La transición energética no es un proceso ecológico neutro ni una evolución técnica del capitalismo global. Es una disputa abierta por el control del nuevo orden económico mundial. Bajo el discurso verde se está reconfigurando la arquitectura del poder: tecnología, infraestructura crítica, minerales estratégicos y cadenas de valor determinan quién domina la economía del siglo XXI. El hidrógeno no es una solución técnica, sino un nuevo campo de confrontación geoeconómica.
El mito de la transición “limpia”
Se repite que el mundo avanza hacia una transición energética inevitable, más eficiente y más democrática. Pero esa narrativa oculta lo esencial: no hay transición sin disputa por el poder.
El petróleo organizó el siglo XX como sistema de dominación geopolítica. Su lógica no desaparece con la transición energética: se desplaza hacia un terreno más complejo, menos visible y profundamente tecnológico.
El hidrógeno no es energía: es poder industrial
El hidrógeno se presenta como vector energético del futuro. Sin embargo, su importancia no reside únicamente en su rendimiento técnico, sino en su papel estructural dentro de la reorganización del sistema productivo global.
No es simplemente un combustible: es un eje que articula energía renovable, industria pesada, química, transporte y sistemas eléctricos.
En ese entramado se define lo central: quién controla la integración de las cadenas productivas controla el valor.
La nueva geopolítica: cadenas de valor
El poder global ya no se estructura únicamente alrededor del control de recursos naturales.
Ahora depende del dominio de:
- tecnología crítica
- propiedad intelectual
- infraestructura energética
- manufactura avanzada
- financiamiento global
- estándares industriales
Esto configura una geopolítica de cadenas de valor, donde la dominación es más difusa, pero no menos efectiva.
Modelos en competencia
No existe una transición energética homogénea.
China integra el hidrógeno dentro de una estrategia de planificación industrial de largo plazo orientada a la soberanía tecnológica y la integración productiva.
Estados Unidos busca preservar su hegemonía a través del control de la innovación, las patentes y los ecosistemas tecnológicos.
Europa avanza mediante regulación y objetivos climáticos, pero con crecientes dependencias tecnológicas externas.
El Sur Global, por su parte, enfrenta la persistencia histórica de una inserción subordinada en las cadenas globales de valor.
No hay transición neutral: hay competencia entre modelos de poder.
China: el hidrógeno como infraestructura del sistema
El caso chino muestra un elemento clave: el hidrógeno no se desarrolla como tecnología aislada, sino como sistema.
Se integra con:
- generación renovable a gran escala
- ductos y redes de transporte
- industria química y pesada
- movilidad energética
El resultado no es solo energía limpia, sino infraestructura industrial estratégica.
El Sur Global: oportunidad condicionada
Para América Latina, África y gran parte de Asia, la transición energética abre una ventana histórica, pero no garantiza desarrollo.
La disponibilidad de recursos naturales y potencial renovable no se traduce automáticamente en soberanía tecnológica.
Sin estrategia industrial, el riesgo es claro: exportar energía y materias primas, e importar tecnología y valor agregado.
La disputa real es por el lugar en la cadena de valor.
La ilusión de la democratización energética
Se afirma que la transición energética conducirá a un sistema más descentralizado.
Pero la realidad es más contradictoria:
- la producción energética puede dispersarse
- mientras el control tecnológico y financiero se concentra
El resultado es una paradoja estructural:
más distribución de la energía, pero mayor concentración del poder.
El hidrógeno como síntoma
El hidrógeno no es una solución definitiva ni una tecnología aislada.
Es un síntoma de una transformación más profunda del capitalismo global: el paso de una economía basada en recursos naturales a una economía basada en cadenas de valor tecnológicas complejas.
Conclusión
La transición energética no es una ruptura con el orden previo, sino su reconfiguración.
Del petróleo al hidrógeno no cambia la lógica del sistema: cambia el instrumento de dominación.
El poder ya no se disputa únicamente en los campos de extracción energética, sino en la arquitectura completa que convierte conocimiento, tecnología e infraestructura en control económico global.
En ese tránsito se define lo esencial del siglo XXI: quién controla la economía mundial en formación y quién queda subordinado a ella.
Héctor Hugo Riojas González. Profesor Investigador. Universidad Politécnica de Victoria. Ciudad Victoria, Tamaulipas, México
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