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Nepal

Entre los escombros

Fuentes: Rebelión

Antigua y devota, algo desvencijada, contaminada y polvorienta, Katmandú ya no es el destino soñado de hace medio siglo cuando fue la capital espiritual del movimiento hippie. Hoy sería poco menos que una desconocida, si no fuera por los aventureros con cuerdas y arneses que llegan con el anhelo de trepar al Everest. En su aeropuerto son más los que se van que los que vienen. Esta noche de lluvia monzónica lo veo con mis propios ojos: cientos de migrantes atiborran la sala de embarque, silenciosos como en un velorio. Hasta adivino que en sus pequeños bolsos llevan casi nada, porque casi nada tienen. Parten para Malasia, Emiratos Árabes Unidos, Catar o India. ¿Quién sabe?

Leo ávidamente los periódicos locales. Nepal es un país pobre, agrícola y escasamente industrializado. Para mantenerse en pie le compra a sus vecinos indios y chinos. ¿De dónde viene el dinero? Remesas, ayuda internacional y turismo. Salgo a caminar, cámara en mano. No veo opulencia ni derroche. ¿Hay ricos aquí? ¿Clase media? El coeficiente de Gini me dice que es una sociedad bastante igualitaria, aunque buena parte de la población vive al límite de la subsistencia. Sigo adelante. No todo es desesperación y martirio. Recorro las calles y los callejones sin miedo al prójimo. Parece una ironía del destino. No necesito especular como debería ponerme a salvo, tal cual me pasa en ciudades más acaudaladas. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡ay, Dios!”, canta Rubén Blades.

Ajena al lujo, todo en la vía pública es animación y todo es cromatismo. Una sinfonía coral de lugares y personajes de cuando el planeta no conocía el fentanilo. También la premodernidad tiene su encanto. Los habitantes parecen seguir al pie de la letra el precepto de Michel de Montaigne “no deseo romperme la cabeza con nada”. Como estoy acostumbrado a dudar (“la duda es escribir”, dijo Marguerite Duras), me pregunto: ¿barren bajo la alfombra? No dejo de pensar en esto. Por momentos, todo me parece irreal y real, a la vez.

Deambulando llego a unas viviendas en construcción. Llaman mi atención las albañilas. Primero, una mujer acomodando ladrillos. La observo desde atrás, viste con la ropa tradicional. Es una miniatura en el centro de la obra. Me acerco hasta ponerme frente a su perfil. Cuando estoy a punto de hacer la fotografía, ella sonríe. Después, dos mujeres cargando ladrillos con sus brazos. Son como mellizas: usan guantes y tienen las camisas y los pantalones manchados con cemento y cal. Ahora, cuatro mujeres llevando en sus espaldas pesados canastos con cascotes y tierra hasta un pequeño camión. Otras personas que pasan, no las miran. ¿Serán invisibles? Contemplo la imagen. Como que trabajan y juegan, todo al mismo tiempo. Es una escena extraña para mí. En occidente, las albañilas son casi una curiosidad. En oriente, parte del contexto. La secretaria general del sindicato de la construcción nepalés es una mujer. “Espero que mi elección para este cargo inspire a más mujeres trabajadoras a unirse a los sindicatos y asumir posiciones de liderazgo», proclama cuando la eligen. 

¿Por qué hay tantas albañilas? Una sociedad mayoritariamente hinduista, muy patriarcal, un ambiente de trabajo masculinizado. ¿Cómo puede ser? Una explicación a la vista, ellas están colaborando en la reconstrucción de un país asolado por los terremotos. Otra, bajo la alfombra, a la mujer desempleada le suelen caer en el hogar unas cuántas desgracias en el cuerpo. Entonces, ¿qué hacer? Ocuparse como limpiadoras-esclavas o prostitutas-esclavas en algún país del Golfo Pérsico. O buscar refugio en el mercado local entre los escombros. Al fin y al cabo, una buena chance para tener una vida un poco más decente.

Por eso hay miles y miles de mujeres que se ganan la vida como albañilas. Eso sí, tienen reservadas las tareas más duras, donde se pagan los peores jornales. Además, cuando hacen lo mismo que los hombres, ellas cobran salarios más bajos. Acá, detrás del telón, no hay paraíso ni vida color de rosa. Las mujeres nepalesas lo saben mejor que nadie.

Carlos Moreira, sociólogo y fotógrafo

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.