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Los «Nobles Mentirosos» atacan a Siria

Fuentes: Progreso Semanal

Después del 11/9, los neoconservadores de la Administración ofrecieron una «noble mentira» para convencer al público acerca de la necesidad de invadir y ocupar a Irak. (Los iraquíes derramarán flores y besos sobre nuestras tropas.) El mismo grupo ha inventado una nueva «falsedad virtuosa» para obtener apoyo para un ataque a Siria. Ignorando el reciente […]

Después del 11/9, los neoconservadores de la Administración ofrecieron una «noble mentira» para convencer al público acerca de la necesidad de invadir y ocupar a Irak. (Los iraquíes derramarán flores y besos sobre nuestras tropas.) El mismo grupo ha inventado una nueva «falsedad virtuosa» para obtener apoyo para un ataque a Siria. Ignorando el reciente testimonio del Director de la CIA Porter J. Goss de que «extremistas islámicos están explotando el conflicto iraquí para reclutar a nuevos jihadistas anti-EEUU» (The Washington Post, 17 de febrero de 2005), este grupo de altos funcionarios de los Departamento de Defensa, Estado y la oficina del Vicepresidente ha organizado un movimiento de «atrapen a Siria».

Sin evidencia, funcionarios norteamericanos acusaron a Damasco de ser responsables del asesinato el 14 de febrero del ex primer ministro libanés Rakif Hariri en Beirut, así como de promover el terrorismo en Irak.

La retórica anti-Siria sigue el precedente de Irak. Después de los ataques del 11/9, el Subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz y el entonces presidente de la Junta de Política de Defensa Richard Perle comprendieron que podían convencer al Presidente Bush de cambiar de una política tradicionalista (hacer poco) a hacer valer agresivamente el puro poder militar.

Alterando el consejo de Teddy Rossevelt de hablar fuerte y llevar también un gran garrote, estos neoconservadores sustituyeron la verdad con la «fabricación de mitos». Los neoconservadores compartían un gurú común, el filósofo político Leo Strauss, de la Universidad de Chicago. Bajo el modelo neoplatónico de Strauss, una elite gobernante usa el poder y utiliza la «noble mentira» para guiar la ideología imperial. Además de compartir una comprensión común de los fundamentos de Strauss para el dominio político, los neoconservadores también comparten el entusiasmo por las políticas agresivas israelíes.

A principios de la década del 90, convencieron a Dick Cheney y a Donald Rumsfeld de esta estrategia. Después del 11/9, Cheney y Rumsfeld utilizaron sus cargos como Vicepresidente y Secretario de Defensa para convencer al propio Bush del nuevo enfoque. A partir de aquel momento las declaraciones oficiales utilizaron la «noble mentira» neoconservadora: Saddam Hussein apoyó a los terroristas del 11/9, poseía ADM y tenía intención de compartirlas con los terroristas; por tanto, EEUU tenía que detenerlo. Repítase y publíquese en la prensa y el público lo creerá. Los acólitos pro-Israel en los medios, como Judith Miller en The New York Times, complacieron a los neoconservadores al fabricar «evidencia» de un «enemigo» que el público podía odiar sin esfuerzo.

Para fines de 2004, la Casa Blanca admitió que Saddam no tenía ADM ni vínculos con los malvados del 11/9. Lógicamente, Bush debió haber despedido a esta pandilla por involucrar al país en el pantano iraquí. En su lugar, su desastroso desempeño en Irak trajo a los neoconservadores aún más influencia en la segunda Administración Bush. Al usar su maestría fabuladora para inflamar la opinión, los neoconservadores inventaron a nuevos «malvados»: Irán y Siria

Los neoconservadores también manipularon los hechos después del asesinato el 14 de febrero
de Hariri, quien había exigido que las tropas sirias abandonaran Líbano, para así apuntar el dedo acusatorio contra el gobierno de Bashar al-Assad.

Incluso después de que Assad condenara el asesinato como un «crimen horrible», la Secretaria de Estado Condoleezza Rice llamó a «consultas» al embajador norteamericano en Siria, mientras que de las oficinas neoconservadoras en Washington emanaban amenazas de posible acción militar.

Manejado de manera apropiada, el asesinato de Hariri trascendió los habituales asesinatos en el Medio Oriente y se convirtió en una cause célèbre internacional. Los neoconservadores contaron correctamente con los medios para mantener la «atrofia temporal». La prensa no comentó cómo es que asesinar a los propios «enemigos» hace impacto en el dominio de la ley, ni tampoco cuán rutinarios se han vuelto los asesinatos extra judiciales realizados por Israel y EEUU.

Bush reveló en su discurso del Estado de la Unión en 2003 que «más de 3 000 sospechosos de terrorismo han sido arrestados en muchos países. Muchos más han tenido una suerte diferente. Digámoslo así: ya no son un problema para Estados Unidos ni para nuestros amigos y aliados». Buen ejemplo.

Si los medios hubieran reportado el asesinato de Hariri sencillamente como otra probable ejecución promovida estatalmente, le hubiera eliminado a la reacción de Bush el valor del escándalo y el barniz de indignación moral.


Pero no lo hicieron. Así que el tema anti-Siria fue en escalada. Bush ya había utilizado su discurso del Estado de la Unión de 2005 para enfrentarse a los «regímenes que continúan brindando asilo a terroristas y buscan armas de asesinato masivo. Siria aún permite que su territorio y partes de Líbano sean usados por terroristas que buscan destruir toda oportunidad de paz en la región».


Al día siguiente, Wolfowitz dijo a los miembros del Comité Senatorial de las Fuerzas Armadas que Siria debía dejar de «desestabilizar a Irak», como si fuera Siria, y no Estados Unidos, quien invadiera a Irak en marzo de 2003 sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.

La curiosidad del panel del Senado no hizo que preguntaran a Wolfowitz acerca de la desestabilización de Líbano por parte de Israel en los años 80 o de cómo las milicias falangistas apoyadas por Israel masacraron a miles de refugiados palestinos en 1982 en Sabra y Shatila.

Es más, la amnesia histórica después del asesinato de Hariri permitió a los funcionarios de Bush exigir santurronamente al Congreso que advirtiera a Siria de que debía terminar su «ocupación» de Líbano y apoyar la «soberanía» libanesa. Hasta el Primer Ministro israelí Ariel Sharon, quien comandaba las operaciones militares de Israel en Líbano en 1982, hizo la misma exigencia.

¡Qué impudicia! Sharon exige la retirada siria mientras Israel continúa su ocupación de los territorios palestinos durante 38 años, en desafío de las resoluciones 242 y 338 del Consejo de Seguridad de la ONU. Es más, Israel todavía ocupa las alturas de Golán de Siria, en violación de la resolución 497 del Consejo de Seguridad.

Otra parte de la «noble mentira» se relaciona con la amenaza que los 14 000 soldados sirios representan para la «soberanía» libanesa. De hecho, el acuerdo bilateral entre Líbano y Siria para estacionar tropas fue el resultado directo de la desestabilización previa de Líbano por parte de Israel, Estados Unidos, Francia, y en menor medida Siria -cuyos intereses se ven afectados directamente por la inestabilidad libanesa.

Pero, ¿a quién beneficia? Fuera de contexto, el lenguaje oficial de EEUU hace parecer como si Líbano y Estados Unidos fueran a ganar por la hostilidad hacia la malvada Siria. El 8 de febrero la Secretaria de Estado Condoleezza Rice calificó a Siria de «no prestar ayuda de varias maneras». ¿Se refería también a la ayuda por parte de Siria después del 11/9 cuando brindó a la inteligencia de EEUU información que salvó vidas norteamericanas al evitar que Al Qaeda atacara a la flota de EEUU en Bahrein?

¿Se refería a la ayuda de Siria en el arresto de Mohammed Haydar Zammar, un ciudadano alemán nacido en Siria acusado de reclutar en Hamburgo a algunos de los secuestradores de aviones del 11/9? ¿Habrá sufrido Rice de olvido terminal?

El Departamento de Estado afirmó el 30 de abril de 2003: «El gobierno de Siria ha cooperado de manera significativa con Estados Unidos y otros gobiernos en contra de Al Qaeda, los talibanes y otos individuos y organizaciones terroristas». Más recientemente, Damasco cooperó cerrando espacios en la porosa frontera iraquí-siria.

Siria aprendió: ningún hecho bueno queda sin castigo. Siria aún se encuentra en la lista del Departamento de Estado de países que promueven el terrorismo. En noviembre de 2003, el Congreso aprobó sin debate la Ley de Rendición de Cuentas de Siria. Ningún congresista mencionó los esfuerzos antiterroristas de Siria. Sin embargo, la ley acusaba a Siria -sin citar evidencia- de «dar refugio a terroristas», «desarrollar armas de destrucción masiva» y de «ocupar a Líbano». El 12 de mayo de 2004, Bush prohibió las exportaciones de EEUU a Siria y el aterrizaje de aviones sirios en territorio de EEUU.


Posterior al asesinato de Hariri, la retórica antisiria subió de tono. El Senador George Allen (republicano por Virginia) y el Representante Eliot Engel (demócrata por Nueva York) propusieron enviar «un mensaje» imponiendo nuevas medidas «duras» a Damasco -prohibición de negocios de EEUU en Siria. Los ataques verbales coincidieron con exigencias de instalar la «democracia». Es más, la «democracia» ya había servido para dar cobertura a agresiones previas de EEUU. Un mes después de los hechos del 11/9, Bush bombardeó a Afganistán -nos odian porque somos libres-, a pesar del hecho de que la mayor parte de los secuestradores de los aviones provenían de la petrolera Arabia Saudí, aliada de EEUU. De manera similar, Bush liberó a Irak por medio de la guerra -la más profunda violación de los derechos humanos- en contra del violador de los derechos humanos Hussein.

El cuento de la democracia continúa porque los grandes medios no lo cuestionan. David Frum y Richard Perle (7 de enero, 2004, The Wall Street Journal) sostuvieron con relación a Siria que «Cuando la puerta (a la democracia) está cerrada con un candado totalitario, el poder norteamericano puede que sea la única forma de abrirlo». En su libro publicado en 2003, Un fin al mal, Frum y Perle claman por el cambio de régimen en Siria, Cuba, Corea del Norte e Irán. En 1996 Perle y su colega neoconservador Douglas Feith habían proyectado una política para facilitar a Israel la conformación de su «entorno estratégico… por medio del debilitamiento, la contención e incluso el rechazo de Siria». En su informe «Un Viraje Total: Nueva Estrategia para Asegurar el Reino», Perle y Feith argumentaron a favor de la eliminación de «Saddam Hussein del poder en Irak, un importante objetivo estratégico israelí… como forma de entorpecer las ambiciones regionales de Siria».

Si elementos sin control en Siria cometieron el asesinato de Beirut, sería lo que el periodista israelí Uri Avnery calificó de «acto de suprema locura, ya que es evidente que ayudaría a los norteamericanos a fortalecer la oposición libanesa y provocar una tormenta de sentimientos antisirios».

Independientemente de quién asesinó a Hariri, el hecho atrajo la atención mundial sobre una problemática relación sirio-libanesa. La muerte de Hariri ciertamente puede servir para catalizar una nueva ronda de interferencia de EEUU e incluso europea en los asuntos árabes. La mera amenaza de tal hecho ha forzado a Siria a hablar de retirada de sus fuerzas de Líbano.

Pero mientras Bush descendía en Europa la semana pasada para perdonar a Francia y Alemania por tener razón acerca de Irak, los europeos indicaron que procederían «con cautela», como recomendó en una oportunidad Edmund Burke.

Los neoconservadores esperaban el regreso de Bush a Washington para proceder con su guión de política exterior, llenos del «sonido y la furia» (Macbeth) que exige el enterramiento de las voces juiciosas y reemplazarlas con «nobles mentiras»

Landau dirige Medios Digitales en la Universidad Cal Poly Pomona. Él y Farrah Hassen realizaron el filme de 2004 Siria, entre Irak y un lugar difícil.