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La crisis vista desde arriba

Fuentes: Plataforme Altermondialiste

Esta crisis, nos dicen las publicaciones de referencia del 1%, corre el riesgo de llevar al mundo a una regresión prolongada. Sin embargo, aunque existe un consenso entre el círculo restringido del dispositivo de poder en el sentido de que algo debe hacerse, se evita abordar las causas de una crisis que se anunciaba mucho antes de la pandemia. Aún más, la reestructuración neoliberal implementada desde la década de 1980 no debe cuestionarse, nos dicen The Economist, The Financial Times, The Wall Street Journal o el Globe and Mail y otros “intelectuales orgánicos” del gran capital. El coronavirus es una especie de “calamidad natural” que no tiene nada que ver con el grave deterioro del sistema de salud pública. Aún menos con la destrucción de los hábitats naturales que han facilitado la transmisión de virus desde hace varios años, mucho antes del coronavirus. Entonces, se debe reparar el sistema, pero no modificarlo.

Los pronosticadores pronostican mal

Según el Financial Times (FT)[1], el colapso actual es el más importante desde la Segunda Guerra Mundial. 170 de los 189 países incluidos en un índice elaborado por el FT sufrirán un decrecimiento significativo en 2020. Estados Unidos y la Unión Europea ya han entrado en recesión. En los Estados Unidos, la tasa de desempleo podría llegar al 20%. Eso es menos obvio para China, aunque su economía puede verse afectada por una caída en la demanda mundial. A diferencia de la crisis de 2007-08, las turbulencias actuales no se limitan al ámbito financiero. Una vuelta al crecimiento es imposible antes de 2021. En esta óptica, una vez atenuada la pandemia, el capitalismo experimentará un ciclo de recesión, antes de comenzar de nuevo, como ha sido el caso en períodos anteriores.

El Harvard Business Review (HBR) P[2] s un poco más optimista. Es cierto que la recesión que ha empezado es grave, pero en la historia hay recesión y recesión. Durante la Gran Depresión de la década de 1930, la recesión tomó la forma de una “L”. Después de la caída dramática, el auge fue prolongado y sembrado de trampas. Sin embargo, en el momento actual, HBR ve la recesión tomando la forma de V: fuerte descenso y fuerte ascenso. Según las predicciones de esta influyente publicación académica, el escenario más probable en la crisis actual es el de la curva “V”. Los programas de rescate mantendrán la máquina a flote y, cuando se reúnan las condiciones, esa misma máquina reiniciará el proceso de acumulación, sin demasiados problemas. HBR pronostica que el crecimiento será evidente en el primer trimestre de 2021.

Según la revista Foreign Policy (FP)[3], la última recesión de 2007-08 provocó la pérdida de 8,7 millones de empleos y una contracción del PIB del 4%. Hoy, el impacto previsible es mucho mayor, ya que sectores completos de la actividad económica se ven directamente afectados por los cierres de empresas. Por otra parte, los gastos derivados de los programas de emergencia para ayudar a las poblaciones y hacer frente a la pandemia son colosales, comprometiendo las finanzas públicas a déficits que durarán varios años. Esta evaluación más seria de la FP le hace decir que la salida de la crisis llevará más tiempo, que será más difícil y que será desigual, considerando el hecho de que varios países “emergentes” (como Brasil, México, Nigeria, Sudáfrica) serán duramente golpeados. En la estructura neoliberal de la economía mundial, estos países aún dependen de las exportaciones de recursos naturales (con bajo valor agregado). El declive de los mercados de estos productos les costará caro, especialmente porque ya estaban en un ciclo regresivo antes de la crisis actual. Otro factor debilitante, según FP, consiste en que las instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el FMI, así como las agencias de la ONU, pueden no ser capaces de proporcionar una ayuda de urgencia a la altura de las necesidades, mientras continúan (en el caso de las primeras) las mismas políticas de ajuste estructural y de pago de la deuda que han llevado a gran parte del sur mundial a una mayor vulnerabilidad.

El gran relato mistificador

Después de repasar estos análisis, se ven los hilos que sobresalen de un discurso relajante que oscurece las causas y la complejidad del problema. Incluso si se perciben los impactos, se tiende a minimizarlos. Y obviamente, se rechaza el debate sobre las causas estructurales, al presentar la crisis actual como una combinación de una catástrofe “natural” (la pandemia) y una crisis “cíclica” resultante de la inevitable marcha del “mercado”, como si éste fuera una especie de entidad sobrenatural. Adam Smith y su “mano invisible” están en el origen de esta mistificación en un capitalismo que se auto-reproduce a través de los beneficios de la competencia, del trabajo asalariado y de la concentración de la riqueza.

En realidad, muchos economistas han notado durante varios años la inversión actual en esta globalización neoliberal, anunciando el final de su período “glorioso”. Este es particularmente el caso de François Chesnais, quien ha documentado bien, además de los altibajos cíclicos del comercio, de la inversión y de la producción, la importancia de los factores estructurales que hoy parecen cada vez más evidentes, ¡aunque rara vez estén en la primera página del Economist!

“La crisis de la economía mundial empieza antes de la pandemia, y muchos parámetros han cambiado en comparación con el período de crisis de 2007-2008. No sólo se trata de la pérdida de eficacia de los instrumentos monetarios, de la pérdida de efectividad de las intervenciones de los bancos centrales y del elevado nivel de la deuda pública, sino también de la capacidad de acción de la burguesía mundial. En lo que respecta a las relaciones internacionales, el régimen interestatal relativamente cooperativo de 2009, cuando se creó el G-20, ha dado lugar a una intensa rivalidad comercial y a un aumento significativo del proteccionismo del que Estados Unidos es el principal responsable”[4].

Una avalancha de estudios macroeconómicos y estadísticas demuestran claramente la carrera hacia la recesión, lo que no se quiere reconocer, a pesar de la evidencia[5].

Los viejos métodos siguen siendo eficaces

Entonces, ¿qué puede pasar después? ¿Cómo pretenden las élites “gestionar” la crisis? En la gran obra del novelista Giuseppe Tomasi di Lampedusa, se discute la oligarquía que domina Italia y que ve su sistema de dominación erosionado por las transformaciones de la sociedad. Es necesario, se dice, “que todo cambie para que todo permanezca como antes”. Los cambios, inevitables, deben preservar lo esencial[6].

Es esta perspectiva la que ha “resuelto”, al menos en apariencia, la última gran crisis de 2007-08. Después del colapso financiero de Wall Street que contaminó rápidamente al sector financiero en varios países, Estados Unidos y sus aliados subalternos adoptaron, con variaciones, el llamado plan de austeridad. Los bancos fueron rescatados para detener la hemorragia de las finanzas, sin necesidad de transformación ni garantía de las principales instituciones financieras. Éstas dejaron pasar la tormenta, con el dinero de los contribuyentes, mientras restablecen las mismas “burbujas” especulativas que desvían el capital con tasas de rentabilidad altas pero arriesgadas. Al mismo tiempo, los gobiernos nos han dicho que las finanzas están secas y que no había otra opción que imponer en el Norte, como se hizo en el Sur hace 20 años, las políticas de ajuste estructural. Solo en Quebec, aproximadamente el 30% del presupuesto de salud pública se ha reducido, lo que explica en parte el desastre en curso en los centros médicos y los CHSLD. Esto es lo que ha sucedido en todas partes.

La estrategia del caos

Hoy en una crisis que parece más grave que la anterior, es la postura la que domina. Los think de derechas, además, no dudan en decirlo. La crisis no tiene nada que ver con el neoliberalismo. Por el contrario, resulta del hecho de que la reestructuración no fue lo suficientemente radical, por culpa de los movimientos sociales y de la ineptitud de los gobernantes. Como ha explicado Naomi Klein, se necesita una “estrategia de choque” para romper las resistencias, acelerar la privatización, la desregulación y la liberalización financiera[7].

A raíz del huracán Katrina, que devastó Nueva Orleans en 2005, una gran parte de la población lo perdió todo, especialmente en los barrios populares poblados mayoritariamente por afroamericanos. En la “reconstrucción” que siguió, los gobiernos involucrados y la oligarquía local se aseguraron de evacuar a las capas populares, de privatizar aún más la salud y la educación. En su última obra[8], Klein explica que el neoliberalismo, aunque criticado y desacreditado, se perpetúa en una especie de “guerra contra la imaginación”[9].

Más cerca de casa, el niño querido de las corporaciones tan bien reflejado en los principales medios de comunicación, el Instituto Económico de Montreal (IEM) nos advierte sobre la estrategia para hacer frente a la crisis. Las medidas de urgencia, afirma el economista “senior” del IEM, primero deberían aliviar la “presión fiscal” sobre los detentadores de capital. En concreto, el Estado debe acordar vacaciones de las cargas sociales para los empleadores, abolir temporalmente la tasa inmobiliaria comercial y decretar vacaciones de las tasas de venta. La “mano invisible” del mercado restablecerá todo, especialmente si el Estado se involucra lo menos posible.

Ciertamente, por el momento los gobiernos dudan en utilizar dicho lenguaje. No todos son tan delirantes como las agencias de la derecha y generalmente han entendido que el sector público era el principal baluarte de que se dispone para evitar lo peor, lo que queda claro en la comparación entre la situación en Quebec y la situación estadounidense. Si nadie presta demasiada atención al IEM en este momento, sin embargo es concebible que volvamos a las propuestas gastadas de siempre cuando la pandemia entre en su fase descendente. Volverán los argumentos para reducir los enormes déficits que se registrarán como resultado de los diversos programas de urgencia. Las “soluciones” neoliberales, incluida la privatización de la atención a las personas de más edad, probablemente continuarán, si no es por la puerta de delante por la de atrás, a través de prácticas ya muy utilizadas de la “nueva gestión pública”, que consiste en desmantelar el sector público en beneficio de los “partenariados público-privado”.

Reformas para quién y por qué

Si se es un poco optimista, se puede pensar que el neoliberalismo “puro y duro” tendrá que hacerse un cambio de imagen para no perder esta gran “batalla de la imaginación”. Es probable que gran parte de la opinión pública termine pensando que la crisis pandémica es menos un “desastre natural” que el resultado de políticas mal previstas de las últimas décadas. Habrá resistencia si el “retorno a la normalidad” evocado por los Trudeau y Legault de este mundo se realiza simplemente refinanciando a empresas y bancos, mientras que millones de ciudadanos y ciudadanas arrastrarán el peso de la crisis durante años como resultado de la pérdida de empleos e ingresos.

Así es como los operadores económicos más serios que los bufones del IEM buscan otras vías. Es el caso de Laurence Boone, economista de la OCDE y ex-consejera del gobierno socio-liberal de François Hollande. Propone no preocuparse demasiado por los déficits, que en teoría podrían ser contrarrestados por la creación monetaria [10].

Los Estados capitalistas ya han decidido inyectar decenas de miles de millones de dólares en el rescate de empresas y ayudar directamente a la ciudadanía para alentarla a redescubrir las “alegrías” del consumo. Incluso se está dispuesto a rescatar partes del sector público, especialmente en el sector de la salud, cuyas deficiencias se han hecho evidentes en la crisis del coronavirus.

El cálculo de estos economistas que proponen una gestión modulada del neoliberalismo se basa en un relanzamiento gestionado centralizadamente, gracias a políticas monetarias más abiertas, que podrían relanzar una tasa de inflación (la bestia negra de los neoliberales “puros y duros”), pero sin perturbar demasiado los “equilibrios macroeconómicos”, en el lenguaje del Banco Mundial. La deuda sería elevada pero manejable (mientras pierde su valor a través de la inflación), lo que permitiría la reactivación de la economía “real” (producción y consumo), muy similar a lo que Keynes había planeado en las décadas de 1940 y 1950. Para hacer esto, por supuesto, se necesitaría un retorno a un Estado regulador, capaz de “domesticar” las ambiciones del capitalismo salvaje a través de toda una serie de re-reglamentaciones. A pesar de esta perspectiva optimista, los partidarios de las reformas estiman que serían como mínimo necesarios 1 o 2 años para reparar los platos rotos y retomar el control de las finanzas. ¿Es eso posible? Las bases estructurales de la economía neoliberalizada y globalizada que ha dominado durante tres décadas serán resistentes. Por ejemplo, la reestructuración iniciada en la década de 1980, a través de la liberalización financiera y la reubicación de las inversiones y los empleos hacia el sur global, no será relegada fácilmente. Las altas finanzas ejercen una influencia desproporcionada en la escena política y mediática, en parte debido al amiguismo entre la oligarquía financiera y los otros sectores de las clases dominantes. Por otro lado, la rearticulación que ha puesto en marcha la cadena de producción mundial tenía la enorme ventaja de atrapar a las capas proletarias del Sur (las “pequeñas manos hábiles” de las maquiladoras y de los talleres de miseria desde China hasta México), generando enormes beneficios ¿Puede General Motors repatriar seriamente su producción a Detroit u Oshawa y seguir siendo “competitiva”? Hacer la pregunta es responderla.

Por otra parte, el marco del capitalismo actual procede de lo que David Harvey llama “acumulación por desposesión”, que requiere la destrucción acelerada de las comunidades campesinas y de las sociedades pre-capitalistas y se acompaña de un inmenso salto adelante en la explotación ilimitada de la naturaleza (tierra, bosques, mares, atmósfera) mediante prácticas extractivistas en una escala sin precedentes en la historia[11].

Finalmente, debe enfatizarse que, a diferencia de la receta de Keynes, la economía actual ya no requiere de millones de empleos en el sector manufacturero, que son relativamente estables y relativamente bien pagados (en comparación con la economía “Big Mac”, que depende de una mano de obra poco calificada y precaria). Este sector de fabricación ahora está deslocalizado y, cuando no lo está, ahora funciona gracias a la informatización de una fracción bastante estrecha de asalariados y asalariadas. La reactivación de la acumulación a través del crecimiento del mercado gracias al consumo de los hogares ya no está en el orden del día, ahora que la financiarización ha desplazado a los circuitos del capital hacia la economía-casino y a la fragmentación de la cadena mundial de producción para poner al servicio de la acumulación a centenares de millones de trabajadores en China, México y otros lugares.

En resumen, este viejo modelo está parcialmente roto, como explica Michel Husson: “será difícil al sistema económico que vuelva a su funcionamiento anterior a la crisis. Las cadenas mundiales de valor están desorganizadas, las empresas habrán hecho quiebra, está cuestionada la forma de gestión de los gastos públicos, especialmente en materia de salud”[12].

Pensar el capitalismo después del capitalismo, pero ¿cómo?

Los sectores “ilustrados” de la burguesía están preocupados por que el mantenimiento del statu quo corra el riesgo de deslizarse hacia formas exacerbadas de “austeridad” y de regímenes reaccionarios, que susciten conflictos interminables, incluso insurrecciones (como las que han estallado durante 2019 en lugares tan diversos como Francia, Chile, Argelia, Sudán, etc.). Otros componentes del 1%, especialmente en el campo de la investigación, de la enseñanza, de las franjas superiores de la tecnocracia estatal, estiman también que las reformas parciales con el objetivo de replicar el compromiso keynesiano son arriesgadas. Demasiado poco y demasiado tarde, podrían tener el efecto de precipitar una serie de crisis de larga duración[13]. Es entonces cuando aparecen, un poco al margen, grupos reformistas un poco más radicales, para pensar en un capitalismo después del capitalismo. Es cierto que estos iconoclastas “neokeynesianos” del capitalismo, inspirados por Joseph Stiglitz [14], permanecen bastante lejos de las agencias del poder, pero participan activamente en la batalla de las ideas.

Para ellos, se debe romper el círculo vicioso de dominación del sector financiero, no solo, como proponen los reformistas “moderados”, regulando Wall Street. Esto se puede hacer, argumentan, restaurando las regulaciones de la era keynesiana, limitando el campo de acción de los especuladores. Ello implica también el restablecimiento de una tributación progresiva que haga que los ricos paguen su “justa parte”, lo que significaría una guerra despiadada contra los paraísos fiscales y otras técnicas mortales que son en gran parte responsables de la explosión de las desigualdades. Habría que permitir el retorno de una acumulación basada en la capacidad de consumo de los hogares, en la protección y la estabilización del trabajo, la formación continua, el desapalancamiento. Se puede observar que estas políticas han funcionado en los pocos países que han protegido, al menos parcialmente, la herencia socialdemócrata[15].

Los reformistas “radicales” proponen igualmente la reforma de la gobernanza, la erradicación de la corrupción, la democratización de las instituciones, la mejora de las instituciones públicas esenciales para la vida en común (especialmente en la salud y la educación). Y finalmente, están pensando en promover un giro importante hacia la transición ecológica. Con inversiones masivas en dicha economía verde, no solo se podría enfrentar el desafío climático, sino también relanzar la acumulación en torno a los principales proyectos tecno-industriales.

Una vez dicho eso, este “New Deal verde” no implica el desmantelamiento del dispositivo del poder capitalista. La llamada economía de mercado “privada” sigue siendo la base esencial. El factor de crecimiento permanece en torno al consumo individual, por no decir, según la expresión de Boltanski y Chiapello, en torno al individualismo posesivo[16].

Para Stiglitz en particular, en última instancia es necesario moralizar el capitalismo, darle pautas éticas, impedir los “excesos”, pensar a largo plazo y no solo en los beneficios inmediatos registrados al final de cada año fiscal. En este sentido, el capitalismo continúa porque según la célebre fórmula de Margaret Thatcher, “there is no alternative” [no hay alternativa]. Esta perspectiva está en gran medida vinculada al “desarrollo sostenible” que busca reparar el daño del capitalismo depredador integrando en las ratios beneficio/coste las numerosas dimensiones que el neoliberalismo ha “externalizado”, pasando la factura a la ciudadanía y a sus descendientes.

En este período de confusión, las propuestas de los reformistas capitalistas parecen progresivas, con el rápido efecto de salir de la espiral descendente actual. Los movimientos populares y progresistas se sienten interpelados por una alternativa que parece ser capaz de evitar las grandes confrontaciones del pasado, cuando el paradigma no era reparar el capitalismo sino romperlo. Las razones que están detrás de este cambio de perspectiva sobrepasan los límites de este texto y deberán abordarse posteriormente[17].

En el pasado, en cualquier caso, los grandes cambios no vinieron de moralizaciones que llamaban al “sentido común”, sino a través de luchas sociales y políticas muy vivas. Grandes coaliciones sociales puestas en juego por las capas medias y populares impusieron las grandes reformas, que permitieron, después de la gran crisis de la primera mitad del siglo XX, el progreso social, el acceso a la ciudadanía y la democracia y la soberanía popular. Estas batallas fueron parciales, a menudo incompletas. Más allá de los límites de estas luchas del pasado, es difícil pensar en cambios sustanciales sin un gran cambio en las relaciones de fuerzas. En la destrucción de un viejo orden aparecen, de manera caótica y contradictoria, los embriones de una nueva organización de la sociedad cuyo alumbramiento entraña su parte de dolores y de riesgos.

Notas

[1] Financial Times and Brookings Institute, «Indexes for the Mundial Economic Recovery», http://ig-legacy.ft.com/content/a0a7cf84-6725-11df-bf08-00144feab49a#axzz6JXWFYekk

[2] Philipp Carlsson-Szlezak, Martin Reeves y Paul Swartz, “What Coronavirus Could Mean for the Global Economy”, Harvard Business Review, 3 de marzo de 2020.

[3] Sanjay G. Reddy, “Coronavirus and the limits of economics”, Foreign Policy, 31 de marzo de 2020.

[4] François Chesnais, “Situación de la economía mundial al principio de la gran recesión Covid-19”, disponible en https://vientosur.info/spip.php?article15872,12 de abril de 2020.

[5] Ver, por ejemplo, la obra de Thomas Piketty, Capital e ideología, Editorial Deusto, 2019.

[6] El gatopardo, Alianza, 2007.

[7] Naomi Klein, La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre, Paidós, 2007. Naomi Klein ha elaborado igualmente un excelente documental basado en su libro que se encuentra gratuitamente en línea en https://www.youtube.com/watch?v=Mm8PZFz9T-E

[8] On Fire: Plan B pour la plànete: le New Deal vert, Actes Sud, 2019.

[9] Naomi Kelin entrevistada por Isabelle Hanne, Libération, 3 de noviembre 2019.

[10] Boone ha publicado esta pequeña crónica en el Financial Times (23 de marzo de 2020) que era, no hace mucho tiempo, un feroz adversario de las políticas keynesianas.

[11] Harvey, David, El nuevo imperialismo, Akal, 2004.

[12] Michel Husson, “Neoliberalismo contaminado”, disponible en https://vientosur.info/spip.php?article15793, 31 de marzo 2020.

[13] De hecho, la Gran Depresión de los años 30 fue un episodio, un fragmento de la gran crisis europea que es escalonó desde los años 1910 hasta los años 1950. Fueron necesarias dos guerras mundiales, inmensas turbulencias económicas e igualmente la revuelta de los y las dominados en una gran parte del mundo para superar esa crisis de larga duración.

[14] La crisis del coronavirus es ‘un diferente tipo de crisis’ dijo el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, CNBC, 17 de marzo de 2020.

[15] Eso es lo que prevalece en los países escandinavos, aunque éstos han introducido igualmente reformas neoliberales que tienen los mismos efectos que en otras partes, por lo que donde ha tenido lugar un crecimiento de la desigualdad y de las bolsas de pobreza. Pero este proceso se encuentra obstaculizado y es lento, lo que hace que se puede tener la impresión, al menos parcialmente, de que la social-democracia persiste en el “modelo” escandinavo.

[16] Boltanski y Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, 2002.

[17] El balance, más bien desastroso, del socialismo del siglo XX es una de las razones que explican el declive de las hipótesis de ruptura. El remplazamiento esperado del Estado por comunas autogestionadas y la destrucción programadas de las divisiones de clases, de género, entre las naciones, no ha sido realizada sino en breves períodos y con costes muy altos (guerras civiles, destrucciones, etc.). Sin embargo, el debate está lejos de haber finalizado. Se puede observar un proceso de rearticulación alrededor de programas de transición populares y democráticos, aunque estos trabajos se encuentran aún en sus primeros pasos. En este sentido es muy interesante la reflexión de Julia Posca, “Éviter la crise après la crise: chantiers pour reconstruire l’economie”, IRIS, 7 de abril de 2020.

Fuente: Plataforme Altermondialiste (Quebec)

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article52946

Traducción: viento sur