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Cortina de humo de la Teología, razón y fe de la ocupación

Fuentes: Rebelión

Mientras los sabios, iluminados por las cosas del espíritu, del más allá, ahítos aquí de todo y bien anclados con representación diplomática en la mayoría de los 192 países. Desde su fortaleza y sede social en el paraíso fiscal del Vaticano, tercian sobre lo etéreo y sobre las vidas y haciendas de los países de medio […]

Mientras los sabios, iluminados por las cosas del espíritu, del más allá, ahítos aquí de todo y bien anclados con representación diplomática en la mayoría de los 192 países. Desde su fortaleza y sede social en el paraíso fiscal del Vaticano, tercian sobre lo etéreo y sobre las vidas y haciendas de los países de medio mundo, mientras sus gentes se mueren desangrados por invasiones democratizadoras, una tras otra, por miseria o por hambre; se mueren por todo.
Los filósofos e intelectuales que nunca mueven un dedo, están ahora alborotados con la carnaza de la razón y fe que Benedicto XVI ha arrojado a las ya turbias aguas internacionales.

A los tercermundistas, musulmanes o cristianos -que también los hay, y muchos– qué les puede importar esta polvareda de humo y paja que el teólogo jefe, sin otra cosa mejor que hacer que no sea jugar con jeroglíficos, sin solución, para divertimento de la corte de príncipes -cardenales y filósofos ociosos- que así justificarán su empleo y sueldo. Pero, precisamente quien más habla de la grandeza de la razón y de la fe, resulta que sustenta su razón y fe, en numerosos dogmas, a cual más sin razón y sin argumento, empezando por el dogma de la infalibilidad. Claro, con este dogma de inicio, todo lo demás ¿qué fundamento puede tener? En este callejón sin salida, se acusa a la competencia de ser una religión cuya fe no se funda en la razón. Los que no somos teólogos y los que sufren de la teología, se preguntarán ¿también esta consideración es dogma?

Cuando las cosas serias y que nos afectan se llevan al absurdo y se hace necesario demostrar lo evidente, sin palabras ya para argumentar, hemos de recurrir a la viñeta o al chiste. Cuando dice: yo soy infalible; y este es el argumento, la razón en que se basa la fe y si no te lo crees, fuera, excomulgado. Hace como el artículo primero del jefe, que dice: el jefe siempre tiene razón, para continuar con el artículo segundo, que cuando no la tenga, aplíquese el artículo primero. A esto, y a no más, se reduce tanta teología. Las cosas más peliagudas, en las que se basa la fe, son las que más van contra la razón, y se resuelven con el «argumento» del dogma. Justamente coaccionando la razón, precisamente imponiendo lo que no es razonable creer. ¿Cómo resuelve esto Benedicto XVI? Pues recurriendo a decir -del islam- y tú más.

Cuando alguien llega a aceptar lo absurdo de los dogmas, a partir de ahí, todo es posible y todo vale y, además, quien así se humilla, queda atado de pies y manos de por vida.

Así, la tragedia humanitaria de guerras y hambruna que padecen la mayoría de los países forma parte de nuestro credo, que acepta que todo es un valle de lágrimas, que nuestro líder sufrió y murió, «voluntariamente» por nosotros, sin que sepamos muy bien para qué. A esta especie de masoquismo hemos de añadir un argumento más: las bienaventuranzas, que se convierten en ungüento para nuestros males, que casualmente, sólo los pobres y asimilados serán los bienaventurados. ¿Cómo se le puede decir al que está en las últimas, devorado por el hambre y la guerra, que es un bienaventurado? Para decir esto sí hace falta fe y razón o ser un hipócrita.

Todo el tinglado montado no es más que la fe y la razón necesaria para llevar adelante el  guión neoliberal, para que el Norte y el Sur lo sigan siendo y lo sean cada vez más, condición esta última, para que el sistema se mantenga, para que nuestro PIB siga creciendo sin límite, para compensar que la tasa decreciente de ganancia de Marx, se convierta –no importa el precio– en tasa creciente. El problema es que los «recursos» necesarios: el hambre, los crímenes y la miseria, tienen límite. Ya no puede morir más gente de hambre y de tanta guerra unidireccional. 

Dicen los ecólogos que cada día mueren un montón de especies por la sobreexplotación a la que se están sometidos los ecosistemas, y esto vale para la humanidad. Hay continentes, o al menos países enteros, que la próxima vuelta de tuerca será exprimirlos para obtener biomasa, para hacer abonos o algún biocombustible de los llamados ecológicos.

La teología que se discute está emparentada con la geoestrategia y con el expolio de los limitados recursos naturales, de las materias primas y de la energía. Benedicto XVI podría meterse con el budismo o no sé con cuantas otras religiones, pero ellas no son ningún peligro, no tienen recursos. Como nadie tira piedras contra su tejado, la pregunta es ¿A quién favorece con su polémica?

De todas estas historias de razón y fe y de unas cuantas cosas más podrían preguntar, qué opinan a los que viven en la miseria, en la guerra y en la ocupación, tanto a musulmanes como a cristianos; de Palestina, de Líbano, de Iraq, de Afganistán… y de Nicaragua, Honduras,… de África y de tantos otros sitios.

Estas disquisiciones son de la mayor utilidad para reforzar, más aún, la presión y dominio neocolonial. Nosotros, nos dicen, estamos seriamente amenazados; aunque sean ellos los que están muriendo a miles. Y, mientras nosotros ponemos el miedo, ellos ponen los muertos por nuestras bombas.

Es inmoral que Benedicto XVI, desde su palacio Vaticano (infalible), nos distraiga discutiendo sobre el sexo de los ángeles, mientras, con su razón y su fe, niega el preservativo a millones de víctimas, prohíbe investigaciones básicas e intenta dar «contenido teológico» al enfrentamiento Norte Sur; al neoliberalismo. La lucha de civilizaciones, de religiones, de razón o de fe, sólo es juego y truco, que se utilizan para justificar e incrementar las ocupaciones. Las cruzadas no han terminado, continúan, están en auge e interesa atizarlas.