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La paz no trae prosperidad al este de Sri Lanka

Fuentes: IPS

Un grupo de personas devotas, reunidas en la gran mezquita Meera, en la localidad srilankesa de Katanluddi, 300 kilómetros al este de Colombo, reza frente a un muro con cientos de agujeros de bala, imborrable recordatorio de un ataque ocurrido en 1990 y, en general, del cruento pasado de este país asiático. El 3 de […]

Un grupo de personas devotas, reunidas en la gran mezquita Meera, en la localidad srilankesa de Katanluddi, 300 kilómetros al este de Colombo, reza frente a un muro con cientos de agujeros de bala, imborrable recordatorio de un ataque ocurrido en 1990 y, en general, del cruento pasado de este país asiático.

El 3 de agosto de ese año, un grupo de separatistas Tigres para la Liberación de la Patria Tamil Ealam (LTTE) atacaron con armas automáticas esa mezquita y otra cercana, la de Huainiya, y para cuando se fueron, había 103 personas muertas.

Durante más de 30 años, Katankuddi quedó en medio de la cruenta guerra civil (1983-2009) que sufrió Sri Lanka por ser un enclave musulmán en medio de pueblos tamiles.

La población se sentía acosada y esperaba la primera oportunidad para huir, al igual que en la mayor parte de la región Norte y Este, donde el conflicto dejó más de 100.000 personas muertas, millones de desplazadas y pérdidas materiales por miles de millones de dólares.

La pesadilla terminó hace siete años, cuando el gobierno derrotó a los insurgentes Tigres Tamiles. Y desde entonces, localidades como Katankuddi se adaptan a la paz, pero también a nuevos problemas.

En un área de 3,89 kilómetros cuadrados viven 53.000 personas, una densidad de 13.664 habitantes por kilómetro cuadrado y 20 veces más que el promedio nacional de entre 300 y 400. Según el secretario del Consejo Urbano de Katankuddi, M.M. Shafi, solo en los primeros cinco años de terminada la guerra, por los menos 500 familias regresaron o se reubicaron en esta localidad.

«La gente no se quiere ir», subrayó.

La paz trajo consigo un enorme problema de desperdicios hediondos. Las autoridades se esfuerzan por encontrar la forma de procesar las 30.000 toneladas de residuos que recogen a diario. Tienen una pequeña planta de compost, pero no alcanza para cubrir las necesidades.

Durante la guerra, el Consejo Urbano comenzó a tirar la basura en la laguna cercana, y en la actualidad, hay una enorme isla que se adentra 75 metros en ella. El vertedero también se convirtió en un espacio de juego para la escuela vecina.

«La naturaleza musulmana de este pueblo no se puede cambiar, es algo muy importante. Pero tenemos un problema de espacio, un problema enorme», remarcó el vicepresidente de la Federación de la Mezquita de Katankuddi, Mohamed Zubair.

También es un problema enorme que el valor de la tierra aquí sea igual al de las afueras de la capital. «Cuando había guerra, la demanda de tierras era manejable. Ahora se fue de las manos», se lamentó Shafi.

Además, en las zonas más pobres de la región, la tierra y los recursos como el agua ahora escasean. En Welikanda, a 70 kilómetros de Katankuddi, los poblados están más dispersos y el verde es más visible, pero también lo es la pobreza.

El secretario de división de Welikanda, Harsha Bandara, comentó que deben hacer frente a graves problemas de escasez de agua y de tierras cultivables. En los últimos seis meses, esa localidad ha sufrido una grave sequía. A fines de octubre, más de 35.000 personas dependían del agua que les distribuían las autoridades.

«El problema es que desde el final de la guerra, la gente no se va. Plantan todo el año y buscan nuevas tierras. Encima, no llueve como antes y tenemos un problema», explicó Bandara.

Para algunos pobladores como Wickrama Rajapaksa, la sequía también implica otro problema.

«Los elefantes siguen viniendo a las aldeas porque la tierra seca hace que falle la cerca eléctrica, y ellos lo saben. También saben que no hay armas de fuego desde que terminó la guerra, pero donde hay humanos hay comida y agua», precisó.

Además, las grandes compañías lácteas reubicaron a miles de vacas de otras partes del país en Welikanda y las zonas vecinas desde el fin del conflicto.

«Durante la guerra, había menos personas. Ahora hay más, y más ganado y más elefantes peleando por la misma agua y la misma tierra», subrayó.

En la actualidad se redacta la nueva Constitución, que estará pronta este fin de año para someterla a votación en 2017. Pero el primer ministro, Ranil Wickremesinghe, ya declaró que la nueva ley fundamental contemplará la protección de sitios especiales para el budismo, lo que hace temer de que la población tamil, minoría en este país de mayoría cingalesa, siga siendo relegada y no contemplada.

«La historia política de la moderna Sri Lanka es la de las oportunidades perdidas de los tamiles y de las promesas rotas de los cingaleses», resumió este mes el ministro de Coexsitencia Nacional y Lenguas Oficiales, Mano Ganesan, en entrevista con el Indian Express.

Fuente: http://www.ipsnoticias.net/2016/11/la-paz-no-trae-prosperidad-al-este-de-sri-lanka/

Traducida por Verónica Firme