En estos días parece que son historia los avances de los años de integración, romance y encuentros entre los pueblos latinoamericanos y caribeños y varios gobiernos de la región no sienten vergüenza en mal comer de la mano de un imperio violento y criminal. La capacidad de movilización de la izquierda está en retroceso. Los ideales quedan atrapados en la nostalgia de referentes que ya no están. La academia se pierde en los papers. Los partidos se agotan en ciclos electorales. Parece que los sueños vagan solos y que la esperanza se ha sumido en la perplejidad ante la barbarie.
El imperialismo norteamericano ejerce todo su poder para destruir civilizaciones y pueblos que son símbolos de rebeldía y dignidad, sin apego a normas que fueron asentadas para dominar el mundo como criterios de civilización y progreso. Al ser negadas con desprecio por la fuerza, el imperialismo devela el carácter instrumental que este orden ha tenido, y pone al descubierto su incapacidad para detener agresiones o guerras que cada vez causan más sufrimiento en la humanidad. El llamado orden mundial, si bien ha servido para algún entendimiento entre naciones, no puede ofrecer una respuesta a la crisis civilizatoria que vive la humanidad.
La expansión imperialista se realiza en el territorio que deja una izquierda que intentó gobernar para todos, que creyó en el consenso entre clases, que pretendió ser nacionalista sin enfrentar al imperio. Esa izquierda abandonó el campo de la disputa ideológica, sólo en tácticas mostró diferencias con sus enemigos, se atemorizó con la tarea de dirigir la sociedad, rechazó la posibilidad de superar el capitalismo, y tuvo miedo al pueblo organizado. Huyó del conflicto, redujo las maniobras del Estado y con ello redujo su sujeto y diluyó su proyecto.
A pesar de ello, los movimientos populares articulados en la Campaña por los 500 años de resistencia negra, indígena y popular, que lucharon juntos contra el ALCA, que ampliaron la agenda de luchas en el escenario del Foro Social Mundial, y después encontraron referencias alrededor del liderazgo de Chávez y Fidel en el ALBA- TCP, que produjeron el sustrato de las victorias de Néstor y Cristina en Argentina, de Evo en Bolivia, de Correa, en Ecuador, Lula y Dilma en Brasil, han impulsado prácticas para una nueva cultura política, que nada tiene que ver con horizontalismos que paralizan o mesianismos de base; una cultura política que cree en la organización popular, en el liderazgo colectivo y en la necesaria dirección de la sociedad.
El movimiento popular que ha tenido este recorrido, ha dejado atrás la postura de extrañamiento con la toma del poder, lo disputa con formas políticas que crea y ensaya a nivel local y nacional, enfatiza su trabajo en los territorios, respalda y presiona la institucionalidad en sus contradicciones, recupera la formación política, debate su déficit en el trabajo de base, articula procesos de unidad entre pueblos y reflexiona sobre temas históricamente ajenos a las posturas del marxismo ortodoxo, en el desafío de comprender un sujeto ganado por el neoliberalismo para el territorio del consumo, la competencia y el mercado como territorio regulador de la existencia.
Algunas preguntas permanecen en sus encuentros. ¿Dónde se dan los tejidos sociales en las nuevas lógicas de producción de sentido de vida?, ¿Dónde se construye comunidad frente a la lógica individualista del capital? ¿Dónde está el principal malestar social y como se interpreta? ¿cómo podremos politizar ese malestar desde la conciencia de pertenencia a una experiencia de muchos que se parecen entre sí, que cargan huellas similares, que han visto el horror de la pobreza sin poder salir de ella a pesar de todos los esfuerzos?
Estas preguntas pueden orientar la batalla de las ideas desde el lugar de la clase trabajadora, desde su incomodidad y agonías, sin embargo, no son suficientes.
La izquierda debe empeñarse en conducir la sociedad con el ejemplo. No es suficiente acompañar al pueblo trabajador, ir a los territorios y enfrentar las trasnacionales, los paramilitares, y todo lo que amenaza la vida de las familias allí donde se develan las contradicciones del capitalismo. Es necesario crear referentes éticos y políticos que puedan dirigir los procesos sin miedo a ser llamados socialistas, sin miedo al horizonte comunista, con vocación de poder y de victoria.
El vacío ideológico de contenido de izquierda no va a resolverse con el silencio, con la evitación de temas escabrosos que cuestan, hay que debatir las relaciones instaladas por el neoliberalismo entre socialismo y dictadura, pobreza, aislamiento, parálisis, fractura. Para esas relaciones ha trabajado el imperialismo con todos sus instrumentos, sus academias, sus organizaciones no gubernamentales, sus ayudas humanitarias, y por supuesto sus bases militares, sus tanques y sus bombas.
El movimiento popular que construye un proyecto en ALBA movimientos superó el distanciamiento inducido y formal con los partidos y teje diálogos con el Foro de Sao Paulo a nivel regional, pero en cada país crea instrumentos para el trabajo político territorial, discute el concepto de ser partido movimiento, está consciente de que su misión no termina en denunciar, sino en cambiar la realidad y para ello hay que ser capaz de agenciar poder popular, esa es la base de la democracia que propone.
Se revela frente a la ortodoxia de la nueva izquierda y porta con orgullo herencia y lecciones de los movimientos de liberación, las insurgencias y experiencias armadas, las fuerzas políticas que los precedieron, los dirigentes barriales desaparecidos por la dictadura, las comunidades eclesiales de base. Reconoce en ese legado su fuente ideológica y su sentido de lucha. Su camino está anegado en sangre de una llamada izquierda vieja que quiso ser abatida y negada por errores, pero sobre todo por aciertos, por su capacidad de masificar un sueño. Esa tradición hay que seguir recuperándola, en su estética, su profundo vínculo con el arte y su ética humanista.
Uno de los mayores peligros que ha tenido que afrontar este campo popular articulado en la región tiene que ver con los ataques sin cuartel al Estado. Estos ataques en las circunstancias dependientes de las economías de la región, limitan el potencial beligerante de las luchas. Sin disputar el papel regulador, distributivo pero sobre todo de integración de la sociedad y de producción de subjetividad del Estado, los movimientos populares son instrumentos que afirman la democracia liberal y en su existencia, expresan el testimonio de la capacidad del capitalismo de reproducirse en las márgenes de la subversión que es capaz de contener.
Cuando la extrema derecha impulsa el desgaste del Estado y transfiere sus funciones al sector privado procurando su repliegue y la orfandad de amplios contingentes de la clase subalterna, la opción del movimiento popular no puede ser la alianza con organizaciones no gubernamentales vinculadas al capital con rostro más o menos magnánimo, para suplir en apariencia lo que debe ser consagrado como derecho. Tampoco debe ser distribuir con proyección clientelar creando consumidores en lugar de ciudadanos. El movimiento popular debe disputar el Estado, que es mucho más que prepararse para un proceso electoral; significa ocupar los espacios de poder con mecanismos de rendición de cuenta y mandato imperativo para sus representantes y al mismo tiempo tener capacidad real de ser referencia para la presión dentro, con y frente al Estado como fuerza que movilice hacia las transformaciones necesarias y al mayor alcance y profundidad de su accionar.
A pesar de la barbarie, hay una izquierda que aprende, crea, y enfrenta su propia crisis de proyecto. En los últimos años el campo popular organizó las Conferencias Dilemas de la Humanidad para pensar sobre los asuntos que podían constituir una agenda de unidad, construye la Asamblea internacional de los Pueblos para procurar el encuentro entre luchas que no se conocían, genera diálogo entre editoriales y teje redes de medios de comunicación, da la batalla por el arte y la cultura, por la espiritualidad y la subjetividad.
Este acumulado es parte de un campo de fuerzas y tensiones. Si las debatimos en las fábricas, los barrios, las iglesias, las redes, podemos encontrar juntos el mejor modo de transitarlas. Me detengo en una de ellas: la distancia con el pueblo, la dificultad de sostener una conversación con el conjunto de la sociedad, incluso con la clase trabajadora, en un tiempo en que es preciso la disputa del imaginario y la hegemonía del capital.
Con dificultades para la disputa en el ecosistema mediático, los movimientos populares deben asumir el desafío de conversar con el conjunto de la sociedad y masificar el mensaje para disputar las ideas más allá del cerco de los argumentos que impone el capital para su criminalización y parálisis.
La comunicación es un hecho político con una importante función educativa y de integración. Debe orientarse a toda la clase trabajadora, no sólo a las bases de la organización, a ese amplio ejército de trabajadores y trabajadoras que educa a sus hijos en medio de la crisis, que sale a trabajar y traduce e interpreta el proyecto de acuerdo a los desafíos de su realidad. Débilmente interpelado, este sujeto no es despolitizado, aunque no practique una militancia política. Escucha noticias con poco tiempo para verificar fuentes, necesita orientarse para correr el menor riesgo, tiene que sobrevivir a la hostilidad del medio y buscará las salidas más cortas y seguras. Sin embargo, ese ejército también es portador de una noción de justicia.
En época de crisis los intereses se pueden distanciar de las necesidades, por eso el papel del movimiento popular ha sido y debe ser formar conciencia, construir capacidad crítica para una práctica teórica y política y hacerlo desde la propia beligerancia que emerge de la lucha por vivir, porque allí están las alternativas cotidianas que pudieran constituirse en fuerza consciente, organizada y crítica para la transformación de la sociedad.
A lo largo de la historia el pueblo se ha identificado con un ideal, una causa que impulsa y es fuente de orgullo, que tiene sentido en sí misma más allá de sus posibilidades de victoria. Ser radical con los problemas que el pueblo identifica, no es visitar territorios o hablar en su lenguaje, es necesario un proyecto de justicia y de futuro que se propone vencer, con poder real.
La izquierda se distancia del pueblo cuando no tiene una promesa nueva, no encuentra la fuerza de sus ideales, no hay un referente con capacidad de construir unidad para la dirección por su ejemplo y coherencia. No es un tema organizativo, aunque se pueden tomar decisiones operativas, tiene que ver con la crisis de proyecto que está muy relacionada con la crisis del sujeto.
El significado de ser de izquierda se ha vuelto tan ambiguo que ya no opera como orientador de campos políticos. Eso que llamamos izquierda que aquí estamos considerando en la experiencia del movimiento popular, se constituye en el mismo proceso en que lucha y se comprende a sí misma en esa lucha. Muchas veces se constituye en la periferia de los desposeídos de pan y de cultura. No es un sujeto para siempre, nunca se forma completamente, se constituye en el camino irregular de la toma de conciencia, por eso requiere del colectivo, de su compañía, su confianza, su inspiración y también su coerción. Se forma en las tareas cotidianas, en las negociaciones con las instituciones, en la producción de alimentos con soberanía, en las movilizaciones, esos momentos de agudización de las contradicciones que aceleran los procesos.
La distancia de la izquierda con el pueblo toma mayor complejidad cuando se fragiliza y se repliega la movilización popular, lo que ocurre con más frecuencia frente a gobiernos progresistas como una paradoja. La fuerza popular organizada altera la correlación que permite llegar a una victoria electoral pero resulta que esta victoria no resulta en mayor fuerza para el campo popular.
El papel del movimiento popular es luchar por el proyecto, formar el sujeto del proyecto, defender el horizonte desde los pasos próximos, fortalecer el tejido social que es fuente de poder y todo ello con la brújula de la defensa de la soberanía frente al imperialismo, la soberanía de todos los pueblos del mundo.
La resistencia frente al imperialismo, en cualquier lugar del mundo, es una resistencia en nombre de una clase trabajadora, en nombre de un sujeto oprimido, en nombre de una historia de colonización que es común a pueblos que han de conocerse más, contarse mejor de donde vienen y no soltarse la mano en la búsqueda de sus horizontes.
El sujeto de izquierda debe comprometerse con conocer el mundo. Para eso, el movimiento popular ha retomado sus procesos de formación en escuelas, brigadas de intercambio, procesos productivos, donde el arte de la resistencia constituye una centralidad, donde las formas de vivir son fuente de reflexión. Así el movimiento popular participa en la disputa por el sentido común para despertar la indignación ética que mantiene encendida la esperanza del mundo que merecemos vivir y del que hemos tenido hermosos testimonios.
En el año del centenario de Fidel, un pequeño barquito sale de México con banderas palestinas para decirle al pueblo cubano que no está solo, un poeta pide su fusil para defender la patria, un grupo de niños canta una canción del poeta armado. Un pequeño barco y sus banderas, un poeta, una canción, un fusil, dicen de la fuerza de la belleza y el valor del sueño que se defiende contra todo imperio y sus guerras, contra todo cerco o cacería medieval. Hasta la victoria.
Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 560: https://www.alai.info/wp-content/uploads/2026/04/ALenMovimiento_560_abril2026-1-6-10.pdf


