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¿Puede Washington pasar de ser Potencia del Pacífico a ser socio pacífico?

2012 sacudirá Asia y el mundo

Fuentes: Tom Dispatch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Hace tiempo que EE.UU. se presenta como una potencia del Pacífico. Estableció el modelo de contrainsurgencia en las Filipinas en 1899 y derrotó a los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Enfrentó a chinos y norcoreanos para mantener dividida la península coreana en 1950, y armó hasta los dientes a los taiwaneses. Actualmente, EE.UU. mantiene las fuerzas armadas más poderosas en la región del Pacífico, apoyadas por una constelación de bases militares, alianzas bilaterales, y cerca de 100.000 militares.

Sin embargo, ha llegado al pico de su presencia e influencia en el Pacífico. El mapa geopolítico está a punto de ser rediseñado. El Noreste de Asia, el área del mundo con la mayor concentración de poder económico y militar, está al borde de una transformación regional. Y EE.UU., todavía preocupado de Medio Oriente y cojeando con una economía atascada y anquilosada, será la excepción.

Las elecciones serán parte del cambio. El próximo año, surcoreanos, rusos y taiwaneses irán todos a elecciones. En 2012, el Partido Comunista Chino también ratificará su elección de un nuevo dirigente para reemplazar al presidente Hu Jintao. Será el hombre de quien se espera que presida sobre el ascenso del país del segundo puesto al pináculo de la economía global.

Pero a Washington le reservan una verdadera sorpresa. Es posible que el catalizador del cambio podría ser el país en la región que hasta ahora ha cambiado lo menos: Corea del Norte. En 2012, el gobierno norcoreano anunció a los cuatro vientos a su pueblo su promesa de crear kangsong taeguk, o sea un país de economía próspera y fuerte en lo militar. Ahora Pyongyang tiene que cumplir de alguna manera esa promesa – en días de escasez de alimentos, estancamiento económico generalizado, e inseguridad política. Este sueño de 2012 impulsa a Pyongyang a hacer grandes esfuerzos diplomáticos y eso, por su parte, ya está creando enormes oportunidades para potencias clave en el Pacífico.

Washington, que ya ha enfocado durante años el arsenal pequeño, pero en desarrollo, de Corea del Norte, apenas ha prestado atención a los eventos más importantes en Asia. La inminente transformación de Asia tampoco será un tópico importante en nuestra propia elección presidencial del próximo año. Argumentaremos sobre puestos de trabajo, atención sanitaria, y si el presidente es un socialista o su opositor republicano un lunático. Aparte de algunas diatribas rituales contra China, Asia merecerá poca mención.

El presidente Obama, ansioso de no dar munición a su oponente, tratará de no jugar con política asiática, que ya está en autopiloto. Por lo tanto, mientras otros se apresuran a rehacer Asia del Este, EE.UU. estará sufriendo su propia forma peculiar de deriva continental.

Pyongyang muestra sus encantos

El 15 de abril de 1912, en un lugar recóndito del imperio japonés, nació un bebé en una familia cristiana orgullosa de su patrimonio coreano. El 100º aniversario del nacimiento de

Kim Il Sung, fundador de Corea del Norte y líder dinástico, tendrá lugar el próximo año. Normalmente, un evento semejante tendría poca importancia para cualquiera fuera de los 24 millones de norcoreanos y algunos coreanos en otros sitios. Pero este centenario también marca la fecha en la cual el régimen norcoreano ha prometido que finalmente tendrá lugar un cambio de la situación.

A pesar de sus pretensiones de autosuficiencia, Pyongyang ha demostrado ampliamente que solo se las puede arreglar con ayuda de sus amigos. Hasta hace poco, sin embargo, no se puede decir que Corea del Norte haya logrado un buen desempeño en sus relaciones con otros.

Reaccionó, por ejemplo, de una manera particularmente dura, ante las políticas más belicistas adoptadas por el nuevo presidente surcoreano Lee Myung Bak, cuando asumió su cargo en febrero de 2008. Los disparos contra un turista surcoreano en el balneario del Monte Kumgand en julio de ese año, el hundimiento del barco de la marina surcoreana, el Cheonan, en marzo de 2010 (Pyongyang todavía afirma que no fue culpable), y el bombardeo de la Isla Yeonpyeong de Corea del Sur más adelante ese año aceleraron una caída en las relaciones entre el norte y el sur. Durante ese período, el Norte probó un segundo artefacto nuclear, lo que llevó incluso a su aliado más cercano, China, a reaccionar disgustado y a apoyar una declaración de condena de la ONU. Pyongyang también se las arregló para enajenar aún más a Washington al revelar en 2010 que ciertamente impulsa un programa para producir uranio altamente enriquecido, de grado de armas, algo que había negado continuamente.

Esas acciones tuvieron dolorosas consecuencias económicas. Corea del Sur anuló casi todas las formas de cooperación. La segunda prueba nuclear del Norte puso fin a todo acercamiento económico incipiente con EE.UU. (El gobierno de Bush había sacado a Corea del Norte de su lista de terrorismo, y había habido indicios de que otras antiguas sanciones podrían ser abandonadas tarde o temprano como parte de un calentamiento de las relaciones.)

Lo único que no fue afectado fue la relación del Norte con China, en gran parte porque Beijing está engullendo cantidades importantes de minerales valiosos y tiene acceso a puertos a cambio de la cantidad precisa de alimento y energía para mantener al país en auxilio vital y al régimen a flote. Entre 2006 y 2009, la ya anémica economía norcoreana se contrajo, y la escasez crónica de alimentos volvió a agudizarse.

A estas dificultades económicas hay que agregar otras políticas. La dirigencia del país ha superado de lejos la edad de jubilación, ya que el líder Kim Kong Il de 70 años es más joven que la mayoría del resto de la elite gobernante. Nombró como sucesor a su hijo más joven, Kim Jeong Eun, pero lo único que ese muchacho misterioso parece tener a su favor es el parecido con su abuelo, Kim Il Sung.

A pesar de todo, Corea del Norte no parece estar más cerca del colapso total ahora que durante crisis anteriores – como la devastadora hambruna de mediados de los años noventa. Un Estado enteramente represivo y una sociedad civil inexistente parecen asegurar que no se aproxime ninguna revolución de color o una «Primavera de Pyongyang». La espera de que el régimen norcoreano desaparezca tranquilamente en la noche es como esperar a Godot.

Pero eso no significa que el cambio sea incierto. Para vigorizar su desvencijada economía y dar una manita política al próximo líder en el año de kangsong taeguk, Corea del Norte inició repentinamente una posición favorable a acuerdos.

La reciente visita de Kim Jong Il a Siberia para encontrar al presidente ruso Dmitri Medvedev, por ejemplo, causó unos pocos levantamientos de cejas entre conocedores. En una reunión en una base militar rusa cerca del Lago Baikal, el líder norcoreano llegó a plantear por primera vez en mucho tempo la posibilidad de una moratoria en la producción y ensayos de armas nucleares. Más sustancialmente, concluyó un acuerdo preliminar sobre un gasoducto que por sí solo podría transformar la política de la región. Transferiría gas natural desde el Lejano Este ruso rico en energía a través de Corea del Norte a Corea del Sur, en auge económico pero sedienta de energía. El acuerdo podría significar hasta 100 millones de dólares al año para Pyongyang.

La nueva ofensiva de encanto del Norte no tendría ninguna esperanza de éxito si un cambio similar de actitud no hubiera comenzado también en el Sur.

El error de cálculo de la aplanadora

Al asumir el cargo, el presidente conservador surcoreano Lee Myung Bak, conocido como «la Aplanadora», prometió cambiar la base de las relaciones coreanas. Diez años de «política de acercamiento» con el Norte habían, dijo Lee, producido una relación asimétrica. El Sur, insistió, suministraba todo el dinero, y el Norte hacía muy poco a cambio. Lee prometió una relación basada solo en quid pro quo.

Lo que obtuvo en su lugar fue ‘donde las dan las toman’: retórica más dura y acción militar. En última instancia, aunque el Norte no conquistó amigos de esa manera más allá del paralelo 38, la nueva era de hostilidad tampoco fue favorable al gobierno de Lee. Los surcoreanos miraron con horror mientras una relación relativamente pacífica se acercaba peligrosamente a un conflicto militar.

El partido gobernante de Lee sufrió una derrota en las elecciones parciales en abril pasado, y en agosto, reemplazó a su ministro de «unificación» de la línea dura por un sujeto más conciliador. A pesar de mantener su insistencia en una disculpa por el hundimiento del Cheonan y el bombardeo de Yeonpyeong el partido gobernante busca maneras de restaurar los vínculos comerciales y de volver a suministrar ayuda humanitaria al Norte. Desde el verano, representantes del Norte y del Sur se han reunido dos veces para discutir el programa nuclear de Pyongyang. Aunque las dos partes no han logrado un progreso sustancial, se ha preparado la escena para la reanudación de las Conversaciones entre Seis Partes entre las dos Coreas, Rusia, Japón, China y EE.UU. que se rompieron en 2007.

Incluso si el partido opositor no barre del poder a los conservadores en las elecciones de 2012, es probable que Corea del Sur abandone la línea dura de Lee. En septiembre, su probable sucesor como candidato del partido gobernante en 2012, Park Geun-Hye, criticó abiertamente la actitud de Lee en un artículo en Foreign Affairs en el que pidió una «trustpolitik» [política de confianza].

Un proyecto que Park decidió mencionar es una línea ferroviaria inter-coreana que «tal vez transformaría la Península Coreana en un conducto para el comercio regional». Es un eufemismo. La restauración de la línea y su conexión con el Ferrocarril Transiberiano de Rusia conectaría a la península coreana con Europa, reduciría el tiempo de embarque de bienes de un extremo de Eurasia al otro en casi dos semanas, y ahorraría a Corea del Sur hasta entre 34 y 50 dólares por tonelada en costes de flete. Por su parte, el gasoducto, que Corea del Sur aprobó a fines de septiembre, podría reducir sus costes de gas en hasta un 30%. Para el segundo importador por su tamaño del mundo de gas natural, representaría importantes economías.

Los pasos económicos serios hacia la reunificación de Corea no son solo un sueño, en otras palabras, también significan un buen negocio. Incluso en los peores momentos del reciente período de alejamiento, es notable que los dos países hayan logrado preservar el complejo industrial Kaesong ubicado justo al norte de la Zona Desmilitarizada. Dirigido por administradores surcoreanos y empleando más de 45.000 norcoreanos, la zona empresarial es un beneficio inesperado para ambas partes. Ayuda a empresas surcoreanas que enfrentan competencia de China, incluso si suministra moneda dura y empleos bien pagados al Norte. El ferrocarril y el gasoducto ofrecerían beneficios mutuos similares.

Según la sabiduría convencional, Corea del Norte tiene una sola carta de cambio, su pequeño arsenal nuclear, al que nunca renunciará. Pero un agente inmobiliario vería la situación de otro modo. Lo que Corea del Norte realmente posee es «ubicación, ubicación, ubicación», y por fin parece dispuesta a sacar provecho de su posición crítica en el corazón de la región económica más vital del mundo.

La línea de ferrocarril uniría las dos regiones económicas mayores del mundo en un inmenso mercado eurasiático. Y el gasoducto, combinado con proyectos de energía verde en China, Corea del Sur, y Japón, podría comenzar a separar gradual a Asia del Este de su dependencia del petróleo Medio Oriental y por lo tanto de los militares de EE.UU. que aseguran el acceso y protegen las vías marítimas.

Puesto de otra manera, esos proyectos y otros semejantes que están al acecho en el futuro eurasiático son significativos no solo por lo que conectan, sino por lo que excluyen: EE.UU.

Dejados de lado

El gobierno de Bush previó la actitud de Lee Myung Bak frente a Corea del Norte, descartando la zanahoria y blandiendo el garrote. En 2006, sin embargo, Washington había dado media vuelta y comenzaba a acercarse seriamente a Pyongyang. El gobierno de Obama tomó otra dirección, adoptando finalmente una política de «paciencia estratégica», un eufemismo para ignorar a Corea del Norte y esperar que no le diera una pataleta.

No ha funcionado. Corea del Norte se ha lanzado adelante a toda velocidad con su programa nuclear. La campaña aérea de EE.UU. y la OTAN contra la Libia de Muamar Gadafi, quien había renunciado a su programa nuclear para lograr mejores relaciones con Occidente, solo reforzó la creencia en Pyongyang de que las bombas nucleares representan la máxima garantía de su seguridad. El gobierno de Obama sigue insistiendo en que el régimen muestre su seriedad respecto a la desnuclearización como condición previa para reanudar las conversaciones. Incluso aunque Washington envió recientemente una pequeña ayuda para las inundaciones, se niega a ofrecer alguna ayuda alimentaria. Por cierto, en junio, la Cámara de Representantes aprobó una enmienda a la ley de agricultura que prohíbe toda ayuda alimentaria a ese país, no importa cuán necesaria sea.

Aunque probablemente el gobierno envíe a su representante, Stephen Bosworth a Corea del Norte más adelante en este año, nadie espera que resulten cambios importantes en la política o las relaciones. Con un inminente año de elección presidencial, no es probable que el gobierno de Obama gaste capital político en Corea del Norte – no cuando los republicanos indudablemente etiquetarían cualquier nueva acción como «apaciguamiento» de un «Estado terrorista».

Obama asumió el mando con el deseo de apartar la política estadounidense de su enfoque en Medio Oriente y reafirmar la importancia de EE.UU. como potencia del Pacífico, en particular ante la creciente influencia regional de China. Pero el presidente ha invertido más en drones que en diplomacia, sustentando la guerra contra el terror a costa del tipo de acercamiento más atrevido hacia adversarios que Obama había insinuado como candidato. Mientras tanto, el gobierno está dispuesto a simplemente esperar hasta que las próximas elecciones hayan pasado a la historia – y para entonces, podría ser demasiado tarde para ponerse al día con los eventos regionales.

Después de todo, Washington ha contemplado como China se convirtió en el máximo socio comercial de casi cada país asiático. De la misma manera, los vínculos económicos entre China y Taiwán se han profundizado considerablemente, una realidad ante la cual incluso el partido de oposición de esa isla se ha tenido que rendir. El gobierno de Obama decidió recientemente no molestar demasiado a Beijing vendiendo cazabombarderos jet F-16 avanzados a Taiwán, y prefirió una simple modernización de los F-16 que compró en los años noventa, una señal evidente de una relativa decadencia de EE.UU. en la región, sugiere el analista del cuadro general, Robert Kaplan.

Luego existe el coste total de la presencia militar de EE.UU. en el Pacífico, que parece ser un objetivo jugoso para los recortadores del presupuesto en Washington. Miembros clave del Congreso como los senadores John McCain y Carl Levin ya han señalizado su ansiedad respecto al elevado coste de una «realineación estratégica» en Asia que involucra, entre otras cosas, una expansión de la base militar de EE.UU. en Guam y una renovación de las instalaciones en Okinawa. En respuesta a una pregunta sobre potenciales recortes militares, el nuevo secretario adjunto de Defensa, Ashton Carter, confirmó que la reducción de las tropas y bases de EE.UU. en el extranjero está «sobre la mesa».

No se puede decir que el futuro de Asia del Este esté garantizado, ni que un auge económico y la integración regional sean el único escenario. Virtualmente cada país en la región ha aumentado sus gastos militares. Abundan los puntos de tensión, en particular en las aguas ricas en energía que varios países reivindican como propias. No es probable que el asombroso crecimiento de China sea sustentable a largo plazo. Y es posible que Corea del Norte decida arreglárselas como desamparada económicamente pero seguir siendo una potencia militar de fuerza adecuada.

A pesar de todo, las tendencias para 2012 y después apuntan a mayor acercamiento en la península coreana, a través del Estrecho de Taiwán, y entre Asia y Europa. Ahora mismo, EE.UU., a pesar de toda su influencia militar, no forma realmente parte de este cuadro emergente. ¿No será hora de que EE.UU. reconozca airosamente que sus años como superpotencia del Pacífico han pasado y piense creativamente sobre cómo convertirse en su lugar en un socio pacífico?

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John Feffer es codirector de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies,

Escribe su columna regular World Beat, y publicará un libro sobre Islamofobia con City Lights Press en 2012. Sus ensayos pueden ser leídos en su sitio en la web.

Copyright 2011 John Feffer

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Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175449/