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Distanciamiento físico y solidaridad social en la ciudad «cuarentenada»

Fuentes: Rebelión

Estamos viviendo lo que parece una ficción que nos incorporó a su relato, la inédita distopía de nuestras ciudades vacías, silenciadas por el encierro obligado. Urbes que quedaron inmovilizadas, con sus espacios públicos, calles y plazas, sus aulas,  junto a sus cafés, bares y restaurantes, los habituales lugares de encuentro, nodos vitales de la vida urbana, ahora transformados en sitios peligrosos y lugares de contagio.

Ha mutado momentáneamente nuestra percepción del espacio y el movimiento, las dualidades cerca y lejos, lentos o veloz, se miden desde otros parámetros, la noción del tiempo se ha trastocado. Para quienes permanecen en sus viviendas, los días transcurren indiferenciados, nuestro reloj biológico se va adaptando a horarios de un estadio donde se rompió la rutina previa y las acciones cotidianas adquieren nuevos significados.

La distancia entre unos y otros, la cancelación de los contactos, ha moldeado en pocos dias la forma de relacionarnos. El abrazo, el beso, el darse la mano, el poder mirarnos y hablar presencialmente, la gestualidad con que nos formamos para expresar nuestros sentimientos, deseos y emociones,  el amor y la fraternidad, han quedado suspendidos por el temor al contacto con otros cuerpos.

Si bien la tecnología, el universo de la virtualidad, las comunicaciones y el entretenimiento siglo XXI, nos hacen soportable la cuarentena de origen medieval, también han resaltado que el mundo de los flujos informáticos tiene sus límites, tanto para los afectos como para garantizar el funcionamiento del tejido vital de la sociedad. Todavía, frente a los avances de  la inteligencia artificial, la materia de carne y hueso tienen mucho que hacer y decir  

La ciudad, como  ahora queda en evidencia, es más que un damero de hormigón y ladrillos ordenado por vías de asfalto, es urbs y también  es civitas, es una sinergia de múltiples fenómenos y efectos, circulación, trabajo, estudio, recreación, cultura, vida al aire libre, una urdimbre de lugares  donde se tejen nuestras historias personales y colectivas. Esta cuarentena también dejará su huella en ella, quedará registrada en un sinnúmero de imágenes y sensaciones.

La ciudad es el principal territorio  donde el capitalismo produce el espacio que le garantiza su reproducción, el ámbito esencial donde se materializa el consumo. Esta realidad ha sido trastocada por un cuadro de excepcionalidad con plazo cercano aun indefinido e impacto futuro azaroso, porque como dicen quienes gustan usar terminología bélica, hay y habrá profundos daños colaterales

A diferencia de lo que llamamos “normalidad”, cuando el ajetreo cotidiano nos traía los sonidos y el bullicio  del  movimiento vital, ahora es al  anochecer, cuando se encienden las luces en casas y departamentos,  el momento en que confirmamos visualmente que allí habitan otros, aislados en soledad o conviviendo en los límites de su vivienda que  seguramente están atentos a las mismas noticias y comparten preocupaciónes y temores. Pero las  diversas condiciones de este retiro forzado no pueden equipararse en una sociedad donde la desigualdad social es esa  “normalidad” que quedó suspendida pero dolorosamente vigente.

Es en nuestras ciudades, donde se registran altos índices de segregación social y fragmentación espacial, donde el abismo que separa el acceso a recursos y por ende a las diferentes calidades de hábitats se explicita abrumadoramente. En América latina, 100 millones de personas viven en asentamientos precarios, con déficits gravísimos de servicios y condiciones de habitabilidad agobiantes. En las favelas de Río de Janeiro, acosadas por la represión y el narco, viven 350.000 familias de 3 a 4 integrantes en un solo cuarto. La situación se repite, de diversas formas, en todo el continente.  

La ayuda y contención deben concentrarse en el territorio más precario, el históricamente carenciado y  desatendido por gobiernos indiferentes ante la miseria de los nadies, los más vulnerables a la pandemia y a otras patologías que los afectan y cuyas víctimas  nunca figuran en los titulares. En nuestro país son 4 millones de personas que moran en 3.800 barrios y asentamientos, la mitad se hallan en el Área Metropolitana de Buenos Aires, la megalópolis cuyo desbordado tamaño y densidad es el principal foco de atención. No alcanza con  la consigna “cuidate”, “quedate en casa”, algo incómodo pero tolerable para quienes están dentro de las capas más favorecidas, los/as más castigados por el capitalismo salvaje necesitan de toda la solidaridad posible y más.

Estigmatizados por el prejuicio,  el racismo, la xenofobia y todos los estereotipos construidos desde la lógica de cada cual tiene lo que se merece, de la meritocracia, del individualismo hedonista de un sector de la sociedad cargado de animosidad y beligerancia hacia el diferente, incapaz de cualquier alteridad, alimentando el odio y la justificación de acciones punitivas contra quienes no tienen nombre y apellido, los sectores menos favorecidos son englobados en la figura despectiva de villero. Los barrios pobres no son un nicho malthusiano, un excedente demográfico de la ciudad y no deben ser cercados y transformados en guetos de facto. La distancia física no puede ser usada para  invalidar la solidaridad social.

En nuestro país, a diferencia de lo que ocurre en otras latitudes, existen desde hace décadas movimientos, que más allá de sus diferencias y formas de actuar, tienen una larga experiencia acumulada de trabajo  y construcción genuina en esos ámbitos, porque la amplia mayoría de sus integrantes habitan ese mundo, son conocedores de los problemas y  padecimientos, son solidarios por naturaleza, son artífices de las soluciones colectivas que fueron encontrando para enfrentar la adversidad. Ellos siguen presentes como siempre, ahora en condiciones más difíciles, y deben ser arte y parte de las acciones que se promuevan desde el Estado. 

El reconocimiento hacia  a los trabajadores de la salud y  a los que investigan contrarreloj para encontrar la medicación para hoy y la vacuna para mañana, debe ampliarse a los miles de   trabajadores anónimos, que en las fábricas, en los campos y en los caminos, en los locales de suministro, asumen riesgos para garantizar con su esfuerzo que podamos seguir vivos. El cuadro sirve para dar una idea cabal de quienes son los imprescindibles y también de los prescindibles  

Emocionan las múltiples conductas solidarias y de quienes se hacen cargo de su responsabilidad, a la vez que indignan, aunque no sorprenden pues son fieles a su formación de clase,  las actitudes miserables de empresarios, del oportunismo visceral de numerosos políticos y comunicadores, de los burócratas sindicales, de los despreciables que deberían estar y desparecieron para cuidarse el trasero y sus bolsillos. La condena no solo debe ser de palabra, la crisis indica que este es el momento para actuar y no olvidar

El COVID 19, que se desparrama velozmente por el mundo, no es el arma bacteriológica que escondía Sadam Hussein y que el ejército de EEUU y sus socios nunca pudieron encontrar, la excusa para desatar una guerra que causó 500.000 víctimas y la destrucción de cientos de ciudades. El coronavirus es el virus de la peste permanente que es el  capitalismo, cuyo virus globalizado contamina todo el planeta y destruye la vida en todas sus formas.

Ahora que el enemigo no es ni el comunismo ni el terrorismo, ni se puede usar la retórica del choque cultural, cuando el dinero ficticio se esfuma de las bolsas de valores, cuando se paraliza la circulación de todo lo que el capital transformó en mercancía y se detuvo el efecto narcotizanrte del consumismo y la tierra respira de un tregua en su depredacion, la esencia del capitalismo quedó al descubierto, todas sus lacras están a la vista. Está desnudo como el rey del cuento de Hans Christian Andersen, y al revés del engaño de ese relato, ahora hay que ser tontos para no verlo, incluidos aquellos que siguen buscando el invisible rostro idealizado de un capitalismo humanizado.  

En la crisis del 2008, fueron los que estaban en la parte baja de la pirámide, los más afectados, deudores hipotecarios que perdieron sus viviendas, los jubilados que vieron esfumarse sus pensiones y millones de trabajadores que perdieron sus fuentes de ingreso condenados al hambre y la enfermedad. Vale recordar que también hubo quienes pensaron erróneamente que el mundo mutaría sustancialmente después de la debacle, las movilizaciones se multiplicaron y el rechazo al mundo de las finanzas fue masivo, pero  el capitalismo logró metabolizar la crisis y  ajustando siguió su camino. Mucha de la rebeldía fue contenida, en algunos casos con represión descarnada y en otros por movimientos alternativos que, devenidos en partidos, se integraron rápidamente al sistema político de la normalidad.

Nada será igual, es la frase que se escucha con intensidad en estos días, si bien es cierta, contiene un nivel de generalidad, que no es una guía para pensar y actuar. Frente a la crisis en desarrollo, que el coronavirus aceleró hasta niveles impensados, la posibilidad de su resolución antisistémica no será viable con simplificaciones. Al virus del capital no se lo combate con recetas  tan simples y efectivas como lavarse con jabón o usar alcohol. Con la mitad de la población mundial en encierro,  aislada, presa del temor y la represión, ya hay muchas señales concretas de cual es será la alternativa  ante el desborde y la desesperación  de millones. Frente a tamaño desafío se multiplican las reflexiones sobre cómo interpretar el presente y pensar el futuro, lo que no cabe es el pensamiento binario que encierra el debate ante la idea de “todo se derrumba” o su antítesis, “nada cambiará”.

Mucho de lo que vendrá será condicionado por el tipo de desenlace de la crisis, que aunque determinada por la pandemia, la excede porque estructuralmente estaba en curso. La duda persiste ¿seremos capaces de realizar la transformación civilizatoria que nos salve a los humanos y a la naturaleza que nos incluye, de dar un giro copernicano hacia un camino, que aunque  incierto no deja de ser más perentorio que nunca?  

Silvio Schachter es arquitecto, urbanista, ensayista y periodista. Miembro del Consejo Editorial del colectivo Herramienta