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Fantasía y perversidad de la Ruta de la Seda

Fuentes: Rebelión

Las aventuras -reales o ficticias- de Marco Polo nos remiten a la Ruta de la Seda. Una Ruta realmente histórica. Incluso hay relatos muy anteriores a los viajes del mítico aventurero genovés, a quien se atribuye haber abierto los flujos comerciales entre Europa con la lejana Asia en el siglo 13. Hoy esa Ruta despierta […]

Las aventuras -reales o ficticias- de Marco Polo nos remiten a la Ruta de la Seda. Una Ruta realmente histórica. Incluso hay relatos muy anteriores a los viajes del mítico aventurero genovés, a quien se atribuye haber abierto los flujos comerciales entre Europa con la lejana Asia en el siglo 13. Hoy esa Ruta despierta nuevas ilusiones y fantasías.

En medio de una fastuosa cumbre el gobierno de Pekín presentó, en mayo pasado, una visión nueva y multimillonaria de la Ruta de la Seda. En esa cumbre participaron 28 jefes de Estado y de Gobierno, convocados por los olores de potenciales negocios, evocando las viejas épocas de las caravanas de mercaderes que recorrían dicha Ruta.

Esta renovada Ruta de la Seda fue presentada como un aporte a la cooperación internacional. En el plan chino cabrían 68 países que suman 4.400 millones de personas y que representan el 40% del PIB mundial. El largo listado de iniciativas propuestas constituye una mezcla de multimillonarios proyectos (como ferrocarriles intercontinentales u oleoductos de miles de kilómetros) con actividades aparentemente menores (como la difusión de la medicina tradicional china). El gobierno chino espera invertir unos 750.000 millones de dólares en los próximos cinco años: enorme monto que atrae muchos interesados.

Ciudades como la urbe china de Xi’an prevén convertirse en un centro logístico de transporte, de desarrollo tecnológico y de comercio. Esta y otras ciudades aspirarían ser una nueva Samarcanda: aquella mítica ciudad que recibía numerosas caravanas de mercaderes en el Registan -la «plaza de la arena»- enmarcada por tres maravillosas «madrasas» (escuelas islámicas).

Más allá de las reminiscencias de otros tiempos y de los potenciales atractivos económicos de la -aún vaga- idea de la nueva Ruta de la Seda, flotan varias sospechas y certezas que no pueden pasar desapercibidas.

Sin duda para China tal proyecto cristaliza profundamente su proyección geoestratégica global. Busca resguardar varias sus zonas fronterizas y asegurar una salida directa hacia Oriente Medio y Europa, incluyendo África; en el caso de algún conflicto en el mar del sur de China, este país tendría otras opciones para seguir conectado con esas regiones del planeta. Y en este proceso China sigue usando todas sus potencialidades para consolidar su presencia en todos los continentes.

Recordemos que en las últimas décadas China ha sido, crecientemente, el mayor motor del capitalismo mundial. Gracias a masivas exportaciones y entradas de inversiones extranjeras directas, el crecimiento anual de su PIB superó el 7% en todo el período 1991-2014. Entre 1978 y 2005, alrededor de 600 millones de personas habrían salido de la «indigencia extrema» (menos de 1,25 dólares por día). El consumo per cápita se triplicó en todo el país. Como resultado obvio de esa expansión capitalista, se han deteriorado aceleradamente las condiciones de equidad social alcanzadas por este país en décadas anteriores.

Por cierto, a contrapelo de quienes ingenuamente creen que China es una potencia socialista, debe quedar muy claro que este país hace rato se convirtió al capitalismo, y de manera acelerada. Las contradicciones capitalistas explican las diversas respuestas internacionales de esta potencia mundial, que incluso estarían enfrentando problemas de «sobreacumulación», es decir problemas para absorber los excesos de capital y de trabajo dentro de sus fronteras.

Lo que cuenta es que este gigante asiático, ampliando sus actividades hacia afuera, refleja claramente la premura de su capitalismo por asegurar rendimientos adecuados a sus capitales. Bajo esa presión, hace rato su presencia en el mundo superó el comercio de mercancías altamente basadas en mano de obra; paulatinamente incursiona en tecnologías sofisticadas. No solo se asegura -a través de sus grandes empresas estatales, semiestatales o privadas aliadas con el Estado- yacimientos minerales y petroleros, así como grandes extensiones de tierras, sino que se introduce crecientemente en el mundo de las infraestructuras, trasladando masivamente su propia mano de obra y sus expertos para la realización de dichas obras. Asimismo, la exportación de capital desempeña un papel propio de la fase imperial del capitalismo: China invade los mercados financieros como gran potencia acreedora e inversora, transformándose no solo en el principal socio comercial, sino también en la principal fuente de financiamiento de muchos economías, incluyendo la estadounidense o la ecuatoriana, para mencionas dos casos.

En medio de la disputa entre las grandes potencias, la capitalista-imperialista China va tomando el relevo de las viejas potencias mundiales. Esto explicaría no solo la nueva Ruta de la Seda, sino su presencia militar fuera de sus fronteras inclusive.

Paulatinamente China empieza a mostrar su músculo bélico-tecnológico. El imperialismo chino ha adquirido la confianza suficiente y una presencia económica-política tan grande que empieza a desplegar sus activos militares por el mundo para proteger sus intereses en el extranjero.

Hace un par de años -con la complacencia del gobierno «progresista» de Cristina Fernández de Kirchner- China estableció en la Patagonia argentina una base de radares utilizando una tecnológica muy avanzada. Tal base fue diseñada y construida por ingenieros y científicos del ejército chino quienes, además, serían los responsables de su manejo. Con una concesión de 50 años, con nula participación argentina y sin pagar impuestos, China podrá asegurarse el control sobre el espacio aéreo y las comunicaciones en esa región del planeta.

Actualmente China da un paso más en su expansión bélica. Esta potencia construye una gran base militar en el conflictivo y estratégico Cuerno de África en Yibuti, un país de 23.200 kilómetros cuadrados y con 900 mil habitantes. Allí también están estacionadas permanente o temporalmente tropas de Francia, Italia, EEUU, Japón, España y Alemania. China espera desplegar en ésta su primera base internacional hasta 10 mil soldados. Por esa estratégica y por cierto conflictiva región pasa una de las rutas marítimas más importantes del Mar Rojo hasta el Océano Índico, que, cubre la entrada al Canal de Suez y abre la puerta al sur de África.

Con este paso geopolítico militar, China empieza a intervenir ya no solo como la economía más pujante, sino como un país que demanda un puesto político determinante en el contexto mundial .[1]

Así esta potencia asiática dejaría de lado su imperialismo soft, sin dejar de inundar los mercados del mundo con bienes, servicios, créditos e inversiones, con trabajadores y técnicos, tanto como de contaminación…

Este último punto marca también el liderazgo chino en el planeta. Este país asiático ocupa ya el primer puesto en emisión de CO2 en el mundo, con más de 10.500 millones de toneladas en el año 2015, casi un 30% del total mundial; con una tendencia creciente en un país que está empeñado en ejercer -a cualquier costo- su «derecho al desarrollo»: consideremos que la emisión de este gas de efecto invernadero per cápita en China es todavía menos de la mitad del impacto que ocasiona un habitante de los EEUU.

Eso no es todo. China graba su huella climática global aún fuera de sus fronteras. Con sus productos, sus préstamos e inversiones, este país externaliza sus emisiones y contamina directamente el planeta. Muchos de sus proyectos hidrocarburíferos, mineros o de agronegocios, impuestos a sangre y fuego -con la complicidad de empresas chinas y los gobiernos receptores de dichas inversiones- están en áreas frágiles que deberían preservarse, como las selvas amazónicas (que son cruciales para regular el clima global).

En síntesis, China entró de lleno en el concierto de las grandes potencias mundiales, e intenta tocar su propia sinfonía acarreando todas las perversidades que les caracterizan a los imperios. Así, la nueva Ruta de la Seda es solo un mecanismo más para que la China imperialista acelere su búsqueda -inalcanzable- de «progreso» que representa, una y otra vez, una suerte de salto de tigre al pasado. Salto en donde la explotación de la mano de obra y de la Naturaleza marcan el inexorable camino hacia el abismo.

Nota:

[1] Una situación que recuerda, marcando las correspondientes diferentes distancias de tiempo y espacio, el reclamo de Alemania en el siglo XIX, que se cristalizaría en el reparto de las colonias entre las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884.

Alberto Acosta. Ecuatoriano. Economista. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-ministro de Energía y Minas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.