Para el economista, la idea de que Brasil era un país de clases medias ignoró su propia dependencia y la heterogeneidad estructural del capitalismo contemporáneo.
Categoría: Brasil
Aunque China es el principal socio comercial de Brasil, que le compra tres veces más que Estados Unidos, el Gobierno de Jair Bolsonaro insiste en una relación asimétrica con Washington que provoca hondos perjuicios a su país.
En este artículo el autor realiza una crítica a un artículo de Emir Sader.
Brasil se encuentra en una encrucijada existencial de una dimensión difícil de imaginar. Es uno de los países con uno de los mayores desastres humanitarios causados por la pandemia.
Frei Betto, fraile dominico, de fecunda trayectoria junto a los movimientos sociales, participó en el programa Hambre Cero, durante el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva; sin embargo, siempre tuvo una actitud autocrítica hacia la izquierda brasileña.
Jair Bolsonaro [1] surge en medio de un complot fraguado en Washington, para liquidar a los movimientos progresistas en América Latina y el Caribe, que paso, por la liquidación del Partido de los Trabajadores y de sus dirigentes Dilma Rousseff e Inácio Lula da Silva.
Junto con las demás poblaciones marginalizadas, los pueblos indígenas se encuentran al final de la línea de atención médica de covid-19, sin mencionar las dificultades de desplazamiento desde regiones distantes de las zonas urbanas. Además, el aislamiento de los indígenas en los hospitales tiene consecuencias aún más devastadoras, ya que sus cosmologías se basan en principios diferentes a los nuestros.
Jhuliana Rodrigues trabaja como técnica de enfermería en el Hospital São Vicente en Jundiaí, Brasil. “Es muy difícil”, dice ella de su trabajo en estos días. Brasil acaba de superar las 100.000 muertes de covid-19, con 3 millones de brasileños infectados con el virus. “Nos encontramos con colegas y sentimos una energía pesada, mucha presión, un bloqueo”, dice Rodrigues. Es la vicepresidenta de Sinsaúde Campinas, un sindicato de trabajadores de la salud.
Patricia Beatriz tenía 38 años y murió en Goiânia sin conocer a su hija. Tenía 34 semanas de embarazo cuando le diagnosticaron covid-19. Danilo Moura, de 41 años, era enfermero en Acre y se contagió el coronavirus trabajando en la línea del frente. Fue hospitalizado el 1 de julio y murió unos días después. El jefe Aritana Yawalapiti, líder del Alto Xingu, tenía 71 años cuando sintió un fuerte dolor en un viaje de pesca y murió dos semanas después.