
El 2019, el golpe de Estado geopolítico ejecutado en Bolivia, movilizando todos los factores que grafican una “revolución de colores” (que, a nombre de la democracia, está diseñada precisamente para socavar los mismos cimientos democráticos), mostraba un interés particular en la geopolítica del dólar; esto se fue develando en el pronto y comedido apoyo de gobiernos de influencia gringa, y la propia OEA, al gobierno golpista que, como en el caso del posterior episodio golpista del Perú, se dio a llamar “gobierno de transición”.