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Antropología e imperialismo: prolegómenos de una relación tóxica

Fuentes: La Jornada

En la década de 1960, la denuncia del llamado Plan Camelot reveló públicamente que antropólogos y científicos sociales participaban en investigaciones con fines de contrainsurgencia al servicio del gobierno de Estados Unidos.

A partir de ese escándalo, en el ámbito de la academia se desataron encendidas polémicas sobre el compromiso social y político de los científicos, en las que salió a relucir el involucramiento activo de especialistas en Vietnam, Kampuchea, Laos, Chile, Colombia, México y una veintena de países en los que el imperialismo libraba sus batallas contrarrevolucionarias, o proyectaba escenarios políticos con la ayuda de eficientes mandarines intelectuales.

Sin embargo, cuando estas escaramuzas académicas tenían lugar, hacía más de 20 años que una cantidad considerable de antropólogos y sociólogos trabajaban discretamente en agencias con fines no precisamente humanitarios. En 1946, Ruth Benedict, dilecta discípula de Franz Boas, gurú de la antropología estadunidense, publicó una obra titulada El crisantemo y la espada: patrones de la cultura japonesa, ejemplo claro de la utilización de antropólogos por los aparatos militares estadunidenses, como parte de una estrategia que establece una ciencia social al servicio del Estado capitalista.

Esta investigación, realizada durante la Segunda Guerra Mundial, a petición de la Oficina de Información de Guerra, y, más precisamente, de su sección de Estudio de la Moral Extranjera, es uno de los primeros productos antropológicos modernos, encaminados a la comprensión de la cultura de poblaciones enemigas para un mejor control y sometimiento culturalmente dirigido. Naturalmente, hay que reconocer que Benedict y su grupo participaron en este proyecto en el contexto de un conflicto bélico en que los pueblos del mundo luchaban contra el fascismo representado por Alemania, Japón e Italia. No obstante, las clases dominantes de los países aliados capitalistas habían sido corresponsables en el desencadenamiento de la guerra e incluso a lo largo de la misma se esforzaron para que el capitalismo como sistema saliera lo mejor librado posible. La guerra, en consecuencia, sirvió tanto para la causa de los pueblos, con la emancipación nacional de numerosos países, como para el establecimiento de la hegemonía de Estados Unidos como el centro del imperialismo mundial.

De cualquier manera, no sería posible entender la presencia actual de antropólogos y toda clase de científicos sociales en las agencias del espionaje estadunidense, que investigo en mi libro Estudiando la contrainsurgencia de Estados Unidos: manuales, mentalidades y uso de la antropología (https://rb.gy/cncr3g), sin dejar de acotar el trabajo de estos bien intencionados pioneros del apoyo científico a la estructura militar de su país. El crisantemo y la espada inaugura lo que sería denominado estudio de cultura a distancia, que consiste en utilizar técnicas antropológicas aplicadas a conjuntos sociales y uso de informantes, en combinación con el análisis de productos culturales –películas, obras de teatro, novelas, trabajos históricos, etcétera–, a fin de reunir una base de datos culturales utilizable para identificar el carácter nacional de una determinada sociedad.

Tras investigaciones preliminares sobre Rumania, Países Bajos, Alemania y Finlandia, Benedict llevó a cabo su estudio sobre Japón, con la intención, según Margaret Mead, su biógrafa y una de las más traducidas antropólogas (quizás por su ideología conservadora), de contribuir al conocimiento de las potencialidades culturales que Japón podía ofrecer como parte de un mundo pacífico y cooperador.

Con todo, Benedict se planteaba en su obra objetivos más prácticos que los señalados por Mead. A partir de su perspectiva mentalista, propia de la escuela de Boas, Benedict sostiene que cada cultura privilegia una configuración cultural, esto es, las ideas que permean la cultura en su esencia. Sobre esta base, Benedict establece que el principal problema para Estados Unidos en la guerra contra el Japón estaba en la propia naturaleza del enemigo: “Debíamos, ante todo, entender su comportamiento para enfrentarnos con él. Los japoneses –según Benedict– expresan una ambivalencia fundamental que se simboliza en la espada y el crisantemo, ya que son a la vez, y en sumo grado, agresivos y apacibles, militaristas y estetas, insolentes y corteses, rígidos y adaptables, leales y traicioneros, valientes y tímidos. De aquí, la investigación se plantea interrogantes de orden práctico, o de naturaleza humanitaria: ¿se debe bombardear el palacio del emperador?, ¿será el exterminio de los japoneses la única alternativa?

Hiroshima y Nagasaki fueron la respuesta a esta pregunta de la discípula preferida de Boas.

A nuestra alma mater, la ENAH, en su 85 aniversario.

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