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El mito de Talibanistán

Fuentes: Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Apocalipsis Ahora. Pónganse a cubierto. ¡Que vienen los turbantes! Es el Estado de Pakistán actual, según la histeria en curso diseminada por el gobierno de Barack Obama y los medios corporativos de EE.UU. – desde la Secretaria de Estado Hillary Clinton a The New York Times. Incluso el primer ministro británico Gordon Brown ha dicho oficialmente que el Talibanistán paquistaní es una amenaza para la seguridad de Gran Bretaña.

Pero, a diferencia de San Petersburgo en 1917 o de Teherán a fines de 1978, Islamabad no caerá mañana ante una revolución de turbantes.

Pakistán no es Somalia ingobernable. Las cifras lo dicen todo. Por lo menos un 55% de los 170 millones de paquistaníes son panyabies. No hay evidencia alguna de que vayan a recibir con los brazos abiertos un Talibanistán; son esencialmente chiíes, sufís o una mezcla de ambos. Unos 50 millones son sindhis – fieles seguidores del centrista y abrumadoramente secular Partido Popular de Pakistán de la difunta Benazir Bhutto y de su esposo, el actual presidente Asif Ali Zardari. Los fanáticos de Talibanistán en esas dos provincias – que representan un 85% de la población de Pakistán, con una fuerte concentración de la clase media urbana – constituyen una minoría infinitesimal.

Los talibanes basados en Pakistán – subdivididos a grandes rasgos en tres grupos principales, que cuentan con menos de 10.000 combatientes, sin fuerza aérea, sin drones Predator, sin tanques, ni vehículos fuertemente armados – se concentran en las áreas tribales pastunas, en algunos distritos de la Provincia de la Frontera Noroeste (NWFP), y en algunas pequeñas partes muy localizadas del Panyab.

Creer que esa banda variopinta pueda derrotar al bien equipado, muy profesional ejército paquistaní de 550.000 miembros, las sextas fuerzas armadas del mundo por su tamaño, que ya ha enfrentado en el campo de batalla al coloso indio, es una proposición ridícula.

Además, no hay evidencia de que los talibanes, en Afganistán o en Pakistán, tengan alguna capacidad para alcanzar un objetivo fuera de «Af-Pak» (Afganistán y Pakistán). Es un mítico territorio privilegiado de al-Qaeda. En cuanto a la histeria nuclear de que los talibanes logren descifrar los códigos del ejército paquistaní para el arsenal nuclear del país (la mayoría de los talibanes, a propósito, son semi-analfabetos), hasta Obama, en su conferencia de prensa en los 100 días de su gobierno, subrayó que el arsenal nuclear está seguro.

Evidentemente existen algunos jóvenes oficiales pastunes del ejército que simpatizan con los talibanes – así como secciones importantes de la poderosa agencia Inteligencia Inter-Servicios. Pero la institución militar en sí está respaldada por ningún otro que el ejército estadounidense – con el cual ha estado estrechamente ligada desde los años setenta. Zardari sería demente si desatara una matanza masiva de pastunes paquistaníes; al contrario, los pastunes pueden ser muy útiles para los propios planes de Islamabad.

El gobierno de Zardari tuvo que enviar esta semana a soldados y la fuerza aérea para encarar el problema de Buner, en el distrito Malakand de la NWFP, que comparte una frontera con la provincia Kunar en Afganistán y por lo tanto está relativamente cerca de las tropas de EE.UU. y de la OTAN. Combaten a menos de 500 miembros de Tehrik-e Taliban-e Pakistan (TTP). Pero para el ejército paquistaní, la posibilidad de que el área se sume a Talibanistán es un gran recurso, porque así se eleva el control paquistaní del sur de Afganistán pastún, incluso de acuerdo con la eterna doctrina de «profundidad estratégica» que prevalece en Islamabad.

Tráiganme la cabeza de Baitullah Mehsud

De modo que si Islamabad no se va a quemar mañana, ¿a qué la histeria? Hay varios motivos. Para comenzar, lo que Washington simplemente no puede tolerar – ahora bajo la estrategia «Af-Pak» de Obama – es la democracia real y un verdadero gobierno civil en Islamabad; constituirían una amenaza mucho mayor para los «intereses de EE.UU.» que los talibanes, a los que Clinton tuvo el placer de agasajar a fines de los años noventa.

Lo que ciertamente podría encantar a Washington sería otro golpe militar – y hay fuentes que informan a Asia Times Online que el ex dictador, el general Pervez Musharraf (Busharraf como le dicen burlonamente) está activo tras la escena de la histeria.

Es crucial recordar que cada golpe militar en Pakistán ha sido realizado por el jefe del estado mayor del ejército. De modo que el hombre de la hora – y de las próximas horas, días y meses – es el discreto general Ashfaq Kiani, el ex secretario del ejército de Benazir. Se sentía muy cómodo con el jefe militar de EE.UU., el almirante Mike Mullen, y de ninguna manera es alguien que abrace a los talibanes.

Además, en la burocracia militar/de seguridad paquistaní hay quienes que no quisieran nada mejor que extraer más dólares de Washington para combatir a los pastunes neotalibanes que al mismo tiempo arman para combatir a los estadounidenses y a la OTAN. Funciona. Washington está actualmente en un frenesí de contrainsurgencia, y el Pentágono está ansioso de enseñar tácticas semejantes al primer oficial paquistaní que cruce su camino.

Lo que nunca mencionan los medios corporativos de EE.UU. son los tremendos problemas sociales que Pakistán tiene que encarar por el lío en las áreas tribales. Islamabad cree que entre las Áreas Tribales bajo Administración Federal (FATA) y la NWFP, hay por lo menos 1 millón de personas desplazadas (para no mencionar las que necesitan urgentemente ayuda alimentaria). La población de las FATA es de cerca de 3,5 millones – en su inmensa mayoría pobres campesinos pastunes. Y, obviamente, la guerra en las FATA se traduce en inseguridad y paranoia en la mítica capital de la NWFP, Peshawar.

En todo caso, el mito de Talibanistán es sólo una diversión, un diente en la grande y parsimoniosa rueda regional – que forma en sí parte del gran nuevo gran juego en Eurasia.

Durante una primera etapa – llamémosla la estigmatización del mal – los think-tanks de Washington y los medios corporativos martillaron ininterrumpidamente con la «amenaza de al-Qaeda» para Pakistán y EE.UU. Las FATA fueron calificadas de central terrorista – el sitio más peligroso del mundo donde eran entrenados «los terroristas» y un ejército de atacantes suicidas y eran desatados contra Afganistán para matar a los «liberadores» de EE.UU. y de la OTAN.

En la segunda etapa, el nuevo gobierno de Obama aceleró la guerra del «infierno desde lo alto» de los drones Predator contra los campesinos pastunes. Ahora viene la etapa en la que pronto se presentará a los 100.000 soldados de EE.UU. y la OTAN como los verdaderos liberadores de los pobres en Af-Pak (y no a los «malos» talibanes) – una trama esencial en la nueva narrativa para legitimar la ‘oleada’ Af-Pak de Obama.

Para que todo comience a ir bien, se necesitaba a un nuevo súper espíritu diabólico. Y es el rol del líder de TTP, Baitullah Mehsud, quien curiosamente nunca había sido alcanzado ni siquiera por un falso drone de EE.UU. hasta que, a comienzos de marzo, oficializó su lealtad al histórico líder talibán Mullah Omar, «la sombra» en persona, de quien se dice que vive sin ser molestado en algún sitio cerca de Quetta, en el Baluchistán paquistaní.

Ahora ofrecen una recompensa de 5 millones de dólares por la cabeza de Baitullah. Los Predator han alcanzado, como es su deber, las bases de la familia Mehsud en Waziristán del Sur. Pero – cada vez es más curioso – el ISI envió no una vez sino dos, un expediente detallado sobre la ubicación de Baitullah directamente a su prima, la Agencia Central de Inteligencia. Pero no fue atacado por drones.

Y tal vez no lo hagan – especialmente cuando un confuso gobierno Zardari comienza a considerar que el anterior súper diablo – un cierto Osama bin Laden, no es más que un fantasma. Los drones pueden incinerar cualquier fiesta matrimonial pastún que tengan a su alcance. Pero los enigmáticos fantasmas internacionales – Osama, Baitullah, Mullah Omar – estrellas en las nuevas OCO (siglas en inglés de operaciones de contingencia en ultramar), antes GWOT (siglas en inglés para «guerra global contra el terror»), ciertamente merecen ser tratados como estrellas.

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Pepe Escobar es autor de «Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War» (Nimble Books, 2007) y «Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge». Acaba de publicarse su nuevo libro «Obama does Globalistan» (Nimble Books, 2009). Puede contactarse con él en: [email protected]

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http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/KE01Df01.html

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