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Estados Unidos, Israel y una guerra que amenaza al planeta

Fuentes: Rebelión

La Historia agradecerá a Irán por mostrar la feroz fragilidad del imperialismo. Por estas horas, en la tercera semana del ataque iniciado por Israel, Irán paga un precio altísimo en muerte y destrucción. Es el costo por ser motor de un vuelco decisivo en las relaciones internacionales y el devenir mundial. La memoria universal medirá en antes y después de la agresión imperial-sionista contra el país persa. Estados Unidos será relegado a la tradición de los bárbaros e Israel – arrastrará al judaísmo en su irreversible caída, acelerada por el holocausto palestino.

Dos misiles estadounidenses fueron lanzados contra una escuela en el primer día de la agresión. Fueron asesinadas 165 niñas de entre 6 y 12 años. No hay prueba mayor de que Washington es la reencarnación de la barbarie. Ahora con inteligencia artificial. El fatuo y vacío individuo que oficia como ministro de Defensa asegura que lanzaron 20 mil bombardeos después del asesinato de niñas. La reacción de Irán sorprendió al mundo. En la primera semana de combate destruyó 27 bases militares estadounidenses en la región. En términos estratégicos, definió así el destino de la guerra. Washington busca desordenadamente una salida y choca con la firmeza de Teherán. El país agredido ha dado vuelta la situación y ahora exige, entre otros puntos, el retiro de todas las bases y tropas estadounidenses de Oriente Medio. El cierre del estrecho de Ormuz, por donde pasa del 20 al 25% del petróleo con el que se mueve el mundo, catapultó el precio del barril. Al estancamiento o retracción de las economías occidentales se suma ahora un salto inflacionario global, lo cual hace más palpable el derrumbe del dólar.

Habitada por individuos corruptos, ignorantes y desquiciados y ante su ostensible incapacidad militar, la Casa Blanca, alude cada día a su ultima ratio: la amenaza nuclear. El “sueño americano” transformado para siempre en pesadilla de la humanidad. Los países árabes del Golfo, supuesto paraíso de la riqueza y el lujo desmedidos, han desaparecido como tales y nunca volverán a ser lo que fueron. Ahora, con la vía cerrada para la exportación de petróleo y el comercio con el resto del mundo, imploran por agua y alimentos. Israel, clave de esta empresa criminal, está siendo desmantelada tras su agresión artera contra Irán, cuando en medio de conversaciones de paz, el 28 de febrero bombardeó Teherán y asesinó al líder religioso Alí Kjameney en medio de una matanza de civiles. Nunca como ahora estuvo el Estado hebreo tan cerca de la desaparición. Y esto no ocurre por el ataque del mundo árabe en el que está enclavado a la fuerza, sino por la enajenación sionista de sus gobernantes y la complicidad irracional de buena parte de los judíos en el mundo. Los restantes, están en la encrucijada de defender el holocausto palestino y la guerra o recuperar el acervo humanista forjado por tantos brillantes pensadores y políticos de ese origen.

Pese a la brutalidad de los ataques y la devastación provocada, a poco de iniciada la agresión estaba claro que los objetivos de Washington y Tel Aviv habían fracasado. En menos de una semana la situación militar se volcó a favor de los agredidos. Esa deriva impensada concluye con una era histórica: terminó el dominio mundial estadounidense y comienza a delinearse un nuevo mapamundi. El respaldo de Rusia y China a Irán pone de manifiesto la dinámica y el alcance potencial de este conflicto: el mundo trastabilla ante el abismo de una guerra nuclear. Como sea, el hecho es que el papelón militar de Estados Unidos y la exposición de la calidad intelectual, moral, militar y política de los partidos gobernantes en Washington, acaba para siempre con el modelo de la democracia capitalista como horizonte para la humanidad. Por si este desmoronamiento no fuese suficiente, Europa se suma como vasallo cobarde a la vesania imperial y, además de fracasar en su intento de doblegar a Rusia promoviendo y financiando la destrucción de Ucrania, se hunde en la crisis económica antes de que ésta comience a escala mundial en magnitudes incontrolables.

Naturaleza de la guerra

El mundo ha cambiado de manera vertiginosa e inesperada. La brusquedad del cambio y los horrores de la guerra ocultan su naturaleza. Analistas, políticos y comentaristas no atinan a explicar la causa de semejante giro y exponen las más diversas razones: demencia de los promotores de la guerra; ineptitud de los ocupantes de la Casa Blanca; terrorismo al que se debía poner fin; afán estadounidense por el petróleo iraní; disputa geopolítica… y otros tantos argumentos. El hecho es que ésta es una guerra por los mercados del mundo. Por supuesto es preciso señalar la causa que provoca esa pugna irrefrenable, capaz de lanzar a la guerra a los países más poderosos de la Tierra. Pero antes y tras subrayar que no todos los contendientes son lo mismo (Rusia y China tienen particularidades socioeconómicas y políticas que no es el caso analizar aquí), resalta el hecho de que por parte de Estados Unidos está en disputa el control de las vías de transporte de mercancías y las áreas de dominio comercial. Luego de haber perdido la supremacía económica mundial, el Washington está empeñado en frenar el poderío de la principal economía mundial y para ello se propone cuatro objetivos principales: cortar a China las vías de transporte de productos manufacturados (por Irán y Rusia hacia Europa, por el Ártico hacia América); condicionar la provisión de petróleo (Venezuela, Irán y los países del Golfo, antes del desastre por ellos mismos provocado); impedir que la supremacía económica y militar se prolongue con el predominio de una nueva moneda que reemplace al dólar en el comercio mundial; bloquear la convergencia de China y Rusia con países cuyas clases dominantes subordinadas entienden que la hegemonía estadounidense ha terminado y deben cambiar de estrategia.

Mientras tanto la Unión Europea, exigida y apoyada por Washington, contra toda racionalidad busca pasar de motor de la beligerancia ucraniana a provocar directamente una guerra europea contra Rusia. Como sea que esta pretensión evolucione, ya está lanzada una carrera armamentista con el consiguiente aumento del presupuesto militar mientras la crisis económica azota a la Unión con eje en Alemania, Inglaterra y Francia.

Estancamiento y recesión económica, guerras y más guerras, no resultan de la corrupción, la perversión o la estupidez de los gobernantes (quienes en los últimos años parecen haber sido seleccionados precisamente por esas características). Ellos, en su degradación asombrosa, son sólo la emanación nauseabunda de otra causa. El mundo asiste a un nuevo ciclo de superproducción, agudización de la competencia y caída de la tasa de ganancia, todo lo cual tiene décadas de acumulación. Ésa es la causa de la guerra, como lo fue en dos oportunidades en el siglo XX. Y no se resuelve sino con la destrucción de mercancía excedente. No otra cosa es lo que está en curso. Paradojalmente, la formidable revolución tecnológica que acentúa esa dinámica, permite a la humanidad asistir a la guerra en tiempo real desde una pantalla. Pero ninguna pantalla -ninguno de los contendientes- explica su involucramiento en la violencia demencial más allá de condenar la perversidad del enemigo.

Tampoco hay partidos u organizaciones obreras de masas con capacidad y voluntad para concientizar con base científica y solidez política la encrucijada ante la cual está el planeta. Incluso la intelectualidad mundial retrocede ante la evidente marcha hacia una tercera guerra mundial y la devastación nuclear que supondría. Así, a milímetros de la consumación de la amenaza, a escala mundial no hay una fuerza social alternativa en condiciones de frenarla y marcar otro rumbo.

Aunque parezca un contrasentido, es la propia inexistencia de una alternativa lo que permite el espacio que hoy tienen las fuerzas dominantes en la economía, la política y la capacidad militar para hallar una solución de compromiso. En la totalidad del escenario planetario no se alude siquiera a la superación del sistema capitalista como vía para acabar con la amenaza de una guerra nuclear.

El mundo en el futuro inmediato

¿Cuál sería entonces el compromiso que podría terminar con las guerras hoy en Irán y Ucrania y poner freno a la dinámica de conflagración nuclear? Uno que adecue la realidad a las nuevas relaciones de fuerza internacionales. Esto implicaría un sismo político en detrimento del imperio decadente y a favor de China, Rusia y el bloque que contenga o reemplace a los Brics, también ellos víctimas de la guerra. Un cambio en la hegemonía global y el rediseño del planisferio económico y político. ¿Se avendrá la Casa Blanca a aceptar pacíficamente este resultado? En cualquier hipótesis, es el único posible.

Si lo otro es la guerra atómica, esto podría aparecer como posibilidad deseable. Sin embargo, resta saber cómo se resolverá la crisis de sobreproducción, el endeudamiento desorbitado (Washington debe 39 billones de dólares y paga 2600 millones diarios sólo en intereses: el dólar está a punto de sufrir un colapso; los países subordinados aceleraron en los últimos 20 años su impagable deuda) y los costos siderales de la destrucción provocada en Medio Oriente, Ucrania y Rusia. Esta somera pincelada adelante uno de sus efectos: el derrumbe del actual sistema monetario internacional, la caída en tirabuzón del dólar y el derrumbe bursátil y bancario mundiales, con las consecuencias imaginables de desempleo masivo, hambrunas y más violencia. Destrucción humana y material.

Ciertamente es justamente lo que necesita el sistema para reiniciar un ciclo. Ahora bien: ¿quién pagará el costo de esta catástrofe? Estados Unidos perderá su condición dominante. Los escombros de semejante derrumbe histórico golpearán ante todo a la clase trabajadora y las clases medias de aquel país todavía altanero y prepotente en su inconsciencia. Esto será presumiblemente peor en Europa, ya en acelerada decadencia. Sin embargo, el precio será todavía más gravoso para los pueblos de los países subordinados. Argentina, cuyo gobierno pervertido y servil ha insultado la historia de la Nación al apoyar la agresión imperial, muestra por adelantado lo que espera a las víctimas de una crisis sin resolución positiva: decadencia, desagregación, degradación en todos los terrenos.

En la mejor y más probable de las hipótesis, si las potencias principales toman el control de la situación y logran frenar antes de una guerra atómica, los efectos del actual cuadro de situación mundial azotarán impiadosamente a cada país, sin excepción. Será imprescindible e inevitable retomar el camino del socialismo.

@BilbaoL

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.