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Lo que Obama podría aprender de Karzai

Fuentes: Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Si miramos en retrospectiva, el Presidente de EEUU Barack Obama le hizo un gran favor al Presidente afgano Hamid Karzai cuando le excluyó del círculo encantado de peces gordos y mandamases con influencias en la nueva administración en Washington. Obama fue inusitadamente rudo con Karzai al no conversar con él durante semanas ni siquiera por teléfono una vez jurado su cargo, aunque Afganistán era y es la prioridad número uno de la política exterior de su presidencia.

El Vicepresidente Joseph Biden viajó a Kabul para hacer saber a Karzai que se había convertido en un ángel caído y a menos que cambiara de modos y maneras, y que lo hiciera pronto, EEUU prescindiría de él de una vez por todas. Biden le hizo saber de forma brutal que al ser un sucedáneo que EEUU había instalado en el poder, igual de fácil iba a ser arrebatarle la gracia.

El hombre astuto que es Jaap de Hoop Schafer, el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico, que siempre tiene el ojo y el oído puestos en Washington, se puso a trabajar con prontitud regañando severamente a Karzai en un editorial de opinión publicado en el Washington Post, como si el dirigente afgano fuera un mero vasallo de la alianza occidental. Fue una atroz ruptura del protocolo, como Schaffer, en otra época ministro de asuntos exteriores, debería haber comprendido.

Pero Karzai se ha reído el último mientras viaja a Washington desde Kabul para celebrar el miércoles [6 de mayo] una «intensa» cumbre trilateral con Obama y el Presidente pakistaní Asif Ali Zardari. Schaffer, Biden y Obama tienen todos, en efecto, algo amargo que tragar esta semana. Karzai seguirá estando por los alrededores otros cinco años. El mensaje que llega de Kabul es que, a partir de estos momentos, es casi seguro que Karzai gane las elecciones presidenciales afganas del 20 de agosto.

El no va más de las ironías es que, probablemente, lo que está ayudando a Karzai más que ninguna otra cosa a conseguir su reelección es que políticos occidentales como Schaffer y Biden le desprecien y se distancien ostensiblemente de él. Sin el oprobio de su compañía, los hados políticos de Karzai empezaron a mejorar. De inmediato empezó a ganar una nueva credibilidad -incluso respetabilidad- a los ojos afganos. O una especie de honra.

Sherzai abraza al hijo pequeño de Karzai

El lunes pasado, Karzai registró formalmente su candidatura para las elecciones presidenciales. Sus candidatos para la vicepresidencia serán dos incondicionales de la antigua Alianza del Norte anti-talibán, Muhammad Fahim Qasim, de Panjshir, y Muhammad Karim Khalili, de Hazarajat. No hay duda de que son los candidatos ideales. Fahim aporta en buena medida el apoyo tayico, mientras Khalili es el incuestionable líder de los chiíes hazaras de Bamiyan.

Karzai es el orgulloso heredero de una poderosa tribu pastún. Parece probable que la candidatura Karzai-Fahim-Khalili pueda también estar disfrutando de un entendimiento simultáneo con el hombre fuerte uzbeco Abdul Rashid Dostum y el comandante hazara Mohammed Mohaqia, del norte de Afganistán.

La candidatura supone varias implicaciones. Es multiétnica, multicultural e interregional. En segundo lugar, tiene el potencial necesario para reunir a los muyahaidines. Tanto Fahim como Khalili fueron destacados líderes muyahaidines. Tienen toda una serie de contactos con los dirigentes muyahaidines que todavía constituyen una circunscripción importante.

En tercer lugar, su acérrima oposición a los talibanes es demasiado bien conocida como para tener que reiterarla. Su presencia en los escalones más altos de la estructura de poder pondrá de manifiesto la necesidad imperativa de un gobierno integrador y de amplia base como parte de cualquier acuerdo con los talibanes.

En cuarto lugar, Fahim y Khalili son realmente «hijos de la tierra». Puede que carezcan del arte en el vestir, el inglés fluido, la urbanidad y el garbo diplomático de Karzai, pero se han destacado en las intrincadas montañas del Hindu Kush a lo largo de treinta años de guerra civil. Además, aportan algo de lo que carece Karzai. Ambos son experimentados comandantes con numerosos seguidores y pueden contribuir de forma importante a la «afganización» de la guerra. Fahim dirigió también las actividades de inteligencia de la shura [*] del norte bajo el mando de Ahmed Shah Massoud.

Además, Karzai tiene en Fahim un candidato que es conocido de los rusos y en Khalili un alto dirigente que disfrutaba del respeto y apoyo de los iraníes. Pero, sobre todo, con la elección de Fahim y Khalili, Karzai tiene virtualmente asegurado que no va a haber ninguna oposición unificada capaz de presentar un desafío coherente a su candidatura.

Cómo Karzai ha logrado maniobrar hasta conseguir una posición fuerte ofrece algunas lecciones saludables sobre la política afgana. En esencia, se ha pasado las últimas semanas metido en negociaciones confidenciales -al estilo afgano- haciendo tratos con los adversarios de otro tiempo, comprometiendo o canjeando influencias y poder con dirigentes políticos. El punto culminante se alcanzó el sábado cuando Gul Agha Sherzai, el popular gobernador de Nangarhar, que era ampliamente considerado como el favorito de Obama y del que se esperaba que anunciara su candidatura esta semana, fue a reunirse con Karzai en el palacio presidencial en Kabul.

Los dos dirigentes pastunes mantuvieron conversaciones secretas durante cuatro horas, tras las cuales Sherzai apareció con una joya de declaración. Dijo a los medios: «He visitado al presidente y abrazado a su hijo pequeño y he decidido retirar mi candidatura. No voy a ponerme al frente de ninguna alianza de oposición ni a anunciar mi candidatura para las elecciones presidenciales».

Sherzai no dijo ni una palabra más sobre su repentino cambio de sentimientos. Secreto total. Ni que decir tiene que un trato no se comparte en Afganistán. En su lugar, en una asombrosa muestra de total indiferencia ante todo poder, Sherzai dijo que también dimitiría como gobernador. Tras lo cual, el portavoz presidencial en Kabul apareció con un comunicado: «El presidente de Afganistán ha valorado mucho el anuncio de Gul Agha Sherzai de no presentarse a las elecciones presidenciales y lo considera como un paso positivo en aras al gobierno y unidad del pueblo de Afganistán».

Añadió: «Hamid Karzai considera a Gul Agha Serzhai un magnífico gobernador, un tenaz trabajador y un buen asesor y se niega a aceptar su dimisión. La confusión que siguió al cambio de sentimientos de Sherzai ha obligado volver a pensar en los otros potenciales contendientes en las elecciones del 20 de agosto, entre los que se incluyen Zalmay Khalilzad, ex embajador estadounidense en Afganistán, que es visto popularmente por los afganos como el «candidato estadounidense»; Ashraf Ghani, otro veterano contendiente que vive en EEUU, que fue también ex ministro de hacienda; Ali Jalali, ex ministro del interior; y el Dr. Abdullah, el atildado ex ministro de exteriores que solía ser asesor de Massoud.

No hace falta ser muy ingenuo para comprender que Karzai ha conseguido para su candidatura un sólido eje de dos poderosas tribus pastunes de las regiones de Kandahar y Nangarhar, el corazón del nacionalismo pastún.

La experiencia afgana con la democracia le ofrece a Obama una buena lección: es mejor mantener una distancia discreta y dejar que los afganos se las arreglen entre ellos para compartir el poder como ellos deseen de acuerdo con su propio espíritu y tradiciones. Posiblemente, a diferencia de 2001 cuando le endilgaron a Karzai a Afganistán como opción estadounidense, o en 2004, cuando EEUU coreografió y después organizó y amañó una elección para catapultarle hacia el palacio presencial como dirigente «democráticamente elegido» del pueblo afgano, esta vez, si consigue ganar un mandato en las elecciones del 20 de agosto únicamente por sus propios esfuerzos, disfrutará de un grado de legitimidad, en la percepción afgana, de la que Obama nunca habría soñado en ganar para él. Podría decirse que se ha licenciado en la liga del Primer Ministro de Iraq Nuri al-Maliki.

Sin embargo, Obama tiene un largo camino por delante para imbuirse de las lecciones de la democracia en el Hindu Kush, que tiene una feroz historia de independencia, como se puso en evidencia en su conferencia de prensa del pasado miércoles cuando reprendió públicamente al gobierno elegido en Pakistán.

Obama dijo: «Estoy muy preocupado por la situación en Pakistán, no porque piense que vaya a haber una invasión inmediata y los talibanes vayan a adueñarse de Pakistán. Estoy más preocupado porque el gobierno civil es ahora muy frágil allí y no parece tener capacidad para proporcionar los servicios básicos: educación, sanidad, imperio de la ley, un sistema judicial que funcione para la mayoría del pueblo. Como consecuencia, es muy difícil para ellos (el gobierno) ganarse el apoyo y la lealtad del pueblo».

Obama procedió después a aplaudir al ejército pakistaní en comparación con el gobierno civil. Los funcionarios estadounidenses muy bien situados han empezado desde entonces a filtrar a la prensa una serie de informes de que la administración Obama está «extendiéndole la mano más directamente que antes a Nawaf Sharif [dirigente de la oposición pakistaní], el principal rival de Asif Ali Zardari». Los informes (que tienen un toque holbrookeano [**] afirman más aún que Washington y Londres han estado manteniendo consultas acerca de Sharif pero que «no se llegó a ninguna conclusión… La idea aquí es vincular la popularidad e Sharif a las cosas que nosotros [EEUU] pensamos que es necesario hacer, como contactar con la insurgencia».

Pero esos altos funcionarios sin rostro en Washington no parecen preocuparse de que si en la actualidad la popularidad de Sharif está fácilmente por encima del 83% entre el pueblo pakistaní, es precisamente porque se le considera -acertada o equivocadamente- como un político acreditado porque tiene coraje para echarle la bronca a los estadounidenses. El diario Nation del establishment de Lahore comentó ácidamente que las filtraciones de los funcionarios estadounidenses equivalían «probablemente a un beso de muerte para Mian Nawaz, como el refrendo de que Washington reduciría la imagen pública de cualquier dirigente político en Pakistán». Pregunten a Karzai si eso no es en efecto así.

Cierto, en cuanto Biden se largó de Kabul, Karzai presentó una figura lamentable en el bazar de Kabul. Despojado de todo apoyo importante estadounidense, fue ganando terreno la impresión de que los días de Karzai estaban contados, especialmente en cuanto la supuesta comunidad internacional (léase capitales occidentales) siga los consejos de Washington y añada con prontitud su propia voz para culparle por todo lo que ha ido tan horriblemente mal en la guerra afgana. Si pudiera ponerse un indicador del cambio total de la fortuna política de Karzai, podría fijarse la fecha del 20 de enero, cuando Obama ignoró a Karzai e invitó a otros cuatro políticos afganos a asistir a su toma de posesión en Washington.

Esos cuatro afganos incluían a Sherzai y Abdullah, que figuraban como los candidatos presidenciales hasta el pasado sábado cuando Sherzai -el señor de la guerra en otro tiempo contaminado por la droga que parece un rechoncho rey feudal y que una vez disfrutó de una estrecha relación con los Servicios de Inter-Inteligencia de Pakistán- viajó a Kabul, abrazó al hijo de dos años de Karzai y decidió que, sencillamente, no merecía la pena presentarse como candidato a una elección contra el padre del muchachito.

N. de la T.:

[*] Shura: término árabe que significa el método por el que las tribus árabes pre-islámicas elegían a sus líderes y adoptaban decisiones importantes.

[**] Richard Holbrooke, representante especial para Afganistán de la administración Obama

El Embajador M K Bhadrakumar fue diplomático de carrera del Servicio Exterior de la India. Entre los puestos desempeñados figuran los ejercidos en la Unión Soviética, Corea del Sur, Shri Lanza, Alemania, Afganistán, Pakistán, Uzbekistán, Kuwait y Turquía.

Enlace con texto original:

http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/KE06Df03.html