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China y el futuro del socialismo

Fuentes: Rebelión

“Cuando China despierte, el mundo temblará” (atribuida a Napoleon Bonaparte)

Hay una profunda división en el mundo alrededor del fenómeno chino como potencia emergente en todos los sentidos, económico, político y social. En la izquierda esta división se manifiesta fundamentalmente en dos opiniones, los que envueltos en la bandera roja china y las constantes referencias de Xi Jingping a Marx y a Engels, sigue considerándolo parte del mundo “socialista”, y aquellos que, aunque reconocen expresamente que ya no es un “Estado socialista”, aparece como un “mal menor”, capitalista si, pero más civilizado frente a la brutalidad de los EEUU y su apéndice sionista, o la soberbia colonialista de la “vieja” Europa; ambos en una profunda decadencia social y política.

Los datos que sostienen la primera tesis

Ciertamente el PC Chino, dirección más que evidente de todo este proceso, se apoya en una realidad que le respalda; en cuarenta años ha sacado de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas, dato que hay que relativizar puesto que el criterio utilizado por los dirigentes chinos está muy lejos de los estándares occidentales; consideran el limite de la pobreza extrema un ingreso per cápita de aproximadamente un dólar y medio diario, además de garantizar servicios básicos de salud, educación y vivienda.

Está claro que bajo los criterios occidentales “un dólar y medio diario” es pobreza extrema, pero si tenemos en cuenta el acceso a la salud, la educación y la vivienda, estatal y de por vida, que en los EEUU son la principal causa de quiebras familiares, puede que no vayan tan desencaminados. En los EEUU millones de personas tienen que escoger entre comer y curarse una enfermedad, y otros millones mal viven en infraviviendas sujetas a riesgo permanente de desahucio por impago, ¿serían un criterio de “pobreza extrema” en los EEUU?

Por otro lado, 400 millones de personas en China son consideradas de “clase media”, y de nuevo bajo los criterios chinos no tiene comparación con las occidentales; para el PC Chino la “clase media” está definida por unos ingresos de alrededor de los 33.000 euros anuales. Hay que ser muy flexibles para considerarlos “clase media”. Aún así, lo cierto es que en cuarenta años la clase media ha pasado de no existir, a constituir una parte fundamental del consumo chino: desde 1978 hasta hoy los salarios han crecido más de un 2.000%.

En el rango de “millonarios”, China es el segundo país del mundo con más milmillonarios, albergando más de 800 grandes fortunas y cerca de 4,1 millones de personas con patrimonios superiores a 1 millón de dólares

Por lo que hace a la aportación de China al PIB mundial la transformación ha sido igualmente exponencial. Según datos del Banco Mundial representa actualmente cerca del 20% de la economía mundial en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA). En términos de PIB nominal, supone cerca del 18%.

La evolución de la relación entre el PIB chino y el mundial a lo largo de la historia se resume en las siguientes etapas clave -¿confirmando el pronostico de Napoleon?-. Hasta 1820 China llegó a ser la primera potencia económica mundial. En el siglo X y hasta principios del siglo XIX, China (junto a India) producía cerca del 50% del PIB per cápita mundial, y en 1820 el imperio chino representaba aproximadamente un tercio de la producción económica del planeta.

De 1820 a 1978, tras las Guerras del Opio y siglos de aislamiento e inestabilidad, el peso de China en la economía mundial cayó en picado, y aunque su despegue comenzó al iniciar sus reformas económicas en 1978, su participación había descendido a un mínimo histórico del 1,61% del PIB global.

De 1978 a 2026 se produce el despegue acelerado con la apertura de los mercados liderada por Deng Xiaoping, el país experimentó un crecimiento sin precedentes. Pasó de suponer algo más del 1 % a superar el 10% del PIB global en 2011 y se ha estabilizado en torno a casi una quinta parte de la economía global en la actualidad.

El despegue chino se asienta en la revolución de 1949, cuando se liberó de las ataduras imperialistas y rompió definitivamente con el pasado semifeudal de la China Imperial. Esta revolución cumplió el papel de las revoluciones burguesas del siglo XIX en Europa, sentando las bases socioeconómicas para que la restauración del capitalismo permitiera el rápido crecimiento al que se ha asistido todos estos años. De hecho, elementos fundamentales de esa revolución como la planificación de la economía, siguen aprobando Planes Quinquenales, la nacionalización de la tierra que les permite garantizar vivienda a la población o la estatalización de la industria pesada y del sistema financiero son herramientas claves para el desarrollo del capitalismo chino.

El proceso de restauración del capitalismo en China siguió caminos opuestos al de la URSS. Así, mientras el estado soviético colapsaba y abría una década de caos político, social y económico con el capitalismo en su forma más salvaje, en China, tras la derrota del levantamiento de Tiananmen, la situación fue controlada por un PC que unió la legitimidad de la revolución maoista a unas políticas de reintroducción del capitalismo bajo su control absoluto.

Como dice Xi Jing ping, hay que «instalar semáforos para el capital». China no quiere prohibir la riqueza, quiere regularla. Quiere que el dinero fluya para construir fábricas y tecnología, pero quiere ponerle luz roja cuando ese mismo dinero intenta «prosperar sin control» o influir en las decisiones políticas que le corresponden al pueblo, confundido con el Partido al frente del Estado. En China no existen mecanismos para la planificación democrática de la economía e independientes del PCCh., un partido convertido en un organismo interclasista en el XVI Congreso del 2002, cuando se admitió la afiliación de empresarios.

La versión china de la NEP

En la URSS, tras la devastación sufrida por la guerra civil y la agresión imperialista que había significado un retroceso absoluto en las condiciones de vida, la dirección bolchevique, para restaurar la economía, tuvo que reintroducir elementos de capitalismo a través de lo que se conoció como la Nueva Economía Política; eso si, bajo el control total del Gobierno revolucionario. Era una medida defensiva obligada por el caos existente.

El “enriqueceos” que Bujarin lanzó a los campesinos para garantizar una producción agrícola que superara la parálisis y generara una acumulación primitiva de capital tenía riesgos muy serios, como después se comprobaría cuando los “nepman” (los campesinos enriquecidos) se envalentonaron y provocaron hambrunas en las ciudades como medida de presión contra el control en la fijación de los precios y los impuestos que el Estado mantenía.

Los que consideran que China sigue siendo un estado socialista se apoyan en esta argumentación para defender que existe una posibilidad de “socialismo de mercado” (el socialismo del Siglo XXI de Chávez), que es como se define hoy China. Sin embargo, en su simplismo ideológico estalinista olvidan como acabó la NEP, con la colectivización y los koljoses impuestos a punta de fusil por la misma burocracia que había gritado, “enriqueceos”. Por contra, hoy la dirección China no parece apuntar en el sentido de Stalin, de fortalecer las estructuras del Estado “socialista” para defender los intereses de la burocracia soviética, sino todo lo contrario, de liberalizar cada vez más la economía, aunque mantengan los “semáforos” sobre el capital.

Porque “socialismo” y “mercado” son antitéticos. Puede que coyunturalmente se puedan “conciliar”, pero al nacer de relaciones sociales de producción opuestas por el vértice, tarde o temprano terminan chocando -a este choque y las crisis politícas subsiguientes apuestan desde los competidores de China, especialmente los USA-, como sucedió en la URSS. El vértice del que nacen las oposiciones entre “socialismo” y “mercado” es la ley del valor como criterio de determinación del valor de las mercancías bajo las leyes de oferta y demanda de la dictadura del “mercado”, frente a la planificación de la economía y del valor de la fuerza de trabajo en base a las necesidades sociales bajo un sistema no capitalista.

Esta es la pregunta que deben responder los que defienden que la China actual sigue siendo “socialista”. ¿Cómo se determina el valor de las mercancías en general, y el de la principal bajo el capitalismo, la fuerza de trabajo? ¿Si es por “el trabajo socialmente necesario para producirla” y llevarla al mercado, es decir, dependiente de su “mano oscura”, o es por una decisión consciente, política, de los organismos de poder obrero? Porque esta es la esencia de la explotación capitalista.

La nacionalización de la tierra, de los medios de producción y distribución en abstracto no definen el carácter de clase de un estado; el franquismo tenía nacionalizado ⅓ de la industria, principalmente la pesada, y más del 50% del sistema financiero a través de las Cajas de Ahorro, y nadie lo consideraría un Estado socialista. Lo que lo define es la relación con la ley valor y su determinación, y, por lo tanto, si todas esas medidas estatalizadoras están al servicio de que sea el mercado quién lo determine o sea la planificación quién lo haga.

Los “semáforos” de Xi Jinping solo introducen elementos de racionalidad en esa relación, pero de últimas, el valor de la fuerza de trabajo china viene determinado no por la planificación de la economía, sino por la dictadura del mercado, tanto interno como internacional, en la economía china, por lo que es insostenible que la China actual se pueda considerar un Estado “socialista”; es, desde todo punto de vista, un Estado capitalista donde la intervención del Estado “regula” (los “semáforos”) a la manera keynesiana las relaciones económicas, como sucedió en Europa Occidental tras la II Guerra Mundial. Keynesianismo social no es “socialismo”.

China capitalista vs. China imperialista

Esto nos introduce en la segunda parte de la discusión, con aquellos sectores que considerando a China capitalista, no la ven como una potencia imperialista que disputa el mercado mundial a las, hasta ahora, hegemónicas, los EEUU y en menor medida la UE.

Si el despegue chino se hubiera dado en otras condiciones históricas, cuando tras la II Guerra los EEUU eran la gran potencia hegemónica que representaba el 50% del PIB mundial, está claro que una China capitalista en aquél momento se habría convertido en una semicolonia. Pero la historia no se dio así, en 1949 la revolución la liberó de las ataduras imperialistas y de las relaciones capitalistas, convirtiéndola en el segundo Estado obrero de la historia.

Dentro de China hubo constantes luchas entre los sectores que defendían ese carácter no capitalista del país y los que sostenían que se había “torcido el brazo” a la historia, saltando las etapas de desarrollo social; es decir, aquellos que, como Deng Xiaoping, consideraban que China no estaba preparada para el socialismo. Este choque, que tuvo un pico muy profundo en la Revolución cultural en los años 60, se resolvió con el triunfo de las tesis de Deng frente a la ortodoxia maoista de la llamada “banda de los cuatro”.

El resultado de este enfrentamiento en la dirección del PC chino fue la política implementada por los restauracionistas de Deng Xiaoping, calificado como el “arquitecto de la China moderna”; es decir, de la apertura a las inversiones de capital imperialista para favorecer su desarrollo. Una apertura controlada por el PC para incorporar a China a la división internacional de trabajo, con un papel muy específico: ser la fábrica del mundo. Surgió de esta manera lo que se conoce como “chinamérica”; las grandes multinacionales de todo el mundo deslocalizaron su industria al gigante asiático que ofrecía dos cosas, una mano de obra inacabable y de bajo costo, junto con una disciplina política impuesta tras la derrota del levantamiento de Tiananmem en 1988.

La burocracia china pedía, a cambio, un control sobre la repatriación de los beneficios y que las multinacionales trasvasaran conocimientos y tecnología. El PC chino no vendía el país por nada, sino que buscaba aprovechar su situación para desarrollarlo.

Esta relación semicolonial entre las potencias imperialistas, los EEUU especialmente, y China se quebraron cuando, tras la crisis del 2007/8, el capitalismo occidental encontró su “caída del muro de Berlín” con la quiebra de Lehmann Brothers y la crisis de su sistema financiero en potencias como los propios EEUU, Gran Bretaña, Estado español, Irlanda, etc. , que los estados tuvieron que rescatar a base de desmontar el estado del bienestar.

Las potencias que se habían repartido el mundo en los últimos 200 años, los EEU, las europeas y Japón, estaban dando signos más que evidentes de una profunda decadencia. Su potencial industrial estaba en declive, generando “cinturones del óxido” en todas las potencias imperialistas, desde los centros industriales estadounidenses hasta la cuenca del Rhur alemana, pasando por los centros británicos, la industria italiana o española.

Mientras, “chinamérica” seguía funcionando a todo ritmo con crecimientos de la economía china de dos dígitos. Este fenómeno de tijeras entre un crecimiento exponencial en Extremo Oriente -China actuaba de cabeza tractora para toda Asia- y el estancamiento de las viejas potencias hegemónicas tendría que cortar, tarde o temprano, la alianza llamada “chinamérica”. La acumulación de contradicciones tuvo su punto nodal en el 2016, cuando China entra en el sistema de reserva de divisas llamada “Derechos especiales de giro”, y el yuan se convierte, junto con el dólar, el euro, el yen y la libra, en parte de esa “cesta” que se reparten los intereses de los pagos internacionales, actuando como un fondo de reserva mundial.

Al Estado que respalda cada una de estas monedas el FMI le asigna diariamente una cuota del pago de los intereses en las relaciones con las monedas de cualquier otro Estado. Recordemos que el pago de intereses por préstamos entre naciones es una de las maneras que tiene una potencia imperialista de absorber la plusvalía generada por la clase obrera del Estado deudor.

China, de esta manera, se inserta, no ya en la división internacional del trabajo como fuera con la “chinamérica”, sino en el reparto de la plusvalía generada por la explotación de la clase obrera mundial, y en concreto, de las semicolonias. Que todavía el 50% de ese reparto se lo llevan los EEUU, el dólar, y la UE, por su parte el 20% es fruto de la inercia expresado en el control de las instituciones internacionales, que es muy fuerte. Ante la más que evidente decadencia estadounidense y europea, justo eso es lo que hoy está en disputa con la potencia emergente por excelencia, China. Solo por esto, hay que calificarla como potencia imperialista, es parte de las estructuras de poder del sistema capitalista en su fase imperialista.

Si a ello le sumamos el papel creciente de la exportación de capital chino al resto del mundo, no solo hacia el semicolonial como África o América Latina, sino imperialista; sus inversiones van, principalmente, a estados como los USA, Estado español, Gran Bretaña, Grecia, Portugal, etc., habrá que concluir con Lenin que el capitalismo chino es, hoy, tan imperialista como cualquier otro, puesto que se basa en la relación desigual entre la metrópoli y la semicolonia, donde la primera exporta capital e importa productos manufacturados y materias primas. Como dijera Lenin, el imperialismo capitalista, a diferencia de los imperialismo precedentes, es el “dominio del capital financiero”, y hoy China exporta capital en forma de inversiones directas o prestamos a bajo interés, pero prestamos al fin al cabo, que le permiten ganar cuota de mercado como hace cualquier capitalista cuando quiere entrar en la competencia.

China, el “mal menor”

La mayoría del marxismo mundial es incapaz de sacarse de encima el campismo frente populista introducido por el estalinismo, buscando siempre el “aliado” burgués contra un enemigo focalizado en una de las formas de poder, ya sea el fascismo, ya la oligarquía financiera, ya el “único imperialismo realmente existente”, el estadounidense. Esta incapacidad hace que, de nuevo, y ahora ante la contraofensiva yanki para recuperar ser la “primera” del mundo, se busquen “males menores” en las potencias emergentes, los BRICS, y, en concreto, China.

Los EEUU son, hoy y fruto de su hegemonía, los “malos” del mundo con 800 bases militares, con una historia de ataques y agresiones a pueblos… haciendo “buenos” a los nuevos imperialismos. A ello se les añaden los “malvados” eurocentristas de las potencias europeas, construyendo toda una ideología profundamente reaccionaria que viene a dar la razón a los supremacistas yanquis, cuando defienden su “destino manifiesto” como única nación con derecho a existir. Para llegar a esta conclusión reaccionaria hay que elevar a la categoría de “malo” intrínseco a los EEUU, herederos del eurocentrismo, convirtiendo la historia en una lucha maniquea entre “buenos y malos”, en los que los “buenos” son todos aquellos que no son hijos del “eurocentrismo”.

Como la historia no se corresponde con las ideologías pequeñoburguesas, tienen que ocultarla. De esta manera parece que los EEUU siempre tuvieran 800 bases en todo el mundo, y siempre fueron imperialistas que robaban tierras, comenzando por México. A ver, el México moderno no surge del imperio azteca, sino del territorio que los españoles robaron a todas las naciones indígenas -Nueva España-, no solo a los aztecas, sino más allá. Su legitimidad histórica tiene exactamente la misma raíz que la de las 12 colonias que dieron origen a los EEUU: la independencia burguesa de la metrópoli colonial, española o británica.

El proceso de “elevación” de los EEUU a “malvado” de la historia, es decir, a la potencia imperialista actual fue largo, comenzó en la Guerra de Secesión de 1861/1864 y culminó en 1945 con la derrota de Alemania y Japón en la II Guerra Mundial. En este camino, los EEUU actuaron como hoy actúa la burguesía china, como adalides del respeto a los derechos de los pueblos: ¿o no fueron los EEUU los que destruyeron la armada española favoreciendo la independencia de Cuba?

Hasta en la combinación de proteccionismo y defensa del libre comercio como potencias imperialistas China y los EEUU se parecen como dos gotas de agua. El constructor de los EEUU imperialistas, Theodore Roosvelt, al tiempo que defendía unos altos aranceles para defender la industria yanki, tenía una política exterior basada en la “diplomacia del dólar”, que no era la de la guerra, sino la de buscar acuerdos recíprocos con otros estados. Hasta 1945 la guerra era cosa de los imperialistas europeos, cuyo máximo exponente son las dos “guerras europeas” transformadas en “guerras mundiales”.

El control que ejerce el PC chino sobre las inversiones extranjeras en su territorio, junto con la política exterior basada en la “diplomacia del yuan”, es decir, “acuerdos recíprocos con los diversos estados”, recuerda en gran manera a esos primeros pasos de los EEUU en un mundo que ya estaba repartido entre las potencias europeas, principalmente Gran Bretaña y Francia. Alemania era, como los EEUU, un recién llegado que “se encuentra con un mundo repartido” (Engels, sobre el problema de la vivienda). China entra en el mercado mundial como los EEUU entraron tras la I Guerra Mundial, como los banqueros acreedores de las potencias en declive, y por ese motivo no necesita recurrir a la guerra como principal forma de extender su dominio.

Los EEUU, Alemania y Japón, entraron en un mundo que, como dijera Lenin, “ya estaba repartido”. Pero, como dice el propio Lenin, en el imperialismo capitalista es “consustancial” la lucha entre las potencias, por lo que “solo caben nuevos repartos”. Eso fue lo que sucedió entre 1914 y 1945, con la decadencia de las potencias europeas, la derrota de Alemania y Japón y el ascenso al “anillo único” de los EEUU.

Pero la historia no se detiene, sino que el declive que Gran Bretaña y Francia sufrieron a comienzos del siglo XX se está repitiendo ahora, con los EEUU en retroceso abierto. Como no existe el vacío, esos huecos los están llenando otras potencias regionales y una con perspectiva mundial, China. Defender a China como el “mal menor” contradice al propio Martí, porque, aún cuando era un hecho que el ejercito estadounidense trabajaba a favor de la independencia cubana, llamaba a desconfiar de sus intenciones cuando decía “En otros tiempos, distintos a los de hoy, los Estados Unidos significaban la libertad”, pero que “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción”. La China actual son los EEUU del apoyo a la independencia cubana o filipina.

Un capitalismo de Estado… imperialista

Aunque el triunfo de la revolución en 1949, bajo la dirección del Partido Comunista, se hacía con el objetivo de la independencia nacional frente a las potencias imperialistas, y para la construcción de un Estado democrático, el regimen de la «Nueva Democracia» que defendía Mao. La realidad confirmó las tesis de la revolución permanente de que, bajo el dominio del capitalismo imperialista, las tareas democráticas solo encuentran su resolución con la expropiación de la burguesía.

En el caso de una semicolonia como China solo así se garantizaría la independencia nacional tal y como explica el trotskista chino Peng Shuzhi ante el Tercer Congreso de la Cuarta Internacional en 1951; como este proceso se vio favorecido por la existencia de un Estado obrero independiente del imperialismo, la URSS, que a pesar de la politica de la burocracia soviética y por el marco internacional revolucionario que se  desarrolló tras la derrota del fascismo, se profundizó en el camino de la revolución socialista.

Así, a lo largo de los siguientes años, la China revolucionaria expulsaba al imperialismo y expropiaba a la burguesía constituyendo un Estado obrero que le permitió acabar con los restos semifeudales de las relaciones sociales y el propio capitalismo.

Al darse en una sociedad que llevaba un siglo colonizada por el colonialismo británico y el imperialismo capitalista, mantenida en un atraso social profundo, la revolución fue una suerte de “revolución democrática” llevada a cabo por la clase obrera, pues enfrentó las tareas de industrialización y proletarización de la sociedad. Se confirmó de esta manera otra de las tesis centrales la teoría de la revolución permanente: el proletariado con su revolución sienta las bases para resolver las tareas sociales que la burguesía, por su debilidad y papel contrarrevolucionario, es incapaz de complir.

Cuando tras las derrota del levantamiento de Tiananmen la burocracia china, bajo la batuta del PCCh de Deng Xiaoping, se orienta abiertamente por la restauración del capitalismo, se encuentra con las bases materiales fundamentales para que este tenga un caldo de cultivo social favorable, y favorecido, valga la redundancia, por una mano de obra barata e inmensa.

La industria, la tierra y el sector financiero nacionalizados, junto con el control férreo de la economia por el PCCh, solo precisaban una inyección de capital para mover todo ese edificio: la apertura de las Zonas Economicas Especiales y el acuerdo con Gran Bretaña para la recuperación de la plaza financiera que es Hong Kong bajo el lema de “un Estado dos sistemas”, supusieron la entrada masiva de ese soplo de capital fresco a la busca de una alta rentabilidad, en el marco de la globalización y deslocalización masiva de capitales en los años 90..

El 16 de marzo del 2007 la Asamblea Nacional Popular China, tras trece años de debates, aprobó la ley por la que se reconoció la existencia de la propiedad privada, igualandola en su protección legal con las otras formas de propiedad reconocidas en China, la pública y la colectiva, de tal forma que, como sucede en cualquier Estado capitalista, nadie puede atentar contra ella.

Pero es un capitalismo diferente al occidental, muy controlado por el aparato del Estado. En ese sentido, sería más preciso hablar de un “capitalismo de Estado” por el papel que el PCCh tiene en la economía, incluida la privada, y el conjunto de la sociedad, en un momento histórico caracterizado por la decadencia de las potencias imperialistas que hegemonizaron el mundo los últimos 200 años. Su crecimiento está determinado por el debilitamiento estructural de sus competidores, y como buen capitalismo, así sea de Estado, su fortalecimiento supone su desarrollo como potencia imperialista.

El futuro del socialismo o un nuevo modo de producción

La forma en la que China ha llegado a tener el papel que tiene en el mundo abre una discusión de gran calado para el futuro del socialismo en dos sentidos.

El primero y más evidente, ¿es posible que China esté avanzando hacia el socialismo si el resto del mundo es capitalista? Contestar que sí a esta pregunta, como hace la dirección del PCCh, supondría revisar la esencia del modo de producción capitalista, tal y como lo definíera Marx; una forma de relación social que tiende a la destrucción de las que se le oponen, como sucedió a lo largo de los últimos 200 años. Una China socialista en un mundo capitalista es imposible de todo punto, tarde o temprano el choque entre los dos mundos sería inevitable, que fue lo que sucedió con la URSS y todos los estados del llamado “socialismo realmente existente” donde el capitalismo se ha restaurado. No es por una especial maldad de los capitalistas, sino un proceso objetivo; al convertir todo producto del trabajo humano en mercancía a través del mercado, medible por la ley del valor, el capitalismo no puede coexistir con ningún otro. O todo es mercancia bajo la dictadura del mercado, o el caos en la producción y distribución es sustituido por la planificación democrática de la economía, no hay término medio.

Esto nos conduce a la segunda pregunta; si es cierto que es posible un “socialismo de mercado”, ¿no estaremos entrando en un nuevo modo de producción, intermedio entre el capitalismo imperialista y el socialismo tal y como lo entendió el marxismo históricamente?.

El socialismo es la primera fase del comunismo y se caracteriza, como dice Lenin en el Estado y la Revolución, en la profundización de la tendencia a la “disolución del Estado en la sociedad”, para llegar a la definción que Marx hizo del comunismo, “el gobierno de las personas es sustituido por la administración de la cosas”; es decir, donde el poder politico estatal desaparece, quedando una sociedad autoorganizada para administrar la riqueza social sin clases ni opresión.

El socialismo, y la fase previa de dictadura del proletariado, no dejan de ser estadios de transición al comunismo y, en mayor o menor medida, los criterios burgueses se mantienen con la forma de distribuir la riqueza social en base al salario, es decir, la formula básica de la ley del valor. Lo que es abolido es la apropiación privada de los beneficios generados por esa fuerza de trabajo, estatalizandolo bajo control obrero y distribuido en base a la planificación democráctica de la economía. La velocidad de todo el proceso dependerá de la extensión de la revolución a nivel internacional.

En la dictadura del proletariado las tareas se ordenan alrededor de la politica para acabar con las resistencias burguesas a este camino; por eso se llama “dictadura”, porque es el ejercicio del poder por parte de la clase obrera, que ya constituye la mayoria social en practicamente todos los estados del mundo, y sus aliados, los sectores oprimidos de la sociedad, frente a la reacción burguesa: toda su construcción tiene como objetivo acabar con ella, y abrir la fase socialista del proceso.

Esta transición es lo que la URSS no hizo; sino que con la degeneración burocrática del Estado soviético, el camino fue el inverso, como se puede ejemplificar en la comparación entre la Constitución de 1924 y la posterior, la de 1936 que supuso un salto atrás en derechos sociales e individuales. Justo cuando las condiciones sociales y materiales eran manifiestamente más favorables para profundizar en los derechos de las personas, se hizo lo contrario. Si en 1924 la URSS estaba recien salida de seis años de guerras, la Guerra Mundial y la civil, que habían devastado la industria y en las que habían muerto millones de obreros y campesinos revolucionarios, que obligó a un profundo recorte en las libertades (“comunismo de guerra”), en 1936 la situación industrial y social era la opuesta; la URSS, gracias a la expropiación de la burguesia, estaba escalando puestos como una sociedad industrializada y desarrollada. ¡Era el momento de abrir ventanas!, pero esto chocaba con los intereses de la burocracia soviética.

El retroceso de la constitución de 1936 solo se entiende por las necesidades de fortalecer el papel de una burocracia encaramada en el aparato del estado del que extraía sus privilegios, aunque lo hiciera en nombre del “socialismo”; un retroceso que tambien se manifiesta en el aumento de la opresión de la misma clase en nombre de la que se supone, se habla, la clase obrera, a través del estajanovismo. Para el Che el estajanovismo era el taylorismo trasladado a la URSS, con las mismas consecuencias de aumento de la opresión.

Pues bien; si la constitución soviética de 1936, que reforzaba el control del Estado sobre la sociedad, era un salto atrás en la construcción del socialismo, ¿cómo se puede llamar al “socialismo de mercado” defendido por China?, sino es una suerte de “capitalismo de Estado”, que no es un nuevo modo de producción intermedio entre el capitalismo y socialismo, sino una forma del capitalismo imperialista en su decadencia.

Un modo de producción se define por ser la manera, en cada momento histórico concreto, que tiene la sociedad de organizarse para reproducirse como tal. Para que el modelo chino fuera un nuevo modo de producción, tendría que ser lo opuesto al capitalismo; pero la sociedad china, por muchos “semáforos” que se pongan, se sostiene sobre la base de la explotación de la clase obrera y la apropiación privada de los beneficios por ella generada.

Conclusión

Si la revolución de 1949 supuso el fin del “siglo de la humillación”, la burocracia del PCCh bajo Xi Jingping adopta como lema profundizar en esa ruptura con el pasado, revertirlo sobre la base del “sueño de China”, como una variante oriental del “sueño americano”.

La creación en el 2001 del acuerdo politico militar de la Organización de Cooperación de Shanghái junto con Rusia, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, conocida como la “nueva ruta de la seda”, con inversiones milmillonarias en decenas de paises de todo el mundo, la compra masiva de terreno en África, los acuerdos para desdolarizar la economía, la fundación en el 2014 de la alianza económica, los BRICS, son los momentos que ponen a la China actual en el centro de la situación política.

La ley del 16 de marzo del 2007 supuso la ratificación de China como Estado capitalista bajo el control del PCCh, el mismo año que estalla la crisis de las subprime en los EEUU, que se llevará por delante a un sector del capital financiero estadounidense y europeo. Mientras tanto, la economía china, la “fábrica del mundo”, seguia creciendo a un ritmo de dos dígitos, realizando una acumulación primitiva de capital que, tarde o temprano, se tenía que traducir en un salto en su relación con el mundo: de fábrica del mundo pasar a ser su banquero.

Que es un banquero “responsable” y no cobra intereses abusivos, no lo convierten en una alternativa social al capitalismo, sino que es la quintaesencia de un “capitalismo humanista” en base a las teorias de Confucio según las que la buena gente se rige por “la virtud y los rituales”. El problema es que cuando la crisis toque a la puerta de China, que tocará, “la virtud y los rituales” cederán el paso a la violencia y la brutalidad.

Todos aquellos sectores de la izquierda que ven en China, aunque sea capitalista, el “mal menor” frente a las políticas agresivas y agresoras del imperialismo euronorteamericano actuales, en realidad están aceptando en los hechos la máxima de Margaret Thatcher, “no hay alternativa al capitalismo”. Es la interiorización de la impotencia para llevar a cabo una revolución, la revolución socialista.

La lucha contra el capitalismo imperialista es un todo que afecta de manera concreta a cada una de sus partes, los estados nacionales. La clase obrera en su lucha por el socialismo no tiene nada que esperar de ninguna de las facciones nacionales en las que se divide la clase capitalista, ya sea las burguesias imperialistas ya las burguesias de las semicolonias.

Esperar algo de estas solo confirma un desprecio hacia la capacidad revolucionaria de la clase obrera, pues buscan puntos de apoyo en las fuerzas del enemigo en forma de “burgueses nacionalistas”. Considerar a la burguesia y a la burocracia china, imperialistas hasta la médula, como el mal menor frente a los imperialistas euronorteamericanos solo conduce a poner a la clase obrera al servicio del “capitalismo con rostro humano”, sea este el PCCh, el PSOE, la DSA, el chavismo o cualquier otra corriente burguesa.

Las corrientes del marxismo revolucionario que rechazan esta caracterización, o evitan definirse como si fuera secundaria, terminan entrando por la negativa en la vía del “campismo”. Las caracterizaciones teóricas tienen consecuencias prácticas, y si se considera que China no es imperialista, sus roces o enfrentamientos con los EEUU tendrán un componente progresivo frente al “imperialismo”, delimitando un “campo” burgués antiimperialista; inconsecuente, pero “progresivo”. Por ello, si se quiere reconstruir el programa revolucionario de la clase obrera desde su independencia politica frente a cualquier facción de la burguesia, es esencial delimitar el papel imperialista de China

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.