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Tras el asesinato de Pierre Amin Gemayel en Líbano

Elemental, querido Watson, elemental

Fuentes: Insurgente

Los signos ideológicos de los analistas de noticias internacionales podrán ser diametralmente opuestos, como opuestos devendrán ciertos enfoques en sus lucubraciones, pero la inmensa mayoría de ellos concuerda en que el reciente asesinato -21 de noviembre- de Pierre Amin Gemayel, ministro de Industria y miembro de la familia cristiana maronita más influyente del Líbano, alimenta […]

Los signos ideológicos de los analistas de noticias internacionales podrán ser diametralmente opuestos, como opuestos devendrán ciertos enfoques en sus lucubraciones, pero la inmensa mayoría de ellos concuerda en que el reciente asesinato -21 de noviembre- de Pierre Amin Gemayel, ministro de Industria y miembro de la familia cristiana maronita más influyente del Líbano, alimenta los temores del resurgir de una guerra civil que se extendió por 15 años, desde abril de 1975, cuando un grupo de militantes cristianos, leales precisamente a los Gemayel, ultimó a 27 palestinos que viajaban en un ómnibus, después de un ataque contra una iglesia.

Las huestes de observadores muestran concomitancia también al pronunciarse sobre la coyuntura del atentado. De modo lapidario, un editorial de El Periódico (Cataluña) representa la opinión de miríadas de ellos al puntualizar que, «a diferencia de asesinatos anteriores, especialmente el del ex primer ministro Rafic Hariri -febrero de 2005-, el de Gemayel coincide en el tiempo con dos cambios sustantivos en el reparto de papeles del drama libanés: de una parte el colapso del Gobierno de Fuad Siniora, del que han desertado los ministros chiitas, más o menos afectos a la estrategia de Hizbolá; de otra, el restablecimiento de las relaciones de Iraq con Siria, potencia tutelar del Líbano hasta hace un año».

El régimen del presidente Asad -continúa el diario- ha dejado de ser el destinatario principal de los dicterios de los Estados Unidos -junto con Irán-, porque Washington entiende que resulta un actor esencial para lograr la estabilización de Iraq, factor, recordará el lector, que se convirtió en una de las causas de la derrota republicana en las elecciones gringas de medio término.

Y aquí parece agotarse la identidad de visión de los colegas, algunos de los cuales quizás carguen la estilográfica al reseñar que líderes musulmanes sunitas, drusos y cristianos han acusado a Siria de matar a Gemayel, para «hacer fracasar los planes de que un tribunal internacional juzgue a los sospechosos del asesinato de Hariri», quienes presuntamente implicarían a altas figuras del vecino país.

Para otros, este servidor entre ellos, la aseveración rezuma ingenuidad. Y no por el mero hecho de que Siria se haya desvinculado del crimen, ni que calificara las acusaciones en su contra de farsa para manchar su reputación. No. En cuestiones de política, «no pongas la mano en el fuego por nadie… o por casi nadie», nos aconsejaría la sabiduría popular. Sino porque suena convincente el planteamiento de que el homicidio responde a los anhelos de frustrar la demanda mundial a favor del establecimiento de un diálogo de Damasco con las potencias occidentales.

Provisto del más sano sentido común, el digital Insurgente se preguntaba a quién beneficia este crimen. Y se respondía que, evidentemente, la archiprobada táctica detectivesca no conduce a Siria. ¿A quién, entonces? «En un Líbano ocupado parcialmente por fuerzas de la ONU, vigilado por la OTAN y los Estados Unidos, y amenazado, infiltrado e incursionado por Israel, que invadió el país el pasado verano, el interés desestabilizador no parece encontrarse en Damasco. Sobre todo por el prestigio popular creciente de Hizbolá y su inevitable traducción política después de su resistencia a la invasión.»

Según esta publicación, «con mayor verosimilitud podría ser un intento israelí de frustrar esa aproximación a Siria e Irán, que para aumentar las posibilidades de estabilización y de retirada ordenada, discreta y lo menos indigna posible de Iraq… Algunas informaciones hablan de una enorme frustración del Estado judío ante el fracaso del proyecto del Gran Oriente Medio que compartía con la decadente administración Bush».

Hipótesis no descabellada

Como muchas otras fuentes, el articulista Ben Heine se cuestiona (en Rebelión) las ventajas que cosecharía Siria con el asesinato del «insignificante» Pierre Gemayel, colaborador del Premier, y el consiguiente despertar de los fantasmas de una guerra civil, cuando: 1) acaba de restablecer relaciones diplomáticas con Iraq, interrumpidas hace 25 años; 2) Irán acaba de proponer una cumbre de tres con Siria e Iraq, para solucionar los problemas de la región sin intervención de USA; 3) el Gobierno libanés ha avalado la creación de un tribunal penal internacional que dirima el asesinato de Rafic Hariri en ausencia de los seis ministros chiitas, dimitentes, lo cual le confiere a la medida visos de ilegalidad, porque, a tenor con los Acuerdos de Taif, que hacen las veces de Constitución, el gabinete no puede tomar una decisión que comprometa el futuro de la nación si un tercio de sus miembros (ocho ministros) se opone; 4) Hizbolá acaba de impulsar un movimiento de desobediencia civil no violenta contra las maniobras de las facciones pro occidentales.

Para las corrientes nacionalistas, el veto por el primer mandatario, Emil Lahud, a la creación de la corte judicial devendría una reafirmación de la soberanía libanesa, frente a un Occidente que, representado por Francia, al término de la dominación colonial sobre suelo libanés impuso el acuerdo no escrito de que la presidencia de la República y la jefatura del Gobierno tienen que ser desempeñadas por un cristiano maronita y un musulmán sunita, en ese orden. Ley tácita que discrimina a la mayoritaria comunidad islámica chiita, ganadora de preeminencia en los últimos tiempos, en especial tras la invasión israelí de julio y agosto pasados, y que privilegia a los cristianos basándose en el último censo libanés, 1932, cuando estos eran mayoría.

Ahora, tras el homicidio de Gemayel, considerado el más inocente de un clan configurado por piezas tales como Pierre Gemayel, el viejo fundador de la Falange Libanesa, copia exacta de la Falange de Franco e inspirada por el propio Adolfo Hitler, difícilmente el primer ministro Siniora no se anime a renunciar como, en puridad, exige la crisis dejada por la renuncia de unos miembros que rehúsan la creación del tribunal y demandan un Gobierno de unidad nacional capaz de defender los intereses generales al margen de inclinaciones confesionales. Al contrario: encabezada por Siniora, la clase política y los forjadores de opinión concurrieron a unos funerales que trasuntaron el más firme rechazo a la «injerencia siria».

Aquí se aprecia una paradoja develada por Robert Fisk, conocida pluma del diario británico The Independent. «Todos los importantes hombres libaneses asesinados en los últimos 20 meses eran antisirios. En un poco como decir lo hizo el mayordomo. Una vengativa Siria ¿no atacaría la independencia del Líbano asesinando a un ministro? Sí. Pero entonces, ¿cuál sería la mejor manera de socavar el nuevo poder del prosirio Hizbolá, la guerrilla chiita que pidió la renuncia del gabinete de Siniora? ¿Matando a un ministro del Gobierno, sabiendo que muchos libaneses culparían a Hizbolá, aliado de Siria?» La incongruencia salta a la vista.

Y salta aún más si se tiene en cuenta que, como advierte Prensa Latina, la muerte de Gemayel evoca, además del caso de Rafic Hariri, el de Elie Hobeika, líder de la terrible Falange, que asesinó a tantos palestinos en Sabra y Shatila, y que murió «misteriosamente» en una explosión en la capital libanesa, Beirut, el 24 de enero de 2002, días antes de que acudiera a testificar contra el primer ministro israelí, Ariel Sharon, por la masacre en esos campos de refugiados.

No andarán nada descaminados, por tanto, quienes consideran que «estas circunstancias son aprovechadas por Tel Aviv y Washington -hipócrita en el acercamiento con Damasco, acotamos nosotros-, que conspiran y trabajan abiertamente para fraccionar y debilitar al Gobierno libanés y exacerbar en el país árabe una política antisiria, con vistas a desestabilizar también a Damasco, otro principal objetivo en el proyecto norteamericano-sionista para edificar el nuevo Oriente Medio». Divide e impera, sería la táctica reciclada.

¿Gemayel? El pobre. «A él no le dio tiempo de hacer cosas buenas ni malas, porque el Mossad no lo dejó vivir bastante (tenía 38 años)… Igual que le pasó a su tío Bashir, a quien asesinaron solo porque quería dejar de ser una marioneta de Ariel Sharon. Pierre Gemayel el Joven tuvo que morir hoy, porque la estrella de Siria ascendía demasiado rápido. Mis condolencias a su familia y amigos. Pierre Gemayel se va como una víctima de los enemigos de Siria o, más bien, como el enemigo de Siria asesinado por los enemigos de Siria.»

Esta suerte de oración fúnebre, del colega Raja Chemayel, quizás no pase a la posteridad como paradigma de oratoria. Pero nadie va a negarnos que, como hipótesis, no suena precisamente descabellada.