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Una fábula de alcance mundial

La liebre estadounidense y la tortuga china (1/4)

Fuentes: Renenaba.com

Traducido del francés para Rebelión por Caty R.

El nuevo presidente chino Xi Jinping reservó su primer viaje oficial para África en un acto simbólico que ilustra el vigor de la rivalidad entre China y Occidente en el continente negro y la preponderancia que ya tiene China en detrimento de los antiguos amos, Francia y Reino Unido, a los que ha sustituido en dos decenios.

Otro mensaje en clave, con un valor altamente significativo, es que el dirigente chino viajó el 26 de marzo a Sudáfrica en una visita de Estado al país vencedor del apartheid antes de la cumbre de los países emergentes de los BRICS, que se celebraba al día siguiente en Durban.

Pretoria constituyó la primera etapa de una gira por África que incluía en particular el Congo Brazzaville, feudo francés en África central, donde el presidente chino estuvo el 29 y el 30 de marzo para entrevistarse con su homólogo Denis Sassou Nguesso.

Las líneas de salida: la «teoría de los anillos marítimos» de Estados Unidos y la «estrategia del collar de perlas» de China

La «teoría de los anillos marítimos»

Las grandes revoluciones de la historia raramente tienen un aniversario a fecha fija. Solo arbitrariamente podemos marcar el final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el principio del despliegue mundial del imperio estadounidense y su competencia soterrada con China, cuyo punto principal de percusión tuvo como escenario África al inicio del siglo XXI, particularmente el Magreb, el poniente del mundo árabe, el flanco meridional de Europa y su punto de unión con África y más allá América Latina.

Primer continente mundial durante cinco siglos, la Europa de la segunda mitad del siglo XX sufrió, como castigo a su belicismo, la división en dos bloques separados herméticamente por un telón de acero. Desangrado y arruinado por dos guerras mundiales, con su flanco occidental bajo la perfusión financiera estadounidense del Plan Marshall y librando un combate de retaguardia frente a la revuelta de los pueblos coloniales de Asia, del mundo árabe y de África. Ese combate de retaguardia frente a La India y Pakistán, futuras potencias nucleares; frente al mundo árabe, principal reservorio energético del planeta, y frente al continente africano, vasto yacimiento minero, marcaron el alejamiento de Europa de la magistratura suprema de la gestión de los asuntos mundiales.

La coyuntura ideal para Estados Unidos, que se lanzó a la brecha sobre las ruinas del colonialismo inglés y francés en Asia occidental y en África, aprovechando el ostracismo de la China continental comunista de Mao Tsé Tung en beneficio de la China insular capitalista del Taiwan de Chiang Kai-shek, el vencedor del Komintern.

En aplicación de la «teoría de los anillos marítimos», Estados Unidos procedió, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, a su despliegue geoestratégico según la configuración del mapa del almirante William Harrison, concebido en 1942 por la marina estadounidense con el fin de atenazar todo el mundo euroasiático, articulando su presencia en un eje basado en tres posiciones-bisagras: el estrecho de Bering, el golfo Pérsico y el estrecho de Gibraltar, con el objetivo de provocar una marginación total de África, una marginación relativa de Europa y confinar en un cordón de seguridad el «perímetro insalubre», constituido por Moscú, Pekín, Delhi e Islamabad, que alberga a la mitad de la humanidad, 3.000 millones de personas, además de la mayor densidad de miseria humana y la mayor concentración de drogas del planeta.

Heredero de Europa y testigo privilegiado de sus sinsabores, Estados Unidos acudió en dos ocasiones en el siglo XX, durante las dos guerras mundiales (1914-1918 y 1939-1945), en auxilio de las grandes democracias europeas antes de sustituirlas como potencia mundial, pero -ahí está el quid- sin aprovecharse de las aberraciones coloniales de sus ancestros europeos.

Sobre las los escombros del colonialismo francés e inglés, Estados Unidos apoyó las independencias de Marruecos y Argelia a raíz de la loca aventura tripartita (anglo-franco-israelí) de Suez, en 1956, y fue acogido como héroe por los pueblos árabes. Pero, desafiando las lecciones de la historia, EE.UU. basó su hegemonía en una colusión con las fuerzas árabes más reaccionarias y en alianzas contra natura con los principales enemigos del mundo árabe, malgastando así su capital de simpatía debido a una política errática ilustrada por la lucha implacable que libra contra el renaciente nacionalismo árabe. Segundo error fatal que permitió a China, en la década de 1960, sacar provecho y establecerse en Asia Occidental y en el norte de África, especialmente en Argelia, su más antiguo y leal aliado en la zona.

La «estrategia del collar de perlas»

Atenazada entre La india -su gran rival en Asia-, Estados Unidos -director del bloqueo de la China maoísta- y Japón -el gigante económico de Asia-, China intentó liberarse de ese dogal desarrollando la estrategia denominada «del collar de perlas». El término se utilizó por primera vez a principios de 2005 en un informe interno del Departamento de Estado titulado «Energy Futures in Asia».

Dicha estrategia emprendida por China para garantizar la seguridad de sus vías de aprovisionamiento marítimas hasta Oriente Medio, así como su libertad de acción comercial y militar, consiste en la compra o arrendamiento por un tiempo limitado de instalaciones portuarias y aéreas escalonadas, desde los puertos de Gwadar (Pakistán), Hambantoa (Sri Lanka), Chittagong (Bangladesh), hasta Port Sudán, vía Irán, y el perímetro del golfo de Aden para escoltar a sus barcos a través de esa zona infestada de piratas, así como en la zona Sahel-Sahara, Argelia y Libia, al menos bajo el régimen del coronel Gadafi (1969-2012), es decir, durante 43 años.

Los retos de poder: Petróleo y superpoblación sobre fondo de militarización de las rutas marítimas

De la adecuada utilización de los principios universales. El principio de la libertad de navegación en los océanos del nuevo mundo del siglo XXI (1).

Los grandes principios universales raramente responden a consideraciones altruistas y obedecen, sobre todo, a imperativos materiales. Es el caso del principio de la libertad de navegación blandido por la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII para asegurarse la supremacía marítima y en consecuencia su hegemonía comercial en todo el mundo. También ha sido así en el caso del principio de la libertad de comercio y el libre intercambio decretado por los países occidentales en los siglos XIX y XX para obligar a China a recibir mercancías occidentales en su mercado interior en nombre de la «política de puertas abiertas». Lo mismo en el caso del «principio de la libertad de información», firmemente defendido por Estados Unidos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial para hacerse con la supremacía ideológica en los cuatro ámbitos que configuran el poder: político, militar, económico y cultural.

El principio de la libertad de navegación, en apariencia trivial, encierra grandes retos geoestratégicos resumidos hace ya dos siglos por el contraalmirante Alfred Thayus Mahan (1840-1914): «Quien consiga la supremacía marítima en el océano Índico será protagonista en el escenario internacional», sostenía este geoestratega de la Marina de Estados Unidos.

La previsible superpoblación de la tierra, cuya población prácticamente se duplicará en un siglo pasando de 6.000 millones de seres humanos en el año 2000 a 11.000 millones en el año 2100, es decir, más que en toda la historia de la humanidad, convertirá la búsqueda de espacios nuevos en otro desafío de la competencia mundial, en el reto de la supervivencia de la especie humana.

En este sentido la conquista del espacio es un ejemplo espectacular. El mar es más familiar para el hombre que el espacio, más íntimamente vinculado a la historia de la humanidad. La conquista de los espacios marítimos, aunque menos llamativa, no es menos metódica. Omnipresentes en la superficie terrestre, los océanos representan el 71% de la superficie del planeta, con una mención especial al Pacífico que ocupa, él solo, el 50% de la superficie oceánica mundial. Si desde la más lejana antigüedad el mar ha constituido un espacio de unión y aproximación entre los pueblos, también ha sido escenario de famosas batallas navales (Trafalgar, Sawari) y sobre todo es apreciado por los estrategas como lugar ideal de proyección de las fuerzas a distancia.

El desarrollo de la prospección petrolera en alta mar, el cableado submarino y la sobreexplotación de la pesca han convertido los océanos en un gigantesco yacimiento de recursos naturales y animales.

El 50% de la población mundial vive en una estrecha franja costera de 50 kilómetros a lo largo de las costas, y el 75% del peso del comercio mundial y el 66% de su valor están garantizados por el transporte marítimo, casi 10.000 millones de toneladas anuales.

La explotación de los recursos marítimos se ha cuadruplicado en 40 años, pasando de 20 millones de toneladas en 1950 a 80 millones en 1990. La FAO, por su parte, estima en 40 millones el número de personas de todo el mundo que viven de la economía de la pesca; la red pesquera emplea, ella sola, a 12 millones de personas entre pescadores, técnicos, fabricantes y comerciantes.

Por otra parte, la militarización de las vías marítimas figura entre los objetivos de Washington en esa zona sin ley que conecta el Mediterráneo con el sudeste asiático y el extremo Oriente por el canal de Suez, el mar Rojo y el golfo de Adén. En ese perímetro altamente estratégico, Estados Unidos ha procedido al mayor despliegue militar fuera del territorio nacional en tiempos de paz.

El mundo árabe alberga tres de las principales vías de navegación transoceánicas, pero no controla ninguna. El estrecho de Gibraltar, que garantiza la unión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, está bajo la vigilancia de la base inglesa ubicada en el promontorio de Gibraltar, un enclave situado en territorio español. La unión del Mediterráneo con el mar Rojo está bajo control de las bases inglesas situadas en los dos extremos del canal de Suez, las bases de Dekhélia y Akrotiti en Chipre y la base de Massirah, en el sultanato de Omán, a la salida.

Finalmente, el paso entre el golfo Pérsico y el océano Índico está bajo el férreo control del rosario de bases de la OTAN: el campamento franco-estadounidense de Yibuti, la base aeronaval francesa de Abu Dabi, el cuartel general del CENTCOM en Catar y la base aeronaval estadounidense de Diego García.

En virtud del principio de la libertad de navegación, todas las vías de paso transoceánicas, con excepción del estrecho de Bering, están bajo control de Occidente. Desde el estrecho de Gibraltar hasta el del Bósforo, Dardanelos, Malaca y Ormuz, pero China ha conseguido soslayar ese cuello de botella desarrollando su «estrategia del collar de perlas» que le ha permitido establecer un rosario de puertos amigos a lo largo de sus vías de avituallamiento llegando al corazón de Europa, con la zona franca de El Pireo.

«Fábrica mundial», en la actualidad China importa alrededor del 30% del petróleo que utiliza. Según las estimaciones de la Agencia para la Energía, en 2025 el país importará el 85% del petróleo que necesite. La ecuación energética china coloca al país en una situación de «urgencia» de aprovisionamiento que explica su nueva ofensiva en tres sentidos.

La búsqueda de bases-relevos y proveedores va acompañada de una significativo modernización de su marina con el fin de controlar las rutas marítimas que garanticen su aprovisionamiento (asegurar la ruta marítima vital vinculando los campos petroleros del golfo Pérsico con Shangai pasando por el estrecho de Ormuz, el estrecho de Malaca y el estrecho de Formosa, zona caracterizada por una fuerte presencia de las marinas estadounidense y británica).

Continuará…

Nota:

(1) La correcta utilización de los principios universales, en particular el principio de la libertad de navegación, véase: » Lo que está en juego en el estrecho de Ormuz » y » Justice internationale: Posture ou imposture »

Fuente: http://www.renenaba.com/le-lievre-americain-et-la-tortue-chinoise-une-fable-a-lechelle-planetaire/