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Un viaje por la frontera entre el Norte y el Sur y Seúl

Propaganda Surcoreana

Fuentes: Znet

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Crecí en la ciudad checa de Pilsen, a unas pocas decenas de kilómetros al este de la «Cortina de Hierro» y de la frontera con lo que entonces era Alemania Occidental. Por eso pienso que hay que perdonarme por sentir una extraña obsesión con fronteras y líneas divisorias de todo tipo. No importa dónde, cuando llego cerca de cualquier frontera, siento siempre un deseo incontrolable por cruzarla: de ver lo que hay del otro lado.

Cada vez que vengo a Seúl, siempre termino tarde o temprano llamando a alguna agencia de viajes, organizando mi viaje a la DMZ (siglas en inglés de Zona Desmilitarizada). Con los años se ha convertido en un ritual. «La parte más fortificada del mundo,» la frontera entre Corea del Norte y del Sur, me atrae como un magneto. Es deprimente, pero también kafkiano, surreal y extrañamente hermoso, con un impresionante hábitat de aves migratorias que coexisten lado a lado con los campos de minas; aldeas que cultivan ginseng del mejor a sólo unos pocos metros de la alambrada de púas y de instalaciones ocultas de misiles.

Todo viaje a la frontera es revelador, siempre que uno esté dispuesto a mantener los ojos abiertos y a olvidar por un momento los clichés que han sido martilleados a nuestros cerebros durante decenios: «Corea del Sur: libertad y democracia. Corea del Norte: Estado malvado.» La cosa es indudablemente más compleja que eso.

Las visitas «más agradables» son organizadas por la «Asociación Coreana de Veteranos» junto con Chung-Ang Express Tour. Los guías son nada menos que antiguos soldados y oficiales de los servicios de inteligencia surcoreanos, precisamente lo que necesitan los verdaderos conocedores de la propaganda, aquellos que siempre están dispuestos a probar deliciosos matices y sabores del proceso de lavado de cerebro favorable al mercado y a Occidente.

Aunque casi todos saben de la propaganda norcoreana y de la falta de libertad y de democracia al norte del paralelo 38, se sabe muy poco, por lo menos en Occidente, sobre la brutalidad de antiguos regímenes surcoreanos: sus elecciones fraudulentas, su agresiva propaganda anti-izquierdista, su corrupción, sus campañas de terror e intimidación, la tortura y los asesinatos políticos. Poco se recuerda de la brutalidad de las fuerzas de USA durante la Guerra de Corea, incluyendo las matanzas de población civil. La Guerra de Vietnam eclipsó el terrible capítulo anterior de la Guerra Fría que tuvo lugar en la península coreana.

En 2006, mientras escribía mi libro sobre la intervención en Asia-Pacífico, volví a visitar una vez más la DMZ y el «Área Conjunta de Seguridad» en Panmunjom; con el vehículo de la «Asociación Coreana de Veteranos» y con el señor Kim como guía. Después de separarme de 100 dólares, me fueron a buscar a mi hotel en un furgón, y luego me transfirieron a un autobús más grande en el Hotel Sofitel en el centro de Seúl. Un día antes de mi partida recibí el mensaje usual y la advertencia:

«HAGA EL FAVOR DE TENER EN CUENTA,» decía el panfleto: «No se permite ropa casual como vaqueros y sandalias en el área del tour. Tampoco se permiten cabellos desgreñados o despeinados. NO HAY QUE TOCAR ningún equipo, micrófonos o banderas pertenecientes al lado comunista en la sala de conferencias MAC [siglas en inglés de Comisión Militar de Armisticio]. No hable con, haga gestos hacia o de ninguna manera, se acerque o reaccione ante, personal del otro lado. No se permite consumo de alcohol antes o durante el viaje.»

En la mañana me puse pantalones negros de aspecto impecable, corté mi barba, y cargué mi cámara. Después de examinar mi aspecto en el espejo llegué a la conclusión de que a pesar de algunos defectos en mi apariencia que estaban fuera de mi control, me veía adecuado para representar el mundo afluente de la democracia, la libertad y las oportunidades económicas. Mis pensamientos íntimos siguieron estando bien ocultos y a menos que alguien me obligara a pasar por una prueba en el detector de mentiras, difícilmente corría peligro de que mi presencia en la frontera más militarizada del mundo provocara disturbios y embarazos a mis anfitriones surcoreanos. Armado de mi ordenador portátil, cámara y del pasaporte USamericano dejé el hotel, anticipando una nueva aventura surreal.

El gran autobús partió lenta y majestuosamente del centro de Seúl. El señor Kim, nuestro guía, excedió todas mis expectativas. Resumió la maldad del imperio norcoreano, subrayó el gran poder económico, moral y democrático del Sur, luego nos advirtió que tuviéramos cuidado, «mucho cuidado» cuando encontráramos a norcoreanos en la frontera. «Y no hagan ningún movimiento inesperado o brusco. No se aparten de los senderos: la frontera es un campo de minas. Tomen fotos sólo cuando se lo diga. ¡No hablen con los guardias norcoreanos! ¡Pásenlo bien!»

Sobre el respaldo de mi asiento, encontré un folleto impreso por la Asociación Coreana de Veteranos. En la primera plana, sonreía hacia Corea del Norte una pareja occidental de mediana edad (mostrando dientes perfectos y falsos). Como se debía, no apuntaban sus dedos hacia nada. La mujer apuntaba sus gafas de sol de diseñador sujetos con dedos bien manicurados, un hombre – que se veía como si acabara de ganar un Jaguar nuevecito – apuntaba su pequeña cámara hacia el territorio del orgulloso miembro del «Eje del mal».

«… Y nuestro cercano y fiable aliado – los Estados Unidos de América – está siempre listos para defender nuestra libertad y democracia,» salió de los altavoces sujetos al techo del autobús. El señor Kim hacía evidentemente lo posible por educarnos. «Entre otras cosas, ustedes verán la Aldea de la Reunificación – sus habitantes no pagan impuestos. Cultivan uno de los mejores ginseng del mundo. Puente de la Reunificación… 700 mil soldados surcoreanos y USamericanos estacionados en la frontera: un 90% son coreanos, un 10% USamericanos… Ustedes son todos muy privilegiados: los ciudadanos coreanos tienen que solicitar esta visita entre 6 meses y un año por anticipado, y la mayoría no recibe permiso… Ustedes también verán Ballinger Camp…»

Una autopista perfecta de varios carriles corre por las riberas del río Han-gang. No había nada memorable a ninguno de sus lados. Casi desde la salida de Seúl, el poco de terreno entre la carretera y el río fue convertido en una tremenda fortificación de alambradas de púas «decorada» sólo con torres de vigilancia y otras instalaciones militares. Todo eso probablemente sólo por si los buzos militares norcoreanos decidieran invadir la Tierra Prometida.

Por la ventana del lado derecho del autobús se veían enormes bloques de departamentos de hormigón. Ciudades enteras hechas de los mismos proyectos habitacionales multipisos. Apenas podía seguir los números: Bloque 23, Bloque 78, y así sigue. El majestuoso río Han-gang, soldados e interminables alambradas por un lado; hormigón y proyectos habitacionales de apariencia idéntica por el otro. Me preguntaba cuál parte de Corea comenzó primero con este tipo de planificación urbana.

El autobús entró a «Freedom Road» [Carretera de la Libertad] y después de unos pocos kilómetros se detuvo en un aparcamiento cerca de «Freedom Bridge» [Puente de la Libertad]. Ahí estaba la última estación ferroviaria surcoreana, después de la cual los rieles continúan hacia el Norte y hacia el propio puente, decorado con los desgarradores mensajes de papel escritos por coreanos de a pie y colocados sobre la estructura de metal: sobre todo deseos de ver, aunque sea sólo una vez más, a sus familias al otro lado de la frontera.

El autobús continúa, esta vez hacia el puente Tongil y el puesto de control. Entramos a la «zona prohibida», el sitio más militarizado del mundo, la «Zona Desmilitarizada».

Los estallidos del señor Kim se intensificaban. Comenzó a mezclar ataques contra el Estado norcoreano con humor de pacotilla. «¿Por qué tenemos todavía tantos soldados USamericanos aquí? ¿Qué pensáis? Porque nos protegen. ¡Y porque no queremos gastar más dinero por nuestra propia defensa!» Se reía de sus propios chistes, pero sólo él. Los visitantes extranjeros en el autobús guardaban silencio. La vista a través de las ventanas obviamente los abrumaba – especialmente a aquellos que venían por primera vez.

Había por todas partes alambradas de púas y camiones militares transitando por la ruta en ambas direcciones. Todo parecía irreal e inquietante, incluyendo la Aldea de la Libertad que cultiva ginseng, una pequeña villoría separada del resto del mundo, que sobrevive en medio de los campos de minas y de armas de alta tecnología bien ocultas.

El área parecía pacífica, casi serena. No se veían armas pesadas: todo está oculto bajo tierra. Debe haber habido decenas de miles de tanques, búnkeres camuflados, silos de artillería y de misiles así como armas de gas paralizante y armas biológicas concentrados en los alrededores, pero desde nuestro ángulo de visión, sólo había majestuosas aves migratorias volando sobre las ondulantes colinas.

La Zona Desmilitarizada Coreana (DMZ) es sólo una franja de tierra – de aproximadamente 248 kilómetros de largo por 4 kilómetros de ancho, que corta a través la península coreana y sirve como una zona divisoria entre el Norte y el Sur.

El bus pasó por el campo militar Bonifas y concluyó su viaje en el aparcamiento de la JSA (siglas en inglés de Área Conjunta de Seguridad) en el campo Ballinger. Nuestros pasaportes fueron revisados de nuevo y luego tuvimos que asistir a una sesión informativa. Otra lista de reglas, nos metieron a la fuerza otro estallido interminable de propaganda. Soldados USamericanos y coreanos patrullaban lado a lado, dentro de la sala de información y por la calle.

«El ejército de USA tiene un campo de golf aquí,» explicó el señor Kim mientras subíamos a otro autobús, esta vez militar, con dos soldados dentro. «Lo divertido es que tiene un solo hoyo y está rodeado por el campo de minas.» Se rió fuerte, pero de nuevo no logró reacción alguna. Se me ocurrió que había un cierto parecido entre el señor Kim y el sistema de anuncios prerregistrado sobre las escaleras móviles en muchas grandes tiendas japonesas: la descarga verbal era interminable.

Y luego apareció frente a nosotros: la «aldea del armisticio» – Panmunjom – el único sitio en el que se conecta el Norte y el Sur. Se llama JSA, con varios edificios a ambos lados y algunas construidas directamente sobre la MDL (siglas en inglés de Línea Militar de Demarcación). Es donde han tenido lugar negociaciones entre los dos lados desde 1953.

Nos obligaron a visitar la «Casa de la Libertad.» un monstruoso establecimiento de propaganda hecho de vidrio y acero. Desde allí, el centro norcoreano de información (Pabellón Panmun-gak) está a menos de 100 metros. En teoría, podía haber cruzado directamente al lado norcoreano y haber visitado su centro. Podría haberme desplazado, mientras permaneciera en la JSA. No me impidieron entrar los norcoreanos: me lo impidió la enérgica voz militar del señor Kim, mi guía y quién sabe qué diablos más puede haber sido.

En lugar de ir al Norte, de nuevo me bombardearon con historias sobre el extraño «Incidente de la tala del árbol» de 1976, sobre el tiroteo que siguió a la defección al Sur de un diplomático soviético durante la Guerra Fría, sobre largos túneles que fueron cavados por militares norcoreanos (no eran enteramente mentiras, sino medias verdades manipuladas).

En un cierto momento sentí que ya no podía seguir aguantando al señor Kim. Me le acerqué en la terraza de observación, a sólo unos pocos metros de Corea del Norte y le pregunté públicamente, ante los soldados y los visitantes: «Señor Kim, ¿podría hacer el favor de hablarnos del incidente que tuvo que ver con el soldado de USA que desertó de aquí hacia el Norte en 1983?» El señor Kim me mira, incrédulo, y sólo puedo adivinar lo que me habría ocurrido si me hubiera atrevido a desafiarlo en los días de la dictadura militar. «Usted debe estar mal de la cabeza, joven,» replicó en un tono condescendiente. «¿Por qué iba a desertar un USamericano al norte comunista? Nunca ocurrió nada parecido.»

Finalmente me permitieron entrar al barracón en el que tienen lugar las negociaciones entre el Norte y el Sur. La línea de demarcación – la frontera – pasa por el centro de la mesa. Pasé alrededor de la mesa, entrando a Corea del Norte desde el punto de vista técnico.

Soldados surcoreanos montan guardia dentro y fuera de los barracones. Los que fueron seleccionados para servir en el área son enormes – probablemente de dos metros de alto.

Los adversarios norcoreanos de la última cinta de James Bond se habrían visto como enanos en comparación. Después de estudiarlos de cerca, llegué a la conclusión que después de todo los soldados surcoreanos eran seres humanos, hechos de carne y hueso, aunque habían sido entrenados para que mantuvieran quietos, sin el menor movimiento, creando la impresión de que estuvieran hechos de cera. No movían ni un músculo. Caras sin expresión, decoradas con gafas para el sol con grandes monturas, que los hacían parecer matones mafiosos o algo así, en algún burdel exclusivo. Fuera de los barracones, los soldados estaban parados con sus piernas abiertas en un ángulo antinatural, sólo la mitad de sus caras enfrentaba al enemigo, la otra mitad enfrentaba la esquina del muro.

Al otro lado, soldados norcoreanos de aspecto solitario parecían modestos en comparación y de alguna manera, humanos, y sus uniformes de estilo soviético, lejos de ser decorativos. Enfrentaban directamente a sus adversarios, no el muro del barracón.

Parado por un rato en el campo norcoreano, me di cuenta de lo poco que sé sobre este sitio. Sólo lo que me dejan saber informes amañados y limitados de los medios dominantes. ¿Cuál es la situación, cómo es la vida a sólo unos pocos kilómetros de aquí? Probablemente no es buena; lo más probable es que no sea nada de buena. Y no puedo conseguir una visa y simplemente ir a verlo.

Pero después de la guerra, Corea del Norte competía exitosamente con el Sur. Durante bastante tiempo fue más rica, más próspera. Entonces se derrumbó el bloque del Este y fue abandonada, apoyada sólo con poco entusiasmo por su vecino: China. Aislada y paranoica (no siempre sin motivo, como lo evidencia la historia), se convirtió en un Estado ermita, objetivo de la victoriosa propaganda occidental: «¿Comunismo? Basta con mirar Corea del Norte, ésa es la alternativa a nuestra sociedad libre.»

Según Timewatch de la BBC: «Más de un millón de civiles murieron durante la Guerra de Corea en 1950 y nadie sabe cuántos de ellos fueron muertos por las fuerzas USamericanas. Pocos dudan de que las fuerzas de USA cometieron atrocidades en Corea, aunque el Pentágono niega la responsabilidad oficial por uno de los peores incidentes de la guerra: la frenética matanza de civiles en los túneles de ferrocarril No Gun Ri.»

Japón, que ocupó brutalmente la península coreana durante gran parte de la primera mitad del Siglo XX, re-emergió como potencia económica e industrial de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, después de un apoyo indiscutible a USA durante la Guerra de Corea.

La guerra y la matanza de civiles coreanos por soldados de USA es sólo un capítulo atroz de la historia coreana moderna. Los regímenes surcoreanos de la posguerra fueron brutales en extremo, oprimiendo a la oposición y al disenso, utilizando el asesinato, la intimidación y la propaganda como sus instrumentos.

Nuestro autobús se detuvo brevemente en el «Puente sin Retorno,» un paso de frontera abandonado. De nuevo, Corea del Norte estaba sólo a unos metros. «Miren la ‘Aldea de Propaganda» al otro lado,’ dijo el señor Kim. «Pueden ver las casas, pero nadie vive allí. Es sólo propaganda. ¡Pro-pa-gan-da! Y ese mástil con la bandera norcoreana: es el mástil más alto del mundo. 157,5 metros de alto. Nosotros construimos nuestro mástil de 98,4 en los años ochenta y ellos pensaron que tenían que tener el más alto del mundo.» Produjo una risa seca y sarcástica.

De nuevo, la tierra de nadie entre las dos Coreas parece serena y calma. Campos verdes y una ligera bruma agradaban la vista, así como grandes pájaros que volaban sobre nuestras cabezas.

«Al diablo con el mástil,» pensé. «¿Qué hacía usted en los años setenta, durante la dictadura de Park, señor Kim? ¿Estaba aplastando testículos, violando, torturando a estudiantes?»

«Y ahora,» dijo el señor Kim, sonriendo feliz, «¡Aplaudamos a nuestros heroicos soldados, tanto coreanos como USamericanos!» Nos acercábamos al campo Ballinger. «Aquí no podéis tomar fotos, pero podéis comprar y para terminar… ¡Para terminar podéis tomar un trago!»

Después de varios puntos de control y algunos kilómetros de carreteras militares, tuvimos un embotellamiento de tráfico durante todo el viaje hasta Seúl. Tráfico y alambradas de púas, esta vez al lado derecho. Y el interminable océano de bloques de departamentos de hormigón a la izquierda, mientras nos acercábamos a la capital.

«Vengan a vernos de nuevo,» dijo el señor Kim, separándose del grupo. Al otro lado de la calle, manifestantes hacían resonar la «Internacional» en coreano desde enormes altavoces negros colocados directamente sobre la acera frente a algún edificio de oficinas.

Dos días después visité el verdadero centro, un pináculo de la propaganda surcoreana, ubicado a poca distancia a pie de mi hotel: el inmenso edificio del «Memorial de la Guerra» rodeado por un parque público repleto de cañones, aviones B-52, aviones jet de caza y tanques. Cientos de niños trepaban sobre el equipo militar y sobre las estatuas de soldados al ataque de aspecto vil. Había interminables exhibiciones que mostraban a heroicos soldados surcoreanos en épicas batallas contra el Norte. Y algunas exposiciones de la Guerra de Vietnam, en la que Corea del Sur participó al lado de su titiritero.

Traté de pensar en alguna institución de tamaño semejante en alguna parte del mundo: una institución dedicada exclusivamente a la propagada, pero no pude. En ninguna parte, ni siquiera en la Unión Soviética.

Pero ya basta, en vez de desperdiciar papel sobre pensamientos que definitivamente no están de moda hoy en día. O tal vez, no debiera detenerme, y en lugar de hacerlo, tratar de analizar algún día el impacto que el pasado de Corea del Sur y de USA tuvieron en la formación de la Corea del Norte actual, obligándola a convertirse en un Estado aislado y paranoico.

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Andre Vltchek: novelista, periodista y cineasta, asociado principal del Instituto Oakland y co-fundador de Mainstay Press (www.mainstaypress.org), nueva editorial de ficción política. Sus últimos libros incluyen una novela: «Point of No Return» y «Western Terror: From Potosi to Baghdad», una compilación de ensayos políticos. Actualmente vive y trabaja en el Sudeste Asiático y el Pacífico Sur y se le puede escribir a: [email protected]

http://www.zmag.org/sustainers/content/2006-11/18vltchek.cfm

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