Todos los dogmas envejecen, se deterioran, pierden color palideciendo hacia el tono sepia de las mentiras mugrientas y finalmente caen en la hojarasca del brumario de invierno. Se trata de un proceso de descomposición que afecta a todos los imperios del presente que, con el paso del tiempo, van desintegrándose en los polvos de un pasado sepulcral. Consecuentemente en la vida real no hay gloria que dure ni mentira que perdure.