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Jaulas doradas

Riqueza y miseria en el altiplano peruano

Fuentes: Zmag

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

«Chiquito, chiquito, chiquito…» dice suavemente, meneando su cabeza mientras describe lo increíblemente pequeño que se ve el avión en el cielo desde la tierra fértil sobre la que se encuentra. Pero doña María, una quechua de no más de 1,50 m de alto, debiera estar pensando en otras cosas. Haciendo cola durante horas ante la amenazante prisión Huacariz en una parte remota de Cajamarca en el norte de Perú, esta mujer de piel oscura con largas trenzas negras está demasiado azorada para mencionar que su hijo está encarcelado por un delito de menor cuantía en un país en el que la mitad de la población sobrevive con menos de dos dólares al día. Pero doña María habla de la verdadera burla en el corazón quebrantado de Cajamarca: la segunda mina de oro por su tamaño del planeta. Una sociedad conjunta operada por intereses privados USamericanos y peruanos, junto con una mano siempre atenta del Banco Mundial, la mina Yanacocha, de 89 kilómetros cuadrados, ha producido para los socios 7.000 millones de dólares en oro, y suma y sigue. Según Newmont Mining Corporation, basada en Denver, USA, que posee más de la mitad de la mina, Yanacocha tiene «importantes reservas, alta producción y bajos costos.» Pero son la tierra y la gente de Cajamarca los que absorben los costos reales de la sobre-producción de Newmont: cianuro y mercurio diluidos han contaminado el aire, la tierra y el agua, causando muerte y enfermedades a los peces, los animales y los seres humanos.

Doña María apunta con sus manos curtidas y mira hacia la imagen perfecta de las blancas nubes que parecen colgar del telón de fondo del cielo azul. «Ese avión, es tan pequeño,» dice. «Se lleva nuestro oro… y nos trae a todos nuestra miseria.»

Jaulas del pasado

Cajamarca está plagada por el escabroso recuerdo de metales preciosos robados. Aquí tuvo lugar un encuentro entre el conquistador español Francisco Pizarro y el Sapa Inca Atahualpa que cambió para siempre la suerte del Tawantin Suyu [En quechua: los cuatro suyos es su conjunto, el cuarteto de suyos: el Imperio Inca], y al hacerlo, selló para siempre el destino de lo que llegó a ser conocido como Latinoamérica.

Era el año 1532. Más de una década antes, y a 4.800 kilómetros al norte, Moctezuma ya había sido capturado por Hernán Cortés y enfrentaba su muerte en Tenochtitlan. Los españoles entonces volvieron su mirada y su codicia hacia el sur, e hicieron planes para asegurar la caída de otro imperio. El padre emperador de Atahualpa, Huayna Capac, ya había caído ante las estocadas invisibles de la viruela contraída de otros conquistadores en la actual Colombia. Sin heredero aparente del imperio más poderoso del continente, Atahualpa se batió contra su hermanastro Huáscar por lograr el control y, con precisión estratégica y una masiva fuerza militar, venció cómodamente. Atahualpa y unos 80.000 soldados dedicados, algunos de los cuales pueden haberse confiado confortablemente en sus laureles marciales junto con malos consejos, volvían a Cajamarca de Cuzco cuando fueron atrapados por Pizarro y 168 soldados españoles. Las lanzas y las flechas apuntadas y disparadas con precisión experta no estuvieron a la altura de los cañones y las pesadas armaduras españolas: hasta 7.000 soldados murieron en una batalla que duró menos de una hora. Ni uno solo era español.

Capturado, Atahualpa comenzó a negociar su liberación, basada en los rumores erróneos de que los españoles sólo buscaban oro y plata, cuando en realidad querían adquirir aún más riquezas, tierra, esclavos y súbditos para su insaciable cruzada de dominación. A cambio de su vida, Atahualpa ofreció llenar una vez un aposento –de siete metros de largo por cinco de ancho – de oro y dos veces con plata. Pizarro estuvo de acuerdo y los dos hombres firmaron un contrato con los detalles. Durante meses, la gente de Atahualpa en Cuzco despojó sus casas de oro y plata, que fueron llevados por incansables mensajeros que corrieron los 1.600 kilómetros andinos al norte de las cuatro carreteras establecidas, llegando finalmente a Cajamarca para depositar los pesados bienes. Sólo por su peso, el rescate equivaldría actualmente a unos 100 millones de dólares. Pero los elaborados diseños y dibujos que agraciaban a esos templos y hogares no tenían valor para los españoles que fundieron los metales rápidamente, destruyendo para siempre su significado y dejando atrás sólo los burdos indicios de la historia con los que tenemos que vivir. Abundan las anécdotas, pero el resto es historia: una, escrita y difundida por los españoles, la otra registrada y contada hoy por descendientes indígenas como doña María que pueblan este país – este país que todavía significa riqueza para los pocos y pobreza para los más. Lo que queda claro es que después de recibir el mayor rescate pagado en la historia documentada, Pizarro rompió su compromiso. Atahualpa, encerrado en una jaula dorada con lo que debe haber parecido una cantidad infinita de oro, fue ejecutado a pesar de todo.

Jaulas del presente

Después de hacer cola durante dos horas, doña María está cansada. Entrar a la prisión Huacariz es rendirse ante un juego prolongado de paciencia, silencio y suerte. Hay varios puntos de control en una sola fila en los que uno puede ser acribillado con exigencias que van desde cuáles son las razones para la visita, hasta cacheos desnudos antes de entrar a la prisión, como parte de los controles de seguridad. No todos los reglamentos de las prisiones son así en Perú, pero ésta es especial porque alberga a la prisionera política Lori Berenson.

Podría decirse que Berenson abandonó su propia jaula dorada en USA para arriesgar sus creencias y su vida en la lucha por la dignidad común de la gente en Latinoamérica. Sin darse por satisfecha con la observación de movimientos por la justicia social, económica y política en los libros de estudio, Berenson dejó el prestigioso Massachusetts Institute of Technology (MIT) para trabajar con gente desplazada en la sangrienta guerra civil de El Salvador en 1990. Cuatro años después, partió a Perú para historiar para dos publicaciones basadas en USA la reacción gubernamental ante la abrumadora pobreza. Poco después, supo que su sentido de la solidaridad cambiaría para siempre su vida.

El 30 de noviembre de 1995, fue sacada a tirones de un autobús en Lima, la capital, acusada de ser miembro del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) y fue obligada a soportar una maratón de interrogatorios durante nueve días y nueve noches sin contar con apoyo legal. Le nombraron simbólicamente un abogado el 9 de diciembre de 1995 – al que no se permitió que le diera asistencia legal cuando tuvo que testificar durante 11 horas ante la sala especial para casos de terrorismo. Berenson tuvo que responder a preguntas, pero se le prohibió que presentara evidencia en su defensa o que contra interrogara a los testigos en su contra. Aquellos pocos primeras días en el sistema peruano se convertirían en la injusta norma bajo la cual Berenson fue juzgada y finalmente condenada.

A principios de enero de 1996, Berenson fue «juzgada» por traición (aunque no era ciudadana de Perú) por un tribunal militar con un juez encapuchado, pero no se le permitió que escuchara o viera el proceso judicial en su contra o siquiera que participara en su propia defensa. El trauma físico y psicológico que el Estado peruano le infligió a través de deplorables condiciones de encarcelamiento y un proceso judicial escalofriante son tan sorprendentes que compiten de cerca con los innecesarios sufrimientos que los prisioneros en Guantánamo enfrentan hoy en día a manos de USA. El 11 de enero de 1996, Berenson fue presentada a un juez encapuchado que leyó el veredicto y la sentencia mientras un soldado encapuchado apuntaba un arma a su cabeza. El juez afirmó que Berenson (que había pasado menos de un año en Perú cuando fue arrestada) no sólo era miembro, sino dirigente del MRTA, y que debía pasar el resto de su vida en una penitenciaria de máxima seguridad. Durante dos meses, el caso de Berenson fue apelado ante tres jueces encapuchados y finalmente ante un panel de cinco jueces. Ambas jurisdicciones confirmaron la sentencia original de cadena perpetua, sin posibilidad de libertad condicional.

Después de una prolongada y diligente campaña por la justicia, la convicción de Berenson por un tribunal militar fue revocada en 2000; sin embargo, fue obligada a permanecer en prisión mientras el Estado preparaba un nuevo juicio civil en su contra en 2001. Aunque el juicio civil no tuvo jueces encapuchados ni un proceso secreto, grupos internacionales de derechos humanos, junto con el Departamento de Estado de USA, señalaron que el nuevo juicio careció de normas justas, incluyendo que Berenson no fue considerada inocente hasta prueba de su culpabilidad por el fiscal – en cambio se exigió que convenciera al tribunal de su inocencia. Cuando finalmente se le permitió que se dirigiera al tribunal, argumentó que era inocente. Después de un breve receso, Berenson fue condenada al máximo, a una sentencia de 20 años por «colaborar» con el MRTA. Extrañamente, el tribunal civil condenó el juicio militar en su contra, y también la absolvió de ser miembro, militante o dirigente del MRTA. Aunque también se apeló su caso civil, su sentencia a 20 años fue confirmada. Mientras tanto, una serie de procesos en el sistema interamericano que comenzaron en 1998 terminaron por producir un resultado desconsolador: la Corte Interamericana de Derechos Humanos revocó la decisión por 7 a 0 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que denunció los procesos contra Berenson.

En la actualidad, después de cumplir casi 11 años de su sentencia, Berenson se dedica a trabajar en la panadería de la prisión, donde hace pasteles y panes que no amenazan a nadie. Por su propia decisión, comienza sus días a las 3 de la mañana y trabaja hasta las 6 de la tarde, siete días a la semana, para estar ocupada. Al acercarse los días de Navidad, Berenson pasa cada vez más tiempo en la panadería, preparando panes de Pascua llamados panetones. Su celda aislada y mohosa, tras un laberinto de muros sólidos y barras de hierro, alberga una pulcra biblioteca de libros y cartas, y la losa de hormigón que es su cama. Después de cumplir más de la mitad de su sentencia a 20 años, Berenson está feliz de ver a los visitantes que inevitablemente la ayudan en su turno diario de 15 horas en la panadería. Mientras pesa ingredientes, amasa la pasta y controla las temperaturas del horno, demuestra un profundo y pertinaz conocimiento de los acontecimientos de actualidad en el mundo, y un sentimiento a veces indiferente de la vida de todos los días en la prisión.

Después de haber abandonado los confines del norte y su opulencia, Berenson nunca hizo concesiones; nunca negoció su liberación, pero al igual que Atahualpa, su captura sirve a la expansión del poder y a la condena de las ideas. Y puede ser que todo prisionero tras esos muros sea político, como lo es cada ciudadano de la jaula dorada que es la ciudad de Cajamarca, obligada a soportar el peso de ser una persona pobre que vive en una tierra rica.

¿Futuro dorado?

Como la mayoría de los quechuas en la región, jóvenes y viejos, doña María lleva en su interior un vasto conocimiento de los acontecimientos pasados y presentes, y comprende las contradicciones de un futuro incierto. Yanacocha, la masiva mina cuyos vuelos dice que se llevan todo el oro y traen toda la miseria, representa un nuevo mercado que ha enjaulado la economía local – y mientras mucha gente quisiera verla clausurada para siempre, muchos se preguntan cómo llegarían a mantenerse sin ella. Atahualpa también debe haber considerado contradicciones, cuando, en un último esfuerzo por evitar una ejecución segura, se convirtió al cristianismo, la religión y el símbolo de algo a lo que se había resistido durante mucho tiempo. La gente a la que ordenó que despojara sus templos hace casi 500 años, debe haberse preguntado asimismo, lo que traería su nuevo futuro privado de cultura y costumbres tradicionales. En la actualidad, son sus descendientes los que viven con los penosos legados del colonialismo y de la continua expropiación por compañías extranjeras como Newmont Mining Corporation.

Y tenemos a Lori Berenson, la combatiente que sigue leyendo, escribiendo y horneando para pasar el tiempo en la prisión Huacariz, aislada con sus pensamientos, viviendo junto a la mina de oro más lucrativa del mundo. Su caso personal sigue siendo tan confuso como el futuro de Perú. Mientras su padre, Mark, trata de impulsar a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas a considerar el caso, Lori le recuerda que la última vez que tomó una decisión sobre su caso en 1998, fue ignorada por el presidente de aquel entonces, Alberto Fujimori.

Aunque Mark está en desacuerdo con su hija y cree que es más probable que el actual gobierno respete la decisión de un organismo internacional, Lori también le recuerda que el proceso mismo podría tardar hasta cuatro años – para cuando ella podría ser liberada si le otorgan la libertad condicional. Berenson ha sido una prisionera modelo, pero renombrada, y tiene motivos para creer que la presión política la mantendrá tras las barras durante todo el período de 20 años. Incluso si le dan la libertad condicional, como han hecho con otros presos políticos en los últimos años, sus acciones serán controladas de cerca y esperarán que permanezca en Perú durante cinco años. Y aunque el gobierno de USA prometió en el pasado que protegería sus derechos de ciudadana de USA, todavía tiene que ampliar una diligencia sobre la libertad condicional que ella ciertamente merece.

El futuro sigue siendo incierto, pero el control extranjero (sea por la corona española o por Newmont basada en Denver, USA) de vidas, recursos e ideas ha causado una cantidad impresionante de víctimas en Perú durante cinco siglos. Atahualpa y Lori Berenson son nombres que hemos llegado a conocer – pero hay innumerables otros que luchan por los derechos humanos básicos y la dignidad, y que han tenido que pagar con sus vidas por sus sueños comunes. Como dijo Berenson poco después de su arresto, ella «nunca dejará de amar, y nunca perderá la esperanza y la confianza en que habrá un nuevo día de justicia.» Esa justicia no podrá ser encontrada en una condena a 20 años, con o sin libertad condicional; podrá ser ignorada si la encuentra la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas; podrá ser perdida junto con los recursos que Newmont Mining roba a diario en Cajamarca; pero podrá hacerse real el día en que suficiente gente trabaje para imponerla. Encerrados en nuestros propios confines mentales, tendemos a olvidar fácilmente la historia, y a veces tendemos a repetirla antes de aprender a construir un nuevo futuro.

Con el sol que golpea a 3.000 metros de altura, doña María no debería estar haciendo cola para visitar a su hijo. Uno sabe que daría cualquier cosa en el mundo por su libertad – pero, junto con toda la gente de Cajamarca, la han privado de su oro. Hoy, debería estar gozando del tesoro de su país y de su agua, pero sabe demasiado bien que hasta una jaula dorada es una prisión.

Aura Bogado es la presentadora de Free Speech Radio News, un programa diario de noticias, independiente, y Coordinadora de Capacitación de KPFK Radio’s Voices of Tomorrow, un programa de capacitación mediática juvenil del sur de California. Para contactos, escriba a [email protected]

http://www.zmag.org/content/showarticle.cfm?SectionID=20&ItemID=11466