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Laos

Resiliencia frente al genocidio

Fuentes: cluborlov.blogspot.com

Esta semana presentamos un artículo de Jason Heppenstall, un escritor de viajes. Ha escrito sobre sus experiencias en una pequeña aldea ribereña en el país más pobre y más duramente bombardeado de la Tierra, mostrándonos cómo su gente ha sobrevivido y se ha recuperado, con su cultura tradicional intacta. «La Guerra Secreta en Laos sigue […]

Esta semana presentamos un artículo de Jason Heppenstall, un escritor de viajes. Ha escrito sobre sus experiencias en una pequeña aldea ribereña en el país más pobre y más duramente bombardeado de la Tierra, mostrándonos cómo su gente ha sobrevivido y se ha recuperado, con su cultura tradicional intacta.

«La Guerra Secreta en Laos sigue siendo uno de los episodios más vergonzosos del siglo XX. El columnista del New York Times Anthony Lewis lo llamaba «… el episodio más abominable de crueldad ilícita en la historia de los EEUU». Durante seis años hubo un apagón informativo que impidió que los estadounidenses supiesen que su gobierno, tanto Republicanos como Demócratas, estaba lanzando bombas sobre objetivos civiles en Laos. Cuando las noticias finalmente se filtraron, muchos estadounidenses se indignaron con lo que se había hecho en su nombre. Pero para entonces era demasiado tarde y 2,1 millones de toneladas de explosivos de alta potencia se habían lanzado sobre las aldeas, granjas, templos y escuelas de este país budista neutral. Laos había sido declarado neutral en Ginebra y aunque los EEUU querían perseguir a los luchadores vietnamitas dentro del país, no podían hacerlo sin violar el derecho internacional. El rodeo consistió en el uso de bombarderos cuyos pilotos, llamados en código «Cuervos», despegaban de bases en los países vecinos.»

«Este nuevo tipo de guerra recibió el apodo de «guerra automática» en el sentido que se basaba solamente en tecnología y poder, con un mínimo riesgo para el personal de servicio. Se convertiría en un modelo para las guerras futuras, más recientemente usando drones, y se denominó el «Modelo Laos». Las aldeas eran bombardeadas porque eran los únicos objetivos visibles para los pilotos, y la población local se veía obligada a huir a los bosques, saliendo de noche para cultivar sus tierras. Como el bombardeo era secreto, no había necesidad de frenos, por lo que áreas enteras fueron reducidas a cenizas. Una vez las aldeas habían sido destruidas, los búfalos, los caballos y otros animales domésticos se convirtieron en los nuevos objetivos, y los granjeros eran ametrallados cuando huían de sus campos. Como los aldeanos se escondían en los bosques, los aviones llegaron y rociaron con defoliantes para matar a los árboles. El único lugar que quedaba para ocultarse eran las cuevas que plagaban el paisaje kárstico calizo de Laos, pero estas se convirtieron también en objetivo de los misiles guiados por láser de los ases aéreos. Una vez se agotaron todas estas opciones, no había nada más que los aldeanos pudiesen hacer que coger el camino al sur y convertirse en refugiados en los campos establecidos alrededor de la capital, donde esperaron el final de la guerra y el retorno a sus campos y bosques.»

Se lanzaron tantas bombas sobre Laos que los proyectiles sin explotar (con su carga explosiva extraida), el tipo más común de chatarra metálica disponible en este país subdesarrollado, no industrial, se han convertido en parte del paisaje.

«Enormes carcasas de acero se utilizaron para apuntalar las casas o como pasarelas sobre alcantarillas, o como comederos para cerdos… Otras bombas se utilizaron como macetas y crecían flores en ellas. Pero estas eran las bombas seguras -las que se habían desactivado con éxito y se habían convertido en chatarra útil-. La mayor parte de las tiendas y las cantinas de fideos en la aldea tenían, en alguna pared, un conjunto de tres o cuatro carteles que explicaban en forma de cómic qué hacer al encontrar una bomba sin explotar. Las figuras en los carteles aparecen cultivando campos con búfalos, trabajando la tierra con azada, plantando arroz, lavando en corrientes y desenterrando plantas. En cada uno de estos ambientes aparece un proyectil no explosionado. Un dibujo mostraba un granjero intentanto desactivar uno, y en la siguiente viñeta describía una espectacular explosión con una de las manos del hombre volando, un glóbulo ocular ensangrentado, completándose con chorros disparados hacia el cielo desde su cabeza. Todos los niños de la aldea sabían qué hacer con los proyectiles no explosionados, de la misma forma que a los niños en Inglaterra se les hace aprender el Código de Cruz Verde para cruzar con seguridad las carreteras. Salirse de las sendas en las colinas de alrededor está estríctamente prohibido, al menos a los falangs (extranjeros). Por desgracia para la gente de Laos los proyectiles no explosionados siguen siendo una amenaza diaria, y unos 20.000 han muerto desde que volvieron a sus aldeas tras los bombardeos. Muchos de ellos son niños, y mientras escribía este artículo en abril de 2014, vi noticias de dos niños muertos por municiones sin explotar. Los registros de bombardeos indican que 8.470 kilómetros cuadrados se bombardearon en alfombra y que se lanzaron alrededor de 280 millones de bombas de racimo, diseñadas para mutilar más que para matar… Las bombas estaban por todas partes. Durante varios años los bombarderos bombardearon en alfombra el área alrededor de Muang Ngoi. Muchas de las bombas que lanzaron eran enormes y las cicatrices en las laderas de algunos de los picos de caliza cercanos eran todavía visibles, aunque ahora estaban parcialmente cubiertos por arbustos y árboles.»

«Si una comunidad pudo hacer equipamiento de cocina de las bombas enviadas para matarlos, empecé a preguntarme de qué más serían capaces los aldeanos de las regiones montañosas de Laos que les ha permitido a ellos y a su cultura desarrollarse más o menos intactos a pesar de todo lo que se les ha arrojado. Aparte de las anteriormente mencionadas barreras geográficas (una ventaja bastante considerable si uno quiere sobrevivir a una masacre cultural) la gente de Laos también disfruta de otro beneficio que las circunstancias les ha otorgado: pobreza relativa. Con unos terrenos demasiado montañosos para construir campos de golf y hoteles de lujo, y lo suficientemente lejos de los inspectores de hacienda y otros burócratas que quisieran imponerles reformas dirigidas de arriba abajo, los locales están más o menos abandonados a sí mismos para seguir con su vida tal como han hecho durante siglos. Para hacerlo, por supuesto, tienen que pedirle poco al sistema exterior -que quieren evitar a todo coste- y aquí también tienen suerte porque se pueden apoyar en su riqueza cultural, la mayor parte de la cual permanece intacta. Los curanderos y curanderas saben qué plantas recoger en los bosques, qué hierbas cultivar en los proyectiles vaciados que les sirven de maceteros (los cuatro alerones estabilizadores son excelentes para mantener la «maceta» en pie), y, si las cosas van realmente mal, los chamanes de la aldea conocen toda una serie de elaboradas ceremonias para ayudar a prolongar la vida. La agricultura sigue proporcionando el sustento prácticamente de la misma forma que lo ha hecho durante siglos, con campos de arroz, búfalos de agua y cerdos y aves de corral vagabundeando.»

«Durante el tiempo que pasé allí empecé a desarrollar la idea que quizá la gente del Laos superior y medio son un ejemplo de humanidad viviendo en equilibrio con el medio ambiente. El tema de la ecología humana ha roto a su favor en los últimos años a medida que la era del petróleo barato ha seguido su curso, pero aquí seguramente tenemos un ejemplo de población que vive como una parte dinámica de su medio ambiente sin destruirlo. Los ríos se mantienen limpios, los bosques están básicamente intactos. Las enfermedades, los desastres naturales y la guerra a pequeña escala mantienen a la población dentro de la capacidad de carga de la región. Y la gente ama la tierra. Fred Branfman realizó entrevistas a refugiados que huían de los bombardeos, publicadas en su libro Voces de la llanura de Jars [ Voices From the Plain of Jars], y una y otra vez el tema recurrente entre los supervivientes era que habían dejado lo que para ellos era el paraíso y no podían esperar a volver. Nadie quería vivir en la ciudad o hacerse rico. Todo lo que deseaban era la oportunidad de cultivar sus campos, volver a sus aldeas y vivir entre sus familiares.»

«… Nunca encontré a nadie en Laos que pareciese albergar resentimiento o ira. Quizá era una forma de seguir cuerdos, escogiendo no vivir emociones negativas y en su lugar dejar atrás el pasado. En realidad, esto permitía atisbar la profunda fortaleza interior de este pueblo: seguramente una estrategia inestimable frente a circunstancias abrumadoras. Esta es otra: los laosianos en general parecían desilusionados con nuestra idea de trabajar más de lo absolutamente necesario. Tradicionalmente, los granjeros de Laos cultivan solo una cosecha de arroz al año, aunque son posibles dos incluso sin fertilizantes químicos, y se pasan el resto del año relajándose».

«Esta ambivalencia frente a la participación en un sistema que promete mucho pero entrega poco puede ser una salvación para la subsistencia tradicional de los campesinos de Laos. En un momento de la historia humana en la que el paradigma moderno -poner el caballo del crecimiento económico antes que la carreta de la integridad medioambiental- está sufriendo una muerte desordenada, el campesino de subsistencia laosiano seguramente tiene mucha mejor baza en el juego que el más devoto permaculturista occidental. La integridad cultural seguramente interpreta su papel. El vestido tradicional todavía se utiliza en muchas aldeas y hay formas de arte distintivas, como formas de bordado o batik, que ayudan a identificar el carácter único y la individualidad de cada tribu o región.»

Cuando leía las descripciones de estas diversas tribus que nos proporciona Jason, podía reconocer muchos de los rasgos esenciales de comunidades que permanecen -ausencia de dinero, finanzas y tierra como propiedad, rechazo a trabajar por un salario, un sistema informal de gobernanza, códigos de conducta no escritos, falta de divisiones artificiales entre trabajo, juego y educación, y muchas otras-. Estos rasgos culturales les han permitido sobrevivir como sociedad y volver a sus formas originarias tras la campaña de bombardeo en alfombra de los estadounidenses. Pero, ¿podrán sobrevivir al juggernaut económico chino? Por su bien, todo lo que podemos esperar es que este se asfixie en sus propios humos y sacudidas hasta detenerse lo suficientemente pronto.

«Los laosianos tienen una gran ventaja sobre sus vecinos en, digamos, Tailandia, que se lo jugó todo al turbocapitalismo hace unas décadas. Todavía existe una cierta cantidad de resiliencia en Laos, y como los laosianos pueden todavía sobrevivir sin aire acondicionado, alimentos refrigerados y autopistas de ocho carriles abarrotadas de SUVs, pueden tener una ventaja clave sobre otros para los que estas cosas se han vuelto necesidades. La inmensa mayoría del dinero invertido en Laos viene de China, y no es difícil prever que la gigantesca burbuja crediticia de China -que ha llegado a los 23 billones de dólares en 2014- estallará de mala manera y provocará una miseria indecible a sus ciudadanos y a los de los otros «tigres» asiáticos. Cuando lo haga, y el Mundo Feliz que los economistas y los políticos han prometido acabe en todo lo contrario, ¿preferirías vivir en el piso 20 de un bloque de apartamentos en una ciudad china o en una cabaña de bambú de una aldea en los bosques laosianos?»

«El pueblo de Laos ha sufrido más que la mayoría a manos de sus agresores y sin embargo han conseguido, en gran parte, persistir en su forma de hacer las cosas. Alguna gente que se ve a sí misma como liberal en el mundo occidental está horrorizada por las prácticas «atrasadas» de algunas de las comunidades tribales más remotas. Pero eso es solo ruido. Lo que realmente importa es el hecho de que los laosianos han conseguido sobrevivir durante tanto tiempo y en un periodo tumultuoso de la historia moderna. Si serán capaces o no de hacerlo en los próximos años y décadas sigue siendo un tema a debate, y duele a aquellos que se han permitido quedar encantados por esta colección de pueblos de voz tranquila que han sufrido largamente, verlos alineados para su asimilación y para entrar en las fauces abiertas del capitalismo del siglo XXI. Quizá todo lo que podemos hacer es observar esta colección diversa de culturas con respeto, ganar sabiduría haciéndolo y tener la esperanza de que puedan continuar mucho tiempo más en el futuro.»

Fuente original: http://cluborlov.blogspot.com/2014/05/resilience-in-face-of-genocide_13.html