Discurso de Zohran Mamdani ante el “Foro de Liderazgo Global Nelson Mandela” de la Fundación Nelson Mandela
Buenas tardes.
Antes de decir nada, permítanme en primer lugar darles las gracias. Qué privilegio es estar aquí juntos para rendir homenaje a la dirección de la Fundación Nelson Mandela. A lo largo de 27 años, esta organización ha defendido que el legado de Madiba no pertenece sólo a los museos, sino también a los movimientos por la libertad. Me gustaría rendir homenaje a un hombre cuyo legado perdura en los millones de personas a las que sirvió de inspiración.
Madiba vive en cada protesta por la justicia, en cada llamamiento a la democracia, en cada marcha con una reivindicación justa. Madiba vive en cada barrio marginal y cada barrio pobre en el que la dignidad sigue siendo inalcanzable, y vive en cada persona que lucha por alcanzar esa dignidad, que trabaja toda la jornada y vuelve luego a casa con alimentos para los hambrientos y medicinas para los enfermos. Madiba vive cada vez que alguien es testigo de la opresión, la privación o la miseria, y no lo acepta como algo inevitable, sino como algo contra lo que puede luchar cada uno de nosotros. Muchos de nosotros sólo estamos donde estamos hoy —sólo podemos concebir lo que se basa en principios como algo posible— porque Madiba nos mostró el camino.
En todos los sentidos, Madiba fue el primero. El primer presidente negro de Mzansi [“Sur” en lengua xhosa, término para designar a Sudáfrica]. El primer jefe de Estado de Sudáfrica elegido en unas elecciones democráticas, cuando le votaron sudafricanos de todos los colores de piel. Pero para un niño de cinco años que, en 1996, en Ciudad del Cabo, vio el rostro de Madiba en las pancartas que ondeaban en las fachadas de los edificios, representaba él un tipo de «primero» completamente distinto. Madiba fue el primer presidente que conocí: un hombre que, por lo que parecía, tenía el poder de cambiar el mundo.
Resulta difícil explicar lo que eso significaba para un niño, de manera que permítanme expresarlo así: junto a los imanes de nevera de mi infancia, de David Seaman, Sylvain Wiltord y la plantilla del Arsenal, había un imán de Madiba con la camiseta de los Bafana Bafana. Cuando vuelvo con la memoria a aquellos primeros años de mi vida, la lección que más recuerdo es que la justicia debe constituir algo más que un ideal; debe ser algo tangible. Y recuerdo a un líder, más grande que la vida misma, que veía el mismo mundo que yo apenas empezaba a vislumbrar y que intentaba, intentaba siempre, utilizar su poder para cambiarlo.
En los años previos a su muerte, elevaron a Madiba a un panteón más allá de los simples mortales. Hoy en día, el Centro Nobel para la Paz lo describe como «un mesías para millones de personas». Si alguien merecía semejante reverencia, ese era Madiba. Quizás era en él en quien pensaba Riky Rick cuando rapeaba: «Todo lo que yo hago, quieren ellos hacerlo / Todo lo que yo digo, quieren ellos decirlo».
Y, sin embargo, esta noche, al reunirnos para renovar nuestro compromiso con lo que el liderazgo de Madiba demostró que era posible, también debemos reconocer que tratarlo más como un mito que como un hombre significa hacerle un flaco favor. Significa santificar a un hombre que, como es bien sabido, declaró en cierta ocasión: «No soy un santo, salvo que consideremos que un santo es un pecador que sigue intentándolo».
Era un hombre, tan propenso a las dudas como cualquiera de nosotros. Formaba parte de un movimiento tan dado a las luchas internas como cualquier colectivo en una marcha larga y sinuosa hacia un noble objetivo. Fue un líder que logró victorias trascendentales y, sin embargo, la lucha por conquistar la Sudáfrica con la que soñaba sigue pendiente.
Qué gran regalo es que Madiba tuviera defectos como todos nosotros, pues resulta imposible emular a un Mesías; lo único que podemos hacer es venerarlo. Y es su humanidad la que nos permite mirar a la próxima generación de líderes y decirles con sinceridad: también vosotros podéis ser Madiba.
Nos reunimos esta noche para lanzar el Foro de Liderazgo Global de la Fundación Mandela, para continuar la lucha por la dignidad que guio a Madiba durante casi un siglo. Nos reunimos para trazar un rumbo a través de las turbulentas aguas que se abren ante nosotros: un panorama global convulsionado por dictadores y corrupción, donde los derechos se hurtan en la oscuridad de la noche y donde persiste el apartheid en sus diversas formas. Estamos todos juntos, buscando respuestas, tratando de comprender estas fracturas, esforzándonos por hacer de líderes en medio de la agitación.
A menudo, en ocasiones como esta, quien tiene la fortuna de estar donde estoy yo ahora mira al público y les pide que imaginen qué habría dicho y hecho Madiba si estuviera hoy aquí. ¿Por qué no nos preguntamos, en cambio: cuando estuvo aquí, ¿qué dijo?? ¿Y qué le respondimos nosotros?
No hace falta ir muy lejos para encontrar la respuesta. Abrid estas puertas, caminad dos minutos hasta la estación de metro B o D en la calle 42 y tomad el tren hasta la calle 125. Caminad luego diez minutos y os encontraréis frente al Aaron Davis Hall de CUNY (City University of New York). Fue allí, el 21 de junio de 1990, apenas cuatro meses después de su liberación de Robben Island, donde acudió Madiba a un encuentro con el público presentado por Ted Koppel, de ABC News. Los ojos del mundo habían estado fijos en Madiba desde que saliera de prisión en febrero, como lo habían estado durante décadas; pero por primera vez, pudo reflexionar y responder si era todo aquello en lo que se le había convertido. Muchos estaban interesados en dejar claro que no lo era. Koppel había disfrazado una emboscada de encuentro con el público. Entre el público, además de los que participaban vía satélite desde Sudáfrica, se encontraba gente con preguntas preparadas para atacar y aislar a Madiba.
Ken Adelman, un comentarista conservador que más tarde se convertiría en uno de los defensores más acérrimos de la invasión de Irak, interrogó a Madiba sobre su relación con líderes mundiales considerados enemigos por los Estados Unidos. Madiba rechazó la provocación y respondió: «Uno de los errores que cometen algunos analistas políticos es creer que los enemigos suyos deben ser enemigos nuestros».
Koos Van Der Merwe, líder del Partido Conservador Sudafricano, sermoneó a Madiba como si fuera un colegial malcriado, diciéndole: «Deje de lado la campaña violenta, siéntese, compórtese como una persona normal y hablemos; y, ya para terminar, olvídese del comunismo». Madiba sonrió. Luego, en afrikáans, respondió: «Me alegra conocerle. Espero que algún día tengamos la oportunidad de hablar de los asuntos de nuestro país».
Ya se pueden imaginar cómo transcurrieron los 80 minutos restantes. Una y otra vez, Madiba se veía tratado con condescendencia y tachado de terrorista, extremista violento y obstáculo para la paz. Después de cada pregunta hostil, Koppel metía el dedo en la llaga, esperando a ver si Madiba cedía. Y en cada ocasión, Madiba respondía a las preguntas con calma y sosiego.
Una hora después de iniciado el acto, Koppel volvió a preguntar sobre el apoyo de Madiba a la causa palestina. ¿Acaso esa solidaridad, preguntó, significaba que Madiba estaba dispuesto a enemistarse con la comunidad judía?
Era una pregunta tan rebuscada que Madiba tuvo que preguntarle a Koppel qué quería decir exactamente. Es también una pregunta que, francamente, resulta familiar —una pregunta que a mí mismo me han hecho muchas veces de modo similar—: si oponerse a los crímenes de guerra israelíes y a las violaciones del Derecho internacional te convierte de alguna manera en una persona que odia a un pueblo.
Madiba rechazó esa premisa. Muy al contrario, la transformó en una pregunta distinta: si puede existir una política de universalismo que esté plagada de excepciones. Si puede ser libre cualquiera de nosotros si hay quienes no lo son.
Hacia el final de su respuesta, dijo: «Pueden considerarlo una cuestión política o moral, pero ¿quién cambia sus principios según con quién trate? No es el caso de un hombre capaz de liderar una nación».
La hipocresía, la conveniencia política: estas fuerzas ejercen una gran atracción. Con frecuencia, es más fácil ceder, renunciar a una creencia arraigada, abandonar un principio, que mantenerse firme.
Ese fue el caso cuando el mundo le pidió a Madiba que transigiera sobre el partheid. Lo fue cuando muchos le pidieron que abandonara la lucha palestina por la libertad. Y sigue siendo verdad hoy.
Pero en ese momento, mientras Ted Koppel lo presionaba bajo los focos, Madiba nos mostraba el poder de la solidaridad universal e inquebrantable: una solidaridad que se extiende a todos, aun cuando se cuestiona la injusticia, aun cuando hay muchos que intentan negar la verdad. La solidaridad, como nos decía el Papa Francisco, es incómoda. La solidaridad, como demostró Madiba a lo largo de 95 años, no es sólo un valor, es una estrategia.
En esa exigencia suya de solidaridad, tanto para sí mismo como para cada uno de nosotros, Madiba se convierte en algo más que un hombre, más que un Mesías: se convierte en un espejo.
Cuando escuchamos su negativa a abandonar a aquellos con quienes compartía una causa común, ¿nos reconocemos? Cuando escuchamos su disposición a renunciar al poder antes que a sí mismo, ¿nos reconocemos? Cuando escuchamos su devoción por la solidaridad, no como un concepto abstracto sino como un llamamiento a la acción, ¿nos reconocemos? ¿O sólo reconocemos la versión de Mandela que no nos exige nada? Son demasiados los que lo hacen.
Pienso en los conservadores del Reino Unido, quienes, tras su muerte, describieron a Madiba como un «verdadero héroe mundial», a pesar de haberse dedicado en la década de 1980 a oponerse a las sanciones, al CNA (Congreso Nacional Africano) y a su liberación.
Pienso en quienes ocupaban los más altos cargos de nuestro gobierno federal, que decían venerar a Madiba, pero lo mantuvieron en las listas de vigilancia antiterrorista hasta 2008, cuando tenía 90 años de edad.
Pienso en los carceleros que abusaron de Madiba, que le causaron daños permanentes en la vista al trabajar sin protección en una cantera de cal, y que aun así asistieron a su funeral.
Pienso en cada una de estas personas, en cada uno de estos momentos de hipocresía, y me siento impotente. Y entonces recuerdo a Madiba: un hombre con la capacidad de perdonar, un hombre que mostraba solidaridad con todos.
Sólo gracias a esa solidaridad pudo Sudáfrica vislumbrar un futuro diferente al pasado. Sólo gracias a esa solidaridad podemos hacer lo mismo.
Dentro de tres días, el mundo conmemorará el Día de Nelson Mandela. Los niños de primaria harán presentaciones, los líderes mundiales emitirán declaraciones y serán millones los que se congreguen para honrar el legado de Madiba.
También conmemoraremos aquí el Día de Mandela, en la ciudad de Nueva York. Los neoyorquinos de los cinco distritos reflexionarán sobre la incansable lucha de Madiba por la libertad.
Pensaremos en organizaciones como Judíos por la Justicia Racial y Económica (JFREJ), que se reunieron por primera vez la semana del foro público de Ted Koppel para demostrar, de hecho, la gran cantidad de judíos neoyorquinos que se solidarizaban con Madiba y para celebrar un servicio de Shabat que recaudó 50.000 dólares para la lucha contra el apartheid.
Y al recordar a Madiba, el hombre, algunos, entre los que me incluyo, nos haremos una pregunta más profunda: ¿a quién tratamos hoy como se trató a Madiba antes de que la historia lo proclamara mesías? Por cada palabra de elogio que hoy usamos para describir a Madiba, ¿a quién se describe hoy tal como lo describió Ted Koppel entonces?
¿Quién más ha visto su humanidad condicionada, a quien le han dicho que su libertad puede esperar? ¿Quién más lidera una causa que glorificaremos en retrospectiva, pero que está siendo vilipendiada en el presente? ¿Quién más necesita nuestra solidaridad?
Pienso en Omar El Akkad, autor del libro One Day, Everyone Will Have Always Been Against This[Algún día todo el mundo habrá querido estar siempre en contra, Libros del kultrum, 2025]. Esa frase resume una de las costumbres más crueles y recurrentes de la historia. Con el tiempo, casi todos afirman haberse opuesto al apartheid. Con el tiempo, casi todos afirman haber apoyado a Madiba, a Martin Luther King Jr. Con el tiempo, casi todos afirmarán haberse opuesto a gran parte de la injusticia que hoy justifican.
Pero la justicia no se mide por nuestra posición después de que la historia haya emitido su veredicto, sino por nuestra posición mientras aún se está dictando.
¿Por qué tenemos que esperar a que entierren miles de padres más a sus hijos, a que miles más pierdan sus extremidades, sus hogares y su futuro, para unirnos e insistir en la libertad palestina?
¿Por qué el doctor Hussam Abu Safiya debe esperar más de 18 meses para verse liberado de su detención en Israel —una detención que continúa a día de hoy— después de que el mundo presenciara su secuestro al salir del hospital y cómo languidece en prisión?
¿Por qué tenemos que esperar mientras Umar Khalid entra en su sexto año de cautiverio en Delhi, un preso político encarcelado bajo las mismas acusaciones inventadas de terrorismo que se le imputaron a Madiba?
¿Por qué tenemos que esperar para solidarizarnos con los inmigrantes que son blanco de ataques y abusos, como Joan Sebastián Durán Guerrero, asesinado de un disparo en la cabeza por el ICE en Biddeford, estado de Maine, el lunes, o Amaramiro Emmanuel y Ekpeyong Andrew, dos nigerianos asesinados la semana pasada en las calles de Sudáfrica, por donde se ha extendido la xenofobia? ¿Por qué debemos esperar a poner en práctica la solidaridad hasta que ya no nos cueste nada?
La responsabilidad de responder a estas preguntas, con honestidad y plenitud, recae sobre cada uno de nosotros. Es la responsabilidad de integrar la solidaridad aún más en nuestras vidas, en nuestra política, en nuestra forma de interactuar con el mundo.
No es esta tarea fácil. El mundo en el que vivimos está diseñado para separarnos. El afán de lucro y los algoritmos están concebidos para enfrentarnos unos contra otros. Unos pocos con mucho explotan a muchos con poco. Seguimos lidiando con el genocidio en Gaza y la guerra en todo el mundo. Y, como siempre, se ganar dinero y se conquista poder demonizando a los pobres y avivando las llamas del odio racial.
Todas estas son fuerzas diseñadas para separarnos. Para alejarnos unos de otros. Pero, ¿acaso no eran estas las mismas condiciones que superó Madiba? Cuando Madiba llegó a la Isla Robben, azotada por el viento, con su conexión con el mundo exterior cortada, ¿acaso eso propiciaba la solidaridad? Cuando Madiba soportaba décadas de dominación racial y deshumanización, ¿acaso eso propiciaba la solidaridad? Cuando gobiernos y corporaciones movilizaban una riqueza y un poder extraordinarios para preservar el apartheid, ¿acaso eso propiciaba la solidaridad?
La verdad es que la solidaridad quizás se nutra mejor en medio de las condiciones que tratan de destruirla. Los trabajadores se levantan cuando los jefes restringen sus derechos. Los ciudadanos se unen cuando los autoritarios imponen represiones brutales. Toda lucha por un futuro mejor comenzó en un momento en el que ese futuro parecía inalcanzable. Como dijo Martin Luther King la noche antes de su asesinato: «Sólo en la oscuridad se pueden ver las estrellas».
Sin duda, hoy hay suficiente obscuridad. Pero sin duda, juntos en esta sala, podemos ver las estrellas. Esos pequeños focos de luz que son los trabajadores unidos para exigir dignidad. Que son los manifestantes manifestándose con calor y frío para pedir el fin de la guerra, del sufrimiento. Que son aquellos que, sin apenas nada, extienden sus manos para compartir lo poco que tienen con quienes tienen aún menos.
La solidaridad no es perfección. La solidaridad no es pureza. La solidaridad es que las personas se elijan unas a otras, a veces hasta por encima de sí mismas. La solidaridad, amigos míos, parece a menudo imposible, como si fuera algo que sólo una figura mítica podría hacer realidad. Y, sin embargo, tal como nos recuerda Madiba, a través de su vida, su liderazgo y sus palabras: «Siempre parece imposible hasta que se consigue». Logrémoslo juntos.
Muchas gracias.
Zohran Mamdani, miembro de los Democratic Socialists of America, desempeña desde el 1 de enero de 2026 el cargo de alcalde de la ciudad de Nueva York
Fuente: Oficina del Alcalde de la Ciudad de Nueva York, 16 de julio de 2026
Traducción: Lucas Antón


