“Quien no quiera hablar de imperialismo debería guardar silencio también sobre la cuestión del fascismo” (Nicos Poulantzas)
La situación política actual está marcada por una crisis de la civilización capitalista como no se había visto desde la medianoche del siglo XX. Hace apenas 40 años de la crisis final del socialismo real y casi 35 del triunfalista fin de la Historia proclamado por un propagandista del Departamento de Estado, que supuestamente habría desembocado en una victoria perpetua, pacífica y feliz del capitalismo liberal, tras derrotar el totalitarismo fascista primero y comunista después.
En lugar de un momento Fukuyama, lo que estamos experimentando recientemente es una aceleración caótica de una crisis sistémica multidimensional del capitalismo, que hunde sus raíces en:
– Una explosión de las desigualdades sociales en y entre los países como consecuencia de la huida neoliberal hacia delante y una creciente crisis de los sistemas representativos y de los partidos tradicionales que han gestionado la vida política en todas las latitudes.
– El caos climático, la desertificación y el hundimiento acelerado de la biodiversidad, con repercusiones crecientes en la economía (inflación, destrucción de infraestructuras, etc.), la vida cotidiana (la salud pública: covid-19, problemas alimentarios, propagación del cáncer…) y la mentalidad de los pueblos (ascenso del irracionalismo y renovada obsesión por la decadencia que ya marcó el mundo de entreguerras).
– El retorno del fundamentalismo religioso, del tribalismo étnico y del nacionalismo esencialista y excluyente en un tiempo en el que la esperanza de cambiar el mundo y la vida en buena medida se ha eclipsado y en el que las identidades de clase y los proyectos de sociedad igualitarios se han erosionado enormemente.
– Un recrudecimiento de las tensiones geopolíticas en un marco de desorden hegemónico y de resurrección de imperialismos agresivos, militaristas y mesiánicos. Ya sea la “misión del hombre blanco” que proclamaba Kipling y que impregna la repugnante hipocresía europea ante el Gueto de Gaza (Bifo Berardi, 2023)… o bien el destino manifiesto invocado por los padres fundadores de las 13 colonias esclavistas de Norteamérica. A veces estas retóricas imperiales se envuelven también en los ropajes de la divina providencia: ya sea la tierra prometida del sionismo o la Santa Rusia que invoca el neozarismo de Putin.
Estas dinámicas vienen de lejos, sin embargo. La Gran Recesión de 2007-2009 y, posteriormente, la crisis covid entre 2020 y 2023 supusieron una radicalización de fenómenos como:
– El racismo.
– El populismo punitivo (guerras contra el narcotráfico, criminalización de la pobreza, amalgama de delincuencia e inmigración, deportación de sin papeles…).
– La guerra neoliberal contra los salarios, los derechos laborales y los impuestos al capital y las grandes fortunas.
– El asalto contra el derecho de huelga y manifestación.
En efecto, desde la Gran Recesión de 2008, verdadero punto de inflexión histórico, neoimperialismo y neofascismo se han convertido en el rasgo dominante de la situación política internacional (Mosquera, 2024). Estamos asistiendo a un aumento de las tensiones interimperialistas que eclosionan en dos momentos clave: el fin del idilio occidental con Putin desde que la OTAN cruzó el Rubicón al proclamar la futura integración de Ucrania y Georgia en la organización militar (Poch de Feliu, 2018); la teorización del famoso pivot to Asia por Obama y la proclamación de la República Popular China como enemigo público número uno de EE UU.
En estas líneas me propongo rastrear el origen de las tensiones interimperialistas actuales, tarea indispensable para orientarse con una perspectiva antiimperialista (Arcary, 2024) y ecosocialista que contribuya a reconstruir la esperanza, la imaginación programática y la movilización revolucionaria.
Imperialismos de ayer y de hoy
Sabemos que desde el Renacimiento se han erigido los sujetos políticos, sociales y económicos (Tilly, 1985) que han fraguado el sistema capitalista mundial y sus sucesivos modelos de acumulación (Arrighi, 1999): el Estado moderno –centralización del poder, desarrollo fiscal-burocrático, perfeccionamiento de la represión, promoción del mercantilismo (Anderson, 1979)– y la sucesión de empresas coloniales que han estructurado el saqueo extractivista (metalúrgico, monetario y más tarde fósil), la explotación del trabajo y el desarrollo del militarismo, el control social y la dominación ideológica (Sheidler, 2023).
La teoría marxista clásica del imperialismo (Katz, 2016) se remonta a finales del siglo XIX, en los tiempos de la II Internacional y sus debates, cuando ya el capital no se desarrollaba sólo en los intersticios de la sociedad feudal y absolutista (el capital mercantil que se desarrolló en las ciudades y las empresas coloniales) y en la financiación de las maquinarias bélicas de la época (el capital financiero), sino que había penetrado en la esfera productiva y alterado todas las relaciones sociales con la llegada del capitalismo industrial. El movimiento obrero de la época se dividía esencialmente por disputas acerca del rol civilizatorio o regresivo del colonialismo europeo durante el reparto de África y sobre la actitud que debería adoptar ante una previsible gran guerra imperialista en ciernes. Caracterizar el fenómeno imperialista y su conexión con el desarrollo del capitalismo como sistema mundial (Brewer, 1983) será fundamental para orientar la praxis socialista cuando la Belle époque europea tocaba a su fin y el bumerán del exterminismo y de la lógica infernal del militarismo estaba a punto de golpear al proletariado europeo con una brutalidad apocalíptica, que muy pocos eran capaces de imaginar en ese momento. Hilferding, Bujarin y Lenin insistirán en el peso de los monopolios, la fusión de capital industrial y bancario en un capital financiero apoyado por los Estados y en la exportación de capital al mundo colonial y semicolonial como clave de vuelta del fenómeno… Rosa Luxemburg se detendrá en el subconsumo en las metrópolis y la necesidad de abrir mercados al capital con la incorporación por la fuerza de nuevos ámbitos geográficos vírgenes (“economías naturales”) al sistema capitalista… Trotsky se centrará en los efectos del mercado mundial y la división internacional del trabajo para fundamentar su “política del desarrollo desigual y combinado”, base teórica de su hipótesis de la revolución permanente en la época imperialista, formulada tras el ensayo general de la Revolución rusa de 1905 (la revolución puede empezar en países atrasados engarzando objetivos democráticos y socialistas, se extenderá a nivel internacional, pero sólo podrá consumarse el socialismo tras una larga etapa histórica de revolución mundial). En cualquier caso, las conclusiones estratégicas de los y las grandes figuras del marxismo clásico serán compartidas: la lucha decidida contra el veneno chovinista y el militarismo que amenazaba la supervivencia misma de la civilización (Luxemburg), la idea central de que “el enemigo está en casa” (Liebknecht) y, más tarde, el horizonte de “transformar la guerra imperialista en revolución social” (Lenin).
Ya conocemos la barbarie que desató la crisis del modelo de acumulación británico, el caos que propiciaron las dos guerras mundiales y el aplastamiento fascista que sufrió la Europa de entreguerras (en gran medida contra la Revolución de Octubre y el movimiento comunista internacional), así como la catástrofe del estalinismo (que desprestigiará radicalmente desde entonces el ideal comunista). No obstante, la existencia de la URSS al menos contribuyó decisivamente a la derrota nazifascista en la guerra imperialista de 1939-1945 (Mandel, 2014). En este sentido, todas las teorías marxistas del imperialismo tienen en común la consideración de que tiene tres grandes dimensiones: una económica –extrae riqueza material y valor de las periferias que dirige hacia los grandes centros imperialistas–, política –construye un poder capaz de aplastar las amenazas subversivas que surjan desde abajo y desde los márgenes– y otra geopolítica –muestra las rivalidades entre las distintas potencias y las luchas por la hegemonía mundial– (Callinicos, 2005).
El mundo bipolar de la Guerra Fría transformó profundamente el imperialismo capitalista con el afianzamiento del modelo de acumulación estadounidense, ya que en la esfera bélica no han vuelto a ocurrir conflagraciones interimperialistas, en la económica se ha producido una creciente mundialización del capital (con las corporaciones transnacionales) y en la política se ha dado una gestión colectiva conjunta de los intereses mundiales capitalistas (Katz, 2023) mediante una arquitectura institucional liderada por Estados Unidos en Bretton Woods (Banco Mundial, FMI y GATT –OMC desde 1995–) y el sistema ONU.
Dichas organizaciones multinacionales absorben desde entonces atribuciones que en el pasado eran exclusivas de los Estados nacionales, pero no han llegado a substituirlos en una especie de ultraimperialismo (como el que teorizó Kautsky) o en un “imperio” supuestamente homogéneo y amébico, como imaginará años más tarde Toni Negri. Tras la conferencia de Yalta, Estados Unidos quiso evitar el caos del mundo de entreguerras asumiendo la gestión del capitalismo a nivel mundial y propiciando el librecambismo como gran patrón para evitar el quiebre del mercado mundial que produjo la Revolución de Octubre, el proteccionismo de los años 30 y las autarquías fascistas.
De Vietnam a Volker… la crisis señal
Si bien el Mundo de Yalta se verá ya sacudido a partir de 1956…, el 68 internacional tendrá un impacto mucho mayor en términos de debilitamiento del imperialismo yanqui en Vietnam, de creciente combatividad estudiantil, obrera y de las minorías racializadas en los países imperialistas y de ascenso antiburocrático estudiantil y obrero en los países del Este. No obstante, la contraofensiva imperialista no se hará esperar:
– Ruptura estadounidense con el sistema de Bretton Woods, abandono de la paridad dólar-oro y estímulo de la financiarización entre 1970 y 1973.
– Oleada de golpes de Estado y guerras contrainsurgentes en América Latina entre 1973 y 1991.
– Penetración en el Sur Global de los petrodólares generados por el alza del precio del petróleo (desde la Guerra del Yom Kippur del 73) e imposición de la crisis de la deuda del Tercer Mundo con la subida posterior de tipos del dólar decidida por el presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker…, crisis que redundaría en un desplome de los precios de las materias primas, una pauperización salvaje sin precedentes y un frenazo radical al empuje antiimperialista en el Sur Global.
– Un endeudamiento creciente de los países del Este en un contexto de “normalización” autoritaria brezneviana y de creciente esclerosis e ineficiencia económica (Coll, 2017).
En suma, la apuesta por la globalización que iniciará Estados Unidos será ya un modo de compensar su declive económico relativo (y su endeudamiento por la guerra de Vietnam), aportará un valor estratégico creciente al dólar como divisa de referencia y otorgará a la Reserva Federal un poder que se asemeja al de un banco central mundial (Panitch, 2000). El correlato geopolítico y (a la larga geoeconómico) de esta contraofensiva será una apuesta audaz y arriesgada del tándem Nixon-Kissinger por asociarse con la China tardomaoísta para deslocalizar progresivamente hacia ese país actividad industrial intensiva en trabajo, deprimir los salarios americanos (quebrando la combatividad obrera del Nordeste) y ahondar en la brecha de la confrontación sinosoviética iniciada en 1961. Esto, unido a la otra operación audaz de Brzezinsky-Carter de arrastrar a los soviéticos a la trampa afgana en 1979, será la sentencia de muerte de la URSS, pero tendrá como efecto secundario sentar las bases para el crecimiento del socialismo de mercado postmaoísta en China, que, como veremos, a la postre contribuirá al desarrollo de la principal amenaza sistémica a la hegemonía estadounidense en el siglo XXI.
American way of Life
Dado que el debate sobre el imperialismo prácticamente desapareció tras la Guerra Fría, es importante detenerse un momento en las especificidades del imperialismo estadounidense. Es el primer imperio no territorial de la historia, que se proclama no imperialista, que no ocupa permanentemente países, sino que los protege estacionando tropas en casi 800 bases militares esparcidas por el globo, y que no tiene necesidad de cambiar las banderas de sus vasallos, sino que se limita a cambiar los gobiernos que perpetran políticas equivocadas mediante su gran especialidad: las operaciones de cambio de régimen (O’Rourke, 2018) que, en palabras de un crítico liberal del imperialismo de EE UU, como Jeffrey Sachs, son “proyectos a largo plazo” (al igual que Hobson en el XIX, Sachs es un liberal que cree en el XXI que el imperialismo es negativo para la democracia y el bienestar material de los países que lo ejercen y un factor desestabilizador que exacerba el riesgo de guerra global).
Durante muchos años se ha dado un debate acerca del declive imperial americano. Creo que es importante recordar algunos hechos para matizarlo y contextualizarlo. Es cierto que hoy China ya es la primera potencia manufacturera y exportadora del mundo; sin embargo, es capital no olvidar que Estados Unidos por el momento mantiene su primacía militar, financiera, tecnológica y cultural (D’Eramo, 2022). A diferencia de los imperios del pasado (imperios del libro y unilingües), el imperio americano se basa en la imagen y el sonido y se vehicula a través de una lengua que no substituye a las lenguas de sus súbditos, sino que se superpone a ellas. En el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación la hegemonía americana es absolutamente abrumadora en todo el mundo y una fuente de poder apabullante (incluido en el ámbito militar y de inteligencia). A nivel económico, ciertamente Estados Unidos se ha visto desplazado como principal centro de la producción de valor a nivel mundial, pero no por ello deja de controlar los grandes flujos mundiales de capital y la arquitectura institucional que los sostiene. De hecho, cualquier intento de substituir al dólar como moneda de referencia mundial ha provocado intervenciones militares fulminantes: la suerte corrida por Saddam Hussein, Muamar El Gadafi y, más recientemente, Nicolás Maduro son claros ejemplos de ello. En este sentido, el margen de maniobra del imperialismo estadounidense sigue siendo grande y, a pesar de que Trump está contribuyendo a un rápido desgaste con su descaro, su discurso ultraderechista y su imprevisibilidad megalómana y narcisista (Montoya, 2025), todavía persisten mecanismos hegemónicos de soft power eficaces y operativos en los que se reconocen y de los que sacan provecho sus vasallos (Anderson, 2013).
En fin, uno de las grandes hándicaps de China para suponer un desafío a la hegemonía mundial americana, junto a la debilidad financiera del yuan, es que carece de una ideología imperial universal que le aporte coherencia (frases como el sueño chino o el modo chino de vida nos resultarían ridículas…) y atractivo global a su creciente poder. China no cuenta con nada que se asemeje a la ortodoxia católica que convirtió al Imperio español del XVI y el XVII en “martillo de herejes” y espada de la “fe verdadera”, a la ética protestante de los “elegidos” frente a los “condenados” propagada por los holandeses, al “libre comercio” y “la riqueza de las naciones” que proclamaba el imperio británico, al “internacionalismo proletario” que blandía la URSS en su área de influencia o a la expansión de la “democracia” y la promoción de los “derechos humanos” que acompaña al Tío Sam hasta la fecha (Anderson, 2018).
De la euforia del globalismo unipolar a la histeria imperialista actual
Las recetas neoliberales (privatización de empresas y servicios públicos, desregulación financiera, reducción de impuestos al capital y las fortunas, compresión de los salarios y deslocalización de la producción hacia países con bajos salarios) lograron una recuperación importantísima de la rentabilidad y los beneficios en los 80 y 90, pero a costa de disparar la deuda de particulares, empresas y Estados y de una creciente inestabilidad financiera azuzada por la especulación. El colapso de la URSS y la restauración capitalista en Europa del Este también contrarrestaron significativamente las tendencias al estancamiento que arrastraba ya el capitalismo mundial desde los años 70. Arrighi habla de crisis del modelo americano de acumulación y apertura de un contexto de caos sistémico por falta de relevo hegemónico. Mandel (1986) entendía que el agotamiento de la onda larga expansiva del capitalismo de posguerra por motivos endógenos (fundamentalmente la ley de tendencia decreciente de la tasa de ganancia) sólo podía ser contrarrestado duraderamente por poderosos eventos exógenos a la rotación del capital (nuevo reparto imperial, derrotas decisivas de la clase obrera, etc.). Harvey (2003) verá en la acumulación por desposesión el rasgo dominante del nuevo imperialismo neoliberal, con sus lógicas privatizadoras y desreguladoras, al modo de los cercamientos que analizaría Marx en sus escritos sobre la acumulación capitalista originaria.
La desaparición del contrapeso geopolítico de la URSS y la borrachera neoliberal conducirán a una arrogancia unipolar estadounidense que irá sembrando las tempestades actuales y que, además, no será capaz ni de contrarrestar su largo declive industrial ni de corregir su endeudamiento… ni, más en general, de proporcionar un renovado y sostenido dinamismo al conjunto del sistema capitalista mundial.
De esos polvos, estos lodos…
La actual tensión en el mundo tiene que ver con el intento de Occidente, principalmente de Estados Unidos, de impedir por todos los medios el declive de su poder en el mundo (Poch de Feliu, 2024). La sucesión de guerras de Washington en el arco que va de Afganistán a Libia, pasando por Iraq y las guerras en la ex Yugoeslavia (Gowan, 2000), tiene que ver con la concepción neocón, común a republicanos y demócratas, de un dominio del mundo en solitario formulada en 1992 y recogida en un conocido libro: “los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son evitar enfrentamientos y mantener la dependencia de la seguridad de los vasallos, para mantener a los poderes tributarios sumisos y protegidos, y para mantener divididos a los bárbaros” (Brzezinsky, 1998).
El ascenso de China, la reacción de Rusia y la cada vez mayor enajenación del Sur Global no son ajenos a este creciente desorden internacional.
La prioridad americana para Europa era separar a Alemania de Rusia e impedir la integración de la Unión Europea en el conglomerado geoeconómico euroasiático, cuya principal fuerza motriz está en Pekín (como destacó la cumbre de la OTAN de Madrid en junio de 2022). China es el primer socio comercial de la UE. Rusia era su principal socio energético. Estados Unidos está rompiendo ambas relaciones, a pesar de que la UE ha logrado retomar la iniciativa ante las guerras arancelarias de Trump con la reciente firma del acuerdo comercial con el MERCOSUR e India. Lo de Rusia ya se ha conseguido y en el mejor de los casos la ruptura durará algunas décadas (el atentado contra el Nord Stream en el Mar del Norte simboliza muy bien lo que está en juego). Lo de China es más difícil, pero también avanza (AUKUS, colaboración creciente entre la OTAN y Japón, Corea del Sur, Taiwán, Filipinas, Australia, etc.). El resultado ha sido una subordinación creciente de la UE a Estados Unidos, una grave recesión económica en Alemania, un ascenso de la extrema derecha (Palheta, 2018) y la agudización de su crisis abierta hace 15 años por la crisis del euro en los PIGS, el Brexit y la eclosión de la necropolítica antiinmigratoria (Murphy, P., Toussaint, É. y Urbán, M., 2024).
El gran punto de inflexión
Los años 2007-2009 tendrán un impacto económico y geopolítico capital.
En el plano económico, si bien hasta la fecha la gobernanza neoliberal había logrado desplazar la inestabilidad que creaba hacia las periferias (crisis mexicana de 1994, rusa del 95, asiática del 98 y Argentinazo en 2001), en esta ocasión la gran crisis neoliberal estalló en Estados Unidos (con las hipotecas subprime) y golpeó de lleno a Europa:
– Se inauguró una larga dinámica de estancamiento iniciada en los grandes centros imperialistas (Lapavitzas et al.) que se perpetuó por los efectos de la pandemia de 2020-2023.
– Afloraron los efectos diferidos del desplazamiento al Sur y a Oriente de los grandes centros de producción de valor, así como del agotamiento de las dinámicas de financiarización como mecanismo para recuperar los beneficios con escasa o nula acumulación.
– La pérdida de dinamismo en los centros imperialistas se puso de manifiesto en un estancamiento de la productividad por una escasísima inversión, en el desarrollo de la banca a la sombra que escapará a la ya escasa regulación estatal (Louçã, 2019) y en la cronificación de multinacionales zombies (asistidas por recurrentes inyecciones de liquidez procedentes de los bancos centrales)…
– No faltan autores (Roberts, 2025) que alertan de indicios de que está a punto de estallar una nueva burbuja financiera asociada a la inteligencia artificial.
En el plano geopolítico se dio:
– Una agudización de las tensiones interimperialistas a escala internacional.
– Una creciente inestabilidad política interna, tanto en los países del centro como en los países de las periferias.
Por consiguiente, desde los tiempos de la Administración Biden (y en especial desde la huida americana de Kabul en 2021) existen cuatro grandes focos de tensión interimperialista:
– Palestina y Oriente Medio (véase el magnífico texto de Daher, 2023).
– Ucrania, el Báltico y el Mar Negro (los abordajes europeos contra la llamada flota fantasma rusa podrían provocar un incidente militar grave con Rusia en cualquier momento…).
– El Sahel y el África Subsahariana (en la actualidad la disputa por África es intensísima entre todas las potencias imperialistas).
– Taiwán y el Sureste Asiático (no se puede descartar totalmente una acción militar que permita a Xi Jinping pasar a la historia como el reunificador de China).
A los cuales la agresividad imperial del segundo mandato de Trump (Montoya, 2025) está añadiendo a dos regiones más al primer plano de la confrontación mundial:
– América Latina (véase el artículo de Valerio Arkary en este número de la revista) y el Caribe (con la reciente intervención imperialista yanqui en Venezuela y las amenazas contra Cuba, Colombia y México) (Fernández, 2026).
– Groenlandia y, más en general, el Ártico (el Congo Boreal del siglo XXI, en el que el colapso climático profundiza la rapiña extractivista, los atropellos contra los pueblos originarios y la toma de posiciones geopolíticas), como han puesto de manifiesto las amenazas recientes de Trump y el horizonte de futuras “guerras blancas” (Mian, 2025).
Interrogantes chinos
No hay ninguna duda de que el creciente antagonismo entre unos Estados Unidos en declive relativo y una China cada vez más poderosa, pero que también da muestras de pérdida de dinamismo, atraviesa todos los aspectos de la situación mundial desde el cambio de siglo. Algunos autores hablan de nueva guerra fría (Achcar, 2023), otros de la emergencia de un mundo multipolar. Pero, sin duda, la caracterización precisa de la naturaleza del Estado y la sociedad chinas, de su intento de oponerse a la arquitectura económico-institucional de la globalización americana, pero también de sus debilidades y contradicciones es una tarea clave de los y las socialistas en el siglo XXI y merecería un artículo específico.
Constatemos, no obstante, que conoce enormes desigualdades y tensiones sociales ocasionadas por un capitalismo bastante salvaje pero centralmente planificado y que convive con la propiedad pública de sectores estratégicos (como buena parte de la tierra y la banca). Vive el desarrollo creciente de un capitalismo exportador, pero muy lastrado por un debilísimo mercado interior, a pesar de un progresivo crecimiento de los salarios reales. Un sistema híbrido dirigido por un partido comunista represivo –algunos ven en los hechos de Tiananmen de 1989 la coronación de una contrarrevolución y una restauración capitalista acabadas (Au Loong Yu, 2023)–, que impide la autoorganización obrera estable –pero que a menudo hace concesiones bajo la presión popular– y que combina conservadurismo neoconfuciano, nacionalismo y referencias al socialismo y al marxismo. Un Estado que todavía no controla abiertamente una burguesía capitalista restauracionista (Katz, 2023), pero que experimenta las crecientes tensiones propias de un sistema híbrido, que se manifiestan muy claramente en luchas fraccionales entre distintos sectores que dominan ámbitos específicos del aparato productivo y en luchas de poder entre Estado central y burocracias regionales.
En fin, otro debate central a desarrollar es si se puede hablar con propiedad de imperialismo chino o no (creo personalmente que no hay dudas de ello en el plano económico si seguimos el criterio clásico de Lenin, pero es mucho más dudoso en el plano geopolítico por el momento o, en su caso, todavía no es un proceso consumado).
Rusia, la OTAN y la guerra de Ucrania
Si queremos que el movimiento obrero tenga algún futuro en Europa hay que caracterizar correctamente el conflicto en curso sin simplificaciones y entender que hay una dialéctica entre opresión nacional (del nacionalismo gran ruso sobre Ucrania, pero también de minorías dentro del Estado ucraniano) y, a la vez, una guerra por procuración de la OTAN contra Rusia (Piva, 2023). Sin embargo, la dinámica de la guerra ha ido imponiendo un cambio en su dosificación, en la medida en que la voluntad de resistencia de una mayoría de la población ucraniana al principio de la invasión de Putin se ha ido subordinando progresivamente a los objetivos, los métodos y la dirección político-militar de las potencias que apoyan a Kiev contra Rusia (EE UU de Biden primero y la UE del dúo Kallas-Von der Leyen actualmente). Al mismo tiempo, el estancamiento de la situación militar en el marco de una larga guerra de desgaste ha favorecido desde entonces una desafección creciente, un alejamiento y actitudes cada vez más contrarias a la guerra entre franjas crecientes de la población (como la huida masiva de reclutas rusos y las deserciones no menos masivas de soldados ucranianos, descreídos ante una ilusoria promesa de victoria).
Si bien no hay ninguna duda de que la Federación Rusa es la única responsable de una invasión condenable y criminal, como todas las agresiones imperialistas, es manifiestamente falso sostener que no ha sido provocada.
Es necesario recordar algunos hechos para situar el contexto de la invasión del 24 de febrero de 2022:
– La Guerra Fría nunca se cerró del todo tras el hundimiento de la ex-URSS y el Bloque del Este hace más de treinta años. La conversión de fracciones enteras de las antiguas burocracias al etnonacionalismo para mantenerse en el poder, como ya sucediera en la ex Yugoslavia, la intervención de las grandes potencias para operar y/o contribuir a una restauración capitalista neoliberal y mafiosa y alentar enfrentamientos en beneficio propio ha sido una constante desde los años 90 en Europa del Este.
– Es imposible entender el conflicto actual perdiendo de vista el trauma de la descomposición de la Unión Soviética y el hundimiento de los países del Este, la dialéctica de los conflictos armados que han tenido lugar en el mundo desde el fin de la Guerra Fría, las guerras lanzadas por la OTAN (Anderson, G., 2023) y su extensión al Este sin y contra Rusia (Haslam, 2023).
– La base material que explica el gran antagonismo entre una OTAN hegemonizada por Estados Unidos y Rusia es la naturaleza del capitalismo político ruso, que, desde principios de los años 2000, ya no es permeable a la penetración de los intereses del capitalismo globalizado transnacional e intenta asegurar los intereses de las oligarquías propias en base a un poder bonapartista autoritario y antiobrero que busca salvaguardar sus zonas de influencia tradicionales y su rentismo extractivista.
También es importante recordar que la invasión ordenada por Putin en 2022 habría sido imposible de no haberse dado en Ucrania dinámicas de guerra civil desde 2014 (Ishenko, 2024).
Muchas guerras no se entienden hasta el final…
Ante la guerra de Ucrania, la creciente debilidad política, social e intelectual de las izquierdas ha conducido a no pocos a una apología indirecta de la OTAN, a un apoyo crítico de su intervención en el conflicto y a aceptar de facto parte de su propaganda. No es nuevo, muchas debacles del movimiento obrero del pasado se debieron a que algunos se creyeron, por ejemplo, que la entrada británica en la Gran Guerra se debió a la invasión no provocada de un país neutral como Bélgica por el militarismo alemán y la rusa al socorro de la autodeterminación de Serbia contra el imperialismo austríaco, que la Segunda Guerra Mundial fue tan sólo un enfrentamiento entre democracia y fascismo, que la razón de ser del Estado de Israel es la oposición al antisemitismo o que la intervención americana en Vietnam respondía a una lucha del mundo libre contra el totalitarismo soviético.
Para evitar caer en simplificaciones y maniqueísmos de este tipo, me parece importante recordar algunos hechos que ponen de relieve la gravedad de la situación europea y mundial desde 2022:
– Ninguna de las guerras por procuración de la Guerra Fría se luchó en el Norte, y menos en las fronteras (y hasta dentro de las fronteras) de una gran potencia nuclear como Rusia.
– Durante la Guerra Fría existían tratados de limitación de armas nucleares, hoy en día eso ha sido sistemáticamente saboteado, primero por Estados Unidos y más recientemente por Rusia. Ello nos ha conducido a un escenario probablemente más peligroso que la crisis de los misiles de Cuba en 1962 (Jacobsen, 2024), donde sí se aplicó la Doctrina Monroe, que prohíbe la presencia de intereses, regímenes aliados o bases militares de otras grandes potencias, no en las fronteras de Estados Unidos, sino en las Américas en su conjunto.
– Es conveniente recordar también que el entusiasmo inicial de las cancillerías occidentales por las perspectivas que abría la guerra por procuración que libraba la OTAN contra Rusia sobre las espaldas de Ucrania llevó a no pocos de sus exponentes a acariciar la perspectiva de un Afganistán eslavo (Watkins, 2022). Se insistió hasta la saciedad en que los crímenes de guerra cometidos imposibilitaban cualquier negociación y que se debía forzar la derrota total de Rusia. A la vista de lo que “Occidente” tolera a diario a Netanyahu desde el 7 de octubre de 2023 (“Bifo” Berardi, 2022), la hipocresía del imperialismo occidental resulta totalmente escandalosa.
– Todas las informaciones disponibles apuntan a que Rusia va ganando, lentamente y no sin dificultades, una guerra de desgaste terrible con bajas enormes por ambos bandos, ha sido capaz de resistir las sanciones económicas y ha reforzado su vínculo geopolítico y geoeconómico con China. Algo que explica el intento de Trump de repetir la jugada maestra de Nixon-Kissinger de hace 50 años, pero a la inversa (hacer concesiones a Putin en Ucrania para ganar su favor en el Ártico y poder concentrar todo el fuego sobre China), por un lado, y pasarle el muerto de la guerra de Biden a sus vasallos europeos, para que apechuguen con una derrota asegurada (el objetivo estratégico de los americanos ya se logró ampliamente con la voladura del Nord Stream), por otro. El segundo objetivo ya es un hecho, el primero parece que llega demasiado tarde.
– Último, pero no menos importante, no paran de llegar informaciones que apuntan a la autoría ucraniana del sabotaje del Nord Stream con la ayuda de uno o varios países de la OTAN en la acción (el silencio del establishment europeo sobre esto es absolutamente estruendoso y vergonzante).
La Unión Europea. Un manicomio entre Ucrania y Groenlandia
Es necesario concluir esta panorámica general sobre decadencia capitalista e imperialismos con unos apuntes finales sobre la deriva actual de la UE.
– La Europa de la defensa, un viejo proyecto de la UE que se ha impulsado y legitimado gracias a la guerra de Ucrania, no sólo traduce la voluntad de reforzar su hard power, sobre todo en la melée por controlar recursos en África y una coartada para enterrar de un plumazo la agenda verde europea. El refuerzo militar europeo y la retórica de guerra contra Rusia es una huida hacia delante que refleja el impacto del declive de la industria automovilística alemana, la inquietud generada entre sus dirigentes por el caos interno en EE UU y la crisis política interna de la Unión Europea (Sheidler, 2025)…
– La invasión putinista ha permitido la ampliación de la OTAN a Finlandia y Suecia, añadiendo nuevas tensiones con Rusia y acabando con una larga historia de neutralidad de dichos países (que en parte amortiguó importantes tensiones durante la Guerra Fría).
En su relación con Rusia, la Unión Europea hace muchos años que renunció a la diplomacia (Sachs, 2025). Tiene en cambio política de sanciones, que de momento se vuelven contra ella, y una política de remilitarización (Lieven, 2026).
Existe, en fin, un vínculo estructural entre la militarización (Serfati, 2025) europea (que cualquier anticapitalista tiene el deber de combatir) y la intervención militar europea y de la OTAN en Ucrania de más largo alcance. Por todo ello, es contradictorio oponerse formalmente a la militarización de Europa a la vez que se apoya la intervención militar creciente y sin fin en Ucrania, cuando ésta es el principal motor de la militarización del continente (Fernández, 2024).
“El enemigo principal está en casa”
A modo de conclusión es importante destacar que no hay ninguna duda de que el imperialismo más desestabilizador del mundo sigue siendo el estadounidense, máxime cuando la primera potencia mundial está dirigida por una camarilla de multimillonarios ultraderechistas decididos a perpetuar por todos los medios el poder de la burguesía yanqui, aunque sea con un reguero de nuevas guerras en el exterior e imponiendo su agenda contrarrevolucionaria y supremacista en el interior. Como recordaba Poulanzas, existe una dialéctica entre radicalización imperial hacia fuera y fascistización hacia dentro: algo que se puede constatar, no sólo en la Rusia de Putin y en EE UU de Trump, sino también en muchos países de la UE. Dicho esto, es vital evitar los cantos de sirena del imperialismo europeo y su incipiente defensismo en nombre de una democracia vaciada. No olvidemos que Europa engendró el colonialismo más cruel, el tráfico de esclavos, el capitalismo y la forma más atroz de defensa de dicho sistema: el nazifascismo. Ni Putin ni Trump pueden ser la coartada para caer en una nueva union sacrée europea. La política del internacionalismo socialista consiste en solidarizarse con todos los pueblos que sufren agresiones imperialistas, saqueos capitalistas, y racialización, explotación y exclusión en las metrópolis. No habrá política antifascista eficaz que no plantee desacomplejadamente una alternativa ecosocialista y revolucionaria y que no luche contra todos los imperialismos manteniendo la independencia de clase como brújula estratégica. En fin, Europa ha engendrado lo peor, pero también lo mejor: la filosofía clásica y el humanismo, la idea de la democracia y el comunismo, el movimiento obrero y el marxismo, el feminismo y el antimilitarismo revolucionario de figuras como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Volvamos a hacer que broten de nuevo estas fuentes de futuro.
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Andreu Coll es militante de Anticapitalistas y miembro del consejo asesor de viento sur.
Fuente: https://vientosur.info/de-la-guerra-fria-a-la-guerra-blanca-decadencia-capitalista-e-imperialismos/


