Recomiendo:
0

Los pueblos originarios, nuestros maestros y doctores

Fuentes: A Terra é Redonda [Imagen: Selva amazónica. Créditos: Hans]

Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

En este artículo el autor sostiene que los pueblos originarios guardan la memoria viva de un futuro posible: vivir sin dominar la Tierra.


1.

Hoy nos sentimos todos más o menos perdidos. La situación de nuestra civilización, así nos parece, llegó a su límite. Perdida en las contradicciones que ella misma creó, se da cuenta de que el cuerpo de conocimientos y el arsenal de técnicas que ella misma creó, no nos ofrecen ninguna solución para resolver los graves problemas a los que nos enfrentamos. Tenemos que cambiar o, en palabras de Zygmunt Bauman, “vamos a engrosar el cortejo de los que se dirigen hacia su propia sepultura”.

La civilización actual no nos presenta un futuro esperanzador. Como advirtió uno de los últimos grandes naturalistas franceses Théodore Monod en su libro-testamento ¿Y si la aventura humana llega a desaparecer? (París, 2000): “Sería el justo castigo por las agresiones que por siglos hemos infligido a la Tierra”.

Aún así continuamos esperando lo imponderable y lo imprevisible, pues la evolución no es lineal, sino que da saltos en un sentido hacia una mayor complejidad y estructura, pero también en un sentido destructivo. Nuestra esperanza es que el salto sea constructivo.

En momentos como estos, cuando nos encontramos en un callejón sin salida, buscamos inspiración en quienes ofrecen una alternativa posible. Así es cómo se someten a nuestra consideración los pueblos originarios. No son “indios”, pues estos no existen. Lo que existen son pueblos con sus culturas, tradiciones y religiones. Cuando Cabral puso sus pies en nuestras tierras, había cerca de 5 millones de habitantes, agrupados en 1.400 pueblos, hablando 1.300 lenguas, la mayor proliferación conocida en la historia. Infelizmente debido a la diezmación, ocurrida a lo largo de más de 500 años, tan solo quedan 180 lenguas, una pérdida aproximada del 85%, un daño irreparable para toda la humanidad.

Los que sobrevivieron, según la ONU, son varios millones en casi todas las partes del mundo. Conservan un tesoro de experiencias, de sabiduría ancestral y de modos de relacionarse con la comunidad de vida (naturaleza) que hace posible que podemas afirmar aquello que los Padres de la Iglesia antigua decían de los pobres: ellos son nuestros maestros y doctores. Efectivamente, ellos son eso y su ancestralidad puede ser nuestro futuro (Ailton Krenak).

Ellos enseñaron a los europeos cómo vivir en los trópicos, empezando por darse un baño al menos una vez al día. Nuestro idioma portugués fue enriquecido con centenares de palabras, especialmente relacionadas con la geografía, como Anhngabaú, Itu, Itaquatiara, Iguaçu, Itaorna, Piracicaba, Jundiaí Itaipava, el lugar donde vivo. O en tantos vocablos, como aipim (manihot, es una planta originaria de Brasil), beiju (mbeyú, una especie de tapioca de almidón de mandioca y queso fresco), cipó (enredadera), cuia (cuya y güira, de la misma raíz, pero también totuma o jícara, que da nombre también a los recipientes hechos con ese fruto), farofa (farofa, harina de mandioca tostada en manteca), girau (se mantiene el término ‘jirau’, que se aplica a una parrilla o estrado en el que guardar alimentos para que se ventilen y sequen), guaraná (guaraná, arbusto trepador y su fruto), jabuticaba (jabuticaba, yabuticaba o guapurú, planta y su fruto originario de América del Sur), jururu (triste, melancólico, desanimado, cabizbajo…), mingau (gachas o papilla, consiste en un alimento cremoso elaborado a base de harina de maíz y leche), paçoca (pazoca, es un dulce hecho a base de cacahuete y azúcar), pirão (pirón, papilla hecha a base de harina de mandioca mezclada con diferentes caldos, de camarón, frijoles, carne…), tapioca (tapioca) y tocaia (emboscada con objeto de cazar o matar) entre otros.

2.

Por encima de todo lo que nos enseñan es una integración sinfónica con la naturaleza. Se sienten parte de la naturaleza y no un extraño dentro de ella. Por eso, en sus mitos, los seres humanos y otros seres vivos, como animales, con-viven y se casan entre sí. Intuyeron lo que sabemos por la ciencia empírica, que todos formamos una cadena única y sagrada de vida. Son excelsos ecologistas.

La Amazonia, por ejemplo, no es tierra intocable. A lo largo de miles de años, las decenas de naciones originarias que ahí vivieron y aún viven, interaccionaron sabiamente con ella. Casi el 12% de toda la selva amazónica de tierra firme fue empleada por ellos para crear “islas de recursos”. Los yanomami saben aprovechar el 78% de las especies de árboles de sus territorios, lo que es muy considerable si tenemos en cuenta la inmensa biodiversidad de la región, que puede albergan del orden de 1.200 especies en una área del tamaño de un campo de fútbol.

Lección para nosotros: no podemos mantener una relación meramente utilitaria para con la naturaleza, que nos haga sentir al margen de ella y dueños de ella. Tenemos que mantener una relación de convivencia, que nos haga sentir parte de ella, cuidándola y preservando su integridad y regeneración. Si no aprendemos esa lección, difícilmente salvaremos nuestros biomas, base de nuestra subsistencia.

Los pueblos originarios revelan una actitud de respeto y veneración por todo lo que existe y vive, que consideran cargado de mensajes que saben descifrar. El árbol no es solo un árbol. Posee brazos, que son sus ramas, que a su vez tienen miles de lenguas, que son sus hojas, y conecta la Tierra con el Cielo, que une al ascender desde las raíces hasta la copa. Cuando bailan y toman los bebedizos rituales, hacen una experiencia de encuentro con el mundo del Espíritu, de los ancianos y de los sabios que están vivos y en el otro lado de la vida.

Para ellos, lo invisible es parte de lo visible. Es una lección que debemos aprender de ellos, pues vivimos una radical cosificación de la naturaleza, que nos hace sordos e invidentes para entender los mensajes que nos transmite. Para nuestra cultura las cosas son solo cosas y no símbolos de una energía de fondo, poderosa y amorosa que todo penetra y sostiene. Nosotros, hijos de la racionalidad, damos poco valor a otros saberes que vienen del corazón y de nuestros sentimientos más profundos.

Su sabiduría se tejió a través de una delicada sintonía con el universo y de la escucha atenta del latido de la Tierra. Saben mejor que nosotros, casar cielo y tierra, integrar vida y muerte, compatibilizar trabajo y diversión, confraternizar al ser humano con la naturaleza. En ese sentido, poseen una civilización muy avanzada, aunque sean tecnológicamente primitivos.

Esa sabiduría precisa ser rescatada por nuestra civilización dominante, fundada en la voluntad de poder y de dominio. Sin esa comunión sapiencial con el lenguaje de la Tierra, quedaremos rehenes de nuestra voluntad de dominio de la naturaleza y del crecimiento infinito, en un planeta notoriamente finito. Al perseverar en ese intento estaremos cavando el abismo en el que nos precipitaremos todos.

Uno de nuestros mayores deseos es la vida en libertad. Pues esa libertad es vivida en plenitud por los pueblos originarios. Abunda con el testimonio de dos hermanos que los conocieron en profundidad, Orlando y Cláudio Villas Buenas: “El indio es totalmente libre, sin tener que responder por esa libertad ante nadie. Si una persona diese un grito en el centro de São Paulo, un coche de policía podría llevarla presa. Si un indio diese un tremendo bramido en medio de la aldea, nadie mirará para él, ni iría a preguntarle por qué gritó. El indio es un hombre libre” (Xingu, os indígenas e seus mitos, 1970, p. 48).

Los caciques nunca tienen poder de mando sobre los demás. Su función es de ánimo, de articulación de las cosas comunes y de relación para con otros pueblos originarios, considerados parientes, y respetando siempre la libertad individual.

Como se desprende de lo dicho, podemos reafirmar lo siguiente: los pueblos originarios deben ser revisitados. Pueden ser nuestros maestros y doctores, quienes nos den sabias lecciones que podrían sugerir otro rumbo para nuestra agónica civilización.

Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor.

Fuente: https://aterraeredonda.com.br/os-povos-originarios-nossos-mestres-e-doutores/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar la autoría, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción.