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La realidad entre talibanes, gobierno y las fuerzas de EE.UU.

Las bandas de Kandahar

Fuentes: Le Monde Diplomatique

Traducido del alemán para Rebelión por Germán Leyens

En Afganistán, el Gobierno de Karzai trata de iniciar un diálogo con los talibanes. Al mismo tiempo EE.UU. prepara una ofensiva militar contra el bastión talibán Kandahar. En la provincia, que está a merced de los señores de la guerra locales, rige una terrible corrupción, los frentes son confusos, las unidades especiales de EE.UU. y tenebrosas milicias cierran alianzas letales.

Llegamos al Snooker Club, que forma parte del Kandahar Coffee Shop, pero en el que no se vende café; hoy no, y probablemente nunca. Como no juego al billar, pedimos hamburguesas, salimos a la terraza y filmamos escenas callejeras. En la rotonda, abajo, circula el tráfico, treinta metros más arriba una bandada de palomas da la misma vuelta. Pasan soldados estadounidenses en inmensos camiones blindados, los policías detienen un par de Toyotas blancos y revisan los baúles; jeeps y camionetas recorren las calles, conducidos por todo tipo de individuos armados.

Nuestro hotel está a la vuelta de la esquina. Fue destruido a medias a principios de año, cuando se presentó un hombre que llevaba una bomba en su carretilla. Iba hacia otro destino, pero cuando fue detenido por un control policial, hizo volar la carretilla, el muro exterior del hotel y a sí mismo. El dueño se apresura a reconstruirlo. Espera numerosos periodistas y un buen negocio si la OTAN realiza su plan, que fue anunciado hace poco como «Ofensiva de verano» o incluso «Batalla por Kandahar». Pero mientras tanto sólo se habla -confundiendo a amigos y enemigos- de una «compleja operación militar-política».

Sin embargo, todavía se otorga mucha importancia a la próxima operación. «La batalla por Kandahar podría ser la última oportunidad para EE.UU. de ganarse a los afganos», dice ABC News. Y el militar de más alto rango de EE.UU., el almirante Mike Mullen, comparó la significación de Kandahar para la actual fase de la guerra de Afganistán con la de Bagdad en tiempos de la ‘oleada’, o sea del refuerzo de las tropas de EE.UU. en la primavera de 2007.

Pero sucede que en Kandahar, para pesar de los estadounidenses, casi todos apoyan a los rebeldes talibanes. Incluso algunos comandantes de la OTAN. Un alto oficial me confió: «Si yo fuera joven, lucharía junto a los talibanes». Aquí, en la tierra de los pastunes, es poco atractivo para los jóvenes que se les considere como instrumentos de los extranjeros o del impopular Gobierno de Kabul. Menosprecian a la gente que trabaja para el Gobierno. Piensan algo como: «¿Quieres ser un cobarde total, agarrar los dólares y trabajar para los extranjeros? ¿O quieres ser hombre, combatir y arriesgarte a una muerte valerosa?»

Encontramos a un académico de unos cincuenta años; su generación está fuertemente representada en el aparato del Estado. Tiene una larga barba ondulada. «Porque es comunista», dice después de la conversación mi acompañante afgano. «¿Qué quieres decir?» Yo no sé pastún. «¡La gente que es nombrada por la ISAF, son en su mayoría comunistas!» Como respuesta a mi pregunta «¿Por lo tanto están a favor de Marx y Lenin?» responde: «No, de ninguna manera, pero han colaborado con los rusos. Por eso los llamamos comunistas». Dice que todavía están en el poder: «Todos aquellos, de los que la ISAF dice ‘ése es un buen gobernador, jefe de la policía’ o cualquier otra cosa, son comunistas. Muchos se formaron en Rusia. Naturalmente los despreciamos». ¿Y las barbas? «Ésas les gustan, tratan de ocultar su pasado tras ellas».

En el café discuto con un colega afgano, que quiere filmar una película en esta ciudad, la pregunta de si alguien tiene la menor idea de quién combate realmente contra quién. Continuamente hay intentos de asesinato, secuestros, explosiones de bombas. Para los periodistas que prefieren frentes definidos los responsables son los talibanes. Pero la gente del lugar, entrevistada por nosotros, ve otras fuerzas más tenebrosas en acción, por ejemplo bandas de gánsteres o milicias de los señores de la guerra, aliadas del Gobierno.

Para los soldados de la OTAN es una lucha frustrante. Su comandante, el general estadounidense Stan McChrystal, les dice que su objetivo principal en el combate contra la insurgencia no es matar a los talibanes o incluso vencer, sino proteger a la población. Y el teniente general británico Nick Carter, quien dirige la acción en Kandahar, incluso subraya que los enemigos no son los talibanes, sino «fuerzas siniestras», un eufemismo que describe al gobierno corrupto. McChrystal no es popular entre los soldados. Los llama a evitar la escalada de la violencia, y a no dañar a la población. Que no disparen contra coches que se dirigen hacia un convoy estadounidense, y que no realicen razias nocturnas en casas privadas.

«En nuestra tropa no hay tiros de advertencia», me dice un sargento estadounidense. Conducimos cerca de Kandahar detrás de su convoy. Lo escucho a través del «chat-net» de los soldados, al que estoy conectado. Cuando le pregunto por McChrystal, sólo opina: «Prefiero no decir nada sobre el tema.» Pero entonces agrega: «Simplemente no estoy dispuesto a poner en juego la vida de mis hombres. No los voy a abandonar. Cuando la cosa se pone peligrosa nos protegemos». ¿Pero cuál es el problema con McChrystal? «No comprende a este país. No tiene claro que aquí la gente no respeta nada la debilidad. Así no podemos vencer en este país». Pero este sargento y sus hombres cumplirán sus órdenes.

La OTAN y los talibanes prometen lo mismo

Si se toma en serio la retórica de los comandantes de la OTAN y de los dirigentes de los talibanes, se podría creer que están del mismo lado, que casi se trata de aliados por naturaleza, ya que quieren suministrar seguridad a los afganos y combatir la corrupción.

Tal vez sea así en teoría. En realidad, sin embargo, la tarea principal de las decenas de miles de soldados estadounidenses sigue siendo matar talibanes con métodos adecuados y vencer. Puede que sean excelentes combatientes y a menudo también jóvenes con principios sólidos, pero no son buenos etnólogos o expertos en desarrollo por más que tal vez se esfuercen por serlo. Y cuando combaten, lo hacen sólo con la aprobación del mismo Gobierno afgano, al que califican de corrupto y cuyas instituciones prometen reformar.

En ninguna parte se hacen más evidentes esas contradicciones que en Kandahar. «Si le contáramos lo que verdaderamente sucede aquí, no sobreviviríamos esta noche», oí que decía uno de los notables al presidente Karzai. Sucedió en la jirga, una reunión de los dirigentes tribales, a la cual había ido Karzai a Kandahar a finales de abril. Y otro opinó: «es demasiado fácil echar la culpa a los talibanes».

Shahida Hussein describe la atmósfera general en Kandahar. La valerosa luchadora por los derechos de las mujeres acusa al Gobierno y a la OTAN de haberse asociado con los «sujetos malos»: «Cuando alguien asesina a alguien, el Hobierno dice: Déjenlo tranquilo, es nuestro amigo o nuestro pariente, o es socio nuestro. No existe un verdadero gobierno. Kandahar está en manos de sujetos que se dedican al narcotráfico, que tienen armas y que son apoyados desde el extranjero».

Falaq Safi es uno de los principales jueces de instrucción de la ciudad. Le pregunto de dónde proviene la mayor amenaza para la seguridad, ¿de las milicias o de los talibanes? Su respuesta: «Es difícil de decir por el momento. A veces la amenaza viene de los talibanes, pero en la mayoría de los casos proviene de gente que ve sus propios intereses en peligro. La gente en esta ciudad tiene más miedo a las milicias privadas y a los que poseen armas ilegales. La mayoría se queja de los que tienen armas y de los ejércitos privados».

Informaciones semejantes son el motivo por el cual mientras más se habla con la gente en Kandahar mejor se comprende por qué los talibanes aparecen como parte de la solución. El movimiento se originó en una aldea muy cercana por la necesidad de luchar contra la corrupción, de hacer que la vida de cada día sea más segura y de volver a tener un gobierno estable, con una autoridad, que se ajuste a principios morales y religiosos. Y también, precisamente, para combatir a los señores de la guerra (1), que han vuelto al poder y lo han hecho, es la convicción generalizada, con la bendición de EE.UU.

El organismo más importante de la OTAN dentro de la ciudad se llama Equipo de Reconstrucción Provincial (PRT, por sus siglas en inglés) y debe coordinar proyectos de desarrollo y actividades de asesores. El gran portón de hierro que hay que cruzar hace pensar en una base militar. Por algún motivo hay un perro muerto colgado de una cuerda en un muro exterior. Al consultar se nos dice que en la base opera una milicia privada, controlada por un hombre llamado Akhtar Mohammed, quien es conocido, por su parte, como partidario de Ahmed Wali Karzai. El hermano del presidente -en jerga de la OTAN lo llaman AWK, los periodistas, K2- tiene la reputación de un padrino de la mafia. Se le reprocha que malversa fondos de contratos con la alianza occidental, que chantajea para cobrar por la protección, que posee tierras del Gobierno y que es un personaje clave en el tráfico de heroína. Lo niega todo y se presenta como víctima de calumnias enemigas. Sea cual sea la verdad, encontramos por todas partes una u otra milicia. Incluso el terreno del PRT y otras bases de la OTAN están protegidos por milicias semejantes.

En la ciudad nos encontramos con una personalidad importante. Nos cuenta que su sobrino acaba de ser contratado por los estadounidenses. Pusieron a su disposición una suma de 36 millones de dólares para que viaje por toda la provincia Kandahar y reclute milicias. «Naturalmente trabaja con los señores de la guerra. Ponen a su disposición toda la gente. Al hacerlo tiene que asociarse a los peores delincuentes».

El gran tema en el campo, en las reuniones de las aldeas, es lo que los estadounidenses llaman la LDI (iniciativa de defensa local). Para los afganos son simplemente las milicias. Son los que detienen personas y chantajean para prometer protección, se quejan los aldeanos. En el distrito de Arghandab, al este de Kandahar, nos dice un anciano de la aldea: «Esas milicias pertenecen a los clanes de la zona. No se preocupan por el país. Lo que les interesa es el dinero, nada más. Nuestro Gobierno no progresa debido a esas milicias locales. Y las cosas andan muy mal en cuanto a la seguridad».

Escuchamos quejas semejantes en otra jirga, que tiene lugar en una base de EE.UU.: «No podemos decir si alguien pertenece a una milicia o a los talibanes -todos tienen armas y ninguno lleva uniforme». Un oficial del ejército afgano, quien colabora con los estadounidenses, propone una solución. Los aldeanos deben fundar su propia milicia: «En vuestra aldea sabéis quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Es sólo cosa vuestra cómo los controláis. Os apoyaré, me preocuparé de que recibáis armas y sueldo. Preocupaos por lo menos de vuestra propia seguridad -organizad vuestra propia milicia y proteged vuestros propios pueblos».

Ese llamado prueba que EE.UU. más bien quiere incrementar aún más el uso de milicias y no que quiera limitarlo. A algunos pueblos no les entusiasma de ninguna manera la idea: «Yo estuve dos años en el ejército, por eso los talibanes son ahora mis enemigos. Les tengo miedo. Ahora queréis darme un arma -pero mañana me la quitáis. Y entonces tendré aún más enemigos».

Después filmamos a milicianos semejantes. Se ven como talibanes, con la diferencia de que no tienen barbas, en su lugar llevan cintos fluorescentes, y paños rojos en sus fusiles, para que se les pueda diferenciar de sus enemigos. Uno de sus jefes declara que son independientes de los estadounidenses y que éstos no les pagan: «Quieren que nos sumemos a ellos, pero nos hemos negado. A veces trabajamos junto con ellos, pero sólo por el bien de nuestra aldea. Aquí todos están contentos con nosotros, si no nos creéis, podéis preguntarle a la gente».

Rearme de las aldeas, o la «tercera fuerza»

Nuestras experiencias son algo diferentes. Quiero ver a representantes de las Fuerzas Especiales de EE.UU. y escuchar su historia, para comprender qué es lo que hacen. Al fin y al cabo mucha gente razonable piensa que este programa local para la lucha contra los talibanes es un paso importante en la dirección correcta. Pero me llega la noticia por radio de que han anulado mi cita en una base militar de las Fuerzas Especiales. Sólo se permiten «encuentros casuales» con los boinas verdes. Toda entrevista «concertada» debe ser aprobada por un nivel superior. Trato de conseguir un permiso por correo electrónico, sin éxito. Aparentemente hemos tocado un punto delicado.

«Milicia» es una palabra sucia, para soldados occidentales suena a algo malo, recuerda a los paramilitares en Colombia y Centroamérica o recientemente en Iraq. La palabra implica que se trata de gente «irregular», fuera de las estructuras oficiales del Gobierno afgano. Un tema políticamente sensible. En Kandahar nos encontramos con un afgano, que trabaja para los boinas verdes, quien dijo que todo el procedimiento es secreto: «Al Gobierno afgano ni siquiera se le ha informado sobre estas milicias. Siguen nuestras órdenes, órdenes estadounidenses. No como el presidente Karzai, que hace lo que quiere».

El coronel Wayne Shanks, jefe del departamento de relaciones públicas del ejército de EE.UU. en Afganistán, me contó en una entrevista: «La ISAF y las Fuerzas de Operaciones Especiales de EE.UU. no apoyan a ninguna milicia. Conocemos exactamente la historia de las milicias en este país y confiamos en que cada programa de seguridad debe ser coordinado con el Gobierno». Shanks ve la iniciativa por la autodefensa local como un programa puramente defensivo: «Esos aldeanos no cobran y tampoco están autorizados a realizar arrestos. Son más bien como una vigilancia de vecindario afgana. Cuando notan actividades de insurgentes en la aldea informan a la policía afgana o a la ISAF. Según nuestras informaciones los ancianos de la aldea escogen al personal, llevan cinturones fluorescentes y los aldeanos los conocen personalmente».

Contrainsurgencia significa milicias y escuadrones de la muerte

A través de mis contactos con los militares sé que hay un debate serio y perfectamente consciente sobre el problema de qué tipo de fuerzas de seguridad locales pueden tener éxito en esta guerra. Casi nadie cree que la corrupta policía afgana o el ejército, dominado por tayikos y otros pueblos del norte, puedan derrotar la rebelión en el sur del país, predominantemente pastún. Por ello las revistas y blogs correspondientes contienen muchos artículos de oficiales de las unidades especiales que hablan de una «tercera tropa», tal vez una tropa tribal, que pueda velar por la seguridad cuando comience la retirada de las tropas de EE.UU. en el año 2011.

Algunas de las unidades especiales de EE.UU. han operado en el pasado con unidades irregulares que habían reclutado independientemente, especialmente los boinas verdes. Fueron fundadas con este fin por el presidente Kennedy en la Guerra de Vietnam.

Lo que muchos no han comprendido es que el cambio de una guerra convencional «concentrada en el enemigo» a una lucha de contrainsurgencia «concentrada en la población» no se refleja de ninguna manera, como se ve a menudo, en una táctica de «sed amables con la gente». La doctrina de la contrainsurgencia, que se alimenta de las experiencias en Malasia, Vietnam, Omán y Centroamérica, no se basa sólo en gestos y acciones con las cuales se quiere ganar los corazones de la gente del lugar. La contrainsurgencia también significa medidas draconianas de seguridad para controlar opiniones divergentes e impedir contactos entre la población y los insurgentes. Significa desplazamientos masivos. Significa milicias y escuadrones de la muerte.

Y a pesar de todo conozco a gente sensata que habla de ganar esta guerra -por decirlo así- «tribu por tribu», precisamente con la ayuda de semejantes tropas irregulares. Gente local ya mayor recuerda que los rusos también trataron de usar milicias, sobre todo cuando al final trataron de sostener al último jefe del Gobierno comunista Najibullah. Sea lo que sea lo que se intente en este caso, está asociado a grandes riesgos. En Kandahar se teme, en todo caso, que la creación de semejantes fuerzas auxiliares, sea cual sea el objetivo, simplemente lleva a que se vuelvan a suministrar armas a los antiguos señores de la guerra.

De vuelta en Kandahar, queremos descubrir quién es realmente el que decide. Si no son los talibanes, ¿quién controla esta ciudad? Para comenzar hablamos con periodistas locales. Se ponen nerviosos. Hablan de un periodista llamado Jawed «Jojo» Ahmad, quien formuló demasiadas preguntas sobre las milicias y sus relaciones con los estadounidenses. Primero trataron de hacerlo entrar en razón y desapareció por un tiempo en la base Bagram de la Fuerza Aérea de EE.UU. Cuando recuperó la libertad todavía no pudo callarse. Finalmente fue asesinado, a poca distancia de nuestro hotel.

Los periodistas mencionan también a un colega en la vecina provincia Helmand. Abdul Samad Rohani trabajaba como colaborador local de la BBC en la capital provincial Lashkah Gah. Investigaba las conexiones entre la policía afgana, milicias locales y los narcotraficantes. Dicen que el jefe de policía de la época le advirtió de que dejara de hacerlo. Luego lo mataron.

Sin embargo sólo se trata de suposiciones no confirmadas en una ciudad en la cual los rumores circulan a la velocidad del sonido y donde las verdades a medias se tragan como si fueran enteras. Por ejemplo, mucha gente está absolutamente convencida de que los estadounidenses financian directamente a los talibanes. Pero ésa es otra historia.

¿Cómo podemos encontrar pruebas concretas de todo esto? Comenzamos por el crimen más conocido, cometido por una milicia en Kandahar. En junio de 2009 fue asesinado el jefe de la policía de la ciudad, Matiullah Qateh. Porque la investigación oficial fue realizada por un fiscal en Kabul, se estableció con excepcional claridad, que en Kandahar está activa una milicia muy especial, que entre otros nombres es conocida como Kandahar Strike Force.

A Qateh y otros altos oficiales de la policía los mataron a tiros a plena luz del día los miembros de una milicia que está estacionada en una base de las Fuerzas Especiales de EE.UU. y de la CIA llamada Camp Gecko. Los milicianos, provistos de uniformes, armas y vehículos por los estadounidenses, habían llegado a un edificio judicial para exigir a los fiscales la liberación de uno de sus compañeros. El general de brigada Ghulam Randschabar, un importante fiscal militar en Kabul, que estuvo a cargo del caso, nos reveló que entonces emitió una orden de arresto contra el comandante de las Fuerzas Especiales de EE.UU. del cual sólo conocía el nombre «John» o «Jonny».

Randschabar nos contó que todos los milicianos detenidos después del asesinato declararon que fue ese Jonny el que aprobó el asalto para liberar a su compañero preso. Randschabar no dice que los estadounidenses hayan ordenado o aprobado los disparos mortales. Pero los considera culpables de haber creado una unidad de maleantes y de haber rehusado la colaboración en la investigación judicial del hecho.

Como resultado de las investigaciones de Randschabar y de otras declaraciones de testigos, la milicia de Camp Gecko nunca habría podido salir con su uniforme de la base si su acción no hubiera sido aprobada. En cambio, un portavoz estadounidense me declaró: «En la acción no participaron soldados de la coalición; los guardias no actuaron por orden de las tropas estadounidenses o internacionales».

Randschabar dice que hubo una cantidad interminable de informes sobre las actividades de la milicia: «La gente en Kandahar dice que esos sujetos afirman que son intérpretes, pero cometen asaltos y asesinatos nocturnos». Los milicianos, que atacaron el juzgado, no eran simplemente «guardias» de Camp Gecko. Los participantes declararon más bien que estaban firmemente integrados en las actividades de las Fuerzas Especiales y que participaban en razias y ataques contra objetivos enemigos, día y noche.

Eso coincide con lo que averiguamos sobre otro caso. En noviembre de 2009 Janan Abdullah, de 23 años, resultó muerto mediante una granada de mano y fuego de fusil en un asalto a su casa, su mujer sobrevivió y desde entonces está parapléjica. El ataque fue dirigido por soldados de EE.UU., pero los que dispararon fueron afganos, dicen los parientes: «Nuestra propia gente -pastunes- nos hizo esto. Fueron tan brutales, ni siquiera los estadounidenses pueden ser tan crueles, y ésos ni siquiera son musulmanes. Los que lo hicieron fueron los de nuestro propio país».

Los familiares dicen que no tienen la menor idea del motivo por el cual su casa o el joven Janan fueron atacados. Después oyeron que fue un error. Cuando consultamos a un portavoz de EE.UU. sobre el caso, nos dijo que no podía encontrar ningún expediente sobre el incidente. Pero representantes de grupos independientes por los derechos humanos, que investigaron el caso y que tomaron fotos el día después en el lugar del asalto, lo asociaron con los milicianos de Camp Gecko, a donde también fueron llevados los familiares heridos.

En nuestras investigaciones en Kandahar se mencionó una y otra vez el nombre de un hombre. «Cada lugar tiene un rey, y sabéis mejor que yo quién es el rey de Kandahar», dice Shahid Hussein: «Ahmed Wali Karzai. No porque sea el hermano del presidente, sino porque está apoyado por los estadounidenses».

Comandante de la Fuerza Aérea y contratista de la construcción

Las dos tribus más poderosas en esta ciudad son, como nos explicaron los del lugar, los Popalsai bajo dirección de la familia Karsai y los Baraksai, dirigidos por la familia del antiguo gobernador de Kandahar, Gulab Agha Shersai. Este último y su milicia se habían sumado en 2001 a los estadounidenses que llegaban a Kandahar. Aunque Shersai es ahora gobernador de la provincia Nangarhar en Jalalabad, cerca de la frontera con Pakistán, ha conservado su influencia en Kandahar. Como custodio actúa su hermano, el mayor general Abdul Rasik Shersai, quien tiene un doble papel: como jefe de una empresa de construcción y como comandante de escuadra de la Fuerza Aérea afgana.

Se dice que ambos clanes, los Karzai como los Shersai, reciben numerosos y lucrativos encargos de la OTAN: alquilan terrenos y edificios a las tropas de la coalición, les entregan suministros y personal, reciben pedidos para inmensos proyectos de desarrollo, suministran informaciones a servicios de inteligencia como la CIA, ponen a disposición personal de vigilancia para las bases militares de la coalición y la escolta para convoyes de aprovisionamiento para las tropas de la OTAN -y asimismo milicias- que colaboran con las Fuerzas Especiales de EE.UU. Un comandante de la policía en un punto de control me lo explicó como sigue: «Lo que hay aquí es una guerra de tribus. La gente apoya a los talibanes porque ve que ciertas tribus se aseguran todos los puestos de trabajo y toda la influencia».

Cuando llegué a Kandahar pensaba que sólo poca gente hablaría abiertamente sobre la familia Karzai. Pero no pasó mucho antes de que se mencionara su nombre. Por primera vez lo oí de aldeanos, que llegaron a una estación de policía y colmaron de quejas al jefe de policía local. Afirmaban que un señor de la guerra trataba de desplazarlos y de demoler toda la aldea. Oficialmente la tierra pertenece al Gobierno y el cabecilla sería un pariente de Ahmed Wali Karzai y actuaría en su nombre.

También en las investigaciones sobre el asesinato del jefe de policía Qateh surgió el mismo nombre. Porque de inmediato, después de su muerte, apareció en el lugar del crimen el mismo Akhtar Mohammed, a quien ya hemos encontrado como operador del PRT de la base y quien supuestamente trabaja para los Karzai. Nunca quedó claro qué papel juega exactamente. Nunca fue arrestado por el asesinato. Pero miembros de las milicias nos contaron que él sería el hombre determinante en el reclutamiento de las tropas armadas que trabajan para los estadounidenses. Y pertenecería a los Popalsai como la familia Karzai y provendría de su pueblo natal Kars.

Aunque Ahmed Wali Karzai es calificado de «actor siniestro» por altos comandantes de la OTAN (casi siempre extraoficialmente), EE.UU. depende de él en Kandahar. Eso dice en todo caso la gente en Kandahar. Y una persona informada, que tiene que ver con las milicias, nos contó que a menudo empresarios estadounidenses y oficiales de las Fuerzas Especiales están en la casa de Karzai como invitados para jugar tenis de mesa y otros entretenimientos nocturnos.

Después del asesinato de Qateh fueron detenidos y encarcelados 41 miembros de la Kandahar Strike Force. Todos fueron condenados, algunos de ellos a muerte. Pero los restantes de los 300 milicianos siguieron realizando su tarea en Camp Gecko. Y Ahmed Wali Karzai está realizando una campaña por la amnistía de los condenados. Incluso se llevó a familiares de las víctimas a firmar un pedido de clemencia.

En una conversación telefónica, Ahmed Wali me confirmó que apoya la amnistía porque todo el incidente fue un «malentendido». Él mismo no tenía nada que ver con milicias, y en realidad no existiría ninguna en Kandahar. En la ciudad rige la ley. Y las acusaciones en su contra serían la obra de sus enemigos.

Luego Karzai se quejó impetuosamente de que no lo hubiera contactado en Kandahar. En realidad, no se me había ocurrido la idea de que pudiera ser un padrino tan accesible. Él mismo denuncia a todos los que lo acusan de diversas prácticas criminales o corruptas, pero aparentemente ninguna de las acusaciones puede afectarlo.

En un edificio judicial nos recibe el fiscal jefe. Está estresado. Un equipo de inspección de Kabul está en la ciudad, y el rumor que escuchamos dice que exige un soborno de varias decenas de miles de dólares. Uno de los funcionarios judiciales se queja de que es demasiado: «No recibimos tanto dinero. Los negocios no marchan bien.»

A pesar de todo el fiscal jefe tiene ganas de bromear. Dice que ha escuchado que los británicos se retirarán de Helmand y que ahora vendrán a Kandahar. «Es una noticia formidable», dice con una sonrisa burlona, «allá hicisteis un trabajo formidable y derrotasteis al enemigo». Le agradezco su confianza en mi país.

Cuando las tropas británicas llegaron en el año 2006 a la provincia Helmand en el oeste de Afganistán, lograron que previamente fuera depuesto el gobernador Sher Mohammed Akhundzada. Como Ahmad Wali Karzai era un señor de la guerra acusado de estar involucrado en el narcotráfico.

Esa intervención política llevó a un desastre militar. En Helmand las milicias de Akhundzada habían asegurado la estabilidad. Con su retirada se provocó un vacío en el poder. Muchos de sus miembros se pasaron a los talibanes o simplemente contemplaron cómo se propagaba la rebelión. Actualmente Helmand es -después de cuatro años de combate- la provincia con la mayor cantidad de enfrentamientos armados de todo Afganistán.

Por lo tanto, la idea de «eliminar» a Ahmed Wali Karzai o incluso sus milicias es palabrería estúpida, mientras no se piense en lo que los va a reemplazar. Cuando partimos de Kandahar, circulaban informaciones según las cuales EE.UU. quiere cooperar con Ahmed Wali. Al parecer no se les ocurre ninguna posibilidad, de librarse impunemente del individuo.

Ése es exactamente el problema de la gran estrategia. Porque el problema no lo constituye Ahmed Wali Karzai, él no es el único pez gordo local. No es más que un síntoma. El problema es que Occidente, después de años de combates militares, todavía no ha desarrollado una estrategia política útil para el trato con los señores de la guerra y los elementos corruptos, que con razón son identificados por la dirección de la ISAF como el problema principal.

En lugar de atacar el problema de raíz, Occidente sigue chapuceando como puede. Y se esfuerza desesperado por lograr el apoyo de esos protagonistas tenebrosos que, como todos saben, representan más al «enemigo» en Afganistán que los talibanes.

Nota:

  1. Vea la autobiografía de Mullah Abdul Salam Saif, que apareció hace poco en inglés:

    My Life with the Taliban, publicada por Alex Strick van Linschoten y Felix Kuehn.

Traducido al español de la versión alemana traducida por Niels Kadritzke.

Stephen Grey es periodista, autor entre otros de Operation Snakebite: The Explosive True Story of an Afghan Desert Siege, New York (Viking Press) 2009; www.stephengrey.com.

© «Le Monde diplomatique, Berlin

Fuente: http://www.monde-diplomatique.de/pm/2010/06/11.mondeText1.artikel,a0041.idx,9

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