur (que implica importantes contradicciones por cómo afecta a la vida de determinados pueblos indígenas del sur de Venezuela y del norte de Brasil) o el Banco del Sur se consoliden el poder de los EEUU en América Latina será cada vez menor. Esta es la hora de los pueblos, convencidos de que ya no puede, ni debe, haber marcha atrás.


[1] The Wall Street Journal, 27 de septiembre de 2006.

[2] The New York Times, 17 de septiembre de 2006.