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Las autonomías chinas, de la exaltación al conflicto

Fuentes: Rebelión

La univocidad ha sido la característica predominante en la manera de abordar el conflicto registrado el 5 de julio en Urumqi por parte de la dirección china. Las declaraciones oficiales han abundado en la perversidad, alevosía, ensañamiento y mala fe de los terroristas uigures que han alterado la paz étnica en la región y en […]

La univocidad ha sido la característica predominante en la manera de abordar el conflicto registrado el 5 de julio en Urumqi por parte de la dirección china. Las declaraciones oficiales han abundado en la perversidad, alevosía, ensañamiento y mala fe de los terroristas uigures que han alterado la paz étnica en la región y en el país, con consecuencias que han trascendido sus propias fronteras, así como en la celebrada capacidad reactiva de las autoridades a la hora de controlar la situación y garantizar la seguridad de personas y bienes.

En ese contexto de unanimidades, han sorprendido las declaraciones de un próximo a Hu Jintao, el secretario del PCCh en Guangdong, Wang Yang, quien ha puesto el dedo en la llaga al señalar el 30 de julio pasado que «la gestión de los problemas de las nacionalidades minoritarias debe mejorarse si no queremos tener nuevos problemas», lo que supone toda una invitación a la siempre sana autocrítica constructiva. Y es que la complejidad natural de estos problemas exige eludir aquellas simplificaciones que en lo inmediato pueden ser útiles para la propaganda, pero que poco pueden contribuir a resolver los conflictos cuando estos se encaran desde la rigidez.

Cabe relacionar los incidentes y estas opiniones con el inicio de la lucha por la sucesión en el PCCh con la vista puesta en 2012? Las especulaciones siguen creciendo, habida cuenta el hermetismo de la dirección china, frente a las causas y organizadores de los disturbios y el sentido de la política general en el futuro, en la que la unanimidad no parece estar garantizada. Si los disturbios de Xinjiang pueden haber debilitado la posición de Hu Jintao o si es el primer episodio de una lucha por el poder que se prolongará hasta 2012 entre el clan de Shanghai, afecto a Jiang Zemin, y sus próximos es algo que sabremos en los próximos meses. La fuerte campaña anticorrupción en curso, relacionada formalmente con el 60 aniversario de la fundación de la RPCh pero que viene y va mucho más allá, puede tener aquí una segunda lectura.

Los graves incidentes de Xinjiang han despertado preocupación en la dirección china por el futuro de su relación con el mundo árabe y la comunidad musulmana presente en todo Medio Oriente y en la propia Asia. El boicot a los productos chinos recorre varios países árabes, entre ellos, Turquía, Egipto, Argelia o Indonesia. Los enviados diplomáticos de Beijing han dado explicaciones en diversas capitales mientras se multiplican los llamamientos a evitar enfrentamientos como el acontecido en Argel entre la comunidad local y los chinos emigrados.

Desde el exterior, flaco favor se le puede hacer a China si reducimos la naturaleza del problema a maniobras subversivas de la CIA o nos relajamos en el acompañamiento complaciente de un discurso oficial carente de matices que elude atender la reivindicación de tolerancia e integración indispensables, cayendo en la simpleza de reducir al Congreso Mundial Uigur y Reibiya Kadeer la pluralidad de voces existente en dicha oposición o en el maniqueísmo interesado de equiparar defensa de la identidad nacional no coincidente con la política étnica hoy oficial con violencia y terrorismo. No cabe secundar independentismos de signo teocrático, pero si alertar del progresivo distanciamiento entre la realidad y el discurso oficial, lo que será fuente de nuevos problemas.

Entre la intransigente defensa de la soberanía estatal y el secesionismo existe un amplio margen para arbitrar fórmulas y espacios de entendimiento que favorezcan una profundización del autogobierno de las nacionalidades minoritarias. Este tema debe figurar en la agenda política y debería facilitarse la discusión interna sin temer las disensiones naturales que el debate democrático pueda dejar traslucir. Así acontece en China con la política económica, social o demográfica, ¿por qué no en relación a las nacionalidades minoritarias? Por otra parte, la intelectualidad china tiene aquí un papel crucial a desempeñar, alejado de cualquier chovinismo y coherente con las ambiciones de una mayor profundización democrática.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China